¿Qué es el cuerpo?

¿Que curación del cuerpo en análisis? Parte IV

Publicado en Lectura Lacaniana: 27 mayo, 2016

Entrega IV: Viñeta


En esta última entrega, el autor presenta una viñeta en tres tiempos, separados por intervalos de varios años.
Un tiempo uno; la escena primaria que lo sorprende, queda grabada en la forma de un recuerdo-encubridor, siguiendo a Freud, estos recuerdos funcionaron en el paciente como defensa ante lo sexual, es decir un real inasimilable.

Angela Vitale

La rinitis

Tiempo uno: T1. El niño muy joven —tres años tal vez— sorprende una escena (o, más bien, es la escena que lo sorprende). Quedará grabada en la forma de un recuerdo-encubridor. En el marco de la puerta, él percibe a su madre arrodillada y atenta, curando el pene herido del padre, que está sentado entregado a las manos maternales. Ella sostiene un envase de "mercurocromo", antiséptico colorado con el cual cubrió el órgano del padre, que no es más que una mancha roja. El niño queda silencioso, estupefacto; la escena más tarde rememorada en análisis es una suspensión de la imagen, no hay ni antes ni después… En la cura tomó valor de escena primitiva y funcionó como recuerdo encubridor.

En su texto de 1899, "Los recuerdos encubridores" (en Neurosis, Psicosis y Perversión), Freud sitúa los recuerdos encubridores como defensa ante lo sexual.

Desde 1886, en "Las psiconeurosis de defensa", Freud permite apartar la realidad sexual inconciliable y traumática, esa que ningún saber puede subjetivar, esa que hace "hueco en el psiquismo". Este goce inconcebible, radicalmente heterogéneo al significante, extranjero al sujeto, es equivalente a eso que Lacan mucho más tarde llamará "la no-relación sexual", es decir un real inasimilable. Es eso lo que esconde el recuerdo encubridor: reviste lo real del hueco, lo tapa y al mismo tiempo lo designa. Fue así como funcionó esta escena primitiva.

Tiempo dos: T2, Muchos años más tarde, nos encontramos con la época "demasiado precoz" del primer encuentro sexual. Encuentro cuya fecha coincide con el desencadenamiento de una rinitis alérgica severa y rebelde. Tal es el fenómeno en cuestión. Hubo, como vamos a ver, "memorializacion" del encuentro de goce. La alergiología fue incapaz de curar este rinitis; la afección se cronificó.

Tiempo tres: T3, Los años pasaron, la rinitis persistió. Luego de diez años de análisis, el sujeto va a ser padre. Otro suceso del cuerpo surge entonces, —o más bien resurge: el tic, del cual volveré a hablar. En esta ocasión, por el hecho de la paternidad anunciada, la cuestión freudiana "¿qué es un padre?", se vio relanzada, y el juego de las asociaciones libres lleva al diván la escena primitiva y el pene herido del padre (T1). El sujeto va a hablar de la escena primitiva en el análisis. ¿Qué va a decir?

Hay verdaderamente muchos elementos en esta escena primitiva: el marco de la puerta, propicio al fantasma como cuadro. Hay la mirada que resume la posición de objeto del sujeto y que plantea la cuestión del semblante de real del objeto escópico. Hay el rasgo voyeurista en espera, ese que más tarde alimentará la vida sexual y no será otra cosa, a fin de cuentas, que un modo supuesto del goce del padre (una père–versión). Hay igualmente el pene herido del padre humillado. Todo eso atrajo al analizante del lado del sentido sexual, versión fálica y edifica la escena que el inconsciente había cifrado como buen interprete.

