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Para cuidarte mejor

Por Silvia Hopenhayn
Publicado en Lectura Lacaniana: 17 agosto, 2015

Caperucita roja de furia

Silvia Hopenhayn

“El miedo ha sido la gran pasión de mi vida”, dijo Thomas Hobbes en el siglo XVII. Una confesión inusual en un adulto, -por lo general reacio al temor o sumido en él- y sobre todo, proviniendo del gran filósofo político, autor de “Leviatán”, que acuñó la frase: “El hombre es el lobo del hombre”.  ¿Y quién es ese lobo? La pregunta me lleva a un libro infantil recién publicado  –cualquier cercanía con el día del niño es mera casualidad…- que altera y renueva las coordenadas del miedo, a partir de un clásico del mismo siglo que Hobbes, “Caperucita roja”, de Charles Perrault.

Se trata de “Para cuidarte mejor”, de Ximena García, editado por Uranito. Ya el título ubica al lobo: ¡la madre! Esa madre que casi ni figura en las múltiples versiones del cuento. La madre ausente, en el relato de García, se vuelve omnipresente. Los hermanos Grimm, al convertir la versión francesa para la audiencia victoriana del siglo XIX,  le dieron un poco más de letra, volviéndola peor: La madre cambia la mantequilla que Caperucita lleva en el cesto a su abuela, por un pastel y una botella de vino. Y le dice: “No te apartes del sendero, si no te caerás y romperás la botella, y la abuela se quedará sin nada.” ¡Una abuela sin vino puede ser peor que el lobo feroz!  (Así eran los geniales y terribles hermanos Wilhelm y Jacob Grimm.)

En versiones más modernas del mismo cuento, se suele privilegiar la figura del lobo o de Caperucita, en sus múltiples facetas, incluso la del rojo sensual, como en el dibujo animado de Tex Avery, “Red Hot Riding Hood”, de 1943, donde la niña encapuchada pasa de los bosques europeos al streap-tease en los clubes nocturnos de Hollywood.

En “Para cuidarte mejor” (fraseo similar al del lobo disfrazado), estamos en una escena anterior a la historia habitual. La escena extrañamente nunca contada: Caperucita en su casa, junto a su madre. En los relatos clásicos, uno podría preguntarse cómo la madre de Caperucita, conociendo los peligros del bosque, la deja ir a visitar a su abuela. García cambia esta pregunta por una fantasía contemporánea, revirtiendo la ferocidad. Ya no se trata del peligro del bosque sino de la madre a la que todo le parece peligroso. Teme que su hija se queme con el horno, que el gato la rasguñe y sobre todo… que vaya sola a lo de su abuelita. Uno de los momentos más originales es cuando luego de una discusión, vemos a las dos durmiendo, cada una en su cama y con su sueño: la madre sueña con el lobo feroz acechándolas y Caperucita con el lobo y su gatito en un día de pic-nic, haciendo una ronda. El discurso de la inseguridad vuelve ácida y divertida la historia tradicional. ¿Acaso los niños deben abandonar sus ganas por miedo a lo que pueda suceder? ¿No se corren riesgos perdiendo las ganas? Esta niña se rebela y el chiste del desenlace (que jamás revelaré) la deja estrechamente libre.

El cuento no sólo está escrito con palabras –diría incluso, que se libra de ellas. La furia se manifiesta en los matices del rojo, y las ilustraciones -bellas y serenas- invitan a comprender.

A la madre nunca se le ve el rostro, quizá porque ella misma es incapaz de ver. Y cuando Caperucita protesta y sacude la casa, aparece torcido en la pared el cuadro de Gustav Klimt: “La maternidad.

Pequeños detalles que iluminan el lado oscuro de Caperucita en un libro delicado y furiosamente tierno.

 

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