Revista Lectura Lacaniana Número: XLIII
Lecturas Culturales

Mujeres del Quijote. Parte II

Por Silvia Hopenhayn
Publicado en Lectura Lacaniana: 9 mayo, 2016


Segunda entrega:

En la segunda entrega Silvia Hopenhayn se refiere a la pastora Marcela, la linda. La define como “afable y hermosa, rica y recluida”. Era tan deseada por los hombres, que se disfrazaban de pastores para poder estar cerca de ella. Hubo uno, Crisóstomo que se suicida por su amor y pide ser enterrado allí donde la vio por primera vez. Marcela asiste a su entierro y   los reunidos alrededor de la sepultura le preguntan:¿ A qué vienes? Ella responde: “el verdadero amor ha de ser voluntario y no forzoso”, no por ser amada está obligada a corresponderles y agrega: “Que si a Crisóstomo mató su impaciencia y arrojado deseo, ¿por qué se ha de culpar mi honesto proceder y recato? Silvia Hopenhayn afirma: “Un verdadero alegato postfeminista”.

 

 Florencia Vidal Domínguez

 

 

MUJERES DEL QUIJOTE / Salón Dorado del Teatro Colón

En esta “dorada” tarde, me referiré a la pastora Marcela, a la joven Altisidora y la amada Dulcinea. Por orden de aparición, la linda, la guacha y la fea

La linda no es Dulcinea, sino la Pastora Marcela. Uno de los personajes más entrañables de esta historia, y más inteligentes.

El discurso de Marcela frente a la sepultura de su amante no correspondido, el pastor y estudiante Grisóstomo -rodeada de todos los hombres que lo acompañan en su entierro compadeciéndose de él, ya que también hubieran querido ser amantes de ella-, es un verdadero alegato postfeminista.

Su historia la empieza a contar el cabrero Pedro en el capítulo XII. Según el cabrero, en la aldea más cercana había muerto el famoso Grisóstomo y “murió de amores de aquella endiablada moza Marcela”, quien a los 14 años de tan bella “nadie la miraba sin bendecir a Dios”. En medio del cuento, Don Quijote estimula al cabrero para que siga contando, elogiando su don de la narración. Nuestro héroe es también un crítico de la oralidad.

Marcela, huérfana a temprana edad, había quedado a cargo de un tío rico y sacerdote. En vez de casamiento y estudios, ella prefirió el retiro, más natural que espiritual: se volvió pastora y se fue al campo a cuidar ganado: “Y no se piense que porque Marcela se puso en aquella libertad y vida tan suelta y de tan poco o ningún recogimiento, que por eso ha dado indicio que menoscabe su honestidad y recato. Antes es tal la vigilancia con que cuida su honra, que cuantos la solicitan, a ninguno le ha dado alguna pequeña esperanza de alcanzar su deseo. Y con esta manera y condición, por su afabilidad y hermosura, hace más daño en esta tierra que si por ella entrara la pestilencia.”

Marcela es afable y hermosa, rica y recluida. No quiere estar con nadie y todos desean estar con ella. Por eso la culpan, la injurian, y si hubiera existido en aquel entonces algún vituperio de diagnóstico, le hubiera caído el mote de histérica. Pero hubo peros… como escribió Guimaraes Rosa. Ellos no soportaron que una belleza semejante se internase en la montaña. Se dispusieron, Grisóstomo el primero, a disfrazarse de pastores, y a rondar por los bosques de hayas, tan prósperos en la península ibérica, donde “ninguna hay que en su lisa corteza no tenga grabado el nombre de Marcela”. Estos hombres desesperados por su hermosura, ¡graffitiaron todo el bosque!

Entre ellos, el único que se suicidó por amor, -si es que se puede llamar amor al mero anhelo-, fue Grisóstomo.  El relato de Pedro termina con la siguiente aseveración: “todo lo que he contado es de averiguada verdad”. ¿Cuál es la verdad desde la que se cuenta? Yo creo que la verdad despunta, y un buen cuento la entrama.

En el capítulo siguiente, el XIII, Don Quijote asiste al entierro de Grisóstomo, ya conociendo su historia. Pero en el camino sostiene un diálogo particular que refiere a las mujeres de los caballeros, ya no en la vida real sino en los relatos de caballerías. Don Quijote establece que todo caballero debe tener una dama de sus pensamientos a quién dedique sus batallas.

