Revista Lectura Lacaniana Número: XLII
Lecturas Científicas

El bien decir del psicoanálisis frente a la ilusión... Parte II

Por Ana Simonetti
Publicado en Lectura Lacaniana: 5 abril, 2016


El bien decir del psicoanálisis frente a la ilusión de la ciencia. Parte II

 

Segunda Parte:

 

En esta entrega, la autora toma como punto de partida la consideración del sufrimiento y su voz, esa que nos llega muchas veces bajo la forma de una demanda de curación. Señala cómo el analista debe estar presto a la singularidad de esa voz, valiéndose del bien decir para lograr situar el goce que se aloja en los huesos de cada cura. 

Advierte sobre la angustia de los expertos, que sabiendo del rasgo propio del deseo humano, no obstante, en ocasiones en donde la impotencia se le presentifica en cuanto a su saber hacer, recurre a ese saber loco de los protocolos que anulan lo propiamente vivo del ser parlante. 

La orientación, lejos de los dictámenes protocolares, es aquella que el psicoanálisis promueve, esto es, el lugar para que el vacío advenga y, desde allí, la ignorancia docta, haga fecundo el surgimiento de un saber singular por venir.

                                       

Andrea Amendola

 

 

El rechazo del sufrimiento

 

En primer lugar consideremos que la salud, que en una equivalencia figurativa implicaría el silencio del cuerpo (1), es decir, que no dé signo evidente o sensible de “ruido” (dolor, molestias, modificaciones corporales) que amerita una pregunta que lleve a la consulta. Si trasladamos al campo de lo que sería la salud mental, se trata de “silencio” del sujeto: ni queja, ni protesta, ni sufrimiento. Éste, que María Moliner define como el estado del que sufre física y mentalmente, nos permite adentrarnos también en otro terreno, ya en nuestro campo. Lo que clasifica estos sufrimientos, y que Lacan mismo propuso en 1974 (2), es que “la cura es una demanda que parte de la voz del sufriente, de alguien que sufre de su cuerpo o de su pensamiento”.

Entonces, hay un punto de partida que es la voz de quien sufre y que demanda ser curado, el “ruido” al que hacía referencia, por el que alguien se dirige a Otro. Una clínica sencilla que ordena el universo de quienes sufren en dos campos que permiten incluir sus variadísimas formas. Tan opuesta a las listas interminables de trastornos de los manuales de diagnóstico que no parten de ninguna demanda sufriente, sino de protocolos que valoran si eso de lo que cada quien habla entra en él.

Debemos los psicoanalistas convocados, hasta este punto, considerar los ítems siguientes:

1-Derechos Humanos, sí! imperativo de ejercerlos, ya es relativo al sujeto y su decisión responsable.

2-Prevención, imposible prevenir la contingencia que desencadena el síntoma. Requiere “formarse” para responder de la mejor manera a la demanda de la voz del sufriente.

3-En esta formación, donde sostenemos la singularidad de cada ser humano y por lo tanto de sus síntomas, no caemos en el “idealismo de ninguna clasificación” (3). Debemos más bien radicalizar nuestras clasificaciones haciéndolas operativas, en primer lugar, para dilucidar los casos y avanzar, y en segundo lugar, para afianzar una posición que demuestre una lógica que revele la eficacia de la práctica analítica.

4-El acto analítico, la formación que requiere debe sustentarse en una diferencia esencial: la práctica del psicoanalista que es esencialmente -aunque no toda- invitación a hablar y captar de qué se trata esa demanda de la voz del sufriente para de ese modo operar, nos ubica en lo que llamamos bien decir, que no es decir el bien, el supremo bien, el bien de la caridad, no.

Esta distinción esencial para los practicantes requiere estar atentos, la formación debe proporcionar este sustento que se anuda a saber hacer.

Aclaro esto porque la potencia que puede ejercer el uso de la palabra, implica que sea, que apunte al hueso del sujeto como goce que refleja su sufrimiento, para liberarlo de la angustia que produce el cientificismo y sus consecuencias.

El atractivo que despiertan los protocolos, si sólo fueran un dato a usar como tal, para valorar si una población padece más tales problemas, para ubicarnos en un campo que solemos decir “diagnóstico de situación”, vaya ese uso; pero no sabemos en qué instante pueden empujarnos a ser apresados por su mecanismo y operar con las herramientas del Bien, vigilar, controlar.

El trato humano, respetuoso, considerado, al que se tiene derecho, puede deslizarse al del Bien…eso debemos dejarlo en el campo de la religión. El psicoanálisis no lo es.

 

La angustia de los expertos

En nuestro Campo Freudiano hace mucho tiempo que sabemos leer cómo el deseo de los hombres es un factor de mercado en tanto la industria se ha apropiado de sus coordenadas posibles, al menos sabe que el hombre es un ser de deseo y le provee de objetos que masivamente le dan forma. Se los ponen ante los ojos, en la boca….

