Revista Lectura Lacaniana Número: XIV
Lecturas Políticas

"Psicoanálisis y Política X"

Por Carlos Dante García
Publicado en Lectura Lacaniana: 4 diciembre, 2013


Para nuestra última participación del año, consideramos de extrema importancia para lo que entendemos y compartimos como lectura lacaniana, abordar el trabajo de nuestros colegas sobre el terrorismo de estado, sus secuelas y la contra experiencia, que publicamos en octubre y noviembre últimos.

Nuestros colegas realizan en la elaboración de dicho trabajo un aporte que es afín a lo que ya mencionamos que son los comentarios de Lacan sobre el lugar del psicoanalista en la política y de los comentarios de J, A, Miller al respecto. El participar del discurso de la política implica una cierta intrusión pero también implica la posibilidad del analista de estar a la altura de la subjetividad de la época y realizar en el síntoma la función que le es inherente: la interpretación.

Queremos destacar del texto algunos aspectos notables

En primer lugar, la consideración de los efectos subjetivos como consecuencia de la violencia social llamado en ese momento histórico, “terrorismo de estado”.  Los efectos subjetivos sobre esos hechos son muy variados pero la pregunta que se impone a un psicoanalista que se aleja de los efectos identificatorios como ya los mencionamos en otras partes de esta sección es, ¿de qué manera incide en el inconsciente y en la subjetividad? El texto nos da una respuesta: incide sobre el deseo de participación política. Aunque no lo llamaría deseo en el sentido inconsciente y sí anhelo o ideal.

La consecuencia es el refugio en un individualismo consumidor y descolorido. Habría que demostrarlo sin caer en que dicho fenómeno con el que acordamos no queda por fuera del retorno de lo reprimido.

La justicia es la justicia. Es muy difícil que de su boca no salga: memoria por olvido y justicia por violencia. Es el discurso del derecho.

Es de fundamental importancia ubicar, y es lo que el trabajo hace en forma excelente, la llamada “contra experiencia” en un contexto más amplio que el del discurso del derecho aunque hay que reconocer su importancia: investigación, juicio, búsqueda de los cuerpos, uso de la ciencia al servicio de las investigaciones y la inscripción mediante nuevas leyes de nombres de delitos que quedaban por fuera del alcance de la ley.

Podríamos preguntarnos si hubo una sola memoria; si fue la memoria la única forma de resistencia que hubo ante el terrorismo de estado. Hay que recordar, valga la paradoja, que la dictadura desarrolló un plan sistemático de detenciones ilegales y asesinatos y también a tratar de mantener un control estricto sobre la información pública de esas prácticas y en ese espacio se desarrolló una lucha por la información y la “verdad”. En éste sentido, la forma más eficaz de resistencia que fue socavando el poder militar fue el hacer saber la verdad: hacer conocer a la sociedad y a la opinión internacional la magnitud de los crímenes.

En este sentido, antes que una política o y antes que una intención política hubo tres formas de oposición pública: reclamo por la verdad, demanda de justicia e imperativo de memoria, esto es lucha contra las formas históricas o institucionales  de olvido y mejor aún, de falsificación de lo sucedido, como lo hay aún, en toda democracia.

La acción colectiva se desarrolló en diversos planos y niveles.  Sin duda que la acción colectiva por sí sola no basta sin la participación de los discursos institucionales como el derecho, pero como también veremos en un texto de lectura política para enero del 2014, los textos literarios se pueden muy bien anticipar y arrastrar la verdad antes que la justicia disponga de sus dispositivos.

Se trata en efecto, y esta es una interpretación psicoanalítica, de un montaje simbólico imaginario de tratamiento de algo real. Este montaje también participa en el cuestionamiento de los términos propuestos para la ejecución, justificación y alcance de semejante violencia: nos referimos a la figura del desaparecido. Hay que aclarar que para la doctrina del terrorismo de estado se trata del desaparecido detenido.

Para nosotros de un crimen: desaparición forzada.

La Convención Interamericana sobre Desaparición Forzada de Personas  firmada en 1994, lo considera como un delito de lesa humanidad imprescriptible y lo define del siguiente modo: “Se considera desaparición forzada la privación de la libertad a una o más personas, cualquiera que fuere su forma, cometida por agentes del Estado o por personas o grupos de personas que actúen con la autorización, el apoyo o la aquiescencia del Estado, seguida de la falta de información o de la negativa a reconocer dicha privación de libertad o de informar sobre el paradero de la persona, con lo cual se impide el ejercicio de los recursos legales y de las garantías procesales pertinentes”.

La práctica de la desaparición de personas bajo la forma moderna comenzó con Hitler con el famoso decreto de Noche y Niebla, que es muy probable haya inspirado a algunos militares argentinos si se puede llamar a eso, “inspiración”.

El texto de nuestros colegas es muy suave y tenue en otro sentido ya que al considerar algunas palabras de Videla mencionan el esbozo de crueldad del mismo. Podríamos hacer una gradación de la degradación.

Así como el llamado sujeto obsesivo, se sostiene de una enunciación que dibuja su crueldad: “te podes morir que no me importa” resultado de su odio-enamoramiento, así también podemos enunciar que es inherente a

toda posición política una cierta soberbia enunciativa: “sé para dónde hay que ir” que manifiesta un afán de conducción de la vida de los demás, que ya de por sí es cruel si no hubiera en el ser hablante la condición, por ser hablante de un imperativo que le hizo hablar diciéndole hacia dónde habría que ir; así como está esa soberbia, está la soberbia psicoanalítica de interpretarlo todo como está la soberbia del dictador que se arroga para sí la facultad de decidir y decir sin consentimiento del otro; para esto es necesario que se ejerza algo sobre el cuerpo del otro.

Como muy bien se destaca en el texto, la intención del terrorismo de estado fue borrar la condición histórica y humana del desaparecido, y más aún, la condición de un humano para reducirlo al desecho.

El texto deja abierta una serie de caminos por los cuales transitar en la manifestación interpretativa del psicoanalista en hechos sociales de tal magnitud, como por ejemplo: ¿comparten entonces la idea de que el nuevo orden simbólico es insuficiente para el tratamiento de lo que fue el terrorismo de estado?; ¿ cómo entender las insuficiencias del nuevo orden simbólico con la dimensión de avanzada en el mundo del tratamiento de investigación de la verdad, búsqueda de desaparecidos, nuevas legislaciones, juicio a los responsables, del orden simbólico que funciona en nuestro país?, etc.

En la última parte del trabajo se nos ofrece el lugar del analista como éxtimo en la sociedad pero no sin ella, cuando afirman: “Desde el psicoanálisis lo encaramos de otra manera, con cierta sustracción con respecto a la sociedad, pero no sin ella. Al respecto J-.A Miller se pregunta “¿Qué sentido dar a la posición de extimidad del analista?”

Por nuestra parte incluimos en el lugar éxtimo del analista, los rasgos que hemos enunciado en otras oportunidades en la Lectura política de nuestra página sobre su participación en la política del psicoanalista con la siguiente alternativa sugerida por la propuesta del texto: un lugar éxtimo con distancia hacia la indiferencia de lo que ocurre en la sociedad y lo que ocurre en la política y, no sin hacer uso y sirviéndose de los recursos  que en cada época el orden simbólico, aunque desfalleciente y cambiante puede ofrecer a los seres hablantes.

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