Revista Lectura Lacaniana Número: X
Lecturas Culturales

Nuevas novelas eróticas... Última Parte

Por Silvia Hopenhayn
Publicado en Lectura Lacaniana: 4 agosto, 2013


“Nuevas novelas eróticas supuestamente audaces y sexualmente correctas”.

Última parte.

 

En la última parte de “El auge de la novela erótica”, Silvia Hopenhayn nos presenta las conclusiones sobre el modo en que están escritas éstas novelas, los efectos que producen y las razones por las cuales invitan e incitan a su consumo. Los diferencia de manera muy precisa: las novelas eróticas antes del empuje al consumo ofertan un goce con la lengua y en la lectura, ligado más a la sensualidad evocativa que a lo que las nuevas novelas propician: la denotación de lo sexual. Silvia dice: para aggiornar las fantasías y darle una bibliografía al mercado. Esto nos lleva al interrogante de la función que cumplen los textos literarios como elementos de la lengua para la construcción subjetiva de las fantasías de los neuróticos. Tal era la posición de Freud. Remítanse a cómo Freud decía en “Pegan a un niño” que sus pacientes les traían de manera indirecta mediante evocaciones y recuerdos de lecturas de la infancia, el contenido de un fantasma erótico masoquista como ser “La cabaña del Tío Tom”. O cómo una paciente evocaba en relación a su fantasma una novela literaria de Víctor Hugo “Notre- Dame en París”.

En la novela se cuenta la historia en que la protagonista, la bella Esmeralda está enamorada de un caballero y un sacerdote de Notre-Dame la persigue. Quasimodo la salva de los embates amorosos del sacerdote. Para la paciente, ella está  en su fantasía identificada con la bella Esmeralda  y a diferencia de la novela, enamorada del sacerdote; no perseguida. Lo que importa en el análisis de éste caso es que en la novela el texto ofrece una protagonista para la identificación y ofrece un personaje para que forme parte del fantasma por dos rasgos: es un personaje de autoridad que escapa normalmente al comercio sexual y que un sacerdote encarna por excelencia. Para el fantasma freudiano es necesario un personaje de autoridad y que escape normalmente al comercio sexual para que encarne dicha función en la fantasía. Cabe entonces aclarar que en la novela de Víctor Hugo el sacerdote persigue a Esmeralda, encarnando quizás lo que implica la caída de la autoridad de esas figuras en nuestras épocas. Y, en el fantasma de la paciente es ella la que está enamorada de un sacerdote, encarnando una figura de autoridad. Por algunas de éstas y otras razones, como ser la diversidad de novelas eróticas o de novelas que no son necesariamente eróticas, convocaremos nuevamente a Silvia  Hopenhayn para que ella nos diga qué particularidades encuentra ella en las novelas eróticas actuales. Por este medio ya les anticipamos que estará también presente en el ciclo del Seminario “Los nudos del amor, del goce y el deseo”.


Carlos Dante García

 

Conclusiones provisorias

Schnizler apela a la máscara. Sociedades secretas de sexualidades ocultas.

La particularidad de la máscara, es que los ojos no develan la identidad del que mira, intensificando, sin embargo, el poder de su mirada. El secreto de la identidad forma parte de la experiencia erótica. Marguerite Duras, en El amante, también agudiza el anonimato en el trance sexual. Pero en vez ponerse máscaras, sus personajes se quitan los nombres. El erotismo de la jovencita con el chino glamouroso se sostiene en cuerpos no apelables. La sumisión de la palabra al silencio del erotismo. ¿Será aquí el silencio una máscara de la voz implorante? Todo lo contrario ocurre en Rayuela, de Cortázar. La lengua es el enlace. La Maga y Horacio, sus protagonistas, inventan una manera de enlazarse, deslizarse, eróticamente a través de una lengua propia: el gíglico. De esta invención de Cortázar se deslinda el poder significante del erotismo literario, ligado más a la sensualidad evocativa que a la denotación sexual.

(Leer preferiblemente en voz alta) ”Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpaso en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balpamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.”     (Capítulo 68 de Rayuela)

El nuevo auge de la novela erótica, a través de la publicación de best-sellers como Cincuenta sombras de Gray, Pídeme lo que quieras, No te escondo nada o Diario de una sumisa, no atiende al cuerpo de la voz. Son textos mudos, inmediatos, de consumo. Un rejunte de clishés para aggiornar las fantasías y otorgarle una “bibliografía” al mercado sexual.

La voz del cuerpo, su clamor, se registra en el propio cuerpo de la voz, en la literatura erótica que emerge del lenguaje.

 

Silvia Hopenhayn

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