Lecturas Culturales

Borges y el tiempo

Por Silvia Hopenhayn
Publicado en Lectura Lacaniana: 8 noviembre, 2012


Borges y el Tiempo

“Es verdaderamente notable que en el  extraordinario Seminario de J.A.Miller  “Los usos del lapso”, Seminario que trata sobre el tiempo, y más específicamente, sobre el tiempo en  el psicoanálisis, la tercera referencia de los textos más citados sea la de nuestro querido Jorge Luis Borges, luego por supuesto de Freud y Lacan. ¿Es una casualidad? O, es una referencia obligada para cualquier formación analítica, y más allá de ella, para todo aquel que se interese sobre el tiempo. Silvia Hopenhayn, en una Conferencia estimulante sobre “Borges y el tiempo” nos lleva con su lectura a preguntas y articulaciones rigurosas sobre el tiempo y la aparición del sentido, del nombre y de lo que está en la base de nuestra orientación Lacaniana, la fuga del sentido”.

Carlos Dante García

 

I Congreso Internacional de Literatura y Cultura Españolas Contemporáneas

Entidad de Origen: Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria

Nombre del evento: Los siglos XX y XXI

Fecha: 1 al 3 de octubre de 2008

Lugar: Pasaje Dardo Rocha, La Plata, Argentina

Junio 2008

 

“Borges y el tiempo” por  Silvia Hopenhayn

 

Borges: lo intemporal y anacrónico 

¿Se llega tarde cuando se escribe a lo que se quiere decir? ¿Hay sincronía entre lo escrito y lo referido? ¿La fisura es un hueco, una hendija por donde se desliza el sentido o más bien trabaja a pérdida, como una herida que sutura, la fisura en tanto grieta, un accidente de tiempo sin destino?

Si la fisura es hueco, dejémonos caer como Alicia, hagamos del hueco una caída libre, sin tener miedo, como el conejo, a llegar tarde.

 

El conejo es la medida de la anticipación.

“Estoy apurado, voy a llegar tarde”, dice. ¿Eso significa que puede estar temprano en otra parte? ¿A dónde llega tarde, por qué, cuál es la amenaza? ¿No pasa finalmente por los mismos sitios que Alicia, no se encuentran en puntos similares, como en la paradoja de Aquiles y la tortuga?

¿En qué momento de la novela se encuentran Alicia y el conejo?: cuando el tiempo se acaba. ¿Y es posible que esto ocurra? Estar apurado, como lo está el conejo, es una forma de evitarlo depositando en la meta el sentido del recorrido en vez de hacer del recorrido la meta del sentido. Al decir de Newton,  “Cada partícula de espacio es eterna, cada indivisible momento de duración está en todas partes”, ¡no hay entonces forma de llegar ni de estar a tiempo!

Es la gran batalla entre lo simultáneo y lo sucesivo que llevó a Borges a atrincherarse en una escritura aleccionadora y gozosa. “Nueva refutación del tiempo”, el texto que da cierre a Otras inquisiciones, incluye en su nominación la paradoja temporal: cómo puede ser “nueva”, o sea decirse otra vez, sin establecer una sucesión, tratándose de una premisa que atenta contra ello.

La vuelta de tuerca sobre esta paradoja, es que el propio Borges se ocupa de señalar en una suerte de prólogo.

Pero como importa más lo que hace sentido que lo que tiene sentido, -al menos aquí-, veamos la forma en que Borges concibe o considera la posibilidad de abolir la sucesión como si jugara a derribar la serie de números naturales.

 

Jugar es hacer tiempo.

Sin juego, sólo hay espera. El que  espera que algo ocurra (el caso extremo son las ensoñaciones del personaje Erdosain en Los siete locos, de Roberto Arlt, que ansía terriblemente la llegada del “suceso extraordinario”).

