Revista Lectura Lacaniana Número: XIX
Lecturas Científicas

¿Debe el psicoanálisis cuestionar? II

Por Juan Fernando  Perez
Publicado en Lectura Lacaniana: 9 mayo, 2014


¿Debe el psicoanálisis cuestionar toda producción de las neurociencias?

Parte II

 

En esta entrega Juan Fernando Perez  comienza ubicando que  los analistas somos  consultados por múltiples fenómenos que suceden en el cuerpo  y respondemos  a esa demanda, en tanto suponemos  que existe una articulación, un anudamiento entre lo inconsciente y la materia orgánica.

Afirma  no hay ningún fenómeno subjetivo  que no exija, para poder darse, que  un mecanismo fisiológico entre en acción. No hay que confundir   las condiciones de existencia de un fenómeno con sus causas. El psicoanálisis debe aún trabajar  los anudamientos del sujeto entre lo simbólico, lo real-viviente y lo imaginario.

Diferencia a los cientificistas,  grandes fanáticos y divulgadores, cuya característica es  no haber producido nada en el campo de la ciencia, de los verdaderos científicos.  Los primeros se relamen en lo ya sabido y los perturban las correcciones que la investigación científica produce. 

Si bien a  menudo ambos están  reunidos en los mismos ámbitos  y con empeños comunes, la gran diferencia  es  que el científico no confunde la firmeza en sus posturas con el fanatismo.

                           

 Patricia Pena

 

 

Porque por lo demás, conviene recordarlo, los analistas son consultados por múltiples fenómenos que suceden en el cuerpo: impotencias sexuales, alergias, parálisis, convulsiones,… y responden, con legitimidad, a esa demanda, en tanto suponen, de una u otra forma, que existe una articulación, un anudamiento entre lo inconsciente y la materia orgánica, el cual es posible de ser pensado y tratado desde el psicoanálisis, así éste desconozca aun diversos matices y características de tales anudamientos y de sus lógicas.

Por lo demás el analista sabe que si sospecha en un analizante suyo un tumor por ejemplo, ha de proponer al menos una consulta con un médico especialista, lo cual no necesariamente hace en el caso de una impotencia sexual.

¿Qué se puede deducir de ello? Lo mínimo es que esa articulación con lo orgánico interesa esencialmente al psicoanálisis. Y cabe recordar, como lo señalaba recientemente la analista española Marta Serra a propósito de una conferencia de J.-A. Miller, que en el seminario XXIII Lacan volvió a la pregunta por el cuerpo, más allá de lo simbólico, y que volvió a reconocer, con elementos adicionales, esa dependencia miserable con el cuerpo.

Quizás parezca una cuestión de Perogrullo afirmar que no hay ningún fenómeno subjetivo, sea cual sea la naturaleza del mismo (un lapsus o un sueño, por ejemplo), que no exija, para poder darse, que un mecanismo fisiológico entre en acción, como condición necesaria del mismo, si bien ello no suficiente.

Que se confunden en diversos campos las condiciones de existencia de un fenómeno con sus causas (la psiquiatría orgánica, por ejemplo opera a partir de esa confusión), pero que ello no implica que haya que olvidarse por entero de esas condiciones de existencia, así como no se descuidan otras hechos comparables.

Dicho brevemente, que los muertos no sueñan, ni tienen síntomas, y que por tanto lo viviente en tanto tal, interesa. J.-A. Miller, a mi juicio, propuso tesis formidables con su biología lacaniana para darle nuevas vías de trabajo al problema, las cuales no pueden considerarse de ninguna manera como el cierre de una perspectiva (como algunos lo asumen), sino como un encauzamiento fundamental que debería ser continuado.

Ello implica indicar que hay algo para trabajar aun en los anudamientos del sujeto entre lo simbólico, lo real-viviente y lo imaginario, por ejemplo.

Y es igualmente cierto, a mi juicio, que el problema ofrece aun escollos difíciles de resolver, epistémicos por ejemplo, pero no por ello ha de declararse un falso problema.

