Revista Lectura Lacaniana Número: XXXV
Lecturas Políticas

La biopolítica como política de la angustia. Parte I

Por Lucíola  Freitas de Macedo
Publicado en Lectura Lacaniana: 7 septiembre, 2015


En el presente artículo, que será dividido en dos entregas, Lucíola Freitas de Macedo, hace referencia al error craso, como aquel que representa a nuestra sociedad hipermoderna bajo el empuje de la ideología de la evaluación. Precisa que el goce del acceso obsceno a la información, concluye generando angustia y procastinación. Menciona cómo desde el biopoder la biopolítica y sus dispositivos, a partir de la cual el ejercicio del poder está centrado en la normalización de los individuos y las poblaciones, responde al régimen del sistema capitalista. En su afán de eliminar el carácter aleatorio y contingente de la vida, en nombre de garantizar la salud, de lo que se trata en realidad, desde la ideología de la biopolítica, es de subyugar los cuerpos y controlar a la población. En el marco de nuestra globalización, la autora, finalmente se pregunta por el lugar de la práctica analítica, cómo preservarla más allá de todo ideal de asistencialismo.

 

Primera Parte:

La autora hace refiere cómo el error craso adviene porque el hombre hipermoderno responde a un  ideal de evaluación, en donde se pretende erradicar todo tropiezo humano y, paradójicamente lo que esta pretención genera, es más catástrofe y angustia, quedando los sujetos sumidos en el silencio y en la procastinación del acto. Por otro lado, el goce de lo obsceno de la transparencia que se traduce como vigilancia generalizada, conduce a la angustia y al afecto depresivo. 

En una institución, bajo la ideología de las terapias cognitivos conductuales, en donde se trataba a pacientes con lesión medular, se suponía que la información brindada a los pacientes generaría acciones eficaces en relación a su padecer, pero los estragos se hicieron presentes. Una analista trabajó en el equipo proponiendo que la transparencia en la información no fuera la regla, erradicando el carácter de obligatoriedad de asistencia a las clases para los pacientes, dejando así, abierta la posibilidad para que emerja la demanda y la vivacidad propia del deseo para cada cual.  De este modo, como era de esperar, los efectos fueron otros.

En cuanto a la biopolítica como política de la angustia, la autora toma este concepto de Michel Foucault, pues considera que esclarece cuando se trata de analizar el debate epistémico y político de la ideología de la evaluación y la tan mencionada eficacia de las TCCs. El efecto en común a todos los movimientos con esta ideología, es la sociedad de la normalización y su pretensión de normalidad. La medicalización revela el uso político de la medicina, en donde no hay límites en la incidencia del saber médico sobre la vida y el cuerpo que pretende controlar y subyugar, deviniendo así la vida, un objeto del capitalismo,  gestionado e invadido por el poder.

Andrea F. Amendola

 

1. Error craso

He aquí las palabras de Jacques-Alain Miller en Libération, del 11 de abril de 2005: “Creer que la información determina la decisión es un error psicológico y filosófico… saber y acto son dos dimensiones distintas. La certeza es rara en el orden del saber, no se obtiene sino localmente, por construcciones lógicas, siempre artificiosas.” [1].

Retomemos también el escrito del 9 de septiembre: El agujero negro de las vanidades de Éric Laurent[2]: “De acuerdo a un estudio reciente de la Harvard Medical School, los gastos administrativos de evaluación absorben 31% de los gastos de salud en Estados Unidos. A pesar de las interminables evaluaciones a respecto del huracán Katrina[3], para citar sólo un ejemplo, no se tomaron las decisiones. El acto se hizo esperar”.

Son errores demasiado humanos, los viejos errores que las tragedias griegas no se cansan de cantar y purgar, los que llevan al abismo y a la catástrofe. Tropiezos que los mejores protocolos de evaluación no pueden prever. En situaciones de extrema angustia, y frente a señales contradictorias e incomprensibles, el hombre griego, al contrario de lo que anuncia Laurent sobre el hombre contemporáneo, tomó la palabra, bien dijo su agón a través de sus tragedias. En la llamada hipermodernidad, el error trágico se convierte en error craso, que a través de la ideología de la evaluación induce a un silencio ensordecedor y procrastina el acto.

