Revista Lectura Lacaniana Número: XL
Lecturas Culturales

¿Qué nos enseñan los textos de Beckett? Parte II

Por Zacarías  Marco | Madrid, España
Publicado en Lectura Lacaniana: 1 febrero, 2016


Parte II: Lacan y Joyce

En esta segunda entrega, Marco continúa diciendo que Lacan utiliza a Joyce para un hacer distinto que nos enseña casi desde el más allá de la locura.

Joyce sufre de algo semejante a la  imposición de la palabra, un fenómeno psicótico, y sin embargo no desencadena propiamente una psicosis.

Joyce describe un sorprendente hacer con lo real, que le sirve a Lacan para elaborar el concepto de sinthome, un saber hacer con la letra en tanto cosa, sin pasar por el sentido.

Este saber hacer de Joyce apunta a un final de análisis mas allá del sentido, por fuera del registro fálico, abriendo esto la posibilidad de una invención que Lacan luego la haría generalizable, una enseñanza para todos.

Lo que cada uno de estos escritores, Beckett y Joyce, aportaron   al ámbito lacaniano, fue acerca de lo real lacaniano, dos modalidades de trabajo sobre los dos bordes del fuera de sentido, en Joyce despreciando el registro fálico, porque carece de él, pulverizando la letra   y creando otro tipo de vida-letra y en Beckett asumiendo la posición de desamparo expresada en la necesidad de escritura, haciendo de ello un síntoma, hacer del no poder una continuidad, hacer del no cesa de escribirse su tratamiento ante la fractura de la existencia.

Angela Vitale

 

ZM: Será inevitable referirnos ahora a la vía Joyce para imaginarnos la otra como posibilidad. Esto exige un pequeño desvío. Veamos en qué punto Lacan utiliza a Joyce para un hacer distinto que nos enseña casi desde el más allá de la locura. Joyce hace algo con esa litter que es para él la letter, sin ser invadido por ella. Hay innumerables citas de sus obras y también testimonios directos que lo atestiguan. Joyce sufre de algo semejante a la imposición de la palabra, un fenómeno psicótico, y sin embargo no desencadena propiamente una psicosis. Joyce describe un sorprendente hacer con lo real que sirve a Lacan para elaborar el concepto de sinthome, un saber hacer con la letra en tanto cosa, sin pasar por el sentido.

Digamos que ante la falla abierta en la operación de significación, Joyce se las apaña para que su edificio no se derrumbe. Pone en acto un tratamiento con el goce mortífero de la letra como esquirla de lo  real, como astilla que se clava, sin recurrir al sentido, al argumento, a lo que hasta entonces eran las herramientas básicas de la novela. Joyce crea las suyas propias.

Por último, dado que siempre quedan al final de un análisis restos sintomáticos, este saber hacer de Joyce ilustraría un final de análisis más allá del registro del sentido, por fuera del registro fálico. Joyce abriría la posibilidad de una invención en el tratamiento de lo imposible, una invención que Lacan va a considerar a continuación generalizable, una enseñanza para todos.

No creo que se pueda hablar en Beckett de nada parecido a la imposición de la palabra, su camino parece más bien el inverso, el de desasirse de una imposición de sentido. Podríamos pensar de este modo la necesidad de prescindir de la lengua materna, cargada en exceso de significaciones, de sonoridades poéticas, una lengua proliferante incompatible con la reducción beckettiana.

¿Es una respuesta al estrago materno, entendido de manera ampliada como saber en tanto estrago, incluso de Joyce en tanto estrago? ¿Ilustraría entonces un momento conclusivo del camino analítico del neurótico? ¿Podría pensarse en algo así como un sinthome a lo Beckett? Esto es lo que acaba proponiendo Suzanne Dow, un hacer desde el no saber hacer ahí, que es lo propio de la posición diferencial de Beckett respecto a la omnipotencia de Joyce: no saber, no poder, fracasar siempre… pero continuar. Continuar una y otra vez sin variar este fundamento primero de imposibilidad.

Se trata de una posición que, como recuerda Leonardo Gorostiza, no tiene nada de nihilista (Badiou va todavía más lejos al hablar de inquebrantable deseo. Yo tengo mis dudas de que se pueda llegar a tanto). Quizá podría pensarse su revelación como el momento de puesta en marcha de su sinthome, de la estabilización de un anudamiento que le serviría para el resto de su vida. A partir de entonces su trabajo por mal decir lo que no se puede bien decir no se detendrá.

