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“Son aquellas pequeñas cosas”

Por Yanina Gallo
Publicado en Lectura Lacaniana: 28 noviembre, 2013

Encuentro dicha oportunidad para relatar mi experiencia y recorrido personal en la   práctica clínica de personas con autismo. Comencé mi acercamiento a la misma realizando integraciones escolares a niños y adolescentes diagnosticados con TGD, en diferentes escuelas del conurbano y la ciudad de Buenos Aires. El objetivo consistía en lograr una “adaptación” del niño al ámbito escolar, a través de la implementación de, por ejemplo: técnicas de motivación frente a los rasgos de desconexión y estereotipias, apoyos visuales ante las dificultades de comunicación, dadas de antemano por el hecho de encuadrar en el diagnóstico de TGD; técnicas de manejo conductual que “acallaban” berrinches, estereotipias, así como la adherencia a determinados objetos; y herramientas de “modelado” de frases y palabras, brindadas con el objetivo de que el niño pudiera comunicarse en diversas situaciones. A ello podríamos agregar, el forzamiento del contacto visual con otros, la estimulación de la interacción social, entre otras intervenciones. Los cambios que se observaban a los pocos meses resultaban atractivos, sobre todo para los padres, quienes notaban que sus hijos comenzaban a hablar y sus “conductas disfuncionales” (aleteo de manos, balanceo corporal, gritos estremecedores, etc.) se reducían o desaparecían. No obstante, en el transcurso de mi experiencia con dicha orientación, comencé a indagarme acerca del Sujeto, y al lugar en el que el mismo quedaba frente a aquellas técnicas “educativas” que, a expensas de lograr una adaptación socio-cultural, no harían sino más que rehabilitar y “adiestrar”, acentuando el posicionamiento de ese niño como objeto, obturando de alguna manera, dos veces el ingreso a lo simbólico. Actualmente me encuentro en una Institución de la Provincia de Buenos Aires, coordinando talleres (artísticos, lúdicos) para un grupo de adolescentes con autismo. Mi objetivo radica en habilitar y ofrecerles a estos jóvenes, frente al vacío de significación que los inunda (miradas perdidas, movimientos y sonrisas inmotivadas, palabras emitidas sin sentido alguno), un espacio en el que pueda emerger y advenir un cuerpo simbólico, un Sujeto capaz de desplegarse espontáneamente en su singularidad, sin forzamientos, y con sus propias marcas. De allí el valor que adquiere cuando aquel joven, en lugar de aletear, se acerca y agarra un juguete o hace sonar un instrumento musical, cuando ocupa el espacio de la hoja para dibujar, cuando responde a un llamado por su nombre, o su mirada/sonrisa se dirige a otro. A estos ejemplos les confiero el carácter de “el valor de las pequeñas cosas”; en dicha clínica, lo pequeño se torna grande, lo que pareciera insignificante adquiere gran importancia, en tanto nos permite dar cuenta de que hay un Sujeto. Para finalizar, resulta oportuno citar una frase de Jacques Lacan: “El hecho de que los autistas no nos escuchen es lo que hace que no los escuchemos. Pero finalmente, sin duda, hay algo para decirles”. Mi labor en la clínica del autismo consiste en suponer allí un Sujeto capaz de escuchar, de comprender y, sobre todo, de decirnos algo. 

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