¿Están los expertos que juzgan la salud de las personas también expuestos a ello? Digo sí. Les propongo considerar lo siguiente.

Es importante cómo aquellos en quienes se confía como expertos, toman los objetos industriales -además de los aparatos incluyo los protocolos- como el determinismo de la ciencia, lo irrefutable. Esto daría la clave justa de lo que le pasa a un ser humano.

¿Y él mismo? ¿No entra él mismo en ese campo? “El niño se mueve en la silla” dice la experta en la película. Ese predicado, ¿qué valora?

Es la impotencia del experto que permite el atropello con estos objetos sobre el deseo mismo, salvo que éste sea el de someter. ¿Qué mejor que el sujeto debilitado por su sufrimiento, qué mejor que la infancia, aún cuando no es sufriente muchas veces, para la experiencia?

Propongo considerar que se trata de someter todo atisbo de singularidad, aún la propia. ¿Cuántas veces un docente, un pedagogo, un médico, un practicante psi no sabe cómo hacer frente a una problemática que lo sorprende o para la que no tiene respuestas inmediatas para proponer alternativas? Rápidamente, ante lo insoportable de lo que no sabe apela al protocolo, a los decálogos que definen comportamientos y aplican a quien sea eso, que disfrazado de saber científico es un saber loco -veremos en la película- sin causalidad. Así se produce la cadena de impotencias.

Detengámonos un momento en nuestro vivir:

Cualquier vacío de sentido que experimentamos, fugaz o no, nos produce desde cierta perplejidad a una angustia intensa con matices diversos entre ambos, lo que se traduce muchas veces en una “sensación de no sé”…

Ese “no sé” insoportable, desampara, empuja a buscar un sentido, algo que anule ese vacío. Si se trata de asumir una práctica, a veces viene algo del saber conseguido, acuñado en los textos y/o en la experiencia: “¿no será un caso raro?” Pero, si nos dejamos llevar por nuestro propio vacío de saber, “¿no será que hay algo que lo inquiete, que lo angustie, para que reaccione así, para que se aburra en clase, habrá razones que no tienen que ver con la forma en que enseño, no tiene que ver necesariamente con que yo sea un “buen” practicante, un “buen” psicoanalista?

Pero esa posibilidad extraordinaria de interrogación, de búsqueda de causas, muchas veces se rechaza, se anula, buscamos el sentido rápido, qué mejor que el que ofrece el mercado que viene con aval “científico”.

Veremos en la película la estafa de este aval. Nos ofrecen protocolos para localizar el problema que el otro tiene, que muchas veces seguramente no es más que su respuesta a la angustia de la existencia.

Pero partamos de que hace falta un instante de preguntar por la existencia del otro, que es absolutamente singular, única, que no responde a un estándar y que podemos localizar, si le trasladamos la pregunta seguramente tendremos “su” respuesta.

Pero si evocamos el estándar y pensamos: maltrata al gato, o pelea con sus compañeritos, es violento, o si se mueve mucho en la silla, trastorno de ansiedad, hiperactividad….

Yo pregunto, me pregunto, le pregunto a cada uno: y bien, sí, hiperactividad ¿y…?, ¿y…? ¿Cuál es su causa? ¿Nos responde esa nominación por la causa? ¿Nos responde por el tratamiento posible? No, ahí, en ese caso singular, no. Pero qué responde: el mercado, la medicación, la internación, una lista de prohibiciones.

Si no pregunto, si no busco su propia respuesta y a cambio le doy la mía o la del experto que me somete, ¿saben qué ocurre? Eso que causa la hiperactividad del ejemplo, no cesa, no cesará hasta que el “supuesto sufriente” no encuentre qué hiperactiva su cuerpo, y cómo abrochar ese “más”, ese “exceso” que lo activa a una causa propia, que sólo él en su cuerpo podrá orientarnos a ubicar. Intentaremos así una alianza nueva, diferente de lo “híper” de ese sufriente con su cuerpo.

Al practicante, al profesional, el psicoanálisis le aporta la posibilidad de aceptar el “no sé” y que se torne fecundo, que esa ignorancia se monte en el empuje que sea querer saber y hacer orientado.

 

Notas:

(1) LAURENT, E.: “¿Mental?”, Psicoanálisis y Salud Mental, Tres Haches, Buenos Aires, 2000, p.135.

(2) LACAN, J.: “Televisión”, en Otros escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 538

(3) LAURENT, E.: “L’a Clasificación”, El Caldero de la Escuela,Nueva Serie, Nº9, Publicación de la Escuela de la Orientación lacaniana, Buenos Aires, 2009.

 

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