Revista Lectura Lacaniana Número: XII
Lecturas Políticas

Psiconálisis y Política VIII

Por Carlos Dante García
Publicado en Lectura Lacaniana: 26 octubre, 2013


Para el mes de octubre y noviembre, les proponemos en dos partes el trabajo presentado por Marcelo Marotta y colaboradores en el marco de las Conversaciones en el VI ENAPOL VI Encuentro Americano de Psicoanálisis de la Orientación Lacaniana XVIII Encuentro Internacional del Campo Freudiano realizado en Buenos Aires los días 22 y 23 de Noviembre de 2013.

Marcelo Marotta es AME de la Escuela de la Orientación Lacaniana y Miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis. Forma parte también del Departamento de Estudios Lacanianos sobre la Violencia (VEL) del CICBA del Instituto Clínico de Buenos Aires.

En ésta oportunidad les acercamos una primera parte del texto.

 

Marcelo Marotta

El terrorismo de estado, sus secuelas y la contra-experiencia

Colaboraron: María E. Banzato, Helen Kaplun, Gustavo Kroitor, Susana Masoero y Patricia Sawicke

Introducción

A los 28 años Zoe vuelve del extranjero para encontrarse con quien será su pareja. Necesita “aclarar algunos temas” y pide un análisis. A sus 12 años, en los 90, sus padres emigraron en busca de mejores horizontes laborales. Aquí cerraban las fábricas dejando un reguero de desocupados.

Durante los años 70 habían actuado en política, igual que un tío de Zoe fusilado por la dictadura tras su secuestro en un centro clandestino de detención. Nunca entregaron su cuerpo, no pudieron velarlo ni sepultarlo.

El recuerdo del tío desaparecido era “la nube negra” que cubría la vida familiar y empañaba la difícil adaptación de Zoe al nuevo país. Enviaba cartas a sus conocidos describiendo su dolor, pero sólo uno, un profesor, le respondía orientándola y dándole consuelo. Con él se encontró en el regreso a sus 28 años, hoy es su pareja y padre de sus hijas.

Hace unos días plantaron un árbol en homenaje al tío cerca del lugar donde lo secuestraron. Zoe continúa en análisis, poco a poco los temas se van aclarando.

Una perspectiva posible para conversar sobre “La violencia en el nuevo orden simbólico” en este Encuentro Americano es abordarla desde el rasgo que evoca la viñeta clínica: la violencia ejercida por el terrorismo de estado en el último tercio del siglo anterior en gran parte de Latinoamérica y las secuelas que aún persisten de esa experiencia.

Las dictaduras que quebraron los sistemas democráticos y se mantuvieron utilizando esta violencia a través del terror, el secuestro, la desaparición, la experiencia de los campos de concentración, funcionaron como la puerta de entrada de las políticas que, acordes a la economía de mercado, terminaron promoviendo la yuxtaposición del discurso de la ciencia y del capitalismo que caracteriza al nuevo orden simbólico que hoy rige a escala mundial.

Así como la participación internacional influyó desde sus orígenes, en el contexto bipolar de la “guerra fría”, algunos de sus rasgos continúan manifestándose en la actual globalización y reorganización hegemónica.

Corresponde entonces considerar la “contra-experiencia” que se desarrolla durante el curso del siglo XXI, que implica tanto el intento de tramitar esa violencia como la presencia de restos que aún persisten en el marco del nuevo orden simbólico que determina la subjetividad de la época.

La facticidad real

Los campos de concentración, llamados en Argentina “centros clandestinos de detención” (CCD) fueron uno de los lugares donde se sistematizó esa violencia real, donde se torturaba a los secuestrados y se los hacía desaparecer, incluyendo la desaparición de los cuerpos a los que se les negaba sepultura. También donde se ejercían vejámenes, violaciones sexuales y la apropiación de niños nacidos en cautiverio, en fin, lugares que terminaron siendo el triste paradigma de los crímenes de lesa humanidad cometidos.

Abordamos desde este ángulo este modo de violencia atentos a que Lacan se refiere a los campos de concentración al considerar los tres puntos de fuga perspectivos en el horizonte donde se anudan psicoanálisis en extensión y en intensión.

En la Proposición del 9 de octubre de 1967… trata “la tercera facticidad, real, demasiado real, suficientemente real” que se expresa en “el término de campo de concentración…”.

Para Lacan estos campos fueron precursores de los procesos de segregación que surgieron a partir de los mercados comunes o de la universalización del sujeto introducida por la ciencia manejada desde esos mercados.

Esa segregación, incluso el aplastamiento de la singularidad del sujeto a manos de aquella universalización, son formas de violencia que en América Latina se desarrollaron a partir de esa otra violencia aún más impactante, la del terrorismo de estado y sus CCD.

