Revista Lectura Lacaniana Número: XXXIX
Lecturas Políticas

Caballeros de la guerra y cazadores de la paz. Parte III

Por Claudio Spivak
Publicado en Lectura Lacaniana: 10 enero, 2016


 Tercera Parte:

En esta entrega, Spivak toma a Schmitt, quien nos permite verificar cómo el Derecho Internacional, orientado por el derecho penal, produce el pasaje del enemigo a un criminal. Los términos de guerra y paz se entremezclan y el enemigo deviene así absoluto, su exterminio se impone, se lo considera un total desvalor. La tecnoindustria adviene entonces como el ideal que determinará el sentido del objetivo, quedando éste a merced de su feroz potencia.

 

 Andrea F. Amendola

 

 

Señala Schmitt que el Derecho Internacional de Guerra se volvió progresivamente criminalista, orientado por el Derecho Penal. El fin de la guerra no implicó, como en la época clásica, el acuerdo de paz “sino una sentencia condenatoria impuesta por los vencedores al vencido”. En el pasaje, el enemigo dejo de ser “justo” y se transformó en agresor y criminal; su acción ha devenido un delito. Con esto, el concepto de enemigo cobra una extensión que le hace perder su especificidad.

Derivada de esta operación, el par significante “guerra” y “paz”, que en la situación clásica hacía que uno establezca al otro, son relativizados. Surge una tercera situación, llamada por Schmitt “anormal” e “intermedia”, donde los términos se entremezclan. A partir de ese momento “paz” y “guerra” dejan de ser conceptos fuertes y determinantes de su opuesto. Y al no poder discriminarse entre guerra y paz tampoco se puede discriminar entre combatiente y no combatiente. En la extensión de los conceptos, al traspasar sus límites, estos se diluyen anulándose las distinciones.

El enemigo merece ser aniquilado. En 1963 y contemporáneamente a la Guerra Fría, Schmitt presenta su “Teoría del Guerrillero”. Hacia el final de su exposición señala cambios producidos en la práctica de la guerra y la incidencia de lo tecnoindustrial. Con esto último hace referencia a las armas de destrucción masiva y su impronta en la enemistad. Las armas nucleares son armas de aniquilación y exterminio. Derivado de esto, y lógicamente, medios de exterminio absoluto exigen el contrapunto de un enemigo absoluto. A partir de ese momento la enemistad deja de ser “mitigada”. El enemigo ha devenido absoluto. Aquí ya no es el Ideal lo que toma el comando, sino el producto de la técnica. La potencia del objeto tecnológico determina la concepción del objetivo.

Sumado a esto, señala Schmitt, es también necesario exterminar moralmente a las víctimas. Introduce entonces una lógica del valor y del disvalor. La operación implica declarar que el bando contrario es criminal, inhumano, un disvalor total. Esta lógica del disvalor obliga a producir nuevas y profundas criminalizaciones y devaluaciones de la vida del otro, para que se transforme en una vida que no se merezca vivir. Son las condiciones en las que el exterminio se vuelve abstracto y absoluto. Este cambio de vía hace que el exterminio no se dirija ya hacia un enemigo, en el sentido clásico, sino que se deriva de la imposición de valores supremos y la adjudicación del disvalor para la vida del otro.

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