El ocasional compañero de diálogo, refuta su teoría, y le dice “Yo tengo para mí, que no todos los Caballeros andantes tienen damas a quien encomendarse porque no todos son enamorados”. Interesante lectura que desconcierta y perturba a Don Quijote, para quien con sólo nombrar a alguna vecina Señora de sus Pensamientos, el caballero ya está listo para librar batalla. Pero eso no significa que esté listo para amar. Es la amada de sus pensamientos, no del corazón… De todas maneras a ella le dedicara sus proezas y será ella quien las justifique. Por eso, Don Quijote le responde al caminante:: “No puede ser que haya Caballero andante sin dama, porque tan propio y tan natural les es a los tales ser enamorados como al cielo tener estrellas.”

No es lo mismo una estrella que guía que otra que encandila… Como no es lo mismo una mujer idealizada que una poseída…

Por otra parte, quisiera detenerme en lo que le dice el caminante que se encuentra con Don Quijote al borde de la tumba de Grisóstomo, el “Yo tengo para mí”, que es un recurso muy cervantino. Esa frase me resonó muy cercana, por no decir borgeana… Es el memorable giro enunciativo que emplea Borges, quebrando su cuento Emma Zunz, al hacer que aparezca un “yo” que nada tenía que ver con el asunto. Emma Zunz, otra gran mujer de la literatura.

Y es cuando el narrador, en el cuento de Borges, que hasta entonces se mantenía en una discreta tercera persona, en el medio de la historia dice: “Yo tengo para mí”. ¿Con qué derecho viene el yo a discutir las razones por las que Emma Zunz quiere asesinar a su patrón? ¿Quién es ese yo que aparece para torcer el cuento y luego desaparece por completo? Borges, cultor del Quijote, se sirvió bellamente de sus libertades enunciativas.

Vayamos al testamento de Grisóstomo, quien pide que lo entierren en el mismo lugar donde vio por primera vez a Marcela Otro despunte de la verdad para hacerse cuento: la primera vez.

Algo real que detona la invención. Como el primer café que Joyce tomó con Nora, cuyo día se perpetuará en el Ulises, la famosa y única jornada de la novela, el 16 de junio de 1904. O  Beatrice para Dante, que apenas con un parpadear desde su ventana, le hizo ver la Divina Comedia.

Pero la primera vez de Grisóstomo lo llevó a la tumba: allí donde la vio por primera vez quiso quedarse enterrado para siempre: “para que lo depositasen en las entrañas del eterno olvido”.

A su entierro acude nada menos que Marcela, que no aparece desafiante, pero los hombres la consideran una amenaza. Ella sólo quiere darle voz a su misterio.

Ellos, reunidos alrededor de la sepultura, le dicen: “Con tu presencia vierten sangre las heridas de este miserable a quien tu crueldad quitó la vida.  ¿A qué vienes?”

Marcela responde audaz en el capítulo  XIV: “Hízome el cielo, según vosotros decís,  hermosa y de tal manera que a que me améis os mueve mi hermosura, y por el amor que me mostráis, queréis que esté yo obligada a amaros. Yo conozco con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso  es amable; más no alcanzo a entender que por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama. Y más, podría acontecer que el amador de lo hermoso fuese feo y cae muy mal el decir: quiérote por hermosa, has de amar aunque sea feo. Pero puesto el caso de que corran igualmente las hermosuras, no por eso han de correr iguales los deseos, que no todas hermosuras enamoran, que algunas alegran la vista y no rinden la voluntad, que si todas las bellezas enamorasen sería un andar de voluntades confusas y descaminadas sin saber en cual habrían de parar, porque siendo infinitos los sujetos hermosos, infinitos habrían de ser los deseos. Y según he oído decir, el verdadero amor ha de ser voluntario y no forzoso.”

Al final de esta historia, Don Quijote empuña su espada y dice “que nadie se atreva a seguirla por la montaña”… ¡Y él mismo se ofrece para protegerla! La lengua desata y enlaza. Quijote, más que loco, es vivo…

 

Silvia Hopenhayn

Print Friendly

Deja un comentario