Revista Lectura Lacaniana Número: XI
Lecturas Científicas

Por fin, ahora sabemos dónde se encuentra el amor

Por Andrea F. Amendola
Publicado en Lectura Lacaniana: 6 septiembre, 2013


 ¡Por fin!  Ahora sabemos donde se encuentra el amor romántico. 

 

Actualmente circula en diversas revistas de interés general los estudios que Helen Fisher viene realizando sobre el amor romántico. Helen Fisher, antropóloga y directora del departamento de Investigación de la Universidad de Rutgers, en New Jersey (Estados Unidos), ha dedicado su vida a analizar la neurobiología del amor. Según su teoría, existen tres sistemas cerebrales relacionados con el amor que interactúan entre sí: el impulso sexual, el amor romántico y el cariño o apego tras una larga relación.

A partir de esta premisa, en 1998 inició una investigación con un grupo de 32 personas que declaraban estar enamoradas a las que se les hizo una resonancia magnética para ver qué conexiones se producían en el cerebro; 17 de ellas decían ser correspondidas y 15 habían sido rechazadas. Entre las que estaban enamoradas hallaron actividad en la zona tegmental ventral del cerebro, que produce dopamina, y en el núcleo caudado. Ambas zonas forman parte del sistema básico de recompensa, que se asocia con la motivación por conseguir unos objetivos. “El área de la zona tegmental ventral en la que encontramos actividad es la misma que se activa cuando la persona experimenta el llamado subidón de la cocaína”, ha explicado.

Esto indica que “el amor romántico no es una emoción, sino que es un impulso, una necesidad fisiológica del ser humano”.

 

Dopamina y rechazo

Entre las quince personas que habían sido rechazadas encontraron actividad cerebal en el área del mismo sistema de recompensa: en parte del núcleo accumbens, que se relaciona con las conductas adictivas (como las apuestas), en la corteza insular, que se asocia con el dolor físico, y en la corteza órbito-frontal lateral, relacionada con los pensamientos obsesivos. Esto explicaría por qué algunas personas siguen enamoradas a pesar de haber sido rechazadas ya que estas áreas siguen perteneciendo al sistema de recompensa, en el que actúa la dopamina. “A pesar de no recibir lo que uno quiere la dopamina sigue trabajando”.

Según Fisher, algunos de los mecanismos que se activan en el enamoramiento son iguales en hombres y mujeres, como el núcleo caudado y el área tegmental ventral. Sin embargo, existen diferencias.

“En hombres hemos encontrado más actividad en parte del lóbulo superior, que se asocia con la integración de los estímulos visuales, mientras que en las mujeres, las áreas que entran en juego se relacionan con la memoria y los recuerdos”. Además, ha añadido que las actividades cerebrales que se producen cuando se está enamorado sólo suceden una vez en la relación de pareja, pues “a lo largo del tiempo el amor se va convirtiendo en cariño y apego”.

Por otra parte, Helen Fisher ha explicado por qué se dice que el amor es ciego. “Cuando estamos enamorados un área del cerebro se desactiva”. Es una parte de la amígdala cerebral, que se relaciona con el miedo. Por eso “no vemos los aspectos que no nos gustan y aceptamos el resto”.

¿El flechazo que trastorna?

En la actualidad, y con los dos manuales de referencia psiquiátrica en la mano (Clasificación internacional de enfermedades y problemas relacionados con la salud (ICD), de la OMS, y Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM), de la Asociación Americana de Psiquiatría), el enamoramiento no aparece como una condición médica, “pero sí lo están sus síntomas”, como ha señalado el escritor y psiquiatra británico Frank Tallis.

La característica más llamativa de las investigaciones en el siglo XX radica en que rara vez se ha podido evitar el lenguaje de la psicopatología: “Cuando se abre la caja del amor, algo que se identifica con una enfermedad aparece de manera invariable”, advierte Tallis. El criterio del DSM para determinar que nos encontramos ante un trastorno mental es que “causa angustia clínicamente significativa o perjuicio en lo social, laboral y otras áreas de actividad”. Pero ¿cuándo lo consideramos clínicamente significativo? ¿Cuántas personas, después de declararse enamoradas, pueden trabajar como si nada al día siguiente? ¿y qué decir de quienes por un amor se han deshojado hasta deprimirse?

Una vez más, aquello que hace a la esencia del ser parlante intenta ser

clasificado, manipulado argumentando un saber científico sobre las causas del romanticismo palpitando en el cerebro, pero… ¿no será que el amor en nuestra sociedad hipermoderna se ha vuelto banal? El amor está por fuera del cálculo, no hay saber que pueda dar cuenta de la contingencia de los encuentros, claro que parece ser que si bien para el psicoanálisis la bandera del no saber es un buen camino, no es la vía que le conviene al capitalismo, motivo por el cual podemos afirmar que “la ignorancia crasa también existe pero, es cada vez más raro”, al decir de Lacan.

