Salud Mental&Locura

Salud mental y locura: presentación

Por Andrea F. Amendola | Buenos Aires
Publicado en Lectura Lacaniana: 12 octubre, 2012

El nombre de esta sección nos presenta  un par de opuestos que nos invitan a pensar no sólo la tensión existente entre los opuestos sino también otras dos alternancias:

Una es, que hay algo de locura en la salud mental y,  la otra, es: que no hay salud mental sin locura.

Partiendo de la definición que da la OMS de la salud mental: “un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”.

En los tiempos de nuestra modernidad, imaginar  un “estado de completo bienestar físico y mental y social” nos lleva a considerar la necesariedad de la locura en la salud mental.

Dice Freud en “El Malestar en la cultura”: “¿qué es lo que los seres humanos mismos dejan discernir, por su conducta, como fin y propósito de su vida? ¿ qué es lo que exigen de ella, lo que en ella quieren alcanzar? Quieren alcanzar la dicha, conseguir la felicidad y mantenerla” (1).

¿Completo bienestar? Tal concepto en la definición de la OMS nos permite pensar que la salud aquí es ubicada en un estado ideal que hace cortocicuito con la locura de cada uno. Todo ideal se opone hacia donde va la satisfacción de la pulsión. En relación a ello dice Freud en “El porvenir de una ilusión”: Lo decisivo será que se logre aliviar la carga que el sacrificio de lo pulsional impone a los hombres, reconciliarlos con la que siga siendo necesaria y resarcirlos por ella(2)”.

Salud mental y locura son entonces términos que se relacionan a partir de una tensión: por un lado el síntoma para el psicoanálisis como ineliminable por estructura y por el otro se trata de eliminar el síntoma.

Por un lado la salud como completo bienestar, ideal subyacente de felicidad y por el otro, Freud nos plantea un malestar estructural propio del ser parlante.

Salud para todos: no sin cada uno

Para la definición de la OMS podemos pensar que la idea de cura estaría dirigida a reconstituir un estado anterior del sujeto, volverlo a los patrones de la normalidad, ¿reacomodarlo al fantasma?…

Nos posicionamos  a favor de la salud para todos pero pulverizando el efecto homogeneizante impuesto por el mundo globalizado de la ciencia, tal como lo refiere Eric Laurent en “El sentimiento Delirante de la vida”(3) cuando nos presenta un movimiento dialéctico: por un lado el efecto homogeneizante producido por el movimiento de globalización de la civilización cuyo efecto produce modelos imaginarios de comportamiento que va acompañado de una desestabilización a nivel simbólico  cuya contrapartida es el movimiento en donde los sujetos se encuentran compelidos a reinventar en cada uno una herramienta particular para posicionarse frente al modo de gozar.

Del lado de la locura de cada uno podemos decir que no se trata de curación ni de volverlo adaptado a lo que las normas del mercado exigen para un sujeto, sino que de lo que se trata es de volverlo apto para el acto. Claro que esto al amo de nuestros días no le es redituable pues es un camino demasiado largo y por tal pone en duda la eficiencia del procedimiento que no acompaña la posibilidad de abonarle sus estadísticas en materia de  salud mental.

Un saber hacer con la locura de cada uno: el sinthome

La locura de cada uno hace referencia en primer lugar a una de sus dos caras: a lo particular de cada sujeto, a lo que resiste al para todos de la salud entendida como armonía. El modo de gozar singular no admite generalizaciones. El síntoma crea la diferencia, es principio de disidencia, ya que la relación sexual no se inscribe en la estructura del lenguaje, es el síntoma en su singularidad el que es rebelde al cálculo de la globaización y la repele. No hay sujeto sin síntoma y el partenaire mismo viene a ese lugar, por lo tanto, no hay salud mental sin locura.

Esta locura de cada uno nos envía hacia la noción de uno por uno, nos conduce al modo de gozar en donde la pulsión puede también llegar a mostrarnos “otra cara” de la locura de cada uno: el sinthome como esa locura a la que se arrima luego del recorrido de un análisis llegado a su final, porque como Freud lo ha dicho, se tratará de “reconciliarlos con la (pulsión) que siga siendo necesaria”(4).

Al respecto dirá Eric Laurent que :”lo inquietante de la presencia de la ciencia es que nos da muchas certidumbres sobre la naturaleza, pero se mantiene muda acerca de la relación sexual, porque no nos dice cómo hay que comportarnos”(…) “A través de la manera con que la ciencia, al globalizarse, hace callar a los Nombres del Padre y enmudece frente al hecho de dar indicaciones acerca de cómo vivir la cuestión sexual, se produce también en los sujetos este movimiento de reinventar, de reincorporar nuevas herramientas para ubicarse frente a las exigencias de goce que se nos imponen desde la civilización”(5).

