¿Qué es lalangue?

Las psicosis infantiles: del “autismo” a la psicotización, Parte III

Publicado en Lectura Lacaniana: 11 julio, 2016

III parte: La clínica edipizante del “autismo” y el ascenso del cognitivismo.

Lo que busca el autor con este trabajo, es poner en cuestión la validez y por lo tanto la pertinencia del término “autismo” como entidad nosográfica porque aunque algunos autores intenten darle otro sentido más ajustado  a los conceptos de Lacan, no se puede evitar su peso moral en la Sociedad, su “pecado de origen”: el privilegio de las emociones  y el rechazo a la articulación freudiana entre decir  y economía libidinal.

Angela Vitale

 


3. La clínica edipizante del “autismo” y el ascenso del cognitivismo


Algunas teorizaciones del psicoanálisis en relación a las psicosis infantiles pueden justificar ciertas críticas, y la adopción de posiciones que favorecen el abordaje de las terapias cognitivo-comportamentales y las estrategias educativas. Principalmente, las críticas apuntan a la edipización de la causalidad, y al aspecto deficitario con que quedan enmarcadas estas psicosis.
En un reciente artículo, J.C Maleval efectúa un repaso de cuatro autores que nos parece interesante citar para este desarrollo [13]. Al respecto, sitúa que la posición de M. Mahler afín a la corriente genética annafeudiana aparece también en los DSM. En cuanto al autista, recuerda que Mahler sostiene que se comporta como “si no oyera nada” en tanto hay una denegación de la satisfacción alucinatoria, al  considerar que se trata de la regresión libidinal más profunda. En la cual el sujeto se separa alucinatoriamente de las fuentes de percepción sensorial del mundo “vivi- ente” que demanda respuestas emocionales sociales.
En 1967, Bettelheim postula en su célebre obra “La Fortaleza vacía” una terapia a través del entorno, siguiendo un enfoque tributario de su experiencia en los campos de concentración. El niño que describe está abierto a la angustia más extrema, y la reacción autista resulta una respuesta a haber estado sometido a condiciones extremas de vida (estableciendo una ecuación que se puede resumir como Madre = Muerte).
Por la misma época en Londres, la corriente kleiniana encuentra en Meltzer un representante importante que pien- sa que el autista está “desmantelado”, con lo que deja errar los diferentes sentidos, internos y externos, de manera que se fijaría en los objetos más estimulantes del momento. El niño se hallaría en un estado primitivo esencialmente “sin actividad mental”, retirado del mundo en un grado cero de la transferencia. Para Meltzer, el autista no está angustiado, no se defiende, es el ser arcaico por excelencia.
En coincidencia con éste, Tustin piensa que estos niños no tienen actividad mental; aunque se diferencia de lo ante- rior cuando observa que ponen en marcha mecanismos de protección ante una prueba dolorosa.
Para esta autora existiría un traumatismo oral precoz, un fantasma catastrófico de un seno o un pezón arrancado prematuramente, donde el sujeto habría hecho en forma demasiado temprana la experiencia de separación respecto del objeto de satisfacción pulsional. Esta experiencia traumática deja un “agujero negro” en la boca, que genera el sentimiento de haber perdido una parte vital del cuerpo y que estaría poblado de objetos persecutorios. Añadiendo que la cápsula protectora del autismo recubre dicho agujero.
En consecuencia, para Maleval, estos enfoques durante mucho tiempo produjeron un imaginario en los clínicos de que el autismo tenía un pronóstico sombrío, y que bordeaba la demencia.
Por otro lado, si bien los primeros planteos cognitivistas como el de Rimland en 1964, no contribuyeron a mejorar su recepción, a partir de los años setenta se produce un viraje vinculado a las siguientes circunstancias: hallazgos clínicos que comprobaban en los sujetos capacidades poco compatibles con la imagen deficitaria de su patología, como sugerían las primeras descripciones de Kanner y las mencionadas teorías psicoanalíticas. Esto hizo que se recupere la antigua categoría de los “idiotas sabios” para nuevas investigaciones, reforzada por un contexto cul- tural que se sensibiliza a estas propuestas como lo marca el éxito de la película “Rain man” en 1971, que describe la historia de un autista sabio.
Desde esta perspectiva, que propone una versión menos negativa, es que Maleval valora la descripción de Asperg- er cuya “psicopatía autística” demuestra una “riqueza de la vida interior” que no se condice con los planteos que acentuaban la presencia de una psicosis precosísima sin actividad mental.
El otro hecho que hizo perder terreno a las posiciones del psicoanálisis, fue que en una época donde  se comienza cada vez más sólo a esperar las buenas noticias, transformando incompatible aceptar un pronóstico deficitario, tampoco pasan a tolerarse las afirmaciones sobre los padres “patógenos” que acentúa el sentimiento de culpa en los mismos.
