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Lo simbólico, lo imaginario y lo real

Por Jacques Lacan
Publicado en Lectura Lacaniana: 31 marzo, 2015 | Fecha artículo original: 8 julio, 1953

En esta oportunidad, les acercamos un texto extenso que,  Carlos Dante García trabajará en el Seminario “La dirección de la cura desde la última enseñanza de Lacan”, en la Escuela de Orientación Lacaniana, inicio martes 7 de abril a las 17:45 hs.

El texto recomendado que adjuntamos para su lectura, es la Conferencia “Lo Simbólico, lo Imaginario y lo Real, de Jacques Lacan,  texto que pertenece a uno de los seis momentos de la dirección de la cura en su enseñanza. Seis momentos en los que podemos afirmar que cambian el fin de análisis y el valor de la interpretación: reconocimiento-dejar de ser el falo-atravesar el fantasma-goce  (síntoma)

Por Lectura Lacaniana
Angela Vitale

Lo simbólico, lo imaginario y lo real
Jacques LACAN

Presentación

El texto que aquí presentamos es la traducción al castellano que corresponde a la conferencia que realizó Lacan el 8 de julio de 1953 para abrir las actividades de la nueva Société Française de Psychanalyse, surgida después de la escisión de la Société Psychanalytique de Paris poco antes, y que hasta ese momento era la única Asociación psicoanalítica en Francia admitida por la Asociación psicoanalítica internacional (IPA). En el grupo disidente, que fundará la nueva sociedad, figuraban además de Lacan, Daniel Lagache, Françoise Dolto, J. Favez-Boutonier y B. Reverchon-Jouve.
En esta conferencia Lacan presenta explícitamente esos tres registros o coordenadas fundamentales, como variables de la función del sujeto y de su realidad psíquica: lo simbólico, que adquirirá el protagonismo principal en su enseñanza de los diez años siguientes (hasta 1962), lo imaginario, con el que trabajaba fundamentalmente desde hacía unos 20 años (desde su tesis sobre la paranoia de 1932) y lo real, protagonista fundamental desde 1963. A pesar de estos protagonismos, esas tres dit-mensions [dicho-mensiones] como las llamará más adelante estarán siempre presentes en el fondo de su obra, y les dedicará de manera especial y específica su seminario XXII (1974-75), titulado R.S.I., en el que los identificará con tres redondeles de cordel que anudará borromeanamente, modelo que utilizará para explicar ciertos aspectos del sujeto y operar con ese nudo en la experiencia analítica.
Por otra parte, aquí y de manera muy original, sobre la que convendría reflexionar algo más de lo que se ha hecho hasta hoy, utilizará además estos tres registros para dar cuenta del proceso analítico.

Mis buenos amigos,

Ustedes podrán ver que para esta primera comunicación llamada “científica” de nuestra nueva Sociedad, he tomado un título que no carece de ambición. Ante todo empezaré por disculparme, pidiéndoles que consideren esta comunicación llamada científica más bien como, por un lado, un resumen de puntos de vista, que los que están aquí y son mis alumnos, conocen bien y con los cuáles están familiarizados desde hace ya unos dos años a través de mi enseñanza; y también como una especie de prefacio o de introducción a una cierta orientación de estudio del psicoanálisis.

En efecto creo que el retorno a los textos freudianos que es el objeto de mi enseñanza desde hace dos años , me ha dado,  o más bien, nos ha dado, a todos los que hemos trabajado juntos , una idea cada vez más certera de que no hay dimensión más total, abarcativa y próxima a la experiencia auténtica de la realidad humana que la realizada por la experiencia freudiana y que no podemos dejar de retomar a las fuentes y aprehender (appréhender) estos textos verdaderamente en todos los sentidos de la palabra. No podemos dejar de pensar que la teoría psicoanalítica (y al mismo tiempo su técnica que no constituyen más que una sola y la misma cosa) no haya sufrido una especie de retroceso [regresión, retracción, estrechamiento, reducción, recorte) (rétrécissement), y a decir verdad, de degradación. En efecto no parece y no es fácil mantenerse en el nivel de una tal plenitud.
Por ejemplo, un texto como el del “Hombre de los Lobos”, pensaba tomarlo esta tarde como base y ejemplo de lo que he de exponerles. Pero hice durante todo el día de ayer una relectura completa del mismo; había hecho al respecto un seminario el año pasado [1951-52] y sin embargo se me impuso la sensación de que era absolutamente imposible aquí darles una idea, siquiera aproximada del mismo; y que de mi seminario del año pasado había una sola cosa que hacer: retomarlo el año próximo.
Pues lo que percibí en ese texto formidable, después del trabajo y progreso que hemos hecho juntos este año [1952-53] alrededor del texto de “El hombre de las ratas”, me hace pensar que lo que había sacado el año pasado como principio, como ejemplo, como tipo de pensamiento característico dado por ese extraordinario trabajo era literalmente un mero “approche”, como dicen los anglo sajones; dicho de otro modo un balbuceo. De modo que, en suma, haré tal vez incidentalmente una breve alusión, pero trataré sobre todo, simplemente, de decir algunas palabras sobre lo que quiere decir el planteamiento (position) de un tal problema; sobre lo que quiere decir la confrontación de estos tres registros que son los registros esenciales de la realidad humana, registros muy distintos y que se llaman: lo simbólico, lo imaginario y lo real.

