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Las paradojas de la Transferencia: segunda parte

Por Miquel Bassols
Publicado en Lectura Lacaniana: 17 junio, 2015

Desde el punto de vista de un análisis objetivo, la transferencia es un error, un error sobre la persona; es la confusión entre lo Simbólico y los lugares imaginarios. El sujeto atribuye al analista ser otra persona. Y el analista sólo puede tomar ventaja de este error en sus intervenciones si, al mismo tiempo, interpreta esa confusión con el fin de separar los dos registros. Mantener esa confusión sin interpretarla reduciría el psicoanálisis y la transferencia a una “sugestión grosera”. La sugestión es, por lo tanto, la reducción de la transferencia al registro imaginario, una reducción que falla al interpretar sus efectos. La transferencia en el registro simbólico es la interpretación de la sugestión misma.

Esto es lo que Lacan señala en su crítica a la concepción general de la “alianza terapéutica”. También hay una paradoja en esta observación que distingue a la transferencia y la sugestión a través de la operación de interpretación. ¿Cómo puede alguien sacar ventaja de ese error sobre la persona e interpretarla al mismo tiempo? Quizás este efecto podría ser interpretado en un segundo momento, pero en cualquier caso el analista debe estar en un cierto lugar simbólico para interpretar y, al mismo tiempo, debe interpretar los efectos imaginarios, los efectos sugestivos, de ese mismo lugar. En cierto modo, el analista debe salir con su interpretación del lugar mismo que la posibilita. Podemos ver la extrema paradoja de esta operación.

Se podría decir Incluso que es imposible, y yo estaría de acuerdo, pero también añadiría que es por medio de esta imposibilidad lógica con que la interpretación trata, que toca un punto real en la estructura subjetiva. Demos un ejemplo bien conocido, un ejemplo freudiano que también es un ejemplo lacaniano, que se encuentra en un hermoso texto escrito por la poetisa y novelista estadounidense Hilda Doolittle. El texto se titula Tributo a Freud. Allí, la autora recuerda su análisis con el famoso Profesor Sigmund Freud, llevado a cabo con un Freud septuagenario. Relata una anécdota que tiene un interés particular para nosotros.

Hilda Doolittle había enviado a Freud un ramo de gardenias, sus flores favoritas, para su cumpleaños; un regalo que ella nunca dejó de enviarle en cada cumpleaños hasta su muerte. En esa ocasión, sin embargo, ella se había olvidado de escribir su nombre en la pequeña nota que acompañaba el ramo de flores. Freud no quedó muy contento con ese olvido y le respondió con una carta suponiendo que era ella quien probablemente había enviado el regalo, y aunque no estaba seguro, añadió: “En cualquier caso, afectuosamente suyo…” H.D. no supo qué había enfurecido tan repentinamente Freud. En su sesión habló con cierta indiferencia, con poca implicación, hasta que Freud interrumpió sus palabras golpeando con la mano en la cabecera del diván, diciendo: “El problema es que soy un anciano; usted no cree que valga la pena amarme”. El impacto de estas palabras fue demasiado terrible para que ella agregara cualquier otra cosa, y quedó preguntándose sobre lo que Freud había querido decir.

Sin lugar a dudas, Freud estaba en un lugar muy admirado para Hilda Doolittle; como profesor, como analista, y como hombre. Escribe en su texto: “Fue exactamente como si el Ser Supremo hubiera golpeado con el puño en la parte posterior del diván donde yacía”. [2] Con estas palabras, sin embargo, el mismo Ser Supremo que ejerce tal poder de sugestión sobre ella, habla desde ese lugar para decir que ella no lo considera un ser tan adorable. En ese momento, el Ser Supremo sale de su lugar. Siempre hay, por lo tanto, una mentira en el amor de transferencia, una idealización del objeto. En este sentido, se puede jugar con la equivocidad de las palabras del sujeto y decir que la interpretación del Ser Supremo golpea el diván mismo donde ella ha estado mintiendo sobre el objeto del amor.[3]