 

2. Goce obsceno

Donde impera la impostura de la objetivación sin límites, la tiranía de la vigilancia generalizada y el goce obsceno de la transparencia, la falta viene a faltar. La angustia invade la escena, se instala desde las entrañas acompañada por su alma gemela, el afecto depresivo.

Esta es la escena que se repite en una institución totalmente identificada, en el plano epistémico, a la ideología de las TCCs: el luto silenciado y no realizado a través de los cuadraditos de los inventarios de depresión, la de la denegación de la distancia entre la anticipación de la información y de la insondable decisión del sujeto, la de las propuestas tanto autoritarias como adaptativas. El efecto: un altísimo índice de la persistente y enigmática caja negra llamada “no adhesión al tratamiento” por las TCCs.

Fue a causa de esa brecha, por no decir del abismo cavado entre el procedimiento propuesto, el efecto esperado y el efecto producido, que algo del registro de la demanda pudo ser introducido por un breve espacio de tiempo, el de la permanencia de un psicoanalista en uno de los programas de la institución.

El impasse surgió en una sesión clínica de un Programa de Rehabilitación para Afectados por Lesión Medular. La única representante de la clínica médica entre los médicos que coordinaban el programa hizo una pregunta simple y legítima: ¿por qué será que todos los pacientes con un cuadro agudo duermen o se sienten mal durante las clases sobre lesión medular y orientación sexual? Esas clases eran obligatorias, un prerrequisito indispensable para iniciar el programa de rehabilitación, regido por la lógica del ‘paquete’, con actividades y duración preestablecidas y difícilmente modificables. Esas clases anticipan información técnica sobre lo que le sucede a la médula después del trauma, el pronóstico y los efectos sobre el funcionamiento sexual posterior a la lesión. Los efectos son previsibles, recorren repetidamente el circuito implacable que oscila entre el afecto depresivo y el fantasma de la no adhesión al tratamiento.

El método fundado en el error epistémico de suponer que la información genera decisión y acción, produce sus estragos, siempre atribuidos a un déficit de motivación por parte del paciente que, en vez de salir de las clases consciente de su situación, deseoso de empezar a reaprender a vivir con sus limitaciones, agradecido por la atención de los profesionales que lo tratan, cordial y obediente, sale de las clases deprimido, angustiado, rebelde, resistente, y cuando no apático.

Aproveché la brecha abierta por la ocasión de esta sesión clínica, después de algunas observaciones sobre el trabajo de luto y el hiato entre información y saber, y entre saber y acto, para indagar si no sería interesante y oportuno intentar un cambio en cuanto al carácter de las clases; las cuales podrían dejar de ser obligatorias y pasar a ser objeto de una posible demanda del paciente, lo que podría incluso no suceder, o surgir en un tiempo posterior, después del alta hospitalaria.

El equipo se quedó un tanto dividido, pensando que la falta de información dificultaría el trabajo de los fisioterapeutas y enfermeros. Sostuve que consideraba compulsiva la exposición generalizada a la información, lo que retornaba como no adhesión al tratamiento. El equipo aceptó, no sin cierta resistencia, probar el cambio. Los efectos fueron claros. En esta unidad de la Red, la exposición obscena a la información dejó de ser la regla, durante un breve período de tiempo. Algunos años después, los profesionales que cuestionaron la uniformización ya no formarían parte de la Red. Unos buscaron otros caminos, más favorables a las “formas vivas del deseo”[4], otros simplemente fueron expulsados.

 

3. La biopolítica y sus dispositivos

Los problemas planteados por Michel Foucault, a través de sus consideraciones sobre la biopolítica, nos parecen esclarecedores cuando se trata de examinar el debate político y epistémico en torno a la alardeada eficacia de las TCCs, de las falsas ciencias, de la reglamentación de las prácticas psi, del uso generalizado e indiscriminado de los protocolos, y de los efectos nefastos de la ideología de la evaluación.

