Revista Lectura Lacaniana Número: XLIII
Lecturas Psicoanalíticas

Elegir el sexo. Parte I

Por Francois  Ansermet
Publicado en Lectura Lacaniana: 29 mayo, 2016


En este artículo, el cual será dividido en dos entregas, Ansermet destaca en primer lugar que, no sólo en el registro de los semblantes, sino que también en lo real de cuerpo, el ser humano interviene sobre el destino de la sexuación. Desde la elección transexual hasta el intersexo, en donde a partir de un ejemplo, nos trae a las hormonas femeninas como aquello que abruma en el cuerpo del genotipo XX. El deseo y la identidad de género abren caminos diversos, como también así la pregunta por la procreación.

Desde distintos enfoques, la diferencia de los sexos se torna irresuelta. Se trata de orientarse hacia una lógica de la subjetivación en donde se pone en juego el tipo de goce elegido.

Por otro lado, sitúa cómo el amor se ubica en la compleja partición femenino y masculino. Es el rechazo a la feminidad aquello que para Ansermet genera la igualdad entre los sexos, en el sentido de aquello éxtimo, lo íntimo excluído, desconocido.

Por otro lado, se da un pasaje del destino anatómico hacia la elección, en donde como elección se pone en juego que todo ha de ser posible. 

Es esencial recordar, que la sexuación es muy diversa a la conformación de una identidad sexual, de modo que se plantea preservar un lugar para lo inesperado en la singularidad de cada cual, más allá de las certezas y las incertidumbres en torno al avance contemporáneo sobre las intervenciones sobre el sexo, muy otra cosa, es lo que hace a la elección del sujeto.

 

Primera entrega:

En esta primera entrega, el autor destaca cómo, tanto para los transexuales como para los intersexo, es posible intervenir sobre el destino del sexo. Por un lado, un ejemplo clínico de intersexo nos presenta a un chico XX cuyo despliegue hormonal lo abate, una presión desde lo biológico que no se condice con lo que siente ser.

La clínica de los transexuales remite a problemas de diferenciación sexual, mientras que la clínica de los intersexo se dirige hacia los problemas con la identidad de género. Para el autor, ambas desembocan finalmente en los problemas acerca de la sexuación. Más allá de la identidad, es el deseo como rasgo del ser parlante aquel que es puesto en juego, así como también, de qué modo es subjetivada la procreación y el modo singular de goce.

De la mano del paradigma de Johns Hopkins, los niños intersexo sufren la barradura de la ambigüedad. Se trata de orientarse hacia aquella lógica que indica cómo cada sujeto subjetiva su modo propio de goce.

 

 Andrea Amendola

 

 

Se puede, hoy día, elegir el sexo. No solamente en el registro de los semblantes: podemos intervenir directamente sobre el sexo mediante la cirugía plástica y los tratamientos hormonales. Algunos- los transexuales y los transgénero- quieren, claramente, pasar de un sexo al otro. Otros- los intersexo- buscan resolverlo en la ambigüedad. Sea cual sea la elección en juego, ésta revela que podemos, hoy día, intervenir sobre el destino de la sexuación.

 

La elección transexual

La clínica de aquéllos que deciden cambiar de sexo sobre la base de una anatomía considerada como fisiológica es, evidentemente, diferente de la de aquélla y aquellos que nacen con una anatomía ambigua en relación a la cual habría que decidir. Se trata de dos situaciones totalmente diferentes. En el caso de la transexualidad, es el sujeto el agente del cambio. En el caso de los intersexo, hasta el momento han sido los padres o los médicos quienes deciden un sexo de atribución dejando al sujeto, a posteriori, saber qué hacer con eso; todo esto está en proceso de cambiar, abriendo nuevas preguntas sobre el destino sexual más allá de todo lo que se había dicho hasta el momento

Para ilustrar la clínica de la transexualidad en el niño, podría citar a una adolescente que tiene ahora 16 años quien, desde pequeña, dice sentirse un chico en el cuerpo de una chica, con la voluntad absoluta de cambiar de sexo. Se ha sentido siempre un chico con un cuerpo que no parecía pertenecerle. No soporta sus reglas y utiliza un DIU para evitarlas. No soporta sus senos; esconde su pecho utilizando camisetas amplias. Quisiera cambiarse el nombre. Se siente invadida por sus propias hormonas femeninas. No ha tenido jamás un momento de duda respecto de ser un chico. Por otro lado, sólo siente deseo por las chicas, nunca por los chicos, lo que constituye, para ella, una prueba de ser un chico. Cuando está con un chico, no siente deseo porque a éste le atraen las chicas. Y es solamente cuando está con una chica que ella se siente realmente un chico, un chico heterosexual. Resumiendo, como ella misma dice, “Me siento completamente un chico y no veo las cosas como los demás me ven”.

 

El intersexo empujado a la elección

Para la clínica intersexo, podría citar a un chico de genotipo XX que presenta una ambigüedad genital desde su primera infancia.A partir de la pubertad se le hacen intolerables los dolores en el vientre de cada mes. Tiene pechos que le resultan insoportables.

