¿Qué es el cuerpo?

Obesidad. El refugio en el cuerpo. Por Nieves Soria Dafunchio. Parte II

Publicado en Lectura Lacaniana: 8 junio, 2016

II.    La ausencia de Inter-dicción.


En esta segunda entrega, la autora,  especifica al estrago materno como lo que se produce cuando el padre no interviene eficazmente respecto del decir materno, lo que hace que el decir materno  se presente como absoluto, y esto se produce por la ausencia de interdicción en el decir paterno. Interdicción en su doble acepción; la palabra del padre no prohíbe a la madre gozar del cuerpo del hijo, saturando la falta fálica, y por otro su decir no refuta el decir materno, sino que lo vuelve más consistente.

Angela Vitale


2)      La ausencia de Inter-dicción.

El estrago materno, tal como señalara tempranamente J. Lacan (4), se produce cuando el padre no interviene eficazmente respecto del decir materno, que se transforma entonces en la boca del cocodrilo que puede cerrarse en cualquier momento, engullendo al sujeto.
Lo que hace que el decir materno se presente como absoluto, es la ausencia de interdicción  en el decir paterno. Interdicción en su doble acepción: por un lado, en tanto la palabra del padre no prohíbe a la madre gozar del cuerpo de su hijo, saturando de ese modo la falta fálica; por otro, en tanto su decir no sólo no refuta el decir materno, sino que lo vuelve más consistente.
En efecto, en estos casos la falta de autoridad del padre pesa especialmente en la familia, éste es vivido habitualmente como un accesorio o un estorbo. No encontramos la palabra del padre que humaniza el deseo, introduciendo una dialéctica en el goce. De allí los efectos de inercia a nivel del goce, cuando hay una complicidad del sujeto con el deseo materno. Y también la entrada, tanto del cuerpo imaginario como del objeto alimentario, en  una dimensión animal u “ogresca”.
En los casos que tomo como referencia, la obesidad se manifiesta en una estructura neurótica. Es decir que hay admisión simbólica del significante del Nombre del Padre. Pero el mismo no opera en la dimensión del “decir que no”, operación que Lacan especifica como propia del padre en el año 1971.
Encontramos así una lógica particular de la metáfora paterna, que desplegaremos en el apartado 3.

Al comienzo del tratamiento, Amelia faltaba seguido. Luego decía que no había tenido ganas de venir, que se había quedado durmiendo, etc. Que ella es así, que “todo la puede”. Le dije que de esa manera no iba a poder seguir tratándola. Amelia se angustia, dice que se siente una nena caprichosa, que en su vida nunca hubo un “no”.
De niña, cuando ya era bastante gordita, diariamente el padre se le acercaba por la verja del patio del colegio en el recreo, alcanzándole pizza o empanadas. Dice: “toda mi vida siguió siendo así. Tengo el sí fácil”.

Cuando Liliana me contó que a último momento la madre no la dejó partir de viaje de egresadas, le pregunté qué dijo el padre. Respondió: “mi padre jamás contradijo a mi madre”, agregando que cuando se fue de la casa a los 18 años, le propuso al padre hacer lo mismo, ya que la madre también lo volvía loco a él. Pero respondió que ya se había atado a ella, y que allí se quedaría hasta morir.

Dolores siempre sintió un marcado rechazo por el padre, aún cuando éste no estuviese: “Siempre lo vi como el que estorbaba mi paz. Me encantaba cuando mi papá no venía por trabajo. Entonces dormía con mi mamá”
“No me muevo desde chica. Recién caminé después del año y medio. Mi padre no estaba nunca, mi madre, demasiado pendiente de su propia familia. Cuando estuvo embarazada de mí, aumentó 30 kgs.”
“Muchas veces mi papá y yo nos comunicábamos por señas, burlándonos de mi madre, cuando ella se ponía loca”

El padre de Eduardo siempre llevó a la familia a desastres económicos, que incluso lo llevaron a la cárcel, por incumplimientos laborales. El no cumplía su palabra.

Los dichos se vuelven entonces transparentes, idénticos a sí mismos, remedando un código que esquiva el estatuto de la palabra, refugiándose enteramente en el campo imaginario, perdiéndose la dimensión del decir.
Es lo que vuelve tan difícil la posición analizante en el sujeto obeso, que buscará más fácilmente el confort del grupo de autoayuda, en el que podrá satisfacerse narcisísticamente en un bla-bla sin consecuencias subjetivas, que en “el mejor de los casos” consolidará temporariamente alguna defensa maníaca.
En esta vía, el grupo de autoayuda no deja de ser una extensión del Otro materno, ampliando el campo de un decir rebajado a la dimensión del sentido, y que consolida la identificación al ser de obeso.

Continuará…

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