Lo real

Ante todo, una cosa que es evidentemente sorprendente y que no debería escapársenos; a saber, que hay en el análisis toda una parte de real en nuestros sujetos que precisamente se nos escapa; que sin embargo no escapaba a Freud cuando tenía que vérselas con cada uno de sus pacientes. Pero, por supuesto, aunque no se le escapaba, estaba igualmente fuera de su dimensión y alcance. Uno no podría dejar de sorprenderse del hecho y de la manera en que habla de su “hombre de las ratas”, distinguiendo entre “sus personalidades”. Al respecto concluye: “la personalidad de un hombre fino, inteligente y culto”, personalidad que pone en contraste con las otras personalidades con las cuales ha tenido que vérselas. Sí eso se atenúa cuando habla de su “hombre de los lobos”, también habla de ello. Pero, a decir verdad, no estamos obligados a refrendar todas sus apreciaciones. No parece tratarse en el “hombre de los lobos” de alguien de tanta clase. Pero es sorprendente, lo enfatiza como un punto particular. En cuanto a su “Dora”, ni hablemos, si hasta podemos decir que la amó.
Hay pues ahí algo que, evidentemente, no deja de sorprendernos y que, en suma, es algo con lo que tenemos que vérnoslas todo el tiempo. Y diría que ese elemento directo, ese elemento de peso, de apreciación de la personalidad, es algo bastante imborrable (innefaçable) con lo que tenemos que vérnoslas en el registro mórbido, por un lado, e incluso en el registro de la experiencia analítica con sujetos que, en absoluto, caen en el registro mórbido; es algo que, en resumen, siempre debemos retener y que está particularmente presente en nuestra experiencia, la de quienes estamos encargados de esa pesada tarea de elegir a quienes se someten al análisis con un fin didáctico.
En suma ¿qué podemos decir al fin de cuentas? Cuando hablamos, al término de nuestra selección, si no es que todos los criterios que se invocan (¿es necesaria la neurosis para hacer un buen analista? ¿un poquito? ¿mucho? ¿seguramente no, en absoluto? Pero al fin de cuentas, ¿es eso lo que nos guía en un juicio que ningún texto puede definir, y que nos hace apreciar las cualidades personales, esta realidad? Y que se expresa en lo siguiente: que un sujeto tenga estofa o no la tenga (a de l’étoffe ou n’en a pas); que sea, como dicen los chinos “She un ta”, un hombre de gran talla [superior], o “Sha ho yen”, un hombre de formato reducido [inferior]. Es algo que  es necesario decirlo  constituye los límites de nuestra experiencia. En este sentido se puede decir, para plantear la cuestión de saber qué se pone en juego en el análisis: ¿de qué se trata? ¿Acaso de esa relación (rapport) real con el sujeto, a saber, según un cierto modo y según nuestros parámetros [medidas] de reconocimiento? ¿Es eso con lo que tenemos que vérnoslas en el análisis? Ciertamente no. Se trata indiscutiblemente de otra cosa. Y he aquí la pregunta que nos planteamos sin cesar y que se plantean todos los que intentan formular una teoría de la experiencia analítica. ¿Qué es esa experiencia singular entre todas, que va a aportar transformaciones tan profundas a esos sujetos? ¿Y qué son tales transformaciones? ¿Cuál es su resorte?

Lo simbólico

Todo esto, la elaboración de la doctrina analítica desde hace años apunta a responder esta pregunta. Es cierto que el hombre común público no parece sorprenderse, por otro lado, de la eficacia de esta experiencia que se desenvuelve íntegramente en palabras; y, en cierta manera, en el fondo tiene razón, puesto que en efecto, funciona y para explicarla parecería que no tuviéramos de entrada más qué demostrar el movimiento andando. “Hablar” es ya introducirse en el sujeto de la experiencia analítica. Es allí, en efecto, que conviene proceder y saber; y ante todo plantear la pregunta: “¿Qué es la palabra?”, es decir, el “símbolo”.
En verdad a lo que asistimos es más bien a un evitamiento de esta cuestión. Y, por supuesto, lo que constatamos es que al reducir (rétrécir) esta cuestión, al querer no ver en los elementos y los resortes propiamente técnicos del análisis más que algo que debe llegar, por una serie de aproximaciones (approches), a modificar las conductas, los resortes, las costumbres del sujeto, desembocamos rápidamente en un cierto número de dificultades y de impases, no ciertamente hasta el punto de no poder encontrarles un sitio en el conjunto de una consideración total de la experiencia analítica; pero de proseguir en ese sentido, vamos cada vez más hacia un cierto número de opacidades que se nos oponen y que tienden a transformar desde ese momento el análisis en algo, por ejemplo, que se presentará como mucho más irracional de lo que realmente es.
Es muy sorprendente ver cuantos novicios y recién (récents et récement) venidos a la experiencia analítica se presentaron, en su primera manera de expresarse sobre su experiencia, planteando la cuestión del carácter irracional de este análisis, cuando parece que no haya quizás, por el contrario, técnica más transparente .
Y, por supuesto, todo va en este sentido. Abundamos en un cierto número de puntos de vista psicológicos [apreciaciones psicológicas] más o menos parciales del sujeto paciente; hablamos de su “pensamiento mágico”; hablamos de todo tipo de registros que tienen indiscutiblemente su valor y son reencontrados de manera muy viva por la experiencia analítica. De ahí a pensar que el análisis mismo juega en un cierto registro, por supuesto, en el del pensamiento mágico, no hay más que un paso, rápidamente franqueado cuando no se parte y no se decide a atenerse en primer término a la cuestión pri¬mordial: “¿Qué es esa experiencia de la palabra?”, y para decirlo todo, de plantear al mismo tiempo la cuestión de la experiencia analítica, la cuestión de la  esencia y del intercambio de la palabra.

Creo que el punto del cual se debe partir es el siguiente:
Partamos de la experiencia, tal corno nos fue presentada primeramente en las primeras teorías del análisis: ¿qué es ese [eso] “neurótico” (ce “névrosé”) con quién [qué] tenemos que vérnoslas en la experiencia analítica?, ¿qué sucederá en la experiencia analítica? ¿Y [qué significará] ese pasaje del consciente al inconsciente? ¿Y cuáles son las fuerzas que dan [darán] un cierto equilibrio a esa existencia? Nosotros lo llamamos el principio del placer  .

