Ficciones Clínicas

Un caso simple. Parte I.

Publicado en Lectura Lacaniana: 25 octubre, 2015

Parte I: La encrucijada implica una decisión

Chamizo  afirma que cuando un sujeto dirige una demanda a un analista, está en una encrucijada de la que le es necesario salir y no encuentra la manera.

Se vale para esto, de un caso, que consistió en  una sola entrevista a la última paciente de Freud, Margarethe Lutz, quien es llevada por su padre, a la edad de 18 años,  quien sospecha que su hija estaba loca.

Primero habían consultado al médico familiar, llegando a la conclusión que no tenía nada físico, era del alma. De ahí viene la derivación a “un gran psiquiatra”, desconocido para ella y para su padre.

Angela Vitale

 

Es posible afirmar que cuando un sujeto dirige una demanda a un analista, está en una encrucijada de la que le es necesario salir y no encuentra la manera, no encuentra el camino.

El caso que me interesó en relación al tema es el de Margarethe Lutz, que conocí por una entrevista realizada por Christine Dohler en el 2009 [1] En ese momento, Margarethe, tenía 91 años y era la última paciente viva de Freud.

Era la oportunidad, para la comunidad y la comunidad psicoanalítica en particular, de obtener un testimonio de esa experiencia.

En 1936, 73 años antes de realizada esta entrevista, Margarethe Lutz, con sólo 18 años, fue llevada al consultorio de un conocido "psiquiatra", desconocido para ella y para su padre también.

¿Cuál era el motivo? Su padre sospechaba que su hija estaba loca.

Ella, huérfana de madre desde su nacimiento, fue criada en un medio muy estricto, con un padre que no sabía qué hacer cuando su hija lloraba, una abuela que se hacía cargo de la educación en su casa y una madrastra que no le dirigía la palabra.

Los métodos de su educación eran antiguos, no podía hacer ni recibir visitas. La familia tenía un temor particular a que pudiera ser seducida. Sus salidas, siempre acompañada, eran al dentista y a la ópera. Hija única, niña solitaria; aislada en la mansión familiar

En medio de este encierro encontró un hendija : la lectura y las representaciones teatrales sobre esas lecturas.

Se refugiaba en ensoñaciones, leía libros a escondidas. Pudo hacerlo cuando descubrió que la llave del reloj abría la biblioteca. Amaba sumergirse en la lectura de "Tristán e Isolda". Representaba los personajes, se disfrazaba. Un día vio, por la ventana que, abajo, la gente de la calle la miraba. Llevaba un velo y declamaba su texto. Imaginó que esa gente era su público. Dijo: "Todo estaba en su lugar y entonces, saludé".

Ellos fueron los que le advirtieron a su padre de estos ademanes y le alertaron que podría estar volviéndose loca.

Primero fue la consulta con el médico de la familia, quien llegó a la conclusión que "no tenía nada físico, era del alma". "Mi padre era un hombre de negocios, no podía entrarle en la cabeza que se pudiera enfermar del alma". Así es derivada a "un gran psiquiatra". Indicación que el padre acepta por el temor a que la locura de su hija fuera una posibilidad cierta.

 

 

 

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