Presiona sus senos con cinta adhesiva para que no se le noten, en particular cuando juega al fútbol del que es un apasionado. Ha entendido que son sus hormonas femeninas las que le provocan este tipo de fenómenos. Sus hormonas le empujan allí donde él no quiere ir. Cuando le pregunto sobre lo que sabe al respecto, dice: “No puedo ponerle un nombre. No sé de qué se trata pero sé que me curaré de esto…Curado de qué? De esta enfermedad… Qué es esta enfermedad? No lo sé”. Agrega, sin embargo, que quiere que los médicos lo transformen en un chico, sin estas hormonas femeninas que lo abruman. Dice haberse enamorado de algunas chicas: frente a esto, aunque sea nombrado como XX, afirma ser heterosexual cuando está con una chica. En resumidas cuentas, se siente un chico. Pero, al asumir el caso de este chico XX, un ginecólogo concienzudo le ha preguntado si no quería conservar su útero para el caso en que quisiera, más tarde, tener un hijo. Esta pregunta lo ha abatido; él, que quería liberarse de esta presión hormonal que lo empuja allí donde él no quiere ir.

 

La sexuación revisitada

La clínica de los transexuales y de los intersexo son dos campos completamente diferentes. Definimos, por un lado, problemas de diferenciación sexual y, por otro, problemas con la identidad de género. Sin embargo, ambas apuntan hacia las mismas preguntas que obligan a revisar por completo los destinos de la sexuación.

Es, particularmente desde Stoller [1], que hablamos de identidad de género (Stoller, 1968) según una lógica de las clases en referencia a los ideales del sexo que funcionan como puntos de referencia pero también como normas.

Con los “Gender Studies” (Estudios sobre género) aparece un punto de vista crítico, constructivista, que presenta los sexos como construcciones sociales y culturales más allá de cualquier punto de vista naturalista, pero si fuéramos más allá con la crítica, podríamos ver la determinación social como algo que procede de un sistema de causalidad que opera de la misma manera que las determinaciones biológicas, genéticas y hormonales.

Sin embargo, lo que revela la clínica de la elección del sexo es un más allá de la identidad que no es tenida en cuenta en tanto permanecemos fijados en la problemática de la identidad, a saber: por una parte, la cuestión del deseo; por otra, la de la procreación y, finalmente, la cuestión de la sexualidad y de la elección del tipo de goce.

Vemos claramente, en los dos casos presentados, que sus preguntas tocan el eje del deseo aún más que el de la identidad. Que, tanto uno como otro, son potencialmente tocados por la pregunta de la procreación, ya sea por su imposibilidad como por su posibilidad mantenida. Es también alrededor de la cuestión sexual- del deseo y de la elección sexual, más allá de toda problemática de la identidad- que los proyectos médicos de los tratamientos en juego han basculado.

 

Un cambio de paradigma

Se ha aplicado, desde los años 50, y siguiendo los avances de la endocrinología y de la cirugía plástica, el llamado paradigma de Johns Hopkins, producto de la convergencia entre el endocrinólogo John Money y el psicoanalista Stoller. Se pensaba que la única solución en caso de intersexualidad era la atribución de un sexo claro lo antes posible, eligiendo, del lado de los médicos, aquél que fuera el más estable posible, en particular al momento de la pubertad, con la idea de que un niño, para constituirse, debía poder apoyarse sobre una clara diferenciación sexual. A fuerza de afirmar esto fue barrada la ambigüedad. Se podría decir que los niños intersexo sufren, de entrada, una falta de ambigüedad. El sexo es aquello que más provee de significación. Si es puesto en cuestión, se impone su significación. Y es una significación sexual unívoca la que se impone, en caso de desarmonía entre el sexo cromosómico y el fenotípico, sobre la ambigüedad que está presente y con la cual el sujeto puede jugar en tanto no haya un tope biológico apremiante.

Sea cual fuere, no existe un marcador claro de la diferencia sexual. Ni el sexo cromosómico ni el sexo genético ni el sexo endocrinológico ni el sexo cerebral ni el sexo morfológico ni el género permiten resolver la cuestión de la diferencia de los sexos.

Las prácticas contemporáneas alrededor de la intersexualidad y de la transexualidad demuestran la elección del sexo como algo que se sitúa en un más allá de la identificación. Obligan a ir más allá de una lógica de las clases para ordenar la pregunta de la diferencia de los sexos, de su falta de igualdad o de su lucha por la paridad, para acercarse a una lógica de la subjetivación que pone el juego la elección del tipo de goce.

Se podría, en efecto, distinguir una sexuación imaginaria que tiene que ver, efectivamente, con la identidad, una sexuación simbólica con la nominación y la afiliación, y una sexuación real que toca la elección del goce, entre un goce fálico y un goce otro [2], entre un goce transparente, marcado por el significante, y un goce opaco, para retomar la expresión de Jacques-Alain Miller.

 

Notas:

[1]Robert Stoller, Recherches sur l’identité sexual, París, Gallimard, 1968

[2]Ver la cuestión del goce Otro más allá de una lógica regida por el falo: Jacques Lacan, Una carta de almor, El Seminario Libro XX, Aún. Ediciones Paidós 1981.p. 95-108.

 

 

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