 

La ciencia, los cientificistas y los científicos

Son conocidos esa especie de ideólogos que en diversos contextos se denominan los cientificistas.

Son aquellos cuyo oficio consiste básicamente en pasearse por escenarios diversos ensalzando los logros de la ciencia y repitiendo con furor su doctrina más definida; en primer lugar, destacando sus implicaciones en la técnica, y por consiguiente, los efectos loables (raras veces los cuestionables) en la vida de los humanos; a la par, se ocupan de vituperar todo aquello que, por una u otra razón, no responda al modelo de la ciencia.

Andan así, de cacería, como los inquisidores, buscando quién se aparta de los marcos de sus verdades, para someterlos al fuego de sus hogueras.

Su poder ha llegado a ser tan grande, que muchos trabajadores de disciplinas que por su naturaleza no pueden tener el estatuto de ciencia, prefieren adoptar una apariencia de serlo (experimentan, hacen cálculos, la cifra aparece como garante de sus enunciados, manipulan sustancias, desprecian al sujeto y lo singular,…) para conseguir (al menos imaginariamente) ser admitidos en el campo, antes de enfrentar las dificultades teóricas y prácticas que implica la condición humana.

Así lo hacen, por ejemplo, muchos de los llamados científicos sociales, los psicólogos cognitivo-conductistas, los psiquiatras organicistas, y aun algunos psicoanalistas, entre otros.

Si algo caracteriza a los cientificistas es pues su fanatismo, el cual no es otra cosa que una forma contemporánea que adquieren los fanatismos religiosos. También éstos se caracterizan por no haber producido nada en el campo de la ciencia, pues se trata solo de divulgadores con prisa para exhibir (se bajo) las sentencias más relucientes de la ciencia.

No obstante, se presentan no pocas veces como verdaderos científicos y a veces reemplazan a éstos en sus lugares, en especial en la escena universitaria.

Hay que diferenciar entonces al cientificista del científico, aun cuando se les halle a menudo reunidos en los mismos ámbitos con empeños comunes; esto, a pesar de que haya científicos que acompañen a los cientificistas en sus posturas (el gran Richard Feynman, por ejemplo, tiene páginas desafortunadas de ese corte. Ver El placer de descubrir, Crítica, Barcelona, 2000).

A los científicos (que son menos numerosos de lo que se cree o se proclama) aquello que les caracteriza verdaderamente es su esfuerzo en producir saber nuevo.

El cientificista, por el contrario, se relame en lo ya sabido y naturalmente le perturban las correcciones que la investigación científica produzca cuando hay redefiniciones necesarias de alguna tesis. Es posible concluir por tanto, que el científico no confunde la firmeza en sus posturas con el fanatismo.

Uno de los hechos que es necesario examinar en un debate con el cientificismo es, como queda señalado, la significación que se le asigne a la técnica científica.

Ésta constituye un campo privilegiado por los cientificistas al tratar de sustentar sus sentencias, y no puede por tanto extrañar que algunas pesadillas emergidas en la época con la técnica moderna, sean minimizadas o desconocidas por éstos. Para el cientificista no cuentan sino los logros.

En lo que hace a la problemática aquí examinada, esto es a la significación de las neurociencias para el psicoanálisis y por tanto en el examen de lo humano propiamente dicho, una perspectiva que se destaca desde esa postura es el asunto de la eficacia terapéutica, tema acerca del cual hay mucho para discutir.

Si J.-A. Miller quiso llamar la atención hace algunos años sobre la importancia de que los analistas de la Orientación Lacaniana abordaran el tema, es, a mi juicio, por cuanto la eficacia terapéutica no puede ser un tabú para los analistas (y dejó de serlo en la Orientación Lacaniana con el llamado de Miller), a partir de su defensa de la necesidad de reconocer lo incurable en el hablanteser.

Y si Lacan se ocupa en construir con filigrana, y sin contemplaciones con sus postulados previos, su teoría del sinthome, también es porque reconoce que hay vías de desarrollo para el psicoanálisis más allá de lo establecido, en ese y en otros órdenes.

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