Ficciones Clínicas

“Los sonidos gustan…” Parte I

Publicado en Lectura Lacaniana: 12 abril, 2015

Con los padres

Los padres de Camilo asisten a una primera entrevista y relatan que, desde el jardín de infantes, los citaron para comunicarles que el niño no mira a los ojos, no habla, sólo emite gritos y corre dentro de la sala sin aceptar pautas mínimas. En ocasiones sale corriendo del aula y se va a la plaza del jardín, a jugar en la calesita y en la hamaca. Los padres comentan que en su casa él habla algunas cosas, les señala lo que quiere, se hace entender con gestos. Se va a dormir solo, no le gusta el contacto.

Todavía está con pañal pero pis pide. Les han dicho que sus juegos son estereotipados, repetitivos y que no juega con los demás nenes en el jardín. Yo creo que es normal ese juego a los dos años y medio no?, pregunta su madre. Les pregunto qué creen ellos, a lo cual responden que ellos han notado un cambio al año y medio, “él era un bebé normal, nos miraba todo el tiempo a los ojos, decía algunas palabras como mamá, la papa…

-Qué sucedió al año y medio? Un accidente automovilístico, ocurrió un choque muy fuerte y Camilo voló por el aire dentro del auto y pude sujetarlo con mis brazos. Era difícil salir del auto, los gritos… la chapa aplastada no permitía que pudiéramos salir. Desde ese momento él se durmió durante once horas corridas. No se golpeó, nos asustamos mucho, pensamos lo peor. Después se despertó bien, como si nada… pero desde ahí es como que se metió para adentro… no se.

Dos problemáticas se presentan, por un lado, el desamparo de los padres, la angustia frente a la mirada escolar, poniendo en cuestión aquello que los padres hacen, descalificando las decisiones tomadas, el haber elegido una terapia psicoanalítica, señalando como falta el que no hayan llevado al niño a un neurólogo para que lo mediquen. Por otro lado, la escuela que impone la medicación como el protocolo a seguir, junto con una terapia cognitivo conductual como única opción. Una posición amo que no da lugar a la subjetividad no sólo del niño sino de los padres, lo que ellos tienen para decir no es tenido en cuenta, no es necesario cuando la escuela es un gran Otro que sabe lo que hay que hacer.

Estos padres han ido trazando un recorrido por diversos colegios, debido a que el niño “alteraba” el desempeño de los grupos por los cuales había transitado, ya que estaba “en su mundo”. Una mirada desde el déficit que opaca lo singular, lo que puede ser una opción única entre otras, resultaba ser inconveniente. Finalmente, estos padres encontraron un lugar, una institución educativa en la cual, la única condición que imponían era que la terapia de tratamiento no sea psicoanalítica por considerarla contraproducente.

La mamá de Camilo me pregunta: ¿te molesta si ocultamos que Camilo viene acá? Para nosotros este lugar es fundamental, pero desde el colegio no quieren que haga psicoanálisis porque dicen que los desorganizan más a los niños con autismo. Acepto que se oculte, eso no impedía nada, era para mí, tan sólo engañar al Otro de turno. Los padres incorporan una terapia ocupacional, una maestra integradora, un terapeuta cognitivo conductual, y eligen sostener el análisis decidiendo no participar a la escuela de esta decisión, ya que para ellos es el espacio en donde el niño ha comenzado a demandar. 

Cada cosa por su nombre

En el primer encuentro con Camilo podría decir que se imponía el desencuentro. Camilo entró al consultorio, su madre se quedó en la sala de espera y él ni siquiera se volteó para mirarla, hecho que me sorprendió por ser tan pequeño, esa distancia sin mirada e irse con un otro. Al cerrar la puerta comenzó a circular por la sala explorando los objetos de la misma, le acerqué algunos juguetes y los miró con detenimiento.

Corría por momentos para un extremo del lugar y luego hacia el otro cuando yo estaba en silencio. Al hablarle, ofreciéndole tomar los juguetes, continuaba explorando lo qué él elegía del lugar, le ofrecía mi palabra al nombrar cada objeto que él tocaba, la sensación era que eso dicho no era incorporado por él. Notaba que si me quedaba quieta y sin decir, él podía seguir con lo suyo sin siquiera inquietarse por mi silencio. Así continúe, ofreciéndole mi palabra, dejarla a disposición suya, para cuando decidira tomarla. Alternando el silencio y muy de a poco introduciendo algún decir.