Lo imaginario

Para no demorarnos diremos con M. [Raymond] de Saussure, que “el sujeto alucina su mundo”, es decir que sus ilusiones o sus satisfacciones ilusorias no pueden ser de todos los órdenes. Evidentemente él va a desviarlas hacia un otro orden que el de sus satisfacciones, que encuentran su objeto en lo real puro y simple. Jamás un síntoma mitigó el hambre o la sed de manera duradera, excepto por medio de la absorción de alimentos que los satisfacen. Incluso si una baja general del nivel de la vitalidad puede ser la respuesta, en casos límite, por ejemplo en la hibernación natural o artificial. Todo esto sólo es concebible como una fase que no podría ciertamente durar, salvo entrañando daños irreversibles.
La reversibilidad misma de los trastornos neuróticos, supone que la economía de las satisfacciones en ella implicadas fueran de otro orden e infinitamente menos ligadas a ritmos orgánicos fijos, aunque gobernando por supuesto una parte de ellos. Esto define la categoría conceptual que delimita este tipo de objetos. Es justamente aquello que estoy calificando: “lo imaginario”, si se quieren reconocer en él todas las implicaciones que le corresponden (qui lui conviennent).
A partir de ahí, es muy simple, claro, fácil, de ver que este orden de satisfacción imaginaria sólo puede encontrarse en el orden de los registros sexuales.
Todo está dado ahí, a partir de esta especie de condición previa de la experiencia analítica. Y no resulta sorprendente, aunque, por supuesto, algunas cosas hayan tenido que ser confirmadas, controladas, inauguradas, diría yo, por la experiencia, que una vez hecha, esa experiencia, las cosas parecen de un perfecto rigor.
El término “libido” es una noción que no hace más que expresar la noción de reversibilidad, que implica la de equivalencia, de cierto metabolismo de las imágenes; para poder pensar esta transformación es necesario un término energético, para lo que ha servido el término de ‘libido’. Se trata por supuesto de algo complejo. Cuando digo “satisfacción imaginaria”, no es evidentemente el simple hecho de que Demetrios se haya satisfecho de haber soñado que poseía a la sacerdotisa cortesana… aunque este caso no sea más que un caso particular en el conjunto… Sino que es algo que va mucho más lejos y que está actualmente recortado por toda una experiencia que es la experiencia que los biólogos evocan concerniente a los ciclos instintivos, muy especialmente en el registro de los ciclos sexuales y de la reproducción; a saber, que, puestos aparte los estudios todavía más o menos inciertos e improbables concernientes a los transmisores neurológicos en el ciclo sexual, y que no son lo más sólido de esos estudios, está demostrado que estos ciclos en los animales mismos no han encontrado otros términos que el término mismo que sirve para designar los trastornos y los resortes primarios sexuales primarios de los síntomas en nuestros sujetos, a saber, el ‘desplazamiento’.
Lo que muestra el estudio de los ciclos instintivos en los animales, es precisamente su dependencia de cierto número de desencadenantes, de mecanismos de desencadenamiento que son esencialmente de orden imaginario, y que son lo más interesante en los estudios del ciclo instintivo, a saber, que su límite, su definición, la manera de precisarlos fundamentados en la puesta a prueba de un cierto número de señuelos hasta un cierto limite de difuminación  [borramiento], son susceptibles de provocar en el animal esa especie de puesta en erección de la parte del ciclo del comportamiento sexual del que se trata. Y el hecho de que en el interior de un ciclo de comportamiento determinado, sea siempre susceptible de sobrevenir, en ciertas condiciones, un cierto número de desplazamientos; por ejemplo, en un ciclo de combate la brusca aparición (survenue), en el retorno de este ciclo (en los pájaros, uno de los combatientes que se pone de repente a alisarse las plumas), de un segmento del comportamiento de pavoneo que intervendrá ahí en medio de un ciclo de combate.
Pueden darse otros miles de ejemplos. No estoy aquí para enumerarlos. Esto es simplemente para darles la idea de que este elemento de desplazamiento es un resorte absolutamente esencial del orden, y principalmente del orden de los comportamientos ligados a la sexualidad. Sin duda, estos fenómenos no son electivos en los animales. Pero otros comportamientos (cf, los estudios de Lorenz sobre las funciones de la imagen en el ciclo de la alimentación), muestran que lo imaginario juega un papel tan eminente en el orden de los comportamientos sexua-les. Y por lo demás, en el hombre, es siempre en este plano, y principalmente en este plano, que nos encontramos ante este fenómeno.
Desde ahora, señalemos, puntualicemos esta exposición con lo siguiente: que los elementos de comportamiento instintivo desplazados en el animal son susceptibles de algo en lo cual vemos el esbozo de lo que llamaremos un “comportamiento simbólico”.
Lo que llamamos en el animal un comportamiento simbólico es a saber que, cuando uno de esos segmentos desplazados adquiere un valor socializado, sirve al grupo animal de punto de referencia para un cierto comportamiento colectivo.
Así, planteamos que un comportamiento puede ser imaginario cuando su oscilación entre (aiguillage sur des) imágenes y su propio valor de imagen para otro sujeto lo hacen susceptible de desplaza¬mientos  fuera del ciclo que asegura la satisfacción de una necesidad natural.
A partir de ahí, el conjunto de lo que se trata en su raíz, el comportamiento neurótico, puede decirse, definirse, en el plano de la economía instintiva, dilucidarse –y saber por qué se trata de comportamiento sexual, por supuesto-. No es necesario volver sobre esto, a no ser para indicar brevemente que un hombre pueda eyacular a la vista de una pantufla es algo que no nos sorprende, así como tampoco que un cónyuge la utilice para llevarlo a mejores sentimientos, pero ciertamente nadie puede soñar que una pantufla pueda servir para apaciguar el hambre (une fringale), incluso extrema, de un individuo. De la misma manera constantemente tenemos que vérnoslas con fantasmas. En el orden del tratamiento, no es raro que el paciente, el sujeto, haga intervenir, en el curso del análisis un fantasma tal como el de la “fellatio del partenaire analista”. ¿Se trata también aquí de algo que haremos entrar en un ciclo arcaico de su biografía de una manera cualquiera? ¿Una anterior subalirnentación? Es muy evidente que, cualquiera sea el carácter incorporativo que demos a esos fantasmas, jamás pensaríamos en tal subalimentación. ¿Qué decir entonces?
Eso puede significar muchas cosas. De hecho, es necesario ver bien que lo imaginario está a la vez lejos de confundirse con el dominio de lo analizable y que, por otra parte, puede haber otra función que la imaginaria. No es porque lo analizable coincida con lo imaginario que lo imaginario se confunde con lo analizable, que sea completamente analizable, y que sea enteramente lo analizable o lo analizado.
Para tomar el ejemplo de nuestro fetichista, aunque sea raro, si admitirnos que se trata ahí de una especie de perversión primitiva, no es imposible visualizar (envisager) casos parecidos. Supongamos que se tratara de uno de esos tipos de desplazamiento imaginario, tal como los que encontramos realizados en el animal. Supongamos, en otros términos, que la pantufla sea aquí, muy estrictamente, el desplazamiento del órgano femenino, puesto que es mucho más a menudo en el macho que se da el fetichismo. Si, literalmente, no hubiera nada que pudiera representar una elaboración con respecto a este dato primitivo, sería tan inanalizable como es inanalizable tal o cual fijación perversa.
Inversamente, para hablar de nuestro paciente, o sujeto, presa de un fantasma, ahí es otra cosa que tiene un sentido muy diferente, y en este caso, está bien claro que si ese fantasma puede ser considerado corno algo que representa lo imaginario, puede representar ciertas fijaciones a un estadio primitivo oral de la sexualidad, por otra parte, no diremos que ese felador sea un felador constitucional.
Entiendo por esto que aquí, el fantasma del que se trata, el elemento imaginario no tiene estrictamente más que un valor simbólico que sólo debernos apreciar y comprender en función del momento del análisis en que va a insertarse. En efecto, aún si el sujeto retiene su confesión, ese fantasma surge y su frecuencia muestra lo bastante que surge en un momento del diálogo analítico. Está hecho para expresarse, para ser dicho, para simbolizar algo, y algo que tiene un sentido muy diferente, según el momento mismo del diálogo.
¿Qué decir pues? Que no es suficiente que un fenómeno represente un desplazamiento, dicho de otro modo, se inscriba entre los fenómenos imaginarios, para ser un fenómeno analizable, por una parte, y que, para que lo sea, es necesario que represente a otra cosa que a si mismo [al igual que lo simbólico o el símbolo], si me permiten decirlo.

