Revista Lectura Lacaniana Número: VIII
Lecturas Culturales

Nuevas novelas eróticas... Segunda Parte

Por Silvia Hopenhayn
Publicado en Lectura Lacaniana: 2 junio, 2013


“Nuevas novelas eróticas supuestamente audaces y sexualmente correctas”.

Segunda parte

 

“El consuelo del consumo”

En el mes de junio de la sección de cultura de nuestra Revista, encontrarán una elaboración sobre la letra y el erotismo realizado pos Silvia Hopenhayn muy novedosa. Se supone que con la novela erótica se goza contemporáneamente a la palabra escrita. Silvia diferencia el acto de escribir, el acto de leer y el acto de la masturbación. El primero, no necesita del lector. El lector necesita del escrito. A diferencia del “placer del texto”, en las “nuevas” novelas eróticas se trata de “las palabras del consumo”,  el consuelo del consumo como satisfacción inminente. Invitamos a que lean ésta segunda parte.

Carlos Dante García

 

La palabra escrita no es garantía de ninguna inscripción en el tiempo. Ni el tiempo garantiza que el sentido se modifique a través de la palabra. Sobre todo si hablamos de novela erótica, donde se goza contemporáneamente a la palabra que aparece escrita. La resonancia erótica de la lengua en un tiempo dado. Como si el que escribe ejerciera sobre el que lee algún tipo de toque, repentino, no situable, en el cuerpo. Escribir ofreciendo una caricia (o un golpe, valen aquí todas las técnicas, el estilo es por naturaleza, singular) y leer disponiéndose a recibir la caricia (o lo que advenga en la lectura).

A diferencia de la pornografía, -que exige un primerísimo plano, el recorte puntual, un contacto ocular con lo que se muestra- el erotismo literario, antes y después de Bataille, se rige por la sensorialidad significante. ¿Habría entonces una diferencia gozosa, entre el que escribe y el lector, con respecto a la lengua? ¿Una alegoría masturbatoria del lado de la escritura y del consumo (signficante) en la lectura?

Recuerdo una novela de Federico Jeanmaire, Prólogo anotado (1993).  Se trata del encargo de un prólogo a un profesor de lengua para un manual de literatura. Toda la novela es el regodeo del prolegómeno, o el prologar del prólogo, que a su vez contiene un tratado de la masturbación. En la introducción (ficcional) del personaje que tiene la misión de prologar, llamado Juan Aparicio, éste lo explica: “El comienzo (notable) de los

prólogos del prólogo al manual introdujo, además, el tema insalvable de la masturbación. Tema tan caro como productivo para la literatura de todos los tiempos. Y si esto no es así, que lo desmienta Friedrich Nietzsche o Jean Jacques Rousseau o Gustave Flaubert o, mucho más contemporáneamente, Carlos Barral. Pero es así, no tema, señor, (señora). La equiparación de un acto tan excitante, al mismo tiempo que mal visto (por una sociedad tan iletrada como olvidadizamente adulta), como la masturbación, con la literatura sólo puede ser entendida en toda su grandeza y complejidad por el buen lector. La masturbación (y no estoy hiperbolizando) es el acto que define más perfectamente la relación del escritor con su obra  y, también, es la representación más adecuada de la exquisita relación que establece el lector con su lectura.”

No considero sin embargo que ambos actos sean equiparables.De por sí es un vínculo no necesariamente recíproco. El escritor no requiere del lector, en la instancia creativa. Quizá de allí la posible “performance” masturbatoria con la que juega Jeanmaire. Pero el lector sí lo necesita. No hay lector sin escrito.

Vladimir Nabokov lo comprendió con sabrosa agudeza, y en su novela Lolita (1955) también tiene un prologador Es un prologador falso, claro, Doctor en filosofía, un tal John Ray,  que sirve de escudo moral para defender al libro

de las obscenidades de su autor: Veamos cuál es su advertencia: “Con qué magia el violín armonioso del autor conjura en nosotros una ternura,  una compasión hacia Lolita que nos entrega a la fascinación del libro, al propio tiempo que abominados de su autor”.  Esto es maravilloso. El prologador nos previene –y protege- de la abyección del autor, apaciguándonos de cualquier tipo de pacto de lectura ilícito ¡o incluso perverso! Lo cierto es que no es muy habitual que uno elija autores abominables para leer sus novelas, por lo general, la elección se nutre del elogio y admiración (la lectura de “Mi lucha”, de Hitler, salvo excepciones de curiosidad extrema o posibles investigaciones, tiene algo de repudiable…)

¿Cuál es el erotismo en una novela tildada de hipererótica en su momento, como Lolita? ¿Lo abyecto no proviene más bien de las imágenes que de su fraseo? Vale recordar todos los escollos que tuvo que sortear el director Stanley Kubrick, en pleno macartismo, cuando quiso adaptar la novela al cine. Luego de tres principios censurados, optó por el recurso de la pornografía: el primerísimo plano. Así, el film comienza con un macro de los pies de una jovencita, a quien un hombre mayor (del que sólo vemos sus manos) le pinta dócilmente las uñas.

En la frase el erotismo es otro. Barthes se referiría al “jouïr”, en El placer del texto. Pero Nabokov realiza un tour de force: apunta al consumo.

Con Lolita, anticipa nuestra época de manera flagrante. Su personaje, Humbert Humbert, al llegar a los Estados Unidos, se encuentra con lo que vendrá: el nuevo mundo, la “joven” América (él es la “Vieja” Europa). De este modo, Nabokov revuelve los restos culturales para extraer su goce; busca en las palabras del consumo, en la vulgaridad pujante: el erotismo de las marcas, de los carteles, de las indicaciones, de las revistas de automóviles, los nombres de los moteles, las listas del supermercado, etc. Las palabras en Nabokov –desde las más altas, como los clisés de expresiones francesas que abundan en Lolita, hasta las más bajas, los trastos de la lengua- proclaman el consuelo del consumo como satisfacción inminente. Miro, toco, adquiero, digiero. El erotismo del descubrimiento de América (Estados Unidos) que hace Nabokov en la posguerra de los años cincuenta.
Fin segunda parte.

En la próxima y última entrega: Desazón y calentura, de la “Traumnovelle”, de Arthur Schnitzler a “El tratamiento” de Lola Arias.

 

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