Revista Lectura Lacaniana Número: XXXIII
Lecturas Culturales

Transplante de Lengua II

Por Silvia Hopenhayn
Publicado en Lectura Lacaniana: 16 julio, 2015


De la mano de “enterrar a los vivos y reparar a los muertos“, frase de Chéjov, Silvia Hopenhayn, comenta en este escrito cómo lo contingente se descomprime en la escritura y cómo el sintagma es síntoma de aquello que no se puede decir. A su decir, “Reparar a los vivos” lleva el maquillaje de la crónica de un desvelo, por donde el tiempo ficcional golpea al tiempo de la acción. Emerge la escritura  en un proceso de flujos y coágulos, cuyo ritmo será asumir lo que concluye, pues hay un “donará”.

Andrea Amendola

 

 

Enterrar a los muertos y reparar a los vivos” (Chéjov)

La frase de Chéjov aparece en la novela de Kerangal como un cometa significante. Cruza el relato en infinitivo, estableciendo un presente necesario: “Enterar a los muertos y reparar a los vivos”. La autora la encontró en una pieza muy poco conocida del autor ruso, recientemente descubierta y por primera vez traducida al español, bajo el bello título,  “Platonov, o la pieza sin nombre”. Y la frase que extrae funciona como puerta de entrada y de salida, que en la novela se convierte en una suerte de puerta giratoria, como si hiciera falta entrar y salir en un mismo movimiento.

El que lidera la premisa es Thomas Rémige, médico responsable del trasplante y al mismo tiempo, puente verbal entre los padres y el corazón del hijo. En pocas horas, Thomas intentará convencer a Sean y Marianne para que su hijo, Simón, done su corazón. El problema es que los que donan son los padres; en este sentido, la novela plantea un punto de concentración imposible, un recorte temporal de la elaboración, un ejercicio fulminante de la decisión. No hay tiempo de ver que deben concluir. Los padres tienen que decir por algo que ya no les es propio y que sin embargo tiene algo de ambos: Simón. Y ni siquiera deciden por Simón, sino por algo que ya no sabemos si le pertenece a Simón, al no estar éste vivo: el corazón.

Si bien es cuestión de horas, la novela se toma varias páginas para dar cuenta de la falta de tiempo. Eso es lo interesante de la escritura, con respecto al relato de una acción. Lo contingente o imperioso de lo real, se descomprime en la escritura, más allá de lo indecible. El sintagma es síntoma de lo que no se puede decir, al tiempo que establece un orden posible.  De allí que el imprevisto –sobre todo ligado a los accidentes- parece llegar como una acontecimiento sin relato. Por eso se suele acudir a la “crónica”, o sea, al tiempo del relato (Chronos, dios del Tiempo en la mitología griega). Lo que llega sin tiempo, el tiempo que falta, la falta de tiempo…  “Reparar a los vivos” está construida como la crónica de un desvelo.

Kerangal confiesa el miedo que le provocaba tan sólo pensar que podía haber una noche en su novela. Una noche en la que todos se durmiesen, o nada pasara; una noche de espera. Su primera decisión narrativa fue que no hubiera noche para ninguno de los personajes. Los dejó despiertos para no desvelarse ella misma. “Si yo sabía que estaban despiertos, que no se quedaban dormidos en esa situación, podía irme tranquila a la cama y seguir escribiendo al día siguiente”, dijo en la presentación de la novela que se hizo en la Alianza Francesa de Buenos Aires. Ahora bien, ¿qué es una novela sin noche, sin sueño?   Vuelvo a pensarla como la crónica de un desvelo (también podríamos pensar al “Ulises” de Joyce de esta manera).

Y sin dormir, llegamos al capítulo que comienza: “Donará”. Lo dice el padre. Se lo dice el padre a Thomas Rémige, quien “se levanta bruscamente de la silla, tambaleante, colorado, el tórax en expansión bajo el efecto de una oleada de calor, como si se le acelerase la sangre. Avanza hacia los padres de Simón, se detiene. Marianne y Sean bajan los ojos, se quedan plantados como postes en el umbral del despacho del médico, desconcertados, ensucian el suelo con los zapatos, depositan barro y hierbas oscuras, rebasados ellos mismos por lo que  acaban de hacer, por lo que acaban de anunciar, donará, donará, donará, abandonará… las palabras entrechocan en el fondo de sus tímpanos.

” En ese momento, la novela renueva su ritmo. Se ha tomado la decisión y se acelera la operación del trasplante. La escritura se convierte en un proceso de flujos y coágulos. Así, en la novela hay momentos de empantanamiento, de palabras que se amontonan como si formaran una barrera de sentido, una nebulosa indecisa, agobiante y puf, una palabra de liberación que deja pasar a las demás y renueva los lazos y el devenir: “donará”. Este capítulo, en la mitad del libro aproximadamente, funciona como puerta de entrada de quienes parecían estar expulsados de la vida: los padres de Simón.

 

Silvia Hopenhayn.

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