Revista Lectura Lacaniana Número: XLI
Lecturas Culturales

¿Qué nos enseñan los textos de Beckett? Ultima parte

Por Zacarías  Marco | Madrid, España
Publicado en Lectura Lacaniana: 1 marzo, 2016


Parte III, Efectos de lectura interminable

En esta última entrega, Marco hablará de la fidelidad a la ausencia en Beckett. La inconmensurable necesidad  de un relato en sí, no de tal o cual relato. A través de todas sus obras trabajará esta necesidad de decir palabras mientras las haya. Se trata de un juego de posibilidades  de escucha de relato, que recuerda la fórmula lacaniana del no cesa de escribirse.

Angela Vitale

 

T : ¿Por qué cree usted que su lectura produce ese efecto de interminable, quizá como la de William Faulkner o la de Maurice Blanchot?

ZM:  Es un lujo responder a preguntas tan sugerentes. Empezaré por señalar la afinidad entre Blanchot y Beckett en lo que respecta a esa posición inaudita de escritura más allá de la pérdida de la esperanza, una concepción de la palabra que se tiene que hacer cargo de una radical ausencia inaugural que implica al lenguaje en cuanto tal, a una imposibilidad en el nombrar mismo a la vez que su urgente necesidad; una concepción que corre paralela a una desubicación compartida con respecto al ser y a la existencia, algo que en Beckett se expresa desde el no ser nacido a la vida y en Blanchot desde la presencia en la ausencia o de la vida desde la muerte. Hay aquí una proximidad que creo tiene como principal consecuencia la permanente labor de desmontaje al que ambos someten al lenguaje.

Es inevitable que derive de ello un efecto de infinitización, de despliegue interminable. Leemos en Thomas el oscuro: “… habiendo abandonado lo que todavía puede representarse, añadir indefinidamente la ausencia a la ausencia y a la ausencia de la ausencia, y a la ausencia de la ausencia de la ausencia, y así, con esa máquina aspirante, hacer desesperadamente el vacío”. ¡Cómo no pensar en la escritura de Beckett! Es desde la asunción de la imposibilidad de la representación que el resultado no puede ser, como decíamos, nihilista sino, por el contrario, una actividad imparable.

Siguiente paso. Decimos con Blanchot que la escritura es la imposibilidad de la escritura, pero a continuación esto lo invade todo. Sólo el reverso posibilita el pensamiento del anverso, y así hasta el infinito. Y es siguiendo esta línea –de la que creo que se benefició en exceso la deconstrucción– que encuentro una diferencia fundamental entre ambos escritores. Lo expongo como conjetura, pues mi conocimiento de Blanchot es relativo.

Es algo de lo que de momento no puedo desprenderme, se trata de lo que creo es una posición contradictoria sobre la asunción de la imposibilidad.

Por un lado hay una necesidad de que se efectúe de manera radical. Por otro, el impulso, que habla de todo lo contrario. Podemos leer la posición teórica en el capítulo de La comunidad inconfesable titulado El principio de incompletud, donde Blanchot retoma afirmaciones de (Georges) Bataille. Habría comunidad porque en la base de cada ser hay un principio de insuficiencia. Se derivaría una posibilidad de existencia sólo a partir de la imposibilidad de ser él mismo, por tanto, de una relación no cancelable con la exterioridad.

El resultado es un movimiento donde volvemos a encontrar el eco de la poética beckettiana: “… sólo componiéndose como si se descompusiera constante, violenta y silenciosamente”. Pero este reclamo de comunidad proviene también del impulso a la comunión, a la fusión. Y esta paradoja, que tan lúcidamente desvela Blanchot en su texto, no deja de afectarlo. Ésta es mi impresión leyendo Thomas el oscuro, todo él articulado a partir de imágenes de completud, de goce, de circularidad, de indiscernibilidad, de relación fusional, de indistinción entre los cuerpos… donde lo hueco está demasiado lleno de cuerpo, algo que termina siendo en cierto sentido mucho más joyceano que beckettiano (acordémonos por ejemplo de aquella máxima según la cual la ausencia es el estatuto máximo de la presencia, de ahí que Joyce pudiera estar sobre todo en Dublín, estando en el exilio).

Creo que aquí deja de ser la lógica de la imposibilidad la que domina, es más bien su reverso, y se termina colando lo que intentábamos desalojar a toda costa, la presencia. Me refiero, desde la perspectiva lacaniana, al goce, es éste el que impera, plasmándose en lo sublime que es la muerte: tengo la sensación de estar, viviendo, infinitamente más muerto que muerto. En definitiva, un régimen incompatible con el deseo, que alcanza el paroxismo de algo horroroso debido precisamente a la ausencia absoluta de deseo, según leemos en dicha novela. No quiero decir que esta paradoja esté ausente en Beckett, está presente en los personajes que hacen reverso el uno del otro y en muchas otras cosas, pero no es éste el movimiento de su obra. ¿Qué comunidad hay en los personajes de El despoblador? ¿Qué función tiene el Otro en Beckett?

El despliegue matemático de posibilidades pacifica, pero sin dejar de ser en sí mismo algo aterrador. La fidelidad a la ausencia en Beckett es inigualable, me parece. Elimina toda retórica, como usted decía, dejando que ello hable, por eso está alejado del pensamiento filosófico, del ensayo… sólo le queda la necesidad de plasmar cómo es, cómo se compone su descomposición, de manera estricta, cada vez. Podemos tomar ahora algo que ya adelantaba en otra respuesta: la necesidad de relato. Nos puede servir para pensar el efecto de interminable que encontramos también en Faulkner.

Podríamos pensar en el chorro de la conciencia del monólogo interior, que tiene algo de inagotable per se, pero que no está puesto en Faulkner al servicio de agotar las posibilidades de lo dicho mediante la suma al infinito de sistemas de coordenadas, como podríamos leer en Joyce, no; cuanto más relato, más exigencia de relato, más posibilidad de enriquecimiento ilimitado. Siempre puede pensarse en otro narrador que aporte ad infinitum su parcialidad al conjunto inconcluso.

O también la posibilidad infinita de multiplicación de los fragmentos de memoria, como ocurre en el deficiente Benji, en función de sus leyes sensoriales, que podría no acabar nunca… Pero ese recurso a la imaginación es ajeno tanto a Joyce como a Beckett, lo que no impide que encontremos en Beckett una inconmensurable necesidad de relato. ¿De qué relato se trata? De la necesidad de un relato en sí, no de tal o cual relato. De hecho, éste puede no darse o ser totalmente incongruente, esto es secundario. Recordábamos el artículo de Kaltenberg donde cuenta la necesidad del niño Samuel de oír noche tras noche el mismo cuento de boca de su padre, el relato como único calmante posible para sus terrores nocturnos.

¿Cómo trabajará esta necesidad? Tenemos al principio de la obra de Beckett a sus personajes, escritores, produciendo relatos –aquella necesidad de decir palabras mientras las haya, según se dice en la trilogía–, que alcanzará después un extraordinario desarrollo formal. Se trata de un juego de posibilidades de escucha de relato que no deja de desplegarse, que recuerda tan literalmente, como veíamos, la fórmula lacaniana del no cesa de escribirse. A partir de ahí, multiplicidad formal.

En Final de partida, Hamm se ejercita en la posibilidad de fabricar un relato como prerrogativa del ejercicio del poder, estando los súbditos sometidos a la escucha del mismo. En La última cinta, la escucha del relato de uno que ya no es uno (la imposibilidad de la presencia), escucha de la que Krapp (basura, crap) se defiende hasta encontrar el pasaje que terminará capturándolo. En Cómo es, según las tres variaciones de la extracción mediante tortura de relato como sustento vital.

En Compañía como fragmentos de relato de vida, voz que llega a alguien sin poder afirmar si es de él del que hablan, ni si es a él a quien se dirigen. En Impromptu de Ohio, el ritmo de la lectura, su escucha, la pausa y la repetición… En fin, la puesta en acto de la disgregación es inacabable, un empuje a desplegar que se renueva en cada texto ofreciendo una articulación diferente. ¿Pero se trata de una nueva metástasis expansiva del lenguaje o, más bien, del infinito sustractivo, aquel que busca cernir de manera más precisa, más cercana, la llaga de lo real?

Creo que lo interminable de Beckett tiene este último matiz que lo vuelve tan extraordinariamente seco y certero. Sí, su tipo de infinito es el sustractivo.

Trabajando en la imposibilidad que se estrecha, Beckett es el relojero que está obligado a quitar piezas del mecanismo hasta dejar sobre la mesa un nuevo aparato, componiendo musicalmente a partir de un mínimo que disminuye, cada uno con unas leyes precisas, surgidas de su propia escucha, para sorprendernos con obras tan geniales y aparentemente dispares como Quad o Una tarde, geometrías de la palabra bordeando el agujero.

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