Borges, casi desde un lugar opuesto, suministra en su “Nueva refutación del tiempo” un ejemplo amoroso, a la hora de negar lo sucesivo para descontemporaneizar los hechos. “El amante que piensa “Mientras yo estaba tan feliz, pensando en la fidelidad de mi amor, ella me engañaba, se engaña: si cada estado que vivimos es absoluto, esa felicidad no fue contemporánea de esa traición”.

Claro, el momento vivido es una cosa, pero el problema de lo vivido es que en su narración es preso de lo sucesivo y entonces aparece la diferencia entre un momento y otro. En este caso, la diferencia entre un hombre y otro.

Por otra parte, cuando Borges escribe, “niego, en un número elevado de casos, lo sucesivo”, ¿está negando lo que sigue a continuación, lo que él mismo ha escrito? ¿O niega que haya que seguir con lo que sigue? ¿Cómo llega entonces lo que viene?

Sin duda de golpe, y no por escrito. Por eso Dhalmann, el personaje más entrañable de Borges  –por las reminiscencias que de sí mismo le otorga- deja caer Las mil y una noches, en el asiento del tren, atraído por lo que ve a través de la ventanilla.  “La verdad es que Dahlmann leyó poco: la montaña de piedra imán y el genio que ha jurado matar a su bienhechor eran, quien lo niega, maravillosos, pero o mucho más que la mañana y que el hecho de ser. La felicidad lo distraía de Scherezade y de sus milagros superfluos: Dahlmann cerraba el libro y se dejaba simplemente vivir.”

Lo mismo le ocurre al Borges de “Nueva Refutación del tiempo” cuando relata su vagabundeo por el barrio de Barracas, intentando registrar la experiencia (como si escribiendo se patentara una forma de existir): “Deseo registrar aquí una experiencia que tuve hace unas noches: fruslería demasiado evanescente y extática para que la llame aventura: demasiado irrazonable y sentimental para pensamiento. Se trata de una escena y de su palabra: palabra ya antedicha por mí, pero no vivida hasta entonces con entera dedicación.”

Borges quiere invertir la determinación, hacer del nombrar una antesala de lo vivible, al tiempo que lamenta el carácter reincidente al que parece estar condenada la literatura.

La vida incide (de allí su efecto de sincronicidad), lo que se escribe es una reincidencia.

Como señala el narrador de “El Aleph”: “Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré, sucesivo.”

Estos dos cuentos, “El Aleph” y “Funes el memorioso”, están íntimamente (o remotamente vaya uno a saber) ligados. Por un lado la misma frase que quiebra el relato, la fisura que permite la caída (caída que prefigura el hallazgo):

1)   centro de mi relato; empieza, aquí, mi desesperación de escritor.”

2)   En Funes el memorioso: Pag. 487, Obras Completas, “Arribo, ahora, al más difícil punto de mi relato.”

Cuando el personaje Borges ve el Aleph, aparecen indicios de Funes: ve las uvas que también En El Aleph: pág 624, Obras Completas, “Arribo, ahora, al inefable están en el patio de Funes, ve la versión inglesa de Plinio, y hasta ve Fray Bentos, el lugar de Funes.

Por último, el rostro “singularmente remoto” de Funes y el retrato “intemporal” de Beatriz Viterbo que está sobre el piano “inútil”.

Lo que fue, coexiste y se da a ver en lo que emerge. Pero ¿qué vemos en lo que se da a ver?

Hagan la prueba con la visión de “El Aleph”. Lean el largo párrafo que reúne todas las visiones y luego anoten en una hoja lo que ustedes recuerdan de lo visto en lo leído.

Lo que quizá importa de El Aleph es el NO todo (¿qué inquieta del gato Cheshire en Alicia? no se lo ve todo).

De allí la prevención de Borges en los escalones del sótano de la casa de Daneri, justo antes de observar el Aleph, único momento de vacilación en el que pregunta: “¿No es muy oscuro el sótano?

Daneri le responde: “Si todos los lugares de la tierra están en El Aleph, ahí estarán todas las luminarias, todas las lámparas, todos los veneros de luz.”

