Revista Lectura Lacaniana Número: XLIV
Lecturas Culturales

Mujeres del Quijote. Parte III

Por Silvia Hopenhayn
Publicado en Lectura Lacaniana: 9 junio, 2016


Tercera entrega:

En la tercera entrega Silvia Hopenhayn nos presenta a “la guacha”, la que se hace llamar Altisidora. Hace  la distinción entre el  “hacerse llamar” de Altisidora y el  “ser nombrada” como Dulcinea.  Altisidora, es la llamada la Lolita del Quijote por su arrojo y provocación.  No se sabe si esta enamorada de Don Quijote o finge para destronar a Dulcinea del corazón de Don Quijote.

También nos trae en esta misma entrega a Dulcinea,  nombrada así por Don Quijote quien le otorga el título de “Señora de sus pensamientos”. Si bien su fealdad es mencionada en una aclaración al margen, Don Quijote la describe como un ser bellísimo, de una “hermosura sobrehumana…”

Cuando Sancho descubre quien es Dulcinea, pasa a ser de encantada a una simple labradora, “brutona”, al decir de Sancho.  Don Quijote desencantado se pierde en lágrimas…

En el final de la presentación Silvia Hopenhayn nos invita a la lectura del Don Quijote y sus mujeres: “seres del decir que van poblando nuestro mundo”, proponiendo el soñar como realidad de la vida.

Florencia Vidal Domínguez

 

MUJERES DEL QUIJOTE / Salón Dorado del Teatro Colón

La guacha, tampoco es Dulcinea. Se llama Altisidora. Un distingo: no se llama, se hace llamar. No es igual que el nombramiento de Dulcinea. En este sentido, las mujeres del Quijote, se las toma una por una, son muy diferentes. Dulcinea es nombrada, Altisidora se hace llamar. No sabemos si está enamorada de Don Quijote o juega al fingimiento. Frente a ella uno se pregunta, ¿Don Quijote también finge?

No es lo mismo actuar sobre un escenario que cambiar de nombre para inventarse una vida.

Ella monta una escena, él desmonta lo andado. Ella finge desafiante, él desafía los semblantes. Altisidora aparece en varios capítulos, desde el 44  hasta en el 58, y luego se despide en el 70.

Por su arrojo, provocación, catorce años y pocos meses, ha sido llamada la Lolita del Quijote.  Más severa, erudita y actriz, Altisidora en realidad quiere destronar a Dulcinea del corazón de Don Quijote. Con palabras y actuación, enfrenta al nombre de la amada para quedarse con el amador. Lo seduce con su arpa y su voz, y hasta se hace pasar por muerta de amor.

Al final del capítulo 70, vencido ya Don Quijote por el Caballero de la Blanca Luna, Altisidora llora. No sabemos si finge o depone su personaje al tiempo que Don Quijote deja de ser Don Quijote, volviendo a su aldea con su primitivo nombre: Alonso Quijano.

¿Y quién es la fea sino la tan mentada Dulcinea?

Aparece primero en las dedicatorias, otra invención genial de Cervantes. Antes de comenzar la historia, hay una serie de dedicatorias de personajes literarios de la época, a los propios personajes de Don Quijote, por ejemplo: “Del Donoso, poeta entreverado a Sancho Panza y Rocinante” o de “Orlando Furioso a Don Quijote de la Mancha”. Y es en estas dedicatorias que  por primera vez es nombrada Dulcinea. (Algo parecido hará Macedonio Fernández, ya no con los personajes de la literatura, sino con las funciones de la misma. Su novela que mencioné está dedicada al “lector salteado” y tiene más de 50 prólogos ficticios como su “Prólogo al personaje prestado” o “Prólogo que se cree novela”).

En el primer capítulo, cuando Don Quijote emprende su elección de nombres, llama Dulcinea a una labradora vecina, -antes llamada Aldonza Lorenzo-,  para otorgarle el título de  “Señora de sus pensamientos”.  En el capítulo III, en sus primeros enfrentamientos, la invoca de la siguiente manera: “Socorred a este vuestro Caballero” o “Acorredme, señora mía”.

No deja de sorprender el recurso apelativo. ¿Es entonces ella quien lo salva? ¿De qué salva Dulcinea a Don Quijote? ¿De la muerte o de la vida real?

En el célebre capítulo IX (del que toma Borges un párrafo entero para transcribirlo en su cuento Pierre Menard), aparece por primera vez una referencia a la fealdad de Dulcinea, pero como ¡aclaración al margen! Recuerden que en este capítulo, el autor encuentra el manuscrito de Cide Hamete Benengeli con la continuación de Don Quijote en arábigo. Su traductor morisco lo lee y comienza a reírse. Dice el autor/narrador: “Díjele que me lo dijese él y sin dejar la risa, dijo: “Esta Dulcinea del Toboso, tantas veces en la  historia referida, dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos que cualquier otra mujer de la Mancha.”  Olorosa y fea, Aldonza Lorenzo, investida de palabras, como encantada por el lenguaje, se convertirá entonces en Dulcinea, pintada por el Quijote en el capítulo XIII, como “hermosura sobrehumana, pues en ella vienen a hacer verdaderos todos los imposibles y quiméricos atributos de belleza que los poetas dan a sus damas, que sus cabellos son oro, su frente campos elíseos, sus cejas arcos del cielo, sus ojos , soles, sus mejillas rosas, perlas sus dientes, mármol su pecho, …y las partes que a la vista humana encubrió la honestidad son tales, que solo la discreta consideración puede encarecerlas, no compararlas.”