Algo más de la locura de cada uno y en cada uno, Freud nos dice en “Más allá del principio del placer (1920)” que hay en el aparato una fuerza que no se rige bajo las normas del principio del placer y que por lo tanto el bienestar no se alcanza psíquicamente, tan sólo se lo puede conseguir en forma intermitente.

De modo que para el psicoanálisis ese malestar expresado en el síntoma es la brújula capaz de agujerear el fantasma hasta llegar a su letra pulsional.

Para el psicoanálisis el síntoma no es el que funciona para la medicina como un dato objetivable sino un elemento que se subjetiva, ¿por qué? Porque tiene la creencia para el sujeto de que eso significa y esta creencia lo torna operativo y de repente quien sufre por su síntoma se vuelve protagonista de un sentido a develar.

En un principio de su tratamiento el sujeto cree que su sítoma “es capaz de decir algo” (6)(RSI 21ener 1975), es añadirle “puntos suspensivos”(7)allí en donde el sujeto es interrogado por la no-relación sexual.

Al final del análisis el síntoma se desviste del  sentido  y por lo tanto caen las búsquedas de sentido, cesa  esa creencia y ya no se cree que el uno de la letra retorne en el dos de la cadena y el sujeto ya no espera una traducción de esos puntos suspensivos del síntoma.

¿Qué hay de nuevo… viejo?

Michel Foucault nos dice en”  Historia de la locura” (8)que el período Clásico o del gran encierro caracterizado por la creación de los manicomios, asilos y hospitales generales  que el loco era institucionalizado no para recibir una ayuda terapéutica sino para evitar su presencia y deambulismo por las calles pero bajo el control del estado. La locura era algo indeseable y el loco un ser ilógico y peligroso.

Si en aquel entonces el loco era encerrado porque representaba una amenaza para el orden social ¿en qué se diferencia en nuestro siglo XXI del intento de erradicar la locura de cada uno?

Dice Foucault al respecto: “Desaparecida la lepra, olvidado el leproso, o casi, estas estructuras permanecerán. A menudo en los mismos lugares, los juegos de exclusión se repetirán, en forma extrañamente parecida, dos o tres siglos más tarde” (…)”con un sentido completamente nuevo y en una cultura muy distinta, las formas subsistirán”(9).

Mercado y Ciencia convergen para hacer del sujeto un objeto a, una pérdida desechable del sistema.

La salud mental definida por la OMS nos refleja al bien que hace de piedra en los caminos del deseo, dice Lacan: “el bien levanta una muralla poderosa en la vía de nuestro deseo” y nos advierte del deseo de curar (¿lo-cura?) como “algo proclive a extraviarnos”(10).

Si el mercado del siglo XXI propone la disolución de los síntomas de modo que el consumo de los sujetos no sea interferido, la opacidad del síntoma, ese goce que excluye al sentido, se impone y resiste.

Si bien desde un ideal de felicidad los sistemas actuales de salud pretenden universalizarla, no obstante el inconciente insiste porque somos habitados por una falta que repele a los ideales y en esto el síntoma se revela a lo universal, porque en él anida lo más particular y lo más real contraponiéndose a lo que el discurso de la época prescribe.

Es aquí en donde se sitúa que hay algo de locura en la salud mental.

Ahora bien, la importancia dada al cerebro como asiento de las enfermedades mentales desde los años 70 medicalizó a la psiquiatría. El conocimiento de lo real de una enfermedad, construído con las relaciones del funcionamiento neurobioquímico, ya no surge de la clínica sino de la dependencia del síntoma respecto del ideal de lo real, real optimizado por el funcionamiento y sometido al cálculo.

Respecto del cálculo Miller dirá: “lo que se presenta, con aspectos polémicos es la noción de que el discurso dominante sería el de la cuantificación”… “se trata de medidas, de unidades homogéneas unas con otras”, “el dominio de la ciencia es el de la cantidad (…) de lo que es común a cosas diferentes”(11).

Pero, ¿Cómo cuantificar el goce de los seres hablantes?,¿cómo medir ese monto, esa fuerza constante de la que Freud hablaba?

Ese irreductible insiste, lo real insiste más allá del traje del hábito que tanto confort le aporta  al neurótico y si bien suele conformarse con los bienes que el mercado le provee para satisfacerse y seguir anidando cómodo en su fantasma, la renuncia a su deseo no siempre es bien tolerada.

Podemos considerar entonces que estas “nuevas formas” de exclusión de lo singular en nuestra actualidad, son lo viejo que se actualiza: el rechazo a la castración por parte de la ciencia queriendo captar lo real por medio de lo simbólico, termina generando un real que denuncia la “inconsistencia” de lo simbólico y es aquí en donde el analista se topará con lo nuevo por hacer.