Lo simbolico 2:

Para abordar, de una cierta manera, el sujeto [tema] (le sujet) del que hablo, a saber el simbolismo, diré que  toda una parte de las funciones imaginarias en el análisis no tienen otra relación con la realidad fantasmática que ellas manifiestan que, si quieren, la que tiene la sílaba “po” (en la palabra “pot”) con las formas, preferentemente simples del jarro (vase) que ella designa. Como puede verse fácilmente en el hecho de que en “policía” o “poltrón” esta sílaba “po” tiene evidentemente un valor muy distinto. Podremos servirnos del “pot” [vaso, vasija, pote] para simbolizar la sílaba “po” [ello es posible en francés porque la “t” final es muda], inversamente, en el término “policía” o “poltrón”, pero convendrá entonces agregarle al mismo tiempo otros términos igualmente imaginarios que no serán tomados en este caso por otra cosa que como sílabas destinadas a completar la palabra.
Efectivamente es así como es necesario entender lo simbólico de que se trata en el intercambio analítico, a saber que lo que encontramos, y eso de lo que hablamos, es lo que encontramos y volvemos a encontrar sin cesar, y lo que Freud definió como siendo su realidad esencial, ya sea que se trate de síntomas reales, actos fallidos y todo cuanto en ello se inscriba; se trata todavía y siempre de símbolos, y de símbolos incluso muy específicamente organizados en el lenguaje, que por consiguiente funcionan a partir de ese equivalente del significante y del significado: la estructura misma del lenguaje.
No me pertenece la expresión: ”el sueño es un acertijo (rébus)”, pertenece al propio Freud. Y que el síntoma expresa, también él, algo estructurado y organizado como un lenguaje se pone suficientemente de manifiesto por el hecho, para partir del más simple entre ellos, de que el síntoma histérico proporciona siempre algo equivalente a una “actividad sexual”, pero jamás un equivalente unívoco, por el contrario es siempre plurívoco, superpuesto, sobredeterminado, y por decirlo todo, muy exactamente construido a la manera en que se construyen las imágenes en los sueños, como representando una competencia, una superposición de símbolos tan compleja como una frase poética la que a su vez vale por su tono, su estructura, sus retruécanos [juegos de palabras] (calembours), sus ritmos, su sonoridad, y así pues esencialmente sobre varios planos, y del orden y del registro del lenguaje.
En verdad, esto no se nos aparecerá quizás suficientemente en su relieve [relevante], si no intentamos ver a pesar de todo, ¡qué es, de manera completa originariamente, el lenguaje!
Por supuesto (la cuestión del origen del lenguaje, no estamos aquí para hacer un delirio colectivo, ni organizado, ni individual. Es uno de los temas que pueden prestarse mejor a este tipo de delirios) sobre la cuestión del origen del lenguaje; el lenguaje está ahí, es un emergente. Y ahora que ha emergido, ya nunca sabremos cuándo ni cómo ha empezado, ni cómo eran las cosas antes que él estuviera.
Pero de todos modos, ¿cómo expresar ese algo que debe, tal vez haberse presentado como una de las formas más primitivas del lenguaje? Piensen en las contraseñas (mots de passe). Vean, elijo a propósito este ejemplo, justamente porque el error y el espejismo, cuando se habla del sujeto del lenguaje, radica siempre en creer que su significación es lo que él designa. Pero no, pero no. Por supuesto que designa algo, cumple o realiza cierta función. Y elijo a propósito la contraseña, porque la contraseña tiene esa propiedad de ser elegida precisamente de manera totalmente independiente de su significación [en ella no se trata propiamente de eso, de su significado común, sino de otra cosa] (y si esta es idiota, a lo cual la Escuela responde- sin duda nunca hay que responder- que la significación de esa palabra es la de designar a quien la pronuncia como teniendo tal o cual propiedad que responde a la pregunta que motivó la palabra (à la question qui fait donner le mot). Otros dirían que el ejemplo está mal elegido porque está tomado en el interior de una convención, pero eso todavía es mejor, lo vuelve más valioso para lo que está en juego) y, por otro lado, no podemos negar que la contraseña tenga las virtudes más valiosas. Sirve muy simplemente para evitar que nos maten.
Precisamente por eso podemos considerar efectivamente el lenguaje como teniendo una función. Nacido entre esos animales feroces que debieron ser los hombres primitivos (a juzgar por nuestros contemporáneos, los hombres modernos, no es tan inverosímil), la contraseña es justamente no aquello mediante lo cual “se reconocían los hombres del grupo”, sino aquello mediante lo cual “se constituye el grupo”.
Hay otro registro en el que se puede meditar acerca de esta función del lenguaje; es el del lenguaje estúpido del amor, que consiste en el último grado (au dernier dégré) del espasmo del éxtasis  o al contrario de la rutina [complaciente], según los individuos  a cualificar repentinamente al compañero sexual con el nombre de una vulgar legumbre [por ejemplo mon petit chou chou en francés] o con un animal de los más repugnante [por ejemplo, mi ratoncito o mi ratita, en castellano]. Esto expresa también ciertamente algo que no está sin duda lejos de tocar el problema del horror al anonimato. No es por nada que tal o cual de estas apelaciones animal o soporte más o menos totémico, se reencuentran en la fobia. Es evidente que hay, entre los dos, algún punto en común; el sujeto humano está muy especialmente expuesto, lo veremos en seguida, a esta suerte de vértigo que surge y experimenta la necesidad de alejarlo, la necesidad de hacer algo trascendente [que lo trascienda]; no por nada eso se halla en el origen de la fobia.
En estos dos ejemplos, el lenguaje está particularmente desprovisto de significación. En ellos podemos, inmejorablemente, ver lo que diferencia el símbolo del signo, a saber, la función interhumana del símbolo. Quiero decir [de] algo que nace con el lenguaje y que hace que después que la palabra (mot) (y es para lo que sirve la palabra) haya sido verdaderamente palabra (parole) pronunciada, los dos compañeros pasen a ser [sean] otra cosa que antes. Esto, apoyándonos en el más simple de los ejemplos.
Por otra parte se equivocarían al creer que éstos no son precisamente ejemplos particularmente plenos. Ciertamente a partir de estas pocas observaciones, podrán apercibirse que, de todos modos, ya sea en la contraseña, ya sea en la palabra que se llama de amor, se trata de algo, que a fin de cuentas está lleno de connotaciones (est plein de portée). Digamos que la conversación que en un momento medio de vuestra carrera de estudiantes, hayan podido tener (en una cena de jefes igualmente promedio, por ejemplo), donde el modo y la significación de las cosas intercambiadas tiene ese carácter común a las conversaciones de la calle o del autobús, y que no es otra cosa que un cierto modo de hacerse reconocer, lo que justificaría a Mallarmé al decir que el lenguaje era “comparable a esa moneda gastada que se pasa de mano en mano en silencio”.
Veamos pues en suma de qué se trata a partir de ahí, y, en suma lo que se establece cuando el neurótico llega a la experiencia analítica. Él también comienza a decir cosas. Dice cosas, y las cosas que dice, no deben sorprendernos demasiado si, al inicio, no son otra cosa que esas palabras de poco peso, a las que acabo de hacer alusión. No obstante, hay algo que es fundamentalmente diferente; llega o viene al analista para otra cosa que para decir tonterías [trivialidades, futilidades] (des fadaises) y banalidades; que, en adelante, en la situación está implicado algo, y algo que no es poca cosa (qui n’est rien), puesto que, en suma, es su propio sentido más o menos lo que viene a buscar; y algo está ahí místicamente puesto sobre la persona de quien lo escucha. Por supuesto, avanza hacia esta experiencia, hacia esta vía original, con -¡Dios mío!- todo lo que tiene a su disposición: a saber, que lo que él cree en primer término es que es necesario que haga de médico él mismo, que informe al analista. Por supuesto, ustedes tienen su experiencia cotidiana; llevándola de nuevo a su plano (plan), digamos que de lo que se trata, no es de eso, sino que se trata de hablar, y preferentemente, sin que uno trate de poner orden, de ordenar, de organización, es decir, de ponerse según un narcisismo bien conocido, en el lugar de su interlocutor .
Al fin de cuentas, la noción que tenemos del neurótico es que en sus síntomas mismos, se trata de una “palabra amordazada” en la que se expresa un cierto número, digamos, de “transgresiones de [a] un cierto orden”, que, por si mismas gritan al cielo el orden negativo en el cual se han inscrito. Por no haber realizado el orden del símbolo de un modo vivo, el sujeto realiza imágenes desordenadas que lo sustituyen. Y, por supuesto, eso es lo que va en primer término y desde el comienzo, a interponerse a toda relación simbólica verdadera.
