Revista Lectura Lacaniana Número: XXXII
Lecturas Políticas

Capitalismo sin padre I

Por Jorge Alemán
Publicado en Lectura Lacaniana: 5 junio, 2015


Psicoanalista, escritor, Agregado cltural de la Embajada Argentina en Madrid. Autor de múltiples libros y ensayos, poeta y editor, Alemán está radicado en España desde 1976, y es miembro de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis (ELP), de la Escuela de Orientación Lacaniana (EOL) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP).

El siguiente artículo será dividido en dos entregas. En la primera, Jorge Alemán plantea una crisis del sistema capitalista debido a la ausencia de un límite, un tope que ponga freno a la deriva financiera incontrolada.

Se refiere también al discurso capitalista donde “el sujeto se ha convertido en un ente que no depende de nada”. (superponiendo el discurso capitalista al sistema capitalista.)

Efectivamente, en el discurso capitalista, (Lacan 1972), variante del discurso Amo, se produce una inversión entre el $ y S1, desaparece la barra que separa el lugar de la verdad con el lugar del plus de goce. 

En el discurso capitalista, el S1 anda solo, no se articula a S2 como saber inconsciente. El S1 separado de la cadena significante introduce las condiciones de goce sin representar al sujeto, tal como podemos observar en las adicciones por ejemplo. El sujeto es forcluido.

Jorge Alemán equipara el sistema capitalista, la crisis del sistema capitalista al sujeto del discurso capitalista.

¿Cómo pensar la falta de limite en la crisis del sistema capitalista? ¿Se puede sostener el que no hay un limite a la deriva financiera? ¿No hay un tope para las crisis del sistema?

En la sección del Blog de esta misma página se encuentra el comentario de la película “El lobo de Wall Street”, el protagonista de dicha película se lanza hacia un consumo desenfrenado, una alocada carrera hacia la multiplicación del dinero, el sexo y las mujeres, el consumo de cuanta droga estuviese. Entra en escena el FBI y  el desenfreno encuentra un tope. 

 

Florencia Vidal Domínguez.

 

 

Capitalismo sin padre

El modo en que la crisis sistémica del capitalismo se despliega sobre el mundo muestra con claridad la ausencia de un límite, que haga barrera a la deriva financiera incontrolada. Nada funciona como punto de amarre; las naciones y sus agrupamientos, las instituciones mundiales, las medidas económicas que pretenden paliar la emergencia de inmediato se reabsorben y se diluyen en los movimientos del mercado.

No aparece el lugar desde donde podría operar lo que Lacan denomina el Nombre del Padre y su efecto logrado: el que Lacan llama punto de capitón. (N. de la R.: Lacan toma el concepto de punto de capitón de la tapicería: son esos botones que, generalmente a intervalos regulares, fijan los almohadones y los tapizados, de modo que el relleno no pueda deslizarse y se conserve la forma. En el discurso, el punto de capitón es aquel en que un significante queda abrochado a un significado y se constituye una significación: a partir del punto de capitón, ya no todo puede querer decir cualquier cosa.) La hemorragia no se detiene, el efecto de autoridad simbólica que debe acompañar la decisión tomada se destituye con facilidad y el “semblante” del Padre que garantice, al menos coyunturalmente, una sutura en la hemorragia, no termina de emerger.

En suma, la autoridad simbólica, su credibilidad y la posible lectura retroactiva de lo sucedido no encuentran el tiempo ni el lugar para ejercerse de modo eficaz. ¿Se llama a esto “crisis del capitalismo”? Por el contrario, nuestra afirmación es otra: es el propio capitalismo el que es capaz de poner en crisis todas las estructuras que hasta ahora venían simulando su regulación.

En el llamado discurso capitalista, Lacan medita sobre un dispositivo donde el sujeto se ha convertido en un ente que no depende de nada, solo está allí para que se conecten los lugares y, al ser el capitalismo la máquina que conecta todos los lugares, el corte es imposible.

Por ello, las autoridades simbólicas se licuan en el circuito de movimiento permanente y circular. La esencia del discurso capitalista es el rechazo de la modalidad de lo imposible. La crisis es la de aquellos organismos e instituciones que administran el capitalismo, al no saber qué hacer con el excedente que siempre sobrevive destruyendo al aparato productivo y se expande como un exceso ingobernable.

El sujeto del discurso capitalista realiza todo el tiempo su propia voluntad de satisfacción, en un circuito que cortado por ninguna imposibilidad, pues su propósito es que todo lo que es en el mundo se presente como mercancía. Desde esta perspectiva, el discurso capitalista no es una experiencia humana; la experiencia humana brota siempre de un fondo de imposibilidad, su condición primera es la falla, el límite, la castración.

En el discurso capitalista, como en su día en los totalitarismos modernos, se encuentra el proyecto implícito de producir un sujeto nuevo, sin legado histórico ni herencia simbólica. Este sujeto capitalista tributario de nada que no sea colaborar con la voluntad acéfala que realiza, se caracteriza por no tener en cuenta consecuencia alguna. Autopropulsándose desde sí, en principio se presenta sin que se pueda pensar su exterior. Este régimen, inhumano si consideramos que lo humano es hijo incurable de la falla, es humano en tanto la historia de lo humano-occidental y su mundialización han llevado a producir un más allá de su límite, un goce mortífero que excediera a la propia constitución simbólica, aun estando involucrado en la misma.

El discurso capitalista es el dispositivo pertinente para considerar la economía de goce propia de la técnica. Pero para captar el alcance de la homologación entre técnica y discurso capitalista, es necesario en primer lugar establecer la diferencia entre el sentido moderno de la ciencia y lo que aquí llamamos técnica. En uno de sus grandes seminarios, “¿Qué significa pensar?” (1951), Heidegger presenta el siguiente axioma: “La ciencia no piensa”. Este axioma no habla de la ciencia moderna, fundada en Descartes y Galileo, sino que describe una metamorfosis radical, algo que desde el interior de la ciencia moderna rebasa y cancela su límite. Ya no hay más ciencia en el sentido moderno, o la ciencia es lentamente transformada en su espectro técnico.

Heidegger capta el momento histórico de la ciencia moderna: muestra el surgimiento del nihilismo, la época que vuelve todo intercambiable, equivalente, evaluable, calculable. Lacan da un paso más. Al estudiar el modo en que la ciencia es una “ideología de la supresión del sujeto”, se abre a distintas consideraciones epocales sobre los efectos directos, propios de la homogeneización llevada a cabo por el discurso de la ciencia. A saber: el aumento del odio racista, que siempre considera al Otro, o bien como un goce subdesarrollado, o bien como portador de un exceso de goce maligno. Por esta razón, Lacan capta en el campo de concentración el punto de fuga de las sociedades contemporáneas. Lacan anticipa una nueva torsión de la ciencia donde el saber se anuda en la pulsión de muerte.

Print Friendly