La interpretación de Freud, por lo tanto, golpea al sujeto y lo despierta de la sugestión, de su demanda de ser amado, señalando su división con la pregunta: ¿Qué quieres? ¿Cuál es el objeto de tu deseo? Esto no es una interpretación de la transferencia, sino una interpretación que se apoya en la transferencia con el fin de interpretar sus efectos de la sugestión. Tenemos que distinguir, entonces, al menos dos niveles del Otro: en la transferencia y en la interpretación psicoanalítica. $ – Transferencia -> A $ <-Interpretación – A En primer lugar, hay transferencia del sujeto al Otro, el gran Otro que será investido como el Otro de la transferencia, “…la persona que la transferencia supone que es [el analista]”. Y, en segundo lugar, está el Otro de la interpretación, el lugar del Otro desde donde la interpretación se lleva a cabo, el Otro desde el cual la interpretación será recibida precisamente como una interpretación, gracias a la transferencia inicial.

La pregunta puede entonces ser planteada: ¿hay un Otro que podría interpretar la transferencia al Otro sobre el que se apoya la interpretación? Podemos ver que una buena paradoja surge precisamente en ese lugar del Otro que podría interpretar la transferencia desde el interior. Es una paradoja muy similar a la conocida paradoja de Russell, que puso en duda los fundamentos de las matemáticas supuestos sobre una teoría de los conjuntos ingenua. Es la paradoja que el propio Bertrand Russell ilustrara con el ejemplo del barbero: “El barbero es un hombre del pueblo que afeita a todos aquellos, y sólo a aquellos, hombres del pueblo que no se afeitan a sí mismos.” La pregunta “¿Quién afeita al barbero?”, resulta en una paradoja imposible de resolver; porque de acuerdo a la afirmación anterior el barbero puede afeitarse o ir a la peluquería (la que, por supuesto, no es otra que la suya). Ninguna de estas posibilidades es válida: ambas resultan en el barbero afeitándose a sí mismo, lo cual no puede hacer porque sólo afeita hombres “que no se afeitan a sí mismos”.

La frase “el analista que interpreta el lugar del Otro de la transferencia desde donde se recibe la interpretación” postularía un Otro del Otro de la misma manera, un Otro de la interpretación que contendría al Otro de la transferencia que hace posible la interpretación misma. No hay una solución a esta paradoja, y todos los malentendidos en el psicoanálisis post-freudiano relativos a la transferencia y la contra-transferencia, a la interpretación de la transferencia y la respuesta a la contra-transferencia, son de algún modo variaciones de esta solución imposible.

Lacan tomará esta paradoja como un síntoma de la particular estructura de la transferencia. De hecho, podemos decir que propiamente hablando no hay interpretación de la transferencia. Es decir, no hay interpretación desde un lugar exterior a la relación transferencial. Cada interpretación opera y obtiene sus efectos desde el lugar interior que la transferencia asigna al analista, desde “la persona que la transferencia supone que es”. Por otro lado, sin embargo, una interpretación debe ser siempre, en cierto modo, una interpretación de los efectos de sugestión de la transferencia misma. Debe utilizar el lugar de la transferencia con el fin de interpretar los efectos sugestivos de esa interpretación.

Una interpretación analítica funcionaría idealmente, entonces, no como en la interpretación clásica, no como una máquina que alimenta al sujeto con más significado; sino exactamente en los términos opuestos, como una suerte de dispositivo de auto-boicot, un sistema de auto-cancelación de significado. La interpretación analítica hecha bajo transferencia tiende a desactivar el lugar del Otro que es, por otra parte, el lugar donde el significado se origina con todos los efectos sugestivos de la transferencia misma. Como Jacques-Alain Miller ha subrayado recientemente [4], el llamado “gran secreto del psicoanálisis” para Lacan, la gran revelación que abriría una nueva perspectiva en su enseñanza, fue enunciada en su Seminario de 1959, “El deseo y su interpretación”. Este secreto, que era un secreto para los propios psicoanalistas, fue revelado bajo la fórmula: “No hay Otro del Otro”. Este punto de inflexión, que también ha sido formulado por Jacques-Alain Miller con la expresión “el Otro sin Otro”, se produjo en el momento en que Lacan comenzó a devaluar la función simbólica del Nombre del Padre, del significante que había cumplido hasta entonces el papel de Otro del Otro, el significante que había completado y hecho consistente el lugar del Otro.