La naturaleza del amor: el gran Otro que conviene a la Ciencia

En la misma línea, esa que busca lo real del amor como aquello capaz de ser localizado, medido, cuantificado y por supuesto controlado por la ciencia, el psiquiatra  Frank Tallis afirma que “la evolución no puede dejar que los seres humanos decidan si quieren o no procrear y que quizás por eso se generó un mecanismo de seguridad, para garantizar que se cumplen los objetivos. A ese mecanismo lo llamamos Amor”, dice Tallis. Por otro lado, Fisher considera que “la volubilidad del amor es parte del plan de la naturaleza”, de modo que le supone a la naturaleza el poder de generar una estrategia, la del amor romántico, para asegurar la supervivencia de la especie.

Sin decisión, desvestidos de nuestra subjetividad, ¿será que tan sólo somos simples objetos de los caprichos de la  evolución?

Al respecto dirá Eric Laurent que: “lo inquietante de la presencia de la ciencia es que nos da muchas certidumbres sobre la naturaleza  pero se mantiene muda acerca de la relación sexual, porque no nos dice cómo hay que comportarnos”(…) “A través de la manera con que la ciencia, al globalizarse, hace callar a los Nombres del Padre y enmudece frente al hecho de dar indicaciones acerca de cómo vivir la cuestión sexual, se produce también en los sujetos este movimiento de reinventar, de reincorporar nuevas herramientas para ubicarse frente a las exigencias de goce que se nos imponen desde la civilización”.

Del “no cesa de no escribirse” hacia la atadura de la necesidad

Desde el fondo de la imposibilidad de la relación sexual, el amor se desencadena a partir de una contingencia. Dice Lacan, “nada puede decirlo: no hay, en el decir, existencia de la relación sexual”. Lacan plantea un desplazamiento de la negación que va del cesa de no escribirse al no cesa de escribirse, de contigencia a necesidad, punto de suspensión y de atadura de todo amor.

He aquí el drama de todo amor, aquello que del carácter contingente del encuentro amoroso ocurre, a partir de las marcas del exhilio para cada cual y como hablante, de la relación sexual, deriva en la ilusión cual espejismo de que algo, quizás… se tramará como destino. ¿No cesará? Dice Lacan: no cesa, no cesará.

En Aún dirá Lacan:”si al hombre lo dejan solo sublima todo el tiempo”.

Son las mujeres las que lo sustraen de la cultura y lo llaman a la cotidianidad del amor.

Amar es dar lo que no se tiene, es decir, reconocer su falta y darla al otro, esto implica asumir su castración, lo cual es esencialmente femenino.

El Amor pide Amor… aún

Lacan, a partir de lo propio de cada uno y de un entramado de una historia singular, articula el amor a la demanda y sitúa que en la demanda de amor el sujeto se dirige al Otro en tanto que no tiene. Es del Otro de quien se espera que de pruebas de su propia falta. Lacan se pregunta: “¿De qué se trata entonces en el amor? El amor ¿es hacerse uno? El amor Lacan lo define como impotente porque ignora, aunque sea recíproco, esto es, el amor que tengo hacia ti es porque tú tienes algo que ver en tanto causa de amor para mí, que no es más que el deseo de ser Uno, lo cual nos lleva hacia la no relación sexual.

Nos dice Jacques A. Miller: “Amar verdaderamente a alguien es creer que amándolo, se accederá a una verdad sobre sí mismo. Amamos a aquel o a aquella que esconde la respuesta, o una respuesta a nuestra pregunta: “¿Quién soy yo?””.

Muy lejos de una naturaleza con planes para los seres parlantes, Lacan nos lleva hacia la potencia de lo simbólico que no necesita ser demostrada porque es la potencia misma aquella que determina a hombres y mujeres, ambos viven en un mundo de discurso  y por ende la naturaleza es fruto mismo de la cultura. De este modo, podemos decir que las modalidades del amor se expresan de acuerdo a la cultura ambiente. Entre un hombre y una mujer no hay programación del encuentro, no hay escrito nada que anticipe cómo se estructurará la relación entre los sexos. Entre un hombre y el mundo hay un muro: el del lenguaje.

 

Entre el hombre y el amor

Hay una mujer

Entre el hombre y la mujer

Hay un mundo

Entre el hombre y el mundo

Hay un muro

poema de Antoine Tudal

 

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