Comienzo a tomar autos y los voy ubicando en el suelo nombrando el color de cada uno, pasa por al lado mío y observa lo que hago, toma todos los autos y se los lleva ubicándolos en hilera sobre el escritorio. Le pregunto qué es lo que hace y no hay respuesta. Suena una notificación de mensaje en mi celular y como efecto del sonido Camilo me mira, sus pupilas se fijan en las mías,entre sorprendido y asustado y le digo: rin rin rin, ¡hay un mensaje! Sonó el teléfono porque hay un mensaje.

Deja de mirarme y vuelve a explorar los objetos. Se acerca hacia unos adornos que estaban sobre un hogar a leña, se los iba nombrando, así continué, a la espera de que algo surja de su lado. Para mi sorpresa, él señala con su mano un objeto, yo se lo nombro, y así se fue iniciando un circuito en donde señaló otros objetos más.

Posteriormente, tomó mi mano con fuerza y la acercó hasta un reloj de arena que le llamó la atención haciendo que yo tome el objeto, se lo doy a él poniéndolo en su mano, lo mira, lo señala sin mirarme y se lo nombro. Y así se repite una secuencia, de los autos en fila hacia la exploración de objetos, hacia el señalar otros objetos en donde yo nombro, como si Camilo lentamente fuese escribiendo un recorrido en donde los movimientos se van acercando al borde de la palabra, auxiliado por un otro que le ordene el mundo, con el cuerpo, porque utiliza mi mano como puente hacia el objeto, y el orden con las palabras, en donde ubicamos los nombres propios a cada cosa.

“Eso no” o “trozar” el goce

Durante varias sesiones se repetía esta secuencia que iba desde el ingreso al consultorio, en donde Camilo señalaba con su dedo índice diversos objetos que se encontraban en el mismo, hasta tomar lo autos y colocarlos en fila sobre el escritorio, luego Camilo se ponía colorado y comenzaba a hacer fuerza y se hacía caca encima. Al notar esto intervengo apenas se pone colorado diciendo: “¿tenés ganas de hacer caca?” No hay respuesta verbal, tan sólo la materia fecal saliendo y él detenido, en suspenso.

Le digo “acá no, este no es el lugar, la caca se hace en el baño, vamos al baño”. Las primeras veces parecía no tener efecto mi decir, hasta que en una ocasión le digo “eso no!” variando la o con entonaciones que suben y bajan, entonación a la cual Camilo le presta atención y me mira, queda fija su mirada con la mía, sonríe y lo tomo de la mano pidiéndole a la madre que le saque el pañal y que lo ayude a tirar la caca en el inodoro.

La mamá lo sube al inodoro para que apriete el botón y en ese mismo instante emite un “¡eeeeeee!”. Le pregunto “¿se fueeee la caca? -Asiente con la cabeza- “Muy bien, ese es su lugar”-le digo Vuelve al consultorio y busca en un armario masa, la toma y me la da, la nombro y él la toma entre sus manos, saca un pedacito y se la pone en la boca, le digo “eso no se comeeee” y para mi sorpresa me mira y se ríe a carcajadas, se saca el pedazo de masa de adentro de la boca y me muestra que lo vuelve a introducir y, desde ahí, se instaura este circuito en donde Camilo en cada sesión ubicará un momento en donde repetirá esta secuencia. Durante un primer tiempo tragará la masa, mirándome en ese instante riendo a carcajadas cuando le digo el nooo se comeeee.

Tiempo después, la masa entrará para salir de su boca, repitiendo un entra y sale que le hago notar. Digo “entra y sale” y él repite “entra y sale”. Las letras y los números en goma eva son más que conocidos por Camilo, no sólo los reconoce sino que luego de varias sesiones, de convocarme con su dedo que señala uno por uno letras y números para que yo los nombre, comienza él a dejar que su voz lo haga, pero como un susurro, en forma muy bajita asoman las hilachas de su voz.

Es muy claro que esto sucede cuando él así lo decide y no cuando yo se lo demando en este tiempo de tratamiento. De esta manera, se comenzó a construir un puente en donde él vehiculiza algo del orden de una intención sin articular palabra alguna, sino que lo hace con su cuerpo, señalando los objetos para que yo los nombre. Inicialmente insistí sobre este punto, hacerle saber que yo podía nombrar las cosas y tentarlo a que se anime a ser mi doble, diciéndole este es un…. Un….¿ Qué era..? invitándolo, así, a tomar algo de la palabra.

 
 
 
 
 
 
 

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