¿Qué es el cuerpo?

Obesidad. El refugio en el cuerpo. Por Nieves Soria Dafunchio. Parte III

Publicado en Lectura Lacaniana: 8 junio, 2016

III.    El falo inflado: un modo particular de mortificación del falo
En esta entrega,  la autora parte de una hipótesis, tratando de articular la vertiente del estrago y de la ausencia de inter-dicción en juego en la obesidad, con una modalidad particular de la metáfora paterna.
Para el caso de la obesidad, la disociación entre la negatividad de la castración y la presencia positiva del falo imaginario tiene como consecuencia un efecto melancólico por un lado, y una inflación del falo, jugada a nivel del cuerpo, por otro. Para el sujeto obeso, tanto hombre como mujer, la relación con el falo es del orden del ser: ser el falo materno.

 

Angela Vitale

 

3)      El falo inflado: un modo particular de mortificación del falo.


La hipótesis que voy a desarrollar en este apartado apunta a articular la vertiente de estrago y de ausencia de inter-dicción en juego en la obesidad, con una modalidad particular de la metáfora paterna que Lacan formaliza para el caso del escritor André Gide (5), y cuya lógica es desplegada por Miller en “Acerca del Gide de Lacan” (6).
La misma posibilita dar cuenta de un efecto particular en la significación fálica, que es su anudamiento con la muerte. Y en la medida en que la imagen del cuerpo está sostenida por la función fálica, la mortificación del falo posibilita dar cuenta de la mortificación del cuerpo en distintos casos (7). Uno de ellos es la obesidad. En ella el cuerpo es inflado, deformado, alojando un exceso de goce que no da lugar al mantenimiento del velo que vuelve amable la imagen.

Si la imagen amable (yo ideal), se sostiene en la función de la castración: i(a), tal como
propone Lacan a partir del seminario sobre Las relaciones de objeto, deducimos entonces que en los casos de obesidad, algo en la función de la castración no está operando.

En su texto sobre Gide, Lacan propone la posibilidad de ubicar cierta falla en la metáfora paterna del lado del Deseo de la Madre, que en este caso no anuda el amor al deseo, sino al deber, envolviendo a Gide con un amor mortífero, que Lacan define como “embalsamado”. Por otra parte, plantea que el deseo materno en este caso no se dirige al falo paterno. Hay entonces inscripción del Nombre del Padre, pero la metáfora produce una significación fálica anudada a la muerte. En lugar de articularse la negatividad de la castración con la positividad del falo: -�, ambos elementos quedan disociados: el (-) por un lado, como pura negatividad, que en el caso Gide se manifiesta en una sensación de muerte, y el falo imaginario positivizado, �, también juega su partida solo, en ese caso en la práctica masturbatoria perversamente orientada.

En estos casos de obesidad en neurosis, es posible encontrar regularmente esta disociación entre amor y deseo en el Deseo de la Madre. No encontramos ese anudamiento entre amor y deber que Lacan refiere para Gide, pero sí se trata de un amor que efectivamente es mortífero y envuelve al sujeto. Este amor parece anudarse más bien con un fantasma cuyo objeto es encarnado por el sujeto en lo real. Tampoco encontramos la dirección al falo paterno en el deseo materno, sino más bien al hijo como falo muerto.

Amelia siempre tuvo sobrepeso, desde niña. El momento en que aumentó exageradamente, llegando a su peso actual, 130 kgs., fue cuando su madre se suicidó.

Liliana siempre fue gordita, siempre se cuidó, tenía un sobrepeso de 30 kgs., hasta el momento en que su madre, con quien vive, tiene un ACV, dedicándose Liliana totalmente a ella. Entonces aumenta 30 kgs. más en un par de meses. Y sigue aumentando.

Dolores, que consulta a los 20 años, con un sobrepeso de 25 kgs., engordó a los 13 años, poco después de su menarca, de la que dice: “Fue horrible, tétrico, espantoso. No me lo esperaba. Vivía en un ñoqui. Era varonera. No me interesaba indisponerme. Me gustaba más jugar con los varones. El fútbol es violento. La agresión al cuerpo. Una amiga se enfermó de hepatitis, y yo quería contagiarme. Siempre quería tener una enfermedad, que me operen. En mi casa me tienen como nenita. Mi mamá. Nunca tuve novio”. Recuerda que desde muy pequeña fantasea con su propia muerte, ella en la tumba indagando los rostros de sus padres: ¿sienten su pérdida?

Eduardo pesa 125 kgs. Siempre tuvo exceso de peso, pero se volvió monstruoso cuando falleció la madre. El último tiempo antes de consultar había vuelto a engordar cuando su esposa comenzó a trabajar todo el día y él, que trabaja medio día, comenzó a ocuparse de la casa y de los hijos, operándose en él una verdadera maternización.
Por otra parte, su profesión: mecánico en municiones y explosivos, pone constantemente su cuerpo en riesgo de mutilación o muerte.

Mi hipótesis es que en el caso de la obesidad, la disociación entre la negatividad de la castración y la presencia positiva del falo imaginario tiene como consecuencia un efecto melancólico por un lado, y una inflación del falo, jugada a nivel del cuerpo, por otro.

Para el sujeto obeso, tanto hombre como mujer, la relación con el falo es del orden del ser: ser el falo materno. Pero este falo muerto, que no incluye la función de la castración, se presenta entonces duplicado a nivel del cuerpo: la duplicación, manifestada en la inflación del cuerpo-falo es la compensación imaginaria de la castración ausente en el nivel del cuerpo.

Esta disociación produce fuertes efectos renegatorios, que se manifiestan a veces como defensas maníacas, otras como una percepción distorsionada del propio cuerpo.

Esta suspensión de la función de la castración imposibilita al sujeto obeso el acceso al problema sexual, el cual sólo puede enfrentarse contando con ella. De allí el refugio del sujeto en la infancia, haciendo impasse sobre las vicisitudes del deseo en su relación con el sexo.

Eduardo se vuelve confidente de las mujeres que le gustan. Dice: “no soy hombre para ellas”. Comienza a darse cuenta de que su obesidad “es un escudo”, “una negativa a las mujeres”.

En un momento en que Eduardo se angustia frente a la frialdad sexual de su esposa, se compra una prótesis para el pene, intentando de ese modo alcanzar su goce. Ante el fracaso, comienza a quedarse horas mirando viejas de 90 años desnudas en internet. A veces se masturba en esta situación.

Amelia jamás hizo ninguna referencia a su sexualidad.

Liliana se casó a los 32 años. Su matrimonio duró 2 años, momento en que el marido le propuso tener un hijo. Ella no quiso, al poco tiempo le tuvieron que hacer una histerectomía, y se separó. Nunca estuvo con un hombre ni antes, ni después.

Cuando vino a verme, Dolores era virgen, los hombres no se le acercaban. Se le imponía la idea de que debía ser monja. Cuando adelgazó y comenzó a salir con hombres, cuanto más cerca estaba de alguno, más se le imponía, con horror, la idea de que le gustaban las mujeres.

Continuará…

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