Del centro a la periferia y retorno. Orígenes y continuidad

En los años 70, se desplegó en Latinoamérica una serie de revoluciones y movimientos nacionales que fueron reprimidos de acuerdo a la llamada Doctrina de Seguridad Nacional fomentada por Estados Unidos. Con ella se legitimaban los golpes militares y la violación sistemática de los derechos humanos. PP En la Escuela de las Américas, en Panamá, se entrenaba a ejércitos latinoamericanos, instruyéndolos en técnicas para realizar interrogatorios mediante torturas, infiltración, inteligencia, secuestros, desapariciones de opositores, combate militar y guerra psicológica. También funcionó una doctrina de origen francés, creada a partir de la lección aprendida tras las derrotas en las guerras de independencia de Indochina y Argelia.

En el cono sur americano el Plan Cóndor fue la expresión más clara de la intervención internacional al consistir en una red en la que se entrelazaron organizaciones de inteligencia y operaciones: chilenas, uruguayas, argentinas, junto a los servicios paraguayos y brasileños, vinculados con la Propaganda Due italiana (P2), la Organisation de l´Armée Secrète francesa (OAS), grupos fascistas españoles y grupos de cubanos anticastristas.

Así como verificamos que los países de la periferia adoptaron modelos aprendidos de los países centrales, también podemos constatar el movimiento inverso.

Los campos de concentración sudamericanos diferían de los nazis al configurar un modelo mixto para el tratamiento de los cuerpos: por un lado se concentraba a los prisioneros para su posterior eliminación, pero por otro se utilizaba el aislamiento físico y sensorial para la tortura, vendándoles los ojos y dejándolos en un universo de silencio.

Al combinar elementos de concentración y aislamiento, se presentaban como un modelo intermedio entre el campo de concentración nazi y los actuales centros de confinamiento ilegal como Guantánamo. En cierto sentido “la periferia fue un lugar de preanuncio o prueba de los nuevos modelos económicos (neoliberales), políticos (subordinación del Estado) y represivos (Estado de excepción, desaparición forzada y campos de concentración-aislamiento), que luego se extendieron hacia el centro”[1]

La violencia en el nuevo orden simbólico es funcional a las redes de poder corporativo y transnacional que, según P. Calveiro, se despliega a través de la guerra antiterrorista, que permite expandir el nuevo orden global al invadir territorios y apropiarse de sus recursos y la guerra contra el crimen, que conduce al encierro creciente de jóvenes y pobres en aras de la supuesta seguridad interior.

Terrorismo de Estado y subjetividad

“Nuestro objetivo era disciplinar a una sociedad anarquizada; (…) ir a una economía de mercado, liberal (…) Queríamos también disciplinar al sindicalismo y al capitalismo prebendario”[2].

Estas declaraciones del dictador argentino Videla confirman que el terrorismo de estado pretendía “disciplinar” transmitiendo que así como intervenían sobre el cuerpo del prisionero arrebatándole su humanidad, podían intervenir sobre el conjunto de la sociedad influyendo en su subjetividad.

Tal como, en su momento, la 1ra Guerra Mundial, en Europa “mató de forma duradera, por ejemplo, el deseo de tener hijos”[3], la violencia del terrorismo de estado en Latinoamérica mató, durante el período de primacía de las políticas neoliberales, el deseo de la participación política, salvo en los primeros años de la recuperación democrática y en la última década.

En el mundo actual el par ciencia/capitalismo se articula a una inseguridad ampliamente difundida por los medios y a un terrorismo efectivo o construido que, como fenómenos de la época, se corresponden con una subjetividad que refugia su interés en un individualismo consumidor y descolorido. Un individualismo que, en Argentina, ante la represión terrorista e indiscriminada del estado, se excusaba sospechando que los perseguidos “algo habrán hecho”, continuó formando a sus jóvenes con la ideología del “no te metas” y terminó blandiendo la impotente consigna “que se vayan todos”.

Reconocemos así cortes y articulaciones entre el mundo bipolar y la actual reorganización global que sobrepasó las barreras geográficas, políticas e incluso subjetivas, permitiendo la circulación “de todo tipo de productos y servicios: armas, drogas, pero también personas, niños, órganos, semen, la vida misma; nada escapa a la condición de mercancía que se vende-servicio que se presta”[4]

En ese nuevo escenario también se trafica el terror y la violencia, de modo indirecto o con la acción directa de operaciones militares, como en Yugoslavia, Afganistán o Irak, en los distintos campos de concentración o por las torturas que se dejaron ver en Abu Ghraib, seguramente para expandir un terror que influya sobre la subjetividad.

Notas

  1. Calveiro, Pilar. Violencias de Estado, Siglo XXI. p 44
  2. Reato, Ceferino. Disposición final. Sudamericana. p 155
  3. Laurent, Eric. Entrevista en La violencia síntoma social de la época. Scriptum. EBP
  4. Calveiro, p 54
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