Revista Lectura Lacaniana Número: XL
Lecturas Científicas

Ciencia y confianza. Parte II

Por Miquel Bassols
Publicado en Lectura Lacaniana: 7 febrero, 2016


Segunda Parte:

Señala el autor, cómo hay una creciente desconfianza hoy día en la propia ciencia. La paradoja de una ciencia sin sujeto tiene efectos catastróficos muchas veces, que escapan a su intento evaluativo y de control. En el afán por erradicar las malas sorpresas, y por sostener el principio de falsabilidad, se pierde de vista lo que podría ser un descubrimiento, un encuentro sorpresivo con lo real, o tal vez una ruptura epistemológica.

Hoy, es el consenso de la propia comunidad científica el que funciona como Otro de la garantía. No hay ciencia sin creencia. La propia ciencia asiste a su propia crisis interna. Por un lado se sabe que anda mal, pero por otro las reglas siguen siendo las mismas. ¿Relativismos relativos? ¿pluralidades de creencias?

En cuanto al goce, el psicoanálisis enseña que el goce no tiene nada de relativo. Su fijación en el fantasma de cada uno, revela la dimensión ficcional de aquel ser que habla. Su verdad engañosa adviene porque no hay Otro, más que el reducto de su propia inconsistencia.

Resta así, la posibilidad de una confianza acertada: hacia el bien decir singular de cada analizante.

Andrea F. Amendola

 

Y de ahí la serie de paradojas que se derivan de ésta:

— La investigación como una actividad de producción en un contexto de industria masiva tiene como principio la competición entre equipos, y como método la evaluación entre pares. Así, la evaluación en sus múltiples formas absorbe hoy más de la mitad del tiempo de un investigador.

— Para obtener apoyos y subvenciones, hay que hacer explícito aquello que se va a encontrar en la investigación, excluyendo así buen número de posibles malas sorpresas. Pero la ciencia ha funcionado precisamente por estas “malas sorpresas”, algunas de las cuales han hecho posibles nuevos descubrimientos.

— Dicho en términos popperianos: el famoso principio de falsabilidad puede ir en contra finalmente del encuentro sorpresivo de lo real. La ciencia no funciona en realidad por el principio de falsabilidad, principio por otra parte que casi nadie sigue actualmente. La ciencia funciona por rupturas epistemológicas —hay que releer siempre al respecto a G. Bachelard, a A. Koyré—, no por la falsabilidad de experiencias locales. Este último principio, como tampoco el anterior, no es a su vez falsable sino simplemente dejado de lado por un cambio de paradigma que subvierta al anterior. La reintroducción del sujeto en el campo y en la experiencia de la ciencia pudo ser en un momento, para Jacques Lacan, una subversión de este orden.

— El verdadero principio de cientificidad, aquello que funciona hoy como el Otro de la verdad a falta de un falsacionismo pragmático, es el consenso de la propia comunidad científica que funciona entonces de hecho como Otro de la garantía. Los Comités de Ética han sido en algunos casos un recurso para hacer más verosímil este lugar del Otro de la garantía. El Premio Nobel de Medicina en 2013, Randy Schekman, ha hecho algo más que llamar la atención sobre los impasses que esta función del consenso ha introducido en las revistas científicas y en la investigación en general. Pone de hecho en cuestión el propio sistema de validación en el que se apoya este consenso.[7]

— Si bien hay un diagnóstico compartido al respecto por una parte importante de la comunidad científica —la ciencia va mal—, se mantiene la misma creencia que la comunidad financiera ha aplicado erróneamente al mismo sistema por el que pretendía velar: la creencia que este sistema se estabilizaría y se curaría por sí mismo de sus males. En este punto, como en otros, la ciencia no sabe que cree cuando cree saber, para retomar la sabia expresión de Alain Besançon a propósito de Lenin.[8]

— No hay pues ciencia sin creencia. Pero es por no poder localizarla en su sistema que la propia ciencia está también entrando en una crisis de credibilidad apuntada hoy desde diversos flancos.

En palabras de Laurent Ségalat: “La credibilidad interna, es decir la confianza de los investigadores en los resultados de los otros investigadores, disminuye día por día, y seguirá disminuyendo lógicamente

si las reglas siguen siendo las que son. En cuanto a la credibilidad externa de la ciencia, está todavía intacta. La ciencia sigue dando, a pesar de algunas disonancias, una imagen tranquilizadora de continuidad. Surfea todavía sobre su antiguo aura. ¿Por cuánto tiempo? Nadie puede decirlo, dado que la percepción de la ciencia por el público es irracional”.[9]

 

El goce no es relativo

Entonces, en efecto, ¿en quién confiar cuando la tecnociencia de nuestro días ha dejado de lado definitivamente la singularidad del ser que habla para someterlo al principio general de una ley cibernética? Uno de los miembros más significados del Comité Consultivo Nacional de Ética en Francia (CCNE), el biólogo Henri Atlan, plantea el problema en un reciente libro,Croyances.[10] Buscando una alternativa entre el cientificismo dominante y el relativismo postmoderno, Henri Atlan apuesta finalmente, “en esta andadura de prudencia pragmática, en el caso por caso, sin regla universal”,[11] por un “relativismo moderado”, o incluso un “relativismo relativo” en el que tengan cabida “pluralidades de creencias”.

Sería, en efecto, un mundo posible donde la creencia en el inconsciente tendría también cabida, y seguramente para demostrar el valor siempre relativo de esa creencia, incluida la propia creencia en el inconsciente.

Pero si la experiencia analítica enseña algo es la existencia de un factor nada relativo en el ser que habla. Ese factor es el goce, aquel hermanito de la verdad[12] que llega a tener un valor de significación absoluta cuando queda fijado en el fantasma de cada uno. En este punto, toda verdad se convierte en sospechosa, hasta engañosa, en relación al goce que habita en el ser por el hecho de hablar.

Cuando se trata del goce, en efecto, ¿de quién fiarse? De la inconsistencia del Otro, allí donde éste ya no existe como Otro sujeto, allí donde su verdad coincide necesariamente con su valor de goce. Pero, cuidado, también allí podrás fiarte sólo de tu inconsciente[13]… si sigues siendo un analizante que ha sabido encontrar su biendecir, ese que, al decir de Jacques Lacan, no dice dónde está el Bien.

Allí, no hay duda que no lleve a una certeza imborrable.

 

Notas:

[7] Randy Schekman, “How journals like Nature, Cell and Science are damaging science”, inThe Guardian, 9/12/2013.

[8] Alain Besançon, Los orígenes intelectuales del leninismo, Ediciones Rialp, Madrid 1980, p. 23: “Lenin no sabe que cree. Cree que sabe”.

[9] Laurent Ségalat, opus cit., p. 106.

[10] Henri Atlan, Croyances, Éditions Autrement, Paris 2014.

[11] Henri Atlan, opus cit., p. 336.

[12] Para retomar la expresión de Jacques Lacan en su Seminario XVII, “El reverso del psicoanálisis”, Paidós, Buenos Aires 1992, p. 63.

[13] Retomamos aquí un luminoso tweet de Jacques-Alain Miller del 21/10/09: “Peut-on se fier à son inconscient? Oui, tout en restant sur ses gardes, car il en est de traîtres et sans foi, et d’autres qui sont bêtes…”.

Tomado de: http://miquelbassols.blogspot.com/

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