Estas consideraciones fenoménicas tan comúnes en los inicios, por ejemplo de la “madre fría”, indiferente, des- apegada y obsesiva que suministraba “cuidados mecanizados”, se mostraron inconducentes para explicar los casos donde los mismos padres criaban hijos normales, o cuando otros padres de hijos autistas no correspondían con los supuestos estereotipos que se describían como patógenos.
Así, progresivamente estas teorías indujeron reacciones de oposición entre padres y médicos, y crearon “confusión y culpa en padres que ya soportaban la carga de cuidar a un hijo autista” [14].
Una de las implicancias más importantes de estos cambios, además  del advenimiento del concepto de trastorno generalizado del desarrollo, fue el impulso de nuevas medidas terapéuticas que disminuían el papel de la psiquiatría a favor de la educación especial, estrategia pedagógica que terminó de elaborarse a partir de 1972 con el programa TEACCH (Treatment and Education of Autistic Children and related Communication Handicapped Children), creado en Carolina del Norte, que incluía la participación de los padres a los fines de que los métodos utilizados en clase se transfirieran al hogar.
Por otro lado, ya hemos dicho que en este trabajo buscamos poner en cuestión la validez y por lo tanto la pertinen- cia del término “autismo” como entidad nosográfica porque aunque algunos autores intenten darle otro sentido mas ajustado a los conceptos de Lacan, no se puede evitar su peso moral en la Sociedad, su “pecado de origen”: el privilegio de las emociones y el rechazo a la articulación freudiana entre decir y economía libidinal.
Pensando que la concepción lacaniana de la envoltura formal del síntoma es una defensa frente a lo real, nos parece acertada la crítica que efectúan Gilles Deleuze y Felix Guattari, cuando dicen que la psiquiatría, y  algunos psicoa- nalistas, basan sus teorizaciones en el concepto de Yo, y su regulación por códigos sociales que dejan englobados bajo la denominación de “Edipo” [15]. Su elogio a Clerambault se justifica porque su tesis les permite lanzar un argumento contra la “edipización”, y destacan de aquel su idea de que el delirio con su carácter global sistemático, es secundario a “fenómenos de automatismo parcelarios y locales”. Es decir, que lo primario son los fenómenos atemáticos, “de eco, de sonorización, de explosión, de sin sentido”.
En sus argumentos sobre la génesis de la teoría de la esquizofrenia, válidos para la desencadenada en la infancia, dicen que se ha basado en tres conceptos que constituyen su fórmula trinitaria: la disociación (Krapelin), el autismo (Bleuler), el espacio-tiempo, o el ser-en-el-mundo (Binswanger).El primero es un concepto explicativo que pretende indicar el trastorno específico o el déficit primario (orgánico). El segundo es un concepto comprensivo que indica la especificidad del efecto, “el desapego a la realidad acompañado por una predominancia relativa o absoluta de la vida interior”. Y por último, el tercero es un concepto expresivo que descubre o redescubre al hombre delirante (en términos generales al “loco”) en su mundo específico.
Según los autores del “Anti-Edipo” estos tres conceptos tienen en común el relacionar el problema de la esquizo- frenia con el Yo, a través de “la imágen del cuerpo”. Pero agregan, “el Yo es como papá-mamá”, mientras que el “esquizo (…) está más allá, está detrás, debajo, en otro lugar, pero no en esos problemas”, resaltando en términos que evocan a Tausk la ruptura, la disyunción, y la conjunción “maquínica”.
Asimismo, el “fastidioso concepto de autismo” también le es criticado a Bettelheim; si bien hay un elogio clínico por sus observaciones del “niño-máquina”. Pero, es con el relato del “caso Dick” donde Deleuze y Guattari ejem- plifican el impulso edipizante en la psicopatología, citando el artículo donde M. Klein escribe: “La primera vez que Dick vino a mi consulta no manifestó ninguna emoción cuando la niñera me lo confió. Cuando le enseñé los juguetes que tenía preparados, los miró sin el menor interés. Agarré un tren grande y lo coloqué al lado de un tren mas pequeño y los llamé con el nombre de “tren papá” y “tren Dick”. A continuación, tomó el tren que yo había llamado “Dick”, y lo hizo rodar hasta la ventana, y dijo “Estación”. Yo le expliqué “la estación es mamá; Dick entra en mamá”.
Al respecto, cabe hacer una salvedad, porque aceptamos como válida la crítica de que la producción es rápidam- ente “aplastada”, “abatida”, por las imágenes parentales: Edipo (norma social), convertido en la piedra de toque de una lógica. Pero sabemos que más allá de M. Klein y sus planteos teóricos, su intervención fué efectiva en términos de compensación del niño, dado que como señala Lacan la misma resultó en un “enchapado edípico” imaginario, a modo de una suplencia. Concepto que más tarde continuará desarrollando a partir de la clínica “borromea”, que el significante del Nombre del Padre no es algo previo en la estructura, sino una invención, un artificio sobre un agujero, un síntoma.

Continuará…
 

Print Friendly

Deja un comentario