Me parece que esto es asumir la castración en un grado inaudito. Por último, Beckett encuentra en cada uno de sus textos formas diferentes de nombrar la fragmentación, el deser, desplegando incansablemente la fractura de un sujeto que no puede aparecer nunca como tal. Valga como ejemplo insuperable de parcialidad de la pulsión, de objeto recortado, la extraordinaria pieza teatral No yo, una boca accionada por una voz cuasi loca que, pese a la brevedad de la obra, parece imposible de detener.

Resumiendo: ¿cuál podría ser la particularidad de la aportación de Beckett al ámbito lacaniano con respecto a Joyce? Quizá podría pensarse en una suerte de asimetría con respecto al tratamiento de lo real lacaniano, dos modalidades de trabajo sobre los dos bordes del fuera de sentido. Uno, Joyce, desprecia el registro fálico porque, sencillamente, carece de él, y pulveriza entonces la letra que se clava creando otro tipo de vida-letra, lo que le permite obtener por el camino del arte una nominación.

El otro, Beckett, hace el esfuerzo analítico de desmontaje, y de desmontaje del desmontaje, sin otro fin que plasmarlo de mil maneras porque se mantiene frente al real previo de la fragmentación, pero la suya no es la de la letra sino la de la pulsión. Por eso creo que para Beckett no se trata de obtener una nominación, es algo de otro orden; no es tanto una invención porque está allí desde el principio, en la fractura a la que consigue identificarse en su epifanía.

A partir de ahí puede hacer operativo lo que estaba: asumir la posición de desamparo expresada en la necesidad de escritura, hacer de ello su síntoma, hacer del no poder una continuidad, hacer del no cesa de escribirse su tratamiento ante la fractura de la existencia.

T : ¿Existe algo así como una modestia extrema en este escritor, o eso forma parte de su leyenda?

Z : Parece claro que es algo que él rechazaría con profundo disgusto. No cabe duda que preferiría que habláramos de su obra, y así, para su horror, no dejaría de agrandar su leyenda. En fin, sí, Beckett se veía como un vago: hacer del Belaqua de Dante un alter ego lo dice todo. Después, uno ve lo que escribió, este hombre que tenía en su máxima estima el silencio y que se ejercitaba en una escritura sustractiva, y se sorprende ante su volumen y densidad, por no hablar de su manejo de lenguas, de la paciencia para traducir sus propios textos, de su erudición en los más variados campos artísticos.

Quizá la modestia haya que pensarla en términos de sentimiento de culpa, un abismo más que probable. Creo que es difícil no hacerse esta idea cuando uno lee relatos de sus biógrafos o de sus amigos, algo que emerge también en su trabajo, en su exigencia, en su aspereza. Luego se construye la leyenda y nos quedamos tan tranquilos, hemos sabido utilizarlo para que no nos afecte. Se ve hasta en las traducciones al castellano, esa tendencia a dejar romo el filo cortante para que no haga sangre.

Esto me parece imperdonable, máxime cuando uno tiene las suyas y puede aprender de cómo lo hace él, nunca suavizando el original. Por eso haríamos mejor en reconducir la idolatría en acompañamiento, acompañamiento de sus textos, que es lo que tenemos. No edulcorar, no engalanar; ni leerlo como una metafísica, por favor. Son formas de protegernos del texto. Tampoco creo que se trate obviamente de intentar dar otra visión de su vida. Por lo que sabemos, sufrió una evolución importante: no era un joven modesto, él se vio después tan arrogante que denostaba los textos de esa época.

Esto queda bien reflejado en La última cinta. Pero, una vez que rechazó la posición del saber, la juvenil arrogancia dio paso a una proverbial modestia y a una gran generosidad de la que no pocos se aprovecharon. Esto es cierto, pero quién sabe del sufrimiento que lo motivaba, quién sabe de sus ambivalencias, de sus dificultades para el enfrentamiento. Mejor no ir por el camino de hacer de él un santo. No hay que olvidar que Beckett tenía también buen genio y detrás, tanto de su humor como de su inagotable desgarro, brota no pocas veces una más que considerable mala hostia. Pienso en Los días felices, en Final de partida, en Molloy… Hacer de él un cristiano, como se ha intentado, es un despropósito.

Print Friendly

Deja un comentario