Pero hay también un punto heterogéneo en esta historia, punto que deja al analizante sin asociaciones: el "mercurocromo" —mercurochrome —, que hace mancha, que no llama a ningún sentido, y que finalmente saca al analista del silencio. Éste le dio un valor de holofrase descomponiéndolo lentamente: "mere-cure-ocre-homme". En francés, las sílabas de este nombre evocan fonéticamente una serie de significantes: mère (ma- dre), cure (cura), ocre (ocre), homme (hombre). – (Es como si en español, el producto se llamara "madrecuraocrehombre": es el mismo equívoco). Lo que va a continuación a confirmar el estatuto holofrásico de la palabra, es la consecuencia del desbloqueo de esta formación rígida: la interrupción radical y definitiva de la rinitis luego de… ¡20 años de evolución! Mágico!?… Es una sorpresa, pero ¿es verdaderamente una curación mágica? ¿Qué pasó?

La interpretación no liberó un mensaje escondido de tipo metafórico, sino una serie metonímica de significantes que no hacen sentido. Por otro lado, es de hecho homogéneo a la estructura del fenómeno, que no es un síntoma-metáfora, que no está cargado de sentido a decodificar, así como yo lo evocaba al principio; es un fenómeno puro.

Es esa toda la diferencia. Con el síntoma analítico clásico considerado como metáfora, el sujeto esta representado por un significante S1 del síntoma junto a otro significante S2, un saber en espera. Por la articulación S1 – S2, el sujeto esta allí, pero desaparece por estar solamente representado: Lacan indica este momento como "afánisis del sujeto", él desaparece bajo los significantes que lo representan. Es un modo de presencia.

Pero en el fenómeno psicosomático hay un defecto de afánisis, el sujeto no está metaforizado por la articulación significante, ésta última se encuentra soldada y neutralizada por la holofrase; él está pura y simplemente borrado, ausente, pues no está representado en el intervalo entre dos significantes, es víctima de la falta de este intervalo. El fenómeno no representa entonces a un sujeto, a no ser el hecho de que no contiene un sentido a decodificar, pues la estructura no metafórica del fenómeno no lo permite. No hay que imitar a Groddeck, contemporáneo de Freud, que trataba eso como una conversión, por un injerto de sentido –(Del estilo: Su nariz gotea para restaurar el pene del padre…). Además, el sentido es siempre del registro de lo imaginario y no produce ningún efecto sobre un fenómeno tal, que está, él mismo, enraizado en lo Imaginario como lo vimos con el matema.

Por el contrario, el fenómeno está en el límite de la estructura del lenguaje; la holofrase es un proceso del lenguaje que, para Lacan, juega el papel de un desencadenante, es decir de una "inducción significante", lo que no es para nada una "articulación significante". Es incluso tan ligeramente una articulación que provoca, como dije, un cortocircuito en el Otro de lo Simbólico, un defecto de incorporación que hace que lo Imaginario se encuentre directamente conectado a lo Real. La eliminación del Otro hace que, a la inversa del síntoma, el fenómeno nunca sea un enigma a resolver, nunca hace pregunta: no divide. Por otro lado, ni la sombra de una queja en sesión, el sujeto se sonaba la nariz, es todo. Si el analista tiene la ocasión de descomponer la holofrase, ésta no le es dada por el fenómeno mismo, sino por otro acontecimiento del cuerpo, el tic, que permitió de forma incidental producir la holofrase.

Hay entonces que concebir esta inducción significante, la holofrase, como una especie de S1, que no divide al sujeto; eso quiere decir que no hay S2 en el remolque, no hay espacio para la afánisis: en consecuencia, el sujeto se encuentra petrificado, fijado a ese S1 aislado.

Lacan en el Seminario I evoca esta petrificación: Toda holofrase, dice, se incorpora a situaciones límites, donde el sujeto está suspendido en una relación especular con el otro. Aquí el sujeto se quedó suspendido a esta escena y sobre todo al otro parental y al nexo parental "cuidador – cuidado", como versión de la escena primitiva (este sujeto será médico, después). ¿Entonces por qué hubo curación de la rinitis?