Dicho esto, en el Aleph no falta nada.

Más que verlo todo, lo que preocupa al personaje Borges, es que nada haga falta.

En cuanto a Funes, si bien la memoria es un escenario de luces y sombras, más que con los ojos, se ilumina con la palabra. Y la palabra no es instantánea aunque pueda serlo su efecto de verdad.

En vez de abolir la sucesión –a pesar de ser un cuento al parecer sin tiempo- aquí se trata de diferenciar lo sucedido.

A Funes lo obsesiona no tanto el transcurrir sino los modos de nombrar: “Le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente).” No sólo cada perro debería nombrarse de distinta manera, sino también cada una de mis percepciones del perro (ya sea de frente o de perfil).

El carácter transitivo de una misma palabra a distintos objetos o sujetos a los que ella refiere, vuelve más impreciso el lenguaje, de allí que Borges en “Nueva Refutación del tiempo”, lo desmerezca: “el lenguaje no es hábil para razonar lo intemporal.”

Lo intemporal, a diferencia de lo anacrónico, no se razona, en todo caso, persiste.

Como el retrato “más intemporal que anacrónico” de Beatriz Viterbo.

Quizá porque lo intemporal está más del lado de los objetos que de la percepción de los mismos.

La percepción no es intemporal; de allí que Pierre Menard se postule como autor –simultáneo a la escritura de Cervantes- de El Quijote. Porque la lectura no es intemporal. No es el mismo libro aquél que leímos a los dieciocho años y luego a los cuarenta por más de que se trata físicamente del mismo ejemplar. Podemos avocarnos en la búsqueda del texto perdido. No lo hallaremos más que de a retazos.

El momento cumbre del cuento de Borges, Pierre Menard, autor de el Quijote, es cuando  el narrador compara un párrafo que escribió Cervantes con el párrafo de El Quijote equivalente escrito por Menard. “…La verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir”.

Y leemos luego las mismas palabras en idéntica sucesión, pero adjudicadas a Menard. “…La verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir”.

Lo que al principio parece un chiste, va cobrando un sentido casi vanguardista, ya que la tesis del cuento es precisamente que lo que se escribe quizá sea intemporal pero no las lecturas, contemporáneas a lo escrito. Estas se vuelven anacrónicas, más aún, constituyen un texto perdido. Podemos tener El Quijote escrito por Cervantes más no podemos obtener sus lecturas contemporáneas, ni tampoco leerlo de ésa manera.

Menard se propone escribir esa lectura y para ello debe escribir El Quijote en el contexto de las mismas para adentrarse en el cotilleo de la lengua que las alberga.

De allí su método: “El método inicial que imaginó era relativamente sencillo. Conocer bien el español, recuperar la fe católica, guerrear contra los moros o contra el turco, olvidar la historia de Europa entre los años 1602 y 1918, SER Miguel de Cervantes.”

Logrado esto, según el narrador, “Menard (acaso sin quererlo) ha enriquecido mediante una técnica nueva, el arte detenido y rudimentario de la lectura: la técnica del anacronismo deliberado y las atribuciones erróneas (…) Así, el texto de Cervantes y el de Menard son verbalmente idénticos pero el del segundo casi infinitamente más rico.”

¿Es infinitamente más rico ese texto inasible que se escribe en el momento en que se lee?

¿Qué se hace entonces cuando se escribe?

¿Qué otra cosa estoy haciendo en este momento que no sea tirar de la correa del próximo perro que se escapa de ser nombrado?

¿Y de qué se escapa el conejo sino de estar allí donde se lo encuentra?

¿No es como el sentido que se fuga en el momento mismo en que la escritura se pone en marcha?

Según Jacques-Alain Miller, el sentido es el objeto perdido del lenguaje, pero al mismo tiempo el sentido, es satisfacción.

¿La literatura no es entonces una pérdida de tiempo? Sin duda, es un modo de satisfacción.

 

 

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