Lo que parece haber en común entre los movimientos de reglamentación, más allá del interés de garantizar el provecho del promisor mercado de la salud y de la vida, es el hecho de que son producto de una ideología que se alimenta de la biopolítica y del ejercicio del biopoder en su imperativo normalizador.

A partir del siglo XVIII, el cuerpo humano, así como las conductas y los comportamientos, pasaron a integrar el nuevo modo de funcionamiento de la medicina, para el cual no hay exterioridad posible. El término medicalización viene a designar precisamente este proceso que tiene como marco el uso y el ejercicio político de la medicina, caracterizado por una extensión indefinida y sin límites de la intervención del saber médico sobre la vida.

El ejercicio moderno del poder se realiza a través del ejercicio de la normalización de los individuos y de las poblaciones. En este contexto, la medicina pasa a desempeñar un papel fundamental: “si los juristas de los siglos XVII y XVIII inventaron un sistema social que debería ser dirigido por un sistema de leyes codificadas, se puede afirmar que los médicos del siglo XX están por inventar una sociedad de la norma, no de la ley. No son los códigos los que rigen a la sociedad, sino la distinción permanente entre lo normal y lo patológico, la perpetua empresa de restituir el sistema de la normalidad[5].

El término biopolítica aparece por primera vez en la enseñanza de Foucault en su conferencia “El nacimiento de la medicina social” [6], pronunciada en Río de Janeiro en 1974. Es pues justamente en el contexto de la medicina que este término será generado: “el capitalismo que se desarrolló entre los confines del siglo XVIII y el principio del XIX socializó un primer objeto, el cuerpo, en función de su fuerza de trabajo. El control de la sociedad sobre los individuos no operó simplemente a través de la conciencia o de la ideología, se ejerció en el cuerpo y con el cuerpo. Para la sociedad capitalista, lo más importante es lo somático, lo corporal. El cuerpo se constituye en cuanto realidad biopolítica, y la medicina como estrategia biopolítica[7].

A través de sus mecanismos de control, regulación y uniformización, la biopolítica objetiva mantener las medias, asegurar compensaciones en medio del campo aleatorio de la población global, o sea, instalar mecanismos de previsión y de reglamentación en torno a lo aleatorio inherente a una población de seres vivos, así como crear e implementar mecanismos capaces de optimizar estados de vida.

Para Foucault, el efecto histórico producido por esa tecnología de poder centrada en la vida es precisamente la sociedad de normalización[8], donde se observa una valorización creciente de la norma y, consecuentemente, de una pretendida normalidad.

 

Traducción: Alma Rosas

* Trabajo presentado en sesión plenaria del XV Encuentro Brasileño del Campo Freudiano.

 

Notas

1. MILLER, J.A. « UE, il ne suffit pas d´expliquer ». En: Liberation.fr, 11 avril 2005 (http://www.liberation.fr/tribune/0101525391-ue-il-ne-suffit-pas-d-expliquer)

2.  Disponible en: http://www.eol.org.ar/template.asp?Sec=publicaciones&SubSec=on_line&File=on_line/psicoanalisis_sociedad/laurent-elagujero.html

3.  Entre las catástrofes consideradas “naturales”, que para Laurent no tienen nada de “natural”, cabe evocar, el todavía más reciente sismo y tsunami de Sendai, Japón, de marzo de 2011.

4.  Término usado por Eric Laurent en una intervención en Lausanne en 1977: «Normes nouvelles de distribution de soins et leur évaluation du point de vue de la psychanalyse », publicada en Curinga n.13., Minas Gerais: EBP.

5.  FOUCAULT; M.: “Crise de la médecine ou crise de l’antimédecine?”, en Dits et écrits III, Gallimard, París,1994,p. 50.

6.  Esta conferencia se encuentra en Dits et Écrits III, op. cit., pp. 207-228.

7.  La naissance da la médecine sociale”, Dits et Écrits III ,op. cit., p.209-210.

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