Ficciones Clínicas

“Los sonidos gustan…” Parte II

Publicado en Lectura Lacaniana: 10 mayo, 2015

Más allá del encapsulamiento, un modo singular de habitar la demanda

Camilo viene con un juego que le presté porque él quiso llevárselo, le digo acá hace calor, ¿te ayudo a sacarte la campera? Responde “sí”. Se sienta en el piso y me mira, sonríe y dice “ahora jugamos con las pelotitas”, sí jugamos, respondo. Jugamos, después pintamos, después usamos la pizarra, pintar, jugar, usar. Digo: chin chin chin chin baja la pelotita, repite “Chin chin chin chin”, cada vez se da más la repetición de lo que digo y hago, luego de decirlo me mira y se ríe.

Se mira al espejo y saca la lengua, le digo “una lengua larga”, me mira por el espejo y le digo una cara de contenta, la hago y él la hace dándose vuelta para mirarme. Luego le digo, ahora pongo cara triste y me grita “¡esa no!”, bueno, entonces hago una cara de asco, digo “cara de asco” y dice “muy sucio”. Se levanta, busca unas plasticotas de colores y me dice “hacemos pinturas” hagamos le digo. Le ofrezco una hoja, la toma, y me dice “abrilas”, refiriéndose a unas plasticolas. Pinta la hoja y pasa su mano sobre la pintura, dice “roja manzanita”, le digo roja y muy rica, dice “chiquita”.

Encuentra un vaso y dice “¡agua”!, se dirige al baño y llena el vaso con agua, comienza a echarle plasticolas de colores, le pregunto, ¿qué hacen ahí dentro las plasticolas?, me dice “se bañan, lanitas”. Le digo si! Parecen lanitas. El agua se desborda al introducir sus manos, busca secarse en la ropa y trata de que se desparrame la menor cantidad de agua, entonces le ofrezco pasar el agua a un recipiente más grande, vuelca él el agua y dice en voz bajita un charquito, le digo claro, un charquito, luego dice en voz baja, no es un charco eso, dice luego si un charco sucio muy sucio. “Desayuno, juguito de manzana, temprano, en casa”. Si! Tiene color de juguito de manzana, le digo.

Luego al apretar las plasticotas bajo el agua se produce un sonido que le da risa, le digo ¡que ruido gracioso! Me mira y se ríe y vuelve a repetir el sonido, se ríe cuando me río. Le ofrezco peces, un lagarto, una gallina y un bebé, los coloca y va a buscar más agua, se queja de no poder cerrar bien la canilla, le digo que está un poco dura y le pregunto, ¿la cerrás vos o yo? Responde: yo, y se va sin cerrarla.

Aquí Yo es otro, es otro quien soporta como doble su hacer. Yo es yo, no él. Introduce la plasticola en el agua y hace ruido, me dice “hace un ruido gracioso” lo repite varias veces y dice “un ruido divertido con burbujas y espumita” y se ríe, le digo sí! Dice “el bebe se baña, está limpito”. Se ríe y de un salto se sienta en mi falda, me mira fijo, me agarra la cara con sus manos y me dice: “Soy un bebé a upa de Andrea linda”. Le digo: Camilo lindo, a upa, juega al bebé.

Desplazando el borde

Comienza repetirse en las sesiones el demandar, el pedir un juego determinado ni bien Camilo entra a sesión. “Hoy jugamos al doctor, tomamos el jarabe, miramos los dientes, curamos al bebé, Andrea!”. La fijeza en cuanto a lo que no y a lo que sí accedo a hacer con él ha ido cediendo. Se amplía el borde en donde el niño se hace más flexible al otro, a su voz y a su mirada, ello no excluye esos momentos en donde el encapsulamiento emerge y junto a él el silencio o los ecos del laleo de la lengua. Incorporo algunas reglas que él va tomando, por ejemplo, guardar un juego antes de sacar del armario otro, intentando marcar una serie, una secuencia.

Esto mismo se irá situando en juegos como el bingo, en donde le voy presentando una alternancia, un modo de pausar esa arremetida metonímica que emerge cuando la lengua funciona por sí misma, un “ahora es tu turno”, “ahora es mi turno, vos esperás”. A veces toma esta alternancia, y en otras ocasiones no.

Mi voz y mi mirada no son ya una amenaza, como tampoco ciertos objetos ante los cuales antes gritaba hasta que eran eliminados de su vista, como por ejemplo lo era el girar del ventilador de techo, en donde era necesario apagarlo para que no se asuste. Tiempo después él mismo decía, “apagalo”. Posteriormente, pasó a serle indiferente si estaba prendido o apagado. Surge el acercamiento hacia otros niños, el abrazarlos y besarlos. Su madre expresa que está muy pegado a ella, como nunca antes lo había estado, de hecho esto surge eventualmente en el consultorio, antes su madre lo dejaba y se iba y ahora, cuando llega a la puerta del consultorio, empieza a gritar “quiero a casa con mamá”. En otras ocasiones ha dicho “quiero a casa, no… ahora quiero jugar acá…” manifestando una oscilación en el querer, quedando un tiempo inmerso en esa alternancia del “me quedo, me voy”.

Algo de la lengua se va cerniendo, en las estereotipias del lenguaje, la repetición de ciertas frases y palabras le van permitiendo encontrar un modo singular de habitar cierta legalidad del lenguaje, no quedando así a merced de la lengua como lo que es sin ley. Hace poco, estando Camilo de vacaciones con su familia, su madre me envía un wassap diciéndome que el niño pedía hablar conmigo, entonces me envía una grabación con su voz, que dice: “Hola Andrea….¡siiiiii!”

Más allá del muro… lo singular

Más allá del muro, que considero implica el tomar un único modo de abordar el autismo, como lo es en este caso clínico, un único tipo de terapia cognitivo-conductual, el psicoanálisis reconoce que existe un enigma, un otro modo de habitar el lenguaje, al respecto, cuando Camilo toma el reloj de arena le digo: “hay arena en el reloj”, él me dice: “arena no, es azúcar de mi mema”.

Para este niño diagnosticado con autismo, al cual conocí hacen tres años y no esbozaba más que el grito, hoy me enseña que cada objeto de mi consultorio, más allá de su nombre culturalmente establecido, puede ser nombrado por como suena, en donde él, con el palito del xilófono va golpeando los objetos, a su decir: “ la puerta chin chin, la mesa pon pon”. Al despedirse, en una sesión, me dió un abrazo, le pregunté si los abrazos podían sonar y me dijo "no, los besos suenan muac muac" Fue ahí que recordé entonces a Eric Laurent y ese espacio de cierto juego en donde el Otro ya no es amenazador, si se deja llevar por ese enigma singular propio de la lengua.

Dice Eric Laurent: "El encapsulamiento autista permite tener un cuerpo: en lugar de la imagen, hay una cápsula que define el espacio de seguridad del autista, le da un límite protector frente a un Otro amenazante. En terapia, ese borde puede desplazarse, aflojarse constituyendo un espacio que no es ni del uno ni del otro, y donde puede producirse cierto intercambio con un Otro, que no es el Otro amenazador situado fuera del borde. Es un espacio de cierto juego. El psicoanálisis es un espacio de juego: juego de la palabra en la neurosis, juego en la clínica con niños, juego de construcción de una lengua personal en la psicosis, juego de construcción de un borde en el autismo".

 
 
 
 
 

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