Revista Lectura Lacaniana Número: XLII
Lecturas Culturales

Mujeres del Quijote. Parte I

Por Silvia Hopenhayn
Publicado en Lectura Lacaniana: 9 abril, 2016


En esta ocasión, la escritora Silvia Hopenhayn nos trae a viva voz, engalanada desde las aristas del salón Dorado del Teatro Colón, una conferencia que será dividida en cuatro entregas.

En la introducción Silvia nos cuenta, cómo fue tramándose su singular relación con el Quijote.

Luego, en las entregas posteriores, hará referencia a las tres mujeres del Quijote. Las presenta de tal modo, que la pastora Marcela, la joven Altisidora y la amada Dulcinea, evocarán con todas las resonancias de la lengua, a la linda, la guacha y la fea.

Del mismo modo en que su padre ofreció la letra para la invención, hoy Silvia nos acerca con sus palabras, la posibilidad de soñar en esta vida, esa que sobrevuela y trasciende todos los tiempos.

 

Primera entrega:

El Quijote llegó a oídos de Silvia a través de la voz de su padre, quien en las noches de su infancia, le obsequiaba en cada palabra relatada una entrega singular: la letra para que la invención haga del sueño vida. 

La lengua al galope traza la vida misma que deviene existencia. Silvia destaca lo maravilloso del Quijote: la invención de un nombre, justamente como la libertad que se engendra en prisión, precisa. Es la libertad intelectual que trasciende, y va más allá de las cosas, hacia la riqueza de la lengua que vivifica en su valor de representación.

Impregnada de una libertad narrativa, en la cual, Silvia destaca cómo produce una felicidad de lectura que se entromete haciendo vacilar la finitud de la vida.

La libertad política, enlaza la locura con aquello que clama por lo propiamente humano para finalmente, llegar a la libertad amorosa, aquella cruzada propia de Silvia: Las mujeres del Quijote. La pregunta por la lengua y el amor se imponen.

Finalmente, ella nos orienta: señala que los amantes vienen del amor a la lengua y, justamente se ama, habiéndose investido en el inevitable baño de la misma. 

 

Andrea Améndola.

 

 

MUJERES DEL QUIJOTE / Salón Dorado del Teatro Colón      

Mi relación con el Quijote se remonta a los tiempos de infancia, y éstos a su vez a épocas más remotas de transmisión oral, cuando los relatos llegaban por los oídos. Ya que mi padre, durante varias noches consecutivas, me fue contando los distintos episodios del Quijote, como si sus hazañas me infundieran coraje para ingresar en el mundo de los sueños, un lugar tan vasto y desconocido donde precisamente el lenguaje creaba formas nuevas, desvelando reminiscencias. Nuevos signos daban cuenta de la realidad representada. De allí que la descripción que hace Michel Foucault del Quijote en su ensayo “Las palabras y las cosas”, me resultase tan cercana: “Ese largo grafismo flaco como una letra, que acaba de escapar directamente del bostezo de los libros.” El bostezo no es sólo aburrimiento en relación a su diatriba contra los libros de caballerías, también es bostezo como iniciación al sueño. Fíjense que “Alicia en el país de las Maravillas” comienza su aventura refunfuñando contra los libros –en su caso, contra los que no tienen imágenes-, y de ese hartazgo o cansancio, le adviene un sueño.

El sueño puede ser la invención de los que se cansan y no solamente de los que añoran.

En mi caso, dormir escuchando el Quijote, era como soñar doblemente. Se invertía la premisa de Calderón de la Barca: el sueño ERA vida. Yo entraba en la vida del sueño lista para librarle batalla a los molinos del miedo.

Es lo que me resulta increíblemente bello y verdadero de la obra de Cervantes: el sueño como realidad de la vida. No la vida en un sentido biológico, -acotada al tiempo en que supuestamente estamos en este mundo-, sino a la que sobrevuela los tiempos. La vida de las palabras. Su trascendencia o raigambre. Como dice también Foucault, “el Quijote está hecho de palabras, pertenece a la escritura que yerra por el mundo…” Como si fuera una nebulosa de sentido que recorre la tierra proveniente del ascenso de los símbolos. Pero no a la manera de lo que hoy se llama “nube” con la ilusión de guardar la propia vida en un cielo virtual, a donde se “suben”, como si fueran partículas del alma, fotos, películas o documentos de Word. Eso es una idea acumulativa,  de archivo. El Quijote es acción y desprendimiento. La lengua como un corcel galopando en las llanuras de la existencia.

Cada vez que nombra, se desprende de lo que antes no tenía nombre o lo llevaba impuesto o impostado. Incluso cuando se nombra a sí mismo, Don Quijote, se desprende durante toda la novela, del que recibió al nacer, Alonso Quijano, y nosotros mismos los lectores, nos olvidamos de que El Quijote es un nombre inventado por el propio Alonso Quijano para vivir otra vida en la que se le está acabando.