No olvidemos que el fenómeno es fijación de un goce silencioso, un "goce específico", dice Lacan en Ginebra en 1975; es un goce aparte, ni fálico ni venido del Otro (como en la psicosis); sino más bien un goce ligado a lo imaginario del otro. Estamos así en el límite del significante, excepto por el hecho de que el significante holofrásico (S1) en lugar de producir un saber (S2), provoca una especie de inscripción que lesiona el cuerpo, bajo la forma de una escritura.

Para Lacan, en la "Conferencia sobre el síntoma" de Ginebra, el 4-10-1975 (publicada en la revista suiza Le bloc-notes de la psychanalyse, n °5), el cuerpo se deja llevar, en el fenómeno, a escribir algo "del nombre propio", del orden "del "escudo", es decir del sello, o del "cartucho de jeroglíficos". Habla también de la "firma de las cosas" (formulación de los místicos, retomada por Jacob Boeheme). Es decir, que hay alguna cosa que leer. El escrito es siempre testimonio de una proximidad con lo Real. Ese modo de escritura podría entonces ponerse en tensión con esta otra escritura que es "la letra de goce" del síntoma —aquí, el tic. Esa sería una especie de alternativa de escrituras ante la proximidad de lo real: la "letra del síntoma" versus el "blasón del fenómeno", o uno o el otro.

La cuestión planteada es saber si existe la posibilidad de "cambiar de escritura", según una expresión de Alain Merlet, en el curso de un análisis, por ejemplo pasando del fenómeno al síntoma. Fue eso lo que pasó con la interpretación de la holofrase: la rinitis crónica desapareció y el tic (re)-apareció. Con una interpretación tal del analista, estamos lejos del deseo de curar en el sentido médico: cambiar de escritura es un efecto terapéutico ligado al desbloqueo de la holofrase. Este desbloqueo no crea sentido, decíamos, pero lleva a un fraccionamiento del bloque holofrásico: la madre, la cura, el hombre, y ese significante un poco oscuro, el ocre. El analista no jugó la carta por el sentido, sino que liberó una serie metonímica fuera-de-sentido.

Ahora bien, en Radiofonía, Lacan justamente alojó el goce en el flujo metonímico, que es fuera-de-sentido. Es por ejemplo, el goce del famoso proceso primario que marca el inconsciente. Éste hace de ello un modo de goce relacionado con el lenguaje.

Habría entonces, gracias a este desbloqueo, una deslocalización del goce: de lo imaginario como escena especular —la escena primaria T1— donde está bloqueado y "memorializado" en el fenómeno, es desplazado hacia la metonimia como proceso simbólico que lo pone en circulación. Esta deslocalización del goce de lo imaginario hacia lo simbólico, a mi modo de ver, da cuenta de la curación. ¡No era, pues, realmente mágico!… Reintroducir el desplazamiento metonímico allí donde el fenómeno no hacía sino conmemorar la inercia de una escena imaginaria fijada: tal es el modo de curación. ¡El acceso a la metonimia es así "un progreso simbólico" del cual Lacan hace un factor de curación!…


El tic

Este cambio de escritura en beneficio de la letra del síntoma, nos lleva a abordar la cuestión del tic en este mismo paciente. He aquí los datos. A los once años, el sujeto asiste de nuevo a una escena traumática: el padre se hiere el ojo, cortando madera. ¡De nuevo el padre herido!… El niño asiste al vaciado del contenido de este ojo en el fregadero. A la mañana siguiente, es tomado por un tic, que consiste a abrir los ojos de par en par: él "desorbita" dice la madre. Este tic tomará varios años para atenuarse.

Desaparecerá justamente luego de la primera relación sexual que desencadenó el fenómeno. Primer cambio de escritura entonces, a la edad de 15 años, inverso al que acabamos de describir: el tic se acaba, el fenómeno comienza. Esta ligado a lo sexual. Pero si bien el tic pasó, no se resolvió; es una curación falsa, pues vuelve con fuerza veinticinco años después en la ocasión de un suceso preciso durante el análisis: cuan- do al analizante le toca ser padre.