Casi una parodia de los decires que elevan tan alto a la mujer que nunca la alcanzan.

Así, Dulcinea deviene; no es porque no está en ningún lado, ni era, porque antes se llamaba Aldonza. Por eso cuando Vivaldo le pregunta por el linaje, Don Quijote le responde por lo que ella NO ES: “Dulcinea no es de los antiguos Curcios, Gayos y Cipiones romanos, ni de los Moncadas y Requenses de Cataluña, ni menos de los Rebellas y Villanovas de Valencia, Palafoxes, Lunas, Alagones, de Aragón, Cerdas, Manriques, Mencozas y Guzmanes de Castilla, pero es de los del Toboso de la Mancha, linaje aunque moderno tal que puede llegar a ser generoso principio de las más ilustres familias de los siglos venideros”. Aquí vemos cómo al nombrarla, la DESPRENDE de una descendencia. Don Quijote es la primera novela moderna y es generoso principio de los grandes escritores que se servirán de ella. Por eso el personaje le contesta: “Semejante apellido no ha llegado hasta ahora a mis oídos”. Esto certifica la novedad del personaje, y de la novela.

En la Segunda parte (recuerden que en la Segunda parte del Quijote los personajes han LEÍDO el primer Quijote, y conocen la historia de Dulcinea…), la Duquesa evoca lo leído (que no es otra cosa que la vida de Don Quijote): “si mal no me acuerdo, nunca vuestra merced ha visto a la señora Dulcinea, y esa tal señora no es en el mundo, sino que es dama fantástica, que vuestra merced la engendró y parió en su entendimiento, y la pintó con todas aquellas gracias y perfecciones que quiso.” A lo cual Don Quijote le responde: “Dios sabe si hay Dulcinea o no en el mundo, y si es fantástica o no ha de serlo”.  Y agrega lo siguiente: “Si yo pudiera sacar mi corazón y ponerle ante los ojos de vuestra grandeza, aquí sobre esta mesa y en un plato, y quitara el trabajo a mi lengua de decir lo que apenas se puede pensar, para que vuestra excelencia la viera en él toda retratada…”

Dulcinea es el retrato de un sentimiento, su condición de existencia es artística, por lo tanto artificial, y por ello mismo gozosa para los lectores.  Como dijo Oscar Wilde, la vida imita al arte y no el arte a la vida.

Recién en el cap. XXV, Sancho se entera de la verdadera naturaleza de Dulcinea y dice: ¿¡Que la hija de Lorenzo Corchuelo y Aldonza Nogales es la Señora Dulcinea del Toboso, llamada por otro nombre Aldonza Lorenzo, cortesana y brutona!?”

Por eso, cuando Don Quijote le pide que la encuentre, Sancho elige una labradora cualquiera y se la señala como Dulcinea, ante lo cual Don Quijote se pierde en lágrimas, y la considera ahora encantada, pero a la inversa. Es un cuerpo que ya no tiene lengua. Por eso dice: “estoy más para llorarla que para describirla”.

Y continúa: “Dulcinea encantada, convertida de princesa en labradora, de hermosa en fea, de ángel en diablo, de luz en tinieblas y (el que más me gusta), de reposada en brincadora.”

Para desencantarla, burlándose de ellos, le dicen a Sancho que debe darse mil trescientos azotes en sus valientes posaderas. Y Don Quijote, a lo largo del camino de vuelta a la aldea, no  hace más que rogarle a Sancho que cumpla con la condición del desencanto.

Y le dice: “Si ella vuelve al ser perdido, mi vencimiento habrá sido felicísimo triunfo.”

El ser perdido es aquí el otorgado por quien no tiene más que surtidas palabras para crearlo.

Y esta es la entrega de Don Quijote: los seres del decir que van poblando nuestro mundo.

Y el encantamiento del mundo con lo que se dice.

¿Pero a dónde irían a parar todos esos nombramientos sin la lectura que les diese vida?

Los lectores del Quijote formamos parte de la novela, porque así como en el Segundo Quijote, los personajes leyeron el Primero, nosotros lectores seríamos los personajes siguientes encargados de perpetuarlo.

Por eso les digo que Don Quijote y sus mujeres están esperando que los lean, porque así como un clásico es un libro que está vivo, también es el que renace en cada lectura como nuevo.

 

Silvia Hopenhayn

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