El cuerpo mismo puede ser una cárcel sin las palabras que lo liberen de su condena.

En este sentido, no deja de sorprender que la idea de esta novela fuera concebida o “engendrada”, como dice el propio Miguel de Cervantes, en prisión. Durante los tres meses que el escritor pasó en la cárcel Real de Sevilla. Tres meses de encierro para crear la novela de mayor libertad.

Libertad intelectual. Dice el propio Cervantes: “Esta escritura no mira más que a deshacer la autoridad y cabida que en el mundo tienen los libros de caballerías”. La ficción decepcionante de las epopeyas lo lleva a Cervantes a enriquecer la lengua en su poder de representación. Como señala Chesterton en su “Defensa del desatino”: Mientras consideremos a un árbol como cosa obvia, natural y razonablemente creada para alimentar a una jirafa, no podemos maravillarnos cabalmente de él. Cuando lo consideramos como prodigiosa ola de tierra viviente que se alarga hacia los cielos sin ninguna razón particular, sólo entonces nos quitamos el sombrero frente a él.” Por eso Don Quijote es una novela tan vital y divertida, depura y puebla de signos el mundo, lo significa.

Libertad narrativa. Es la primera novela moderna de la historia, y realmente se la puede seguir leyendo como la última, de tantas libertades que se toma, como la de que el propio autor en el capítulo VIII quien, al no saber bien cómo sigue la historia de su personaje, la encuentra en una suerte de mesa de saldos, ya escrita por un tal Cide Hamete Benengeli, y en arábigo.

O sea que a partir del capítulo IX,  estamos leyendo la transcripción que hace al español un joven morisco a quien el autor le pidió que se la tradujese. Por eso se dice que El Quijote es una historia transcripta, tema que retoma Borges, en su cuento “Pierre Menard, autor del Quijote”.

El propio personaje, más adelante, se refiere su creador como “al sabio que se le ocurrió escribir mis hazañas…” Estas vueltas son innumerables, sobre todo al pasar del primer Quijote de 1605 al de 1615. Algo parecido ocurre en la segunda “Alicia”, cuando nos adentramos en el espejo… En La Segunda parte del Quijote, los personajes que aparecen, dentro de la novela, (entre otros, El caballero de los Espejos), ¡han leído la primera parte del Quijote! Esta libertad narrativa produce una felicidad de lectura, como si el texto atravesara la finitud de la vida, haciendo que los personajes de ficción pudieran perfectamente entran en contacto con ella (y es lo que hará de manera formidable Macedonio Fernández en una novela que podría ser considerada como nuestro Quijote del futuro: “Museo de la novela de la Eterna”, donde los personajes de ficción hablan con los de la Vida).

Libertad política. El Quijote es casi como una cruzada humanística, con sus cuatro propósitos enunciados en el capítulo II, antes de su primera salida, a saber: “agravios que pensaba deshacer, tuertos que enderezar, sin razones que enmendar, abusos que mejorar y dudas por satisfacer.”

En cualquiera de sus proezas, también llamadas locuras, se cumplen algunos de estos propósitos. Por otra parte, subyace la historia como fondo social, con las penurias económicas, abusos y  manipulación del poder. Es el siglo de oro español, pero también de la Conquista y de la Inquisición.

Libertad amorosa. Llego ahora a mi propia cruzada, Las mujeres del Quijote. En esta novela hay casi tantas mujeres como hazañas lleva a cabo el caballero andante. A veces ellas mismas son la hazaña -cuando no ponzoña…

Cervantes deja librado el amor a la lengua. Aquí se desliza un equívoco: ¿es amor a la lengua o es la lengua que ama? Podríamos pensar que el amor a la lengua engendra amantes y la lengua que ama inviste a la amada…

Las mujeres del Quijote no salen a pasear tan a menudo. Si bien se han realizado muchos ensayos y conferencias sobre ellas, suelen relegarse a congresos feministas o estudios específicos sobre la mujer en la literatura. Son más frecuentes las alusiones al Caballero Andante y su fiel escudero Sancho Panza. Y en todo caso, a la mujer idealizada, a su Dulcinea. Un relincho de Rocinante llega a tener más alcance que los berrinches de la provocativa Altisidora.

Elegí tres personajes femeninos para esta ocasión, pero como dije antes, las hay muchas y muy buenas, para todos los gustos, frescas, regordetas, adustas o rozagantes. No voy a explayarme sobre tres de las mejor nombradas por Cervantes,  la princesa Micomicona, Quiteria la mujer quitada, o la asturiana Maritornes, cuyo aliento olía a ensalada fiambre trasnochada, mientras que al Quijote le parecía que arrojaba de su boca un olor suave y romántico…

SIlvia Hopenhayn

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