Lo que el sujeto expresa primero y desde el principio cuando habla, trata de explicarse, es ese registro que llamamos las “resistencias”; lo que no quiere y puede interpretarse de otra manera que como el hecho de una realización hic et nunc, en la situación y con el analista, de la imagen o las imágenes que son las de la experiencia precoz.
Es efectivamente sobre este punto que se ha edificado toda la teoría de la resistencia y eso, tan solo después del gran reconocimiento del valor simbólico del síntoma y de todo lo que puede ser analizado.
Lo que la experiencia prueba y encuentra, es justamente otra cosa que la realización del símbolo; es la tentativa del sujeto, de constituir hic et nunc, en la experiencia analítica, esta referencia imaginaria, lo que denominamos, las tentativas del sujeto de hacer entrar al analista en su juego. Lo que vemos, por ejemplo, en el caso del “Hombre de las ratas”, cuando nos damos cuenta (pronto, pero no enseguida, y tampoco Freud), que al contar su historia obsesiva, la gran observación en torno al suplicio de las ratas, hay tentativa del sujeto de realizar hic et nunc, aquí y con Freud, esa especie de relación sádico anal imaginaria que constituye por sí misma la sal de la historia. Y Freud se apercibió muy bien, que se trata de algo que se traduce y se traiciona fisiognómicamente, en la cara del sujeto, en la expresión del mismo, por lo que califica en ese momento como “el horror del goce ignorado”.
A partir del momento en que estos elementos de la resistencia sobrevienen en la experiencia analítica, que se los ha podido valorar, plantear como tales, se trata en efecto de un momento significativo en la historia del análisis. Y podemos decir que es a partir del momento en que se supo hablar al respecto de un modo coherente y con fecha, por ejemplo, del artículo de Reich, uno de los primeros al respecto (aparecido en el International Journal), en el momento en que Freud hacía surgir el segundo en la elaboración de la teoría analítica y que no representa otra cosa que la teoría del yo; hacia esa época, en 1920, aparece “das Es” (el ello), y en ese momento empezamos a percibir en el interior (es preciso mantenerlo siempre en el interior del registro de la relación simbólica), que el sujeto resiste; que esta resistencia no es algo como una simple inercia opuesta al movimiento terapéutico, como se podría decir en física que la masa resiste a toda aceleración. Es algo que establece cierto lazo, que se opone como tal, como una acción humana, a la del terapeuta; pero, con esta precisión: es necesario que el terapeuta no se engañe. No es a él en tanto realidad que uno se opone, sino en la medida en que, en su lugar, está realizada una cierta imagen que el sujeto proyecta sobre él.
En verdad, estos términos incluso no son sino aproximativos.
Igualmente en ese momento en que nace la noción de instinto [pulsión] agresivo[a], es necesario agregar a la libido el término destrudo; y esto no sin motivo. Porque a partir del momento en que su meta (but) es descifrar las funciones totalmente esenciales de esas relaciones imaginarias, tal como aparecen [se manifiestan] bajo la forma de resistencia, aparece otro registro que está ligado nada menos que a la función propia que juega el yo (moi), en esa teoría del yo, en la que no entraré hoy, y que es absolutamente necesario distinguir en toda noción coherente y organizada del yo del [en el] análisis; a saber, del yo como función imaginaria, del yo como unidad del sujeto alienado a si mismo, del yo como eso en lo que el sujeto no puede reconocerse en primer término más que alienándose a eso, y por consiguiente no puede reencontrarse más que aboliendo el alter ego del yo, el que, como tal, desarrolla la dimensión, muy distinta de la agresión, que se llama en sí misma y así la denominaremos en adelante, la agresividad.
Creo que ahora nos es necesario retomar el problema en estos dos registros: la cuestión de la palabra y la cuestión de lo imaginario.
La palabra, se los he mostrado en forma abreviada, juega ese rol esencial de mediación. De mediación, es decir, de algo que cam¬bia a los dos parteners presentes. Esto no tiene, por otra parte, nada que no nos sea dado hasta en el registro semántico de ciertos grupos humanos. Y si ustedes leen (no es un libro que merezca todas las recomendaciones, pero es bastante expresivo y particularmente manejable y excelente como introducción para quienes la necesiten), el libro de Leenhardt, Do Kamo, verán en él que entre los Canacos se produce algo bastante particular en el plano semántico, a saber, que el término “palabra” significa algo que va mucho más lejos de lo que nosotros designamos así. Es asimismo una acción. Y por otro lado, también entre nosotros la “palabra dada” es una forma de acto [acto de lenguaje, como cuando se dice: “Te doy mi palabra de que…]. Pero es asimismo algunas veces un objeto, es decir algo que se lleva, una gavilla. Es cualquier cosa. Pero, a partir de ahí, existe algo que no existía antes. Convendría también hacer otra observación: es que esta palabra mediadora no es pura y simplemente mediadora en ese plano elemental, puesto que permite entre dos hombres trascender la relación agresiva fundamental al espejismo del semejante. Es necesario que sea más que eso, algo muy diferente, porque si reflexionamos, vemos que constituye no solamente esa mediación, sino que igualmente constituye la realidad misma. Esto es absolutamente evidente si consideran lo que se llama una estructura elemental, es decir, arcaica del parentesco. Lejos de ser elementales, no lo son siempre. Por ejemplo, el hecho especialmente complejo (pero, en verdad, estas estructuras complejas no existirían sin el sistema de palabras que las expresa) de que entre nosotros, las interdicciones que regulan el intercambio humano de las alianzas, en el sentido propio de la palabra, se reduzcan a un número de prohibiciones excesivamente restringido, tiende a confundirnos, palabras como “padre, madre, hijo…” con relaciones reales .
Es porque el sistema de relaciones de parentesco, en la medida en que se ha constituido, se ha extremadamente reducido en sus límites y en su campo. Pero, si ustedes formaran parte de una civilización donde no podrían desposar tal o cual prima en séptimo grado porque es considerada como prima paralela, o inversamente, como prima cruzada, o encontrándose con ustedes en una cierta homonimia que retorna cada tres o cuatro generaciones, se darían cuenta de que la palabra y los símbolos tienen una decisiva influencia en la realidad humana, y es precisamente porque las palabras tienen exactamente el sentido que yo les decreto. Como diría Humpty Dumpty en Lewis Caroll, cuando se le pregunta ¿por qué?, y da esa respuesta admirable: “porque soy el amo”.
Díganse que en el punto de partida, es muy claro que es el hombre en efecto quien da su sentido a la palabra. Y que si acto seguido las palabras se encuentran en el común acuerdo de la comunicabilidad, a saber, que las mismas palabras sirven para reconocer la misma cosa, es precisamente en función de relaciones, de una relación de partida, que ha permitido a esas personas ser personas que comunican. En otros términos, no es absolutamente cuestión, salvo en una percepción psicológica expresa, de intentar deducir cómo las palabras salen de las cosas y les son sucesiva e individualmente aplicadas, pero sí de comprender, que es en el interior del sistema total del discurso, del universo de un lenguaje determinado, que comporta, por una serie de complementariedades, un cierto número de significaciones; que lo que hay que significar, a saber, las cosas hay que acomodarlas, dándoles un lugar.
Es en efecto así que las cosas, a través de la historia, se constituyen. Es lo que torna particularmente pueril toda teoría del lenguaje, por cuanto habría que comprender el papel que juega en la formación de los símbolos. Por ejemplo, la teoría dada por Masserman, quien hizo al respecto (en el International Journal of Psychoanalysis, 1944, un muy lindo artículo que se llama: “Language, behaviour and dynamic psychiatry”. Es claro que uno de los ejemplos que da, muestra bastante la debilidad del punto de vista behaviorista. Pues es de eso que se trata en esta oportunidad. Cree resolver la cuestión de lo simbólico del lenguaje, dando este ejemplo: el condicionamiento que tendrá efecto en la reacción de contracción de la pupila a la luz, regularmente producido en simultaneidad con una campanilla. Suprimimos a continuación la excitación de la luz y la pupila se contrae cuando agitamos la campanilla. Terminaríamos por obtener la contracción de la pupila por la simple audición de la palabra “contract”. ¿Creen ustedes que con eso han resuelto el problema del lenguaje y de la simbolización? Pero, está bien claro que si en lugar del “contract” se hubiera dicho otra cosa, se habría podido obtener exactamente el mismo resultado. Y no se trata del condicionamiento de un fenómeno, sino que se trata en los síntomas de la relación del síntoma con todo el sistema del lenguaje. Es decir, el sistema de las significaciones de las relaciones interhumanas como tales.