Ser padre tiene efectos diversos para un sujeto. Uno de ellos fue la reactivación del tic. A la ocasión de esta recurrencia que afecta los ojos, el analizante lleva al análisis la escena del ojo herido del padre, que antes había desencadenado el tic por primera vez en su juventud. El analista aprovecha para poner esta escena en serie con el recuerdo encubridor inicial (el pene herido del padre); asocia las dos heridas del padre; (el analizante no había hecho el nexo). El escenario de la escena primitiva y del pene herido del padre había sido ciertamente relatado al inicio de la cura, pero el analizante no había sacado consecuencias de ello, luego lo había olvidado, contrariamente al analista. Así, tres tiempos de este síntoma son encadenados en la neurosis infantil:
T1: escena primitiva (el pene herido), a los tres o cuatro años. T2: el ojo reventado del padre con irrupción del primer tic, a los once años T3: recurrencia del tic cuando el sujeto adulto se vuelve padre. Había allí una significación fálica a desenredar a partir de la vertiente metafórica y eso es lo que se logró.

En efecto, ser padre implica paradójicamente una pérdida: es dar el falo a una mujer, como lo precisa Freud, que asimila simbólicamente el niño a la promesa fálica hecha a la niña por el padre. Hacer un hijo, es dar el falo a la futura madre. Es un tema recurrente en Lacan: el falo, está hecho para ser dado. La castración está en juego simbólicamente. Hay entonces, como cada vez que resuena la castración, un llamado al Padre simbólico, al significante del Nombre-del-Padre, para taponar esta pérdida de goce, simbolizarla…

Pero la función paterna es insuficiente en la neurosis y el único padre que responde aquí está castrado (pene herido, ojo reventado). El síntoma toma entonces el relevo del padre fracasado, tanto más cuanto el analista se opuso a jugar el rol del padre ideal que auxilia.

Para Lacan, al final de sus enseñanzas, el síntoma viene en suplencia pues él es uno de los nombres-del-padre, en el sentido en que viene a asegurar el anudamiento entre los tres registros (R.S.I.), allí donde el padre fracasó. Él lo deduce de la topología borromea. Este contexto permitió al analista interpretar: Con ese tic, dijo, usted vuelve a poner al padre en órbita. Fue esa la interpretación curativa del síntoma; éste retomaba un nombre (órbita), extraído del diagnóstico de la madre sobre el tic del hijo: él desorbita, decía ella. Hay entonces un significante maternal articulado por el analista con el llamado al padre que el sujeto quiere volver a poner en órbita; y todo eso se condensa en el tic. En cierta medida, la interpretación desarticula la metáfora paterna separando estas dos vertientes: el él desorbita de la madre es la puesta en órbita del padre. Todo eso hace funcionar la significación fálica y libera el sentido edípico del síntoma. Es entonces muy diferente de la intervención hecha sobre el fenómeno.


La "elección" del ojo como sede del síntoma no es sin importancia. El analizante, ante la cercanía de la paternidad, había de igual modo reactivado algunos rasgos voyeuristas del fantasma: es otro efecto constatado. Pero estos rasgos voyeuristas, ya germinados en la escena primaria, eran tomados del goce supuesto del padre, como rasgos perversos atribuidos al padre. Es una père-version al servicio de un desmentir: se trata, como la clínica analítica nos enseña, de desmentir lo imposible de lo sexual mediante el rasgo perverso. Se trata de desmentir lo imposible entre los sexos, imposible que recubre la escena primitiva.

Así el tic venía a condensar metafóricamente las dos escenas traumáticas (T1 y T2), pero condensaba también el rasgo de père-version del fantasma voyeurista. El tic interpretado fue objeto de un trabajo de "perlaboración". Progresivamente, se fue desatando de sus ataduras edípicas, desanclando de las significaciones inconscientes que no dejaron de fluir en abundancia, en resumen, hubo que limpiar el sens-joui, el "sentido-gozado", o el "gozado sentido", joui-sens, que equivoca en francés con jouissance, el goce. Así desprendido del Otro, de las adherencias fantasmáticas, el tic se calmó, se rarificó. Se volvió muy controlable… pero sin embargo, persistió. He ahí entonces otro modo de tratamiento del acontecimiento del cuerpo entre curable e incurable. Él persistió y lo reencontramos, tal es un resto de goce apéndice del cuerpo, residuo ligero pero ineliminable de la operación analítica.

