Revista Lectura Lacaniana Número: IX
Lecturas Culturales

Nuevas novelas eróticas...Tercera Parte

Por Silvia Hopenhayn
Publicado en Lectura Lacaniana: 7 julio, 2013


“Nuevas novelas eróticas supuestamente audaces y sexualmente correctas”.

Tercera parte

La máscara y la lengua


En esta tercera parte del pequeño ensayo sobre “El auge de la novela erótica”, que quizás tenga otras partes, Silvia Hopenhayn nos lleva a interrogarnos sobre el efecto que produce la sociedad de mercado produciendo novelas para el consumo y propiciando identificaciones entre el consumo y el consumar algo a través de “Lolita”. No sólo esto; destaca el particular hallazgo de Novokov realizado y plasmado en ésta novela. Anticipo de lo que los escritores crean en sus obras sin necesariamente estar advertido de ello: nuevos modos de satisfacción.  En la cuarta parte, en el mes de agosto, leeremos las conclusiones.

Carlos Dante García

 

¿Consumir es consumar? Vale la pregunta luego de sumergirnos en la trágica historia de Humbert Humbert, el protagonista de Lolita. Este amor (¿unívoco?), se alimenta del consumo y en ello radica su ruina. Estamos en América, insisto. De donde provienen los gadgets, los objetos de consumo, que se incorporan o interpretan como deseos a realizarse en lo inmediato; cumplir un deseo es consumir lo supuestamente deseado (u ofertado). Así empieza la segunda parte de Lolita, cuando la novela cobra vuelo y se convierte en una suerte de “road movie”.  La niña-púber se satisface con chocolates, chupetines, medias, zapatos, que le ofrece HH; es el modo de aliarse con su amador, sobre todo después de la muerte de su madre. Podría decirse que el consumo en la novela comienza con la muerte súbita –y culposa, no se sabe para quién- de la madre de Lolita. Más precisamente, cuando ella se entera de que su madre ha muerto, luego de que HH se lo ocultase por varios días.

Diálogo entre Lolita y Humbert Humbert:

 

– Dame unas monedas. Quiero llamar al hospital para hablar con mamá.

– No puedes llamar.

-¿Por qué no puedo llamar a mi madre si quiero hacerlo?

–Porque tu madre está muerta.”

 

A continuación de este anuncio, Humbert Humbert se la lleva de compras. Nabokov, con su maestría narrativa, dispone el consumo en una serie que ocupa todo el párrafo final de la primera parte de la novela:

“…Le compré cuatro revistas de historietas, una caja de dulces, una caja de toallas higiénicas, dos tortas, un juego de manicura, un reloj de viaje con cuadrante luminoso, un anillo con un topacio verdadero, una raqueta de tenis, patines, zapatos blancos de tacones altos, binoculares, una radio portátil, goma de mascar, un impermeable transparente, algunas prendas de vestir, toda clase de vestidos para el verano.”

A partir de ese momento, cuando emprenden juntos el “viaje” (viraje en la novela), comienza la transacción del deseo. En este sentido, la novela erótica, lo es más en la desesperación de los amantes por prevalecer como tales, que en la exhibición de sus apegos sexuales.

“Una mezcla de candor y decepción, de encanto y vulgaridad, de azul malhumor y  rosada alegría, Lolita podía ser una chiquilla exasperante cuando le daban ganas. Yo no estaba del todo preparado para sus accesos de hastío desorganizado, sus apretujones vehementes e intensos, sus actitudes de abandono (piernas abiertas, aire vencido, ojos narcotizados), sus bravuconadas (una especie de difusas payasadas…) Lolita era el destinatario de todos los anuncios publicitarios: el consumidor ideal, el sujeto y objeto de cada letrero engañoso.”

En esta conjunción del consumo y la desesperación, radica el hallazgo de Nabokov. Un anticipo de los modos de satisfacción provistos por el sistema para garantizar cierta dosis de insatisfacción que renueve el consumo. De la desazón a la calentura (o del gasto a la ganancia, donde no haya pérdida…). Pero la lengua funciona a pérdida; el erotismo en la lengua se manifiesta en el contorneo. Por más explícito que aparezca lo sexual en un texto, hay algo que no puede asirse, la marcha del deseo.

2.

Esta marcha es la que parece emprender Fridolin, el protagonista de Traumnovelle (Relato soñado), la novela de Arthur Schnitzler, en la que se inspiró Stanley Kubrik para realizar Ojos bien cerrados, con Nicole Kidman y Tom Cruise. (Curioso cruce: Kubrick también fue el realizador de la primera y mejor versión de Lolita en el cine, en 1962). Fridolin se escabulle por las noches en busca de satisfacciones nuevas. Pero esa búsqueda podría ser insípida, ordinaria, si no se alimentara de una confesión. El erotismo está en el relato de la aventura, en su traslado al lenguaje; casi como aventura semiológica, de signos evanescentes. ¿Se trata entonces del “Relato soñado” o del sueño de un relato? En todo caso, Fridolin y Albertina, al confesarse, realizan un relato erótico, lo comparten. La pareja, intentando desgreñar la pasión, se erotiza cada uno con el cuento del otro.

Como escribe Schnitzler: “Empujados por un soplo de aventura, libertad y peligro” comienzan “temerosa y atormentadamente, con sucia curiosidad, a sacarse confesiones”. Esto impulsa a Fridolin a internarse en los zaguanes de la noche, en busca de peligro y misterio; pero al regresar se encuentra con algo más escabroso e inasible: la voluptuosidad del sueño de su mujer. Ella le contará su sueño erótico. Y como se dice en la novela, “ningún sueño es totalmente un sueño”, ni tampoco “la realidad de toda una vida humana significa su verdad más profunda”.

La lengua se erotiza en la confesión; cuando se entrelaza lo impúdico con lo íntimo, lo explícito con lo que no se puede decir: lo brutal y lo trémulo. Esto no puede ocurrir todo el tiempo, es una suerte de abyección confesada que se desliza en la frase, como un sufrimiento.

Antes de publicar Traumnovelle en 1926, Schnitzler había tenido rotundo éxito con sus obras de teatro, principalmente luego del estreno de Amoríos y La Ronda, en las salas principales de Viena y Berlín. Éxito que se coronó con su propio fracaso: el conflictivo divorcio con su esposa Olga Gussmann y el suicidio de su hija, luego de contraer matrimonio con un oficial fascista italiano. En ese tiempo Scnhitzler también se relaciona con Freud. Éste afirmó que el escritor vienés había llegado por las vías de la experiencia y la intuición a las mismas conclusiones que él había alcanzado con fatigosos estudios. Lo cierto es que Schnizler se había nutrido de experiencias

diversas, como las que realizaba en su consultorio de laringología con tratamientos de hipnosis bajo la tutela de Theodor Meynert, para devolver la voz a mujeres afónicas, quienes luego ingresarían como personajes de sus cuentos. Con respecto a Freud, Schnizler consideraba que “lo nuevo no era el psicoanálisis, sino Freud; de la misma manera que lo nuevo no era América, sino Colón.”

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