Creo que el eje (ressort) de lo que acabo de decirles es el siguiente: ¿qué es lo que constatamos, y en qué consiste el recorte muy preciso que hace el análisis de esas observaciones mostrándonos en detalle su alcance y su presencia?
Es, ni más ni menos, que en esto: que toda relación analizable, es decir, interpretable simbólicamente, está siempre más o menos inscrita en una relación de tres (à trois). Lo hemos visto ya en la estructura misma de la palabra: mediación entre tal y cual sujeto, en lo que es realizable libidinalmente; lo que nos muestra el análisis y lo que da su valor a este hecho afirmado por la doctrina y demostrado por la experiencia es que finalmente nada se interpreta, porque es de eso que se trata, más que por la intermediación (que par l’intermédiaire) de la realización edípica. Es lo que eso quiere decir. Eso quiere decir que toda relación de dos está siempre más o menos marcada por el estilo de lo imaginario; y que, para que una relación tome su valor simbólico, es necesario que haya la mediación de un tercer personaje que realice, en relación al sujeto, el elemento trascendente gracias al cual su relación (rapport) con el objeto puede ser sostenida [mantenida] a una cierta distancia [digamos no alienarse en él].
Entre la relación imaginaria y la relación simbólica está toda la distancia que hay en la culpabilidad. Por eso, la experiencia se lo muestra, la culpabilidad siempre se prefiere a la angustia. La angustia en sí misma está, lo sabemos de ahora en adelante, por el progreso de la doctrina y la teoría de Freud, siempre ligada a una pérdida, es decir, a una transformación del yo, es decir, a una relación de dos próxima (sur le point) a desvanecerse, y a la cual debe suceder algo otro que el sujeto no puede abordar sin un cierto vértigo. He ahí el registro y la naturaleza de la angustia. Desde que se introduce el tercero, que entra en la relación narcisística, introduce la posibilidad de una mediación real, esencialmente por la intermediación del personaje que, en relación con el sujeto, representa un personaje trascendente, dicho de otro modo, una imagen de dominio por medio de la cual su deseo y su cumplimiento pueden realizarse simbólicamente. En ese momento interviene otro registro, que es justamente el denominado: o bien de la ley, o bien de la culpabilidad, según el registro en el que es vivido. (Notarán que abrevio un poco; ese es el término. Espero que al dárselo de una manera abreviada, no despistarlos demasiado, puesto que se trata de cosas que aquí o en otra parte, en nuestras reuniones, he repetido muchas veces).
Lo que quisiera subrayar concerniente a este registro, de lo simbólico, es sin embargo importante. A saber, es lo siguiente: desde que se trata de lo simbólico, es decir de eso en lo que el sujeto se compromete [y se ve o está comprometido], en una relación propiamente humana; desde que se trata de un registro del “je” (“yo”), eso en lo que el sujeto se compromete: En “yo quiero… yo amo”, hay siempre algo, literalmente hablado [dicho], problemático, es decir, que hay ahí un elemento temporal muy importante a considerar. ¿Qué es lo que quiero decir con eso? Esto plantea toda una registro [serie] de problemas que deben ser tratados paralelamente al problema de la relación entre lo simbólico y lo imaginario. El problema de la constitución temporal de la acción humana es, por su parte, absolutamente inseparable de la primera [esa relación entre lo simbólico y lo imaginario]. Aunque no pueda tratarla en su amplitud esta noche, es necesario por lo menos indicar que la encontramos sin cesar en el análisis y quiero decir del modo más concreto. Ahí también para comprenderla conviene partir de una noción estructural, si se puede decir, existencial, de la significación del símbolo.