Ahora bien, nuestra época nos presenta el desafío de un orden simbólico cuyas fragilidades se reflejan en los efectos sintomáticos que recaen en los sujetos y es para nosotros psicoanalistas fundamental operar sobre la demanda de goce que impera por sobre el decir de los sujetos que consultan.

Enfermedad mental: “Se vende”

A partir de un video recomendado por Carlos García y que puede ser visto en You Tube, denominado “El marketing de la locura”(12)  no pude menos que interrogarme acerca de ¿por qué funciona a la orden del día la venta de la enfermedad? Existe actualmente una intolerancia tal en nuestra civilización a convivir con las diversas emociones que nos constituyen y que nos tornean en lo más íntimo de nuestro ser humanos que, el encontrarse representados en clasificaciones, en donde el “sano preocupado” descubre un “tener” un problema importante propicio para ser tratado con los fármacos le brinda la ilusión de estar llegando al camino de la felicidad añorada, considerando no despreciar el obtener como bonificación de su compra la medicación que tal vez “remedie” su falta.

En la ilusión de una rápida y eficaz disolución  del malestar estructural que nos esculpe como sujetos del deseo, por más “liquidaciones” y “ofertas” de felicidad que el capitalismo y la ciencia nos provean aún mayor es la falta en ser que aqueja al sujeto contemporáneo.

En las dificultades de los sujetos de convivir con la falta, el medicamento se propone como una solución inmediata para así poder alcanzar la dicha prometida.

Atento a este nuevo orden simbólico nuestro, el analista se ubicará no en contra de la medicación sino presto a la escucha de aquella verdad subjetiva que se hará oír en los baches del medicamento en relación al síntoma, para que desde allí el sufriente despliegue el sentido propio de su malestar más allá del sentido universal que caracteriza a determinado medicamento.

Un deseo que hace vigencia

El deseo del analista es la opción que le conviene al psicoanálisis para abrirse camino en los desfiladeros de nuestra época en donde surgen nuevas lenguas cargadas más de letra que de palabras, letras nuevas frente a las cuales será menester que el analista operando con lo simbólico se dirija a la división del sujeto. Lacan mismo propuso “ tender en un análisis a la escritura del sinthome y no sólo al bien decir, valorizando así más la letra del deseo más que el significante para cifrar el goce”(13).

De la mano de los avances de la modernidad, el analista deberá servirse de ellos y de su impronta sobre la subjetividad de la época, a la luz del rigor “porque el pensamiento de lo real se supone, justamente por el hecho de ex-sistir”(14).

Hacia el horizonte nos guía un deseo que sin ignorar la salud para todos se constituye en eficaz y vigente porque nuestra labor analítica se funda en la locura de cada uno.

Bibliografía:

 

1)      Freud, Sigmund, Sigmund Freud Obras Completas, tomo XXI: “El malestar en la cultura”, 1930(1929), Bs. As.,Amorrortu editores, pág. 76.

2)      Freud, Sigmund, Sigmund Freud Obras Completas, tomo XXI: “El porvenir de una ilusión”, 1927,Bs.As., Amorrortu editores, pág. 7.

3)   Laurent, Éric, El sentimiento delirante de la vida, “A modo de prólogo,       entrevista a Éric Laurent”, junio 2011, Bs.As., Colecciones Diva, pág. 9.

4) Freud Sigmund, Sigmund Freud Obras Completas, tomo XXI: “El porvenir de una ilusión”, 1927,Bs.As, Amorrortu editores, pág. 7.

5)    Laurent, Éric, El sentimiento delirante de la vida, “A modo de prólogo, entrevista a Éric Laurent, junio 2011,Bs.As., Colecciones Diva, pág. 8.

6)   Lacan, Jacques, El seminario, RSI, libro 22, Ed. Paidós,(1974-9175),Bs.As. pág. 46.

7)    Ibid. Pág. 46.

8)   Foucault, Michel, Historia de la Locura en la época clásica”, tomo I,Stultifera Navis, Fondo de Cultura Económica, 2012 pág. 18.

9)    Ibid. Pág. 18.

10)  Lacan, Jacques, El Seminario, La ética del psicoanálisis, cap. XVII, 1960, Paidós, 1986, pag. 277

11)   Miller, J. A., El Niño, “Lo que nos orienta”, 2008, Publicación del instituto del Campo Freudiano y del Centro de estudios Interdisciplinarios de Estudios sobre el Niño,pág. 8

12)    “El marketing de la locura”, video en you tube.

13)    Miller, Dominique, El orden simbólico en el siglo XXI: No es más lo que era ¿qué consecuencias para la cura?, “Deseo”, 2011, Grama ediciones 2011, pág. 55.

14)    Lacan, J., El seminario, libro 23, El sinthome,”El Espíritu de los nudos”, El nudo como soporte del sujeto, 1975, Paidós 2006, pág. 50.

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