Revista Lectura Lacaniana Número: XXII
Lecturas Culturales

"Dos escrituras como ironías del ser y no ser nadie" III

Por Carlos Dante García
Publicado en Lectura Lacaniana: 10 agosto, 2014


“Dos escrituras como ironías del ser y no ser nadie”     Tercera Parte.

En esta ultima entrega, Carlos Dante García nos presenta a Robert Walser. Divide su vida y su producción literaria en dos. Un primer período, la pluma. La pluma le permite  organizar  su escritura y poner un freno a sus alucinaciones: “Las palabras que me dispongo a pronunciar aquí tienen su propia voluntad”. Un segundo período: “el procedimiento del lápiz”. Cuando se “desencadena su locura aparecen dos fenómenos: lo que él mismo denomino “mi crisis de escritura” y la caída de su cuerpo basado en lo que le ocurría en su mano” nos explica Carlos Dante García. Es el mismo Walser quien menciona cual fue la función de escribir para él, como logra hacer una invención a través de lo que él denomina “procedimiento del lápiz” y encontrar así un alivio subjetivo: “hacer callar esta cosa incongruente que salía de su pluma”.

Florencia Vidal Domínguez.

 

Una vida común en el más mínimo detalle: tratando de no ser nadie.

Robert Walser, el escritor suizo que acaparó elogios y reconocimientos  de grandes escritores de su tiempo trató con su modo de vida y de escritura de minimizar su vida y su escritura, aislándose de casi todo lazo social. Los diversos trabajos psicopatológicos sobre él consideran su padecimiento como una esquizofrenia. Si bien podemos acordar con el diagnóstico debemos poder explicar tres cuestiones esenciales. ¿Por qué en gran parte de su vida su locura pasó desapercibida? ¿Por qué, en gran parte de su escritura no se percibe en nada eso que caracteriza propiamente a la esquizofrenia que es la pérdida de la intención de decir, la pérdida de la cadena intencional del discurso, del texto? ¿Qué función cumpla su escritura? En el psicoanálisis disponemos de una manera de nombrar a las psicosis moderadas, no estruendosas y muy poco evidentes hasta su desencadenamiento: las psicosis ordinarias. Locuras que pasan desapercibidas Divido su recorrido de vida y su producción literaria en dos. Un primer período, la pluma hasta lo que él denomina su crisis de escritura. Un segundo período a partir de allí donde inventa “el procedimiento del lápiz”. Se dice que durante ese tiempo hizo uso de lo que aprendió en Berlín en su estadía en una escuela de formación de empleados domésticos. Trabajó de sirviente en muchas casas, como empleado, como secretario y esto ha dado lugar a que se diga de ello que había en él una pasión esclava y que en todo caso, su andar itinerante, su vagabundeo y sus paseos forman parte del estilo del escritor romántico.

Había un rasgo esencial a su escritura: tenía que escribir el más mínimo detalle y traducirlo a su propia lengua, siempre con pluma. Esa imposición en relación a la lengua se debía a que las palabras se le imponían y su escritura se organizaba a partir de esto: “Las palabras que me dispongo a pronunciar aquí tienen su propia voluntad.” Padecía de alucinaciones. En dos novelas: “Los hermanos Tanner” y en “Le Brigand” manifiesta que “se escucha a sí mismo” y que escuchaba voces femeninas que dio lugar a las mujeres de sus novelas. Las mujeres que escuchó, eran voces que le permitieron crear los personajes ficticios. También decía de sí: “especialista de la escucha” dado que experimentaba un gran sufrimiento psíquico cuando dirigía su palabra al otro: “Cuando quiero hablar me escucho a fin de contar con un auditorio”.

Su posición subjetiva se caracterizaba por la de ser sirviente de su lengua particular y al mismo tiempo servirse de las palabras que se le imponían para obtener un bienestar: “…Un hombre que no garrapatea ¿puede siquiera tomar su  café por la mañana? ¿Un hombre así, puede siquiera respirar?” Era un empleado, un viviente que encarnaba la ironía de la servidumbre al lenguaje, pero no al lenguaje universal, sino a la lengua por él mismo inventada: “…Soy un tornero que escribe, que talla, que forja, que pule, que clava, ensamblando las frases. “ Se puede decir que fue un sirviente (sirvienta) de su lengua.

Su amigo Carl Seelig, quien recogió en un libro extraordinario, sus conversaciones en los años de silencio en “Paseos con Robert Walser”, no se equivocaba al decir que no había que descifrar sus escritos. Walser tenía un propósito para escribir de manera miniaturizada en cierto momento de su vida: curarse de la sonoridad de la lengua.

El momento en que su locura se desencadena aparecen dos fenómenos: lo que él mismo denominó “mi crisis de escritura” y la caída de su cuerpo basado en lo que le ocurría en su mano.  Las alucinaciones y depresiones venían de antes. Lo destacable era lo que el mismo Walser decía sobre la función del escribir para él. En una carta a Max Rychner en 1927 le dice:” Le puedo asegurar que con la pluma (esto ya había comenzado en Berlín), asistí a la quiebra de mi mano, un verdadero ahogo, una suerte de calambre, de dolor, del cual me fue liberando lentamente, con dificultades, este procedimiento del lápiz. Una impotencia, un calambre, es a la vez algo físico y mental. Yo pasé por una época de desamparo total, que de cierta manera se reflejó en mi escritura, en la disolución de esa escritura, y es el acto de copiar lo ya escrito a lápiz que pude reaprender a escribir, como un niño”.

En estas líneas se aprecia que para el acto de escribir no hay un buen uso del cuerpo y de sus partes, en este caso la mano que la educación diga: con ésta parte del cuerpo hay que hacer esto. Walser inventa no solo un procedimiento de escritura, su método del crayón o del lápiz y al mismo tiempo un uso para su mano. El calambre de su mano era un fenómeno esquizofrénico.

Su procedimiento del lápiz tenía un uso muy preciso: mantener su escritura en la ilegibilidad con el objetivo, dicho por él de: “hacer callar esta cosa incongruente que salía de su pluma” que lo perseguía. Llamará “Lago acústico” a un espacio de goce, un espacio de escritura reducida a letras sin significación.

“Para mi sin embargo, el procedimiento del lápiz tiene un significado. En lo que respecta al autor de estas líneas, hubo un cierto momento, en efecto, en el que se encontró presa de una terrible, de una espantosa aversión a la pluma, un momento en el que se cansó de ella a un punto imposible de describir, un momento en el que por poco que tomara una pluma para escribir, se volvía estúpido, y para liberarse del asco a la pluma, se puso a escribir con lápiz, a bocetar, a esbozar, a juguetear. Gracias al lápiz, yo podía permitirme jugar, componer, me parecía entonces que el placer de escribir, retomaba vida.” Este escritor nos da una lección con su escritura, a los escritores y a los psicoanalistas, una lección sobre el acto de escribir: hay dos modos de lo escrito: el significante y la letra; el significante que conlleva sonido y la letra que no habla más que para sí misma, el dibujo de la escritura en miniatura sin significación. ¿Qué dirán los que lo intentaron descifrar? ¿Deliran? Para él, el continuar creando era lo esencial pero a condición de reducir en el escrito toda sonoridad y significación.

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