Uno de los puntos que parece más controvertido [establecido (en otras versiones)] de la teoría analítica, a saber, el del automatismo, del pretendido automatismo de repetición, ese del que Freud mostró tan bien el primer ejemplo [Cf. Más allá del principio de placer], al mostrar cómo actúa el primer dominio: el niño que elimina [anula] (dont on abolit), por desaparición, su juguete. Esta repetición primitiva, esta escansión temporal, que hace que la identidad del objeto sea mantenida, tanto en su presencia como en su ausencia, tenemos ahí muy exactamente el alcance, la significación del símbolo en tanto que se relaciona con el objeto, es decir, a lo que se llama el concepto.
Ahora bien, ahí encontramos ilustrado algo que parece bastante oscuro cuando leemos en Hegel que: “el concepto es el tiempo”. Sería necesaria una conferencia de una hora para demostrar que el concepto, es el tiempo. (Cosa curiosa, el señor Hippolyte, que trabaja [tradujo (en otras versiones)] La Fenomenología del Espíritu, se contentó con poner una nota diciendo que era uno de los puntos más oscuros de la teoría de Hegel).
Pero ahí, ustedes pueden palpar esta cosa simple que consiste en decir que el símbolo del objeto, es justamente “el objeto ahí”. Cuando él no está más ahí, es el objeto encarnado en su duración, separado de sí mismo, y que, por lo mismo, puede estar, en cierto modo, siempre presente, siempre ahí, siempre a vuestra disposición. Reencontramos ahí la relación que hay entre el símbolo y el hecho que todo lo que es humano es considerado como tal, y cuanto más humano, más preservado, por así decirlo, del aspecto inestable (mouvant) y descompensador del proceso natural. El hombre hace, y ante todo a él mismo, hace subsistir en una cierta permanencia todo lo que ha durado como humano.
Y reencontramos un ejemplo. Si hubiera querido tomar por otra punta el problema del símbolo, en lugar de partir de la palabra, o de la pequeña gavilla, habría partido del túmulo sobre la tumba del jefe o sobre la tumba de cualquiera. Lo que caracteriza la especie humana es, justamente, el rodear al cadáver con algo que constituye una sepultura, mantener el hecho que “esto ha durado”. El túmulo o no importa que otro signo de sepultura merece muy exactamente el nombre de símbolo, de algo humanizante. Llamo símbolo a todo aquello cuya fenomenología he intentado mostrar.

Lo real 2.

Es por lo que, si les señalo esto, no es evidentemente sin razón, y la teoría de Freud ha debido avanzar hasta la noción que puso de relieve de instinto de muerte, y todos los que, a continuación, poniendo el acento únicamente en lo que es el elemento resistencia, es decir, el elemento acción imaginaria durante la experiencia analítica, y anulando más o menos la función simbólica del lenguaje, son los mismos para quien el instinto de muerte es algo que no tiene razón de ser.
Este modo de “realizar” en el sentido propio del término, de retrotraer (ramener) a un cierto real la imagen, habiendo por supuesto incluido en ella como una función esencialmente, un particular signo de ese real, devolver (ramener) a lo real la expresión analítica, está siempre en aquellos que no tienen ese registro, que el desarrollo bajo ese registro es siempre correlativo a la puesta entre paréntesis, y hasta la exclusión de lo que Freud puso bajo el registro del instinto de muerte, o que denominó, más o menos, automatismo de repetición.
En Reich es muy característico. Para Reich todo lo que el paciente cuenta es “flatus vocis”, el modo con que el instinto manifiesta su armadura. Punto que es significativo, muy importante, pero como tiempo de esta experiencia, es en la medida en que es puesta entre paréntesis toda esta experiencia en tanto simbólica, que el instinto de muerte queda él mismo excluido, puesto entre paréntesis. Por supuesto este elemento de la muerte no se manifiesta sólo en el plano del símbolo. Ustedes saben que se manifiesta más o menos en lo que es el registro narcisista. Pero se trata de otra cosa, mucho más próxima a este elemento de aniquilación final, ligada a todo tipo de desplazamiento. Por supuesto, lo podemos concebir. El origen, la fuente, como lo he indicado a propósito de elementos desplazados, de la posibilidad de transacción simbólica de lo real. Pero es también algo que tiene mucho menos relación con el elemento duración, proyección temporal, en tanto concibo el porvenir esencial del comportamiento simbólico como tal.
(Ustedes lo notan bien, me veo obligado a ir un poco rápido. Hay muchas cosas que decir sobre todo esto. Y es cierto que el análisis de nociones tan diferentes como las de los términos de: resistencia, resistencia de transferencia, transferencia como tal…, abre a la posibilidad de hacer comprender a propósito de esto lo que hay que llamar propiamente “transferencia” y lo que hay que dejar a la resistencia. Creo que todo eso puede bastante fácilmente inscribirse en relación con esas nociones fundamentales de lo simbólico y de lo imaginario).
Quisiera simplemente, para terminar, ilustrar de algún modo (es siempre necesario dar una pequeña ilustración de lo que uno cuenta), darles algo que no es más que una aproximación, con respecto a algunos elementos de formalización que he desarrollado más profundamente con mis alumnos del Seminario (por ejemplo en el Hombre de las Ratas). Se puede llegar a formalizar completamente con la ayuda de elementos como los que les voy a indicar. Esto es algo que les mostrará lo que quiero decir.