Perduró como último sostén de un goce último. Este síntoma ya no es un mensaje en código a liberar; perdió su valor de metáfora. Para decirlo de otra forma, se convirtió en un significante aislado, S1, no correlacionado a un S2. Viene, como cada S1 aislado, a ocupar el lugar de vecino del objeto a, objeto real de la pulsión (la mira- da en este caso). Este objeto real es lo que queda cuando la mirada ha perdido su valor perverso de plus-de-goce. El tic persiste entonces, en la interface de lo Simbólico (en tanto que S1) y de lo Real pulsional, el objeto mirada —que el análisis ha tratado por otro lado. De allí el matema del síntoma que es testimonio también de un fenómeno de borde, pero diferente del fenómeno: S ␣␣R Esta interface es siempre discordante: ¡cojea!

Como borde, es un "litoral" (Lacan) entre los dos registros, R y S, "litoral" que Lacan relaciona con la palabra "literal", que utiliza para subrayar su valor de letra de goce. El resto, el desecho del análisis, litter en inglés, se vuelve letter, es decir letra, escritura de un goce irreductible, distinto al del fenómeno. Ciertamente, tanto como el fenómeno, un goce está en juego, y verifica, como lo dice Lacan, que un cuerpo viviente es un cuerpo que se goza (Seminario Aún). Pero no es el mismo goce en los dos sucesos del cuerpo. Lacan dirá en el Seminario VIII (sobre La transferencia), a propósito de Sygne de Coûfontaine, personaje del teatro de Claudel, que el tic "es una mueca de la vida". Eso quiere decir que ese resto sintomático, este S1, es una manera de probar que se está vivo, a pesar de la mortificación de lo Simbólico.

Es una equivalencia lacaniana entre el viviente y el goce. Aquí se resuelve un paradoja de la enseñanza de Lacan: el significante desvitaliza el cuerpo —es la tesis de Radiofonía, ciertamente, pero también va a reanimarlo! En efecto, Lacan dice en el Seminario XX que el significante es la causa material del goce, es decir del viviente. ¿No parece extraño que, a la mortificación por el significante, responde la reanimación por el significante? Lo que no se puede comprender sino porque el síntoma residual, el tic, es "la mueca de la vida", la firma coja de la vida. En el fenómeno, al contrario, el goce dicho "específico" es otro, está sellado de inercia, está estático entre lo Imaginario y Real (como lo muestra el matema) y provoca más bien un ataque al viviente, si no es una destrucción.


Para concluir

Voy a concluir subrayando que estos modos de curación, —total para el fenómeno, y parcial para el tic—, son únicamente resultado del campo analítico —e incluso de una cura lacaniana para el fenómeno. Ninguna psicoterapia habría podido producir tales resultados. Sólo un análisis lacaniano puede permitir en un primer tiempo un cambio de escritura del "blasón" del fenómeno hacia el síntoma como letra, luego en un segundo tiempo, la reducción del síntoma-metáfora, por vaciado de sentido, a su estricto valor de letra de goce, letra donde se aloja un goce de todas formas ineliminable, —el goce del viviente.
Es así como yo comprendo el alcance de la expresión una sola vez pronunciada por Lacan: "la curación analítica". Este cambio de escritura, del fenómeno al síntoma, realiza un tratamiento, que podemos entender como una curación pero también como un "tratamiento de texto". Es posible que la escucha psicoterapéutica se apoye en la virtud curativa del significante, pero vemos que el acto analítico, participa de la cirugía de la letra.

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