Algunos años más tarde, en 1967, Lacan agrega otra fórmula estructurada de una manera homóloga: “No hay transferencia de la transferencia” [5]. Era su forma de mostrar la salida de la paradoja de la transferencia que hemos indicado anteriormente. No hay Otro del Otro de la transferencia, y no hay incluso Otro del Otro de la interpretación. Esta paradoja y su solución condujo a Lacan a mostrar una cara oculta del fenómeno transferencial, un fenómeno que parece ser intersubjetivo, es decir, un fenómeno que se produce entre dos sujetos. La transferencia fue concebida inicialmente en la enseñanza de Lacan como un proceso intersubjetivo, pero esta suposición se sostenía en la idea de la existencia de un Otro del Otro, y este Otro del Otro era el sujeto mismo.

La transferencia como un proceso intersubjetivo, la transferencia a un gran Otro que encontraría en el sujeto mismo la reciprocidad de un Otro del Otro, conduce a una paradoja que se enuncia con la otra renombrada fórmula lacaniana para la transferencia: el Sujeto Supuesto Saber. El “Sujeto Supuesto Saber” es una versión conclusiva de la paradoja del Otro del Otro en la transferencia, o la paradoja de la transferencia de la transferencia. Y toda la cuestión ética sobre el uso de la transferencia en el psicoanálisis gira en torno a la utilización de este “Sujeto Supuesto Saber” por parte del analista. ¿Qué es ese “sujeto supuesto saber”? En primer lugar, es suponer un saber en el lugar del Otro, el Otro concebido como sujeto, como otro sujeto – o, también, como Otro Sujeto.

Este es el nivel más superficial de la transferencia. Usted toma al analista como Sujeto Supuesto Saber y hay una buena razón para dirigirse a él. Usted toma el coche de su síntoma y conduce a la dirección del analista. Pero hay otro analista en el coche de su síntoma, el analista que usted no conoce pero que es la verdadera causa de su transferencia, o incluso de su “agalma”, para evocar el término de Lacan en su Seminario sobre “La Transferencia”. Ese analista no tiene rostro, ni nombre, ni representación. Él o ella es un objeto, en el sentido lacaniano del objeto, y lo conduce sin saber de qué tipo de objeto se trata. Usted no sabe que es ese objeto ni tampoco el saber contenido en ese objeto que le concierne. En este punto, debemos distinguir cuidadosamente entre los dos términos franceses para saber: “la connaissance”, – que es el conocimiento de una persona en el sentido en que se puede sentir “Yo no lo conozco, no sé quién es él “- y” le savoir “, – que es el saber que se supone, el saber que el objeto contiene que le concierne y que usted no sabe.

Hay otro saber en la parte trasera del coche, es su saber inconsciente, el saber de su síntoma, el saber que no sabe pero que puede suponer si lo toma como una formación de su inconsciente. Como en el caso de un sueño, puede suponerse que hay un saber articulado incluso en su aspecto sin sentido, o puede que no. Depende precisamente de la… transferencia. En este punto, sin embargo, nos encontramos con otra cara de la transferencia, o incluso otra lógica. La transferencia es transferencia con su inconsciente, la transferencia es suponer un sujeto a su inconsciente, suponer que usted está implicado como sujeto con su inconsciente y con su síntoma. La lógica de la transferencia como Sujeto Supuesto Saber no es, por lo tanto, sólo o básicamente suponer un conocimiento al Otro sino, en primer lugar, suponer un sujeto al saber de su inconsciente. Encontrarán esto subrayado cuando Lacan introduce esa nueva lógica de la transferencia como Sujeto Supuesto Saber, como crítica a su propia concepción inicial de la transferencia concebida como proceso intersubjetivo.

En su texto inaugural titulado “La Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la Escuela”, dice, por ejemplo: “El sujeto supuesto saber es para nosotros el pivote alrededor del cual se articula todo lo que tiene que ver con la transferencia. […] Aquí, el levitante de la intersubjetividad mostrará su sutileza al interrogar: ¿sujeto supuesto por quién, si no por otro sujeto? [Y Lacan responde:] Un sujeto no supone nada, es supuesto. Supuesto