El proceso analítico:

He ahí como un análisis podría, muy esquemáticamente, insertarse desde su inicio hasta el final :

rR ——- rS ——  rI  (“fase real”, inconsciente como tal)

iS  —–   iR ——- ( iI) (“fase imaginaria”)

sS  —–  sI  ——  sR (fase simbólica, propiamente analítica)

rI  ——– rS   —— rR  (fase real, reconocida como tal)
Fig. 1

(1) rS : realizar el símbolo. Eso es la posición de partida. Por una parte, el analista es un personaje simbólico como tal. Y es a ese título que ustedes vienen a buscarlo, en la medida en que es a la vez el símbolo por sí mismo de la omni-potencia, que es él mismo ya una autoridad, el amo. Es en esta perspectiva que el sujeto viene a buscarlo y que se coloca en una cierta situación [posición] (posture) que es aproximadamente esta: “Es usted quien tiene [quien sabe] mi verdad”, posición completamente ilusoria, pero que es la posición típica.
(2) rI : después tenemos ahí: la realización de la imagen.
Es decir la instauración más o menos narcisista en la que el sujeto entra en una cierta conducta que es justamente analizada como resistencia. Y esto ¿en razón de qué? De una relación iI.
(3) iI : imaginación / imagen
Es la captación de la imagen como tal, que es esencialmente constitutiva de toda realización imaginaria en tanto la consideremos como instintiva; esta realización de la imagen es la que hace que el picón hembra (pez) sea cautivada por los mismos colores que el picón macho y que entren progresivamente en una cierta danza que las lleva donde ustedes saben.
¿Qué es lo que la constituye en la experiencia analítica? La pongo por el momento en un círculo [cf. esquema figura 1 (3)].  ¬
Después de eso, tenemos:
(4) iR : que es la continuación de la transformación precedente: I se transforma en R.
Es la fase de resistencia, de transferencia negativa, o incluso, en el límite, de delirio, que hay en el análisis. Es un cierto modo que algunos analistas tienden cada vez más a realizar : “el análisis es un delirio bien organizado”, fórmula que he escuchado en la boca de uno de mis Maestros, que es parcial, pero no del todo inexacta .
¿Y después, qué pasa, qué sucede? Si la salida es buena, si el sujeto no tiene todas las disposiciones para ser psicótico (en cuyo caso permanece [permanecerá y no podrá salir del] en el estadio iR) pasa [podrá pasar] a:
(5) iS: la imaginación o imaginarización del símbolo.
Imagina el símbolo. Tenemos, en el análisis mil ejemplos de la     imaginación del símbolo. Por ejemplo: el sueño. El sueño es una imagen simbolizada .
Aquí interviene o puede intervenir:     ¬
(6) sS : que permite la inversión (renversement) [propia del trabajo analítico en su fase activa]. Que es [o dará paso a] la simbolización de la imagen (sI). Dicho de otro modo, lo que denominamos “la interpretación”. Esto únicamente después del franqueamiento de la fase imaginaria [fase pasiva del proceso o del trabajo analítico] que aproximadamente engloba: rI   il   iR   iS; empieza entonces la elucidación del síntoma por la interpretación [es eso lo que representa] (sS). [Cuyo efecto es:]
(7) sI
Luego tenemos:
(8) sR [simbolización de lo real] que es, en suma, la meta de toda salud, lo que es o consiste, no (como se cree) en adaptarse a un real más o menos bien definido, o bien organizado, sino en hacer reconocer su propia realidad, dicho de otra manera, su propio deseo.
Como he subrayado muchas veces, hacerlo reconocer por sus semejantes, es decir simbolizarlo.
En ese momento reencontramos:
(9) rR
Lo que nos permite llegar por fin al:
(10) rS
Es decir, muy exactamente al punto de donde partimos.
No puede ser de otro modo, pues si el analista es humanamente válido, eso no puede ser sino circular. Y un análisis puede comprender varias veces este ciclo.

[Algunos comentarios finales]

iI es la parte propia del análisis , es lo que se llama (equivocadamente) “la comunicación de los inconscientes”.
El analista debe ser capaz de comprender el juego que juega su sujeto. Debe comprender que él mismo es el picón macho o hembra, según la danza que ejecuta su sujeto.

El sS es la simbolización del símbolo. Es el analista que debe hacer eso. No hay dificultad: él mismo es desde el inicio un ¬símbolo. Es preferible que lo haga con completitud, cultura e inteligencia. Es por eso que es preferible, que es necesario que el analista tenga una formación tan completa como sea posible en el orden cultural. Cuanto más sepan ustedes , más eso les servirá [precisamente para el “trabajo de civilización” que es un análisis]. Y esto (sS) no debe intervenir sino después de un cierto estadio, después de una cierta etapa franqueada. Y en particular, es en este registro que pertenece, del lado del sujeto (no es por nada que no lo he separado)… El sujeto forma siempre y más o menos una cierta unidad más o menos sucesiva, cuyo elemento esencial se constituye en la transferencia. Y el analista viene a simbolizar el superyó, que es el símbolo de símbolos.
El superyó es simplemente una palabra que no dice nada (qui ne dit rien) (Una palabra que prohíbe (une parole qu’interdit), una palabra que no da su razón). El analista no tiene ninguna dificultad en simbolizarla. Es precisamente lo que hace.

El rR es su trabajo, impropiamente designado bajo el término de la famosa “neutralidad benevolente”, de la cual se habla a diestra y siniestra, y que simplemente quiere decir que, para un analista todas las realidades, en suma, son equivalentes; que todas son realidades. Esto parte de la idea de que todo lo que es real es racional, e inversamente. Y es lo que le debe dar esa benevolencia contra la que viene a romperse la resistencia [la transferencia negativa (en otras versiones), al fin y al cabo una forma de resistencia] y le permite conducir [llevar] a buen puerto su análisis.
Todo eso dicho un poco rápidamente.
Hubiera podido hablarles de muchas otras cosas. Pero, por lo demás, esto no es más que una introducción, un prefacio a lo que intentaré tratar más completamente, más concretamente en el informe que espero hacerles, en Roma, sobre el sujeto [tema] (sujet) del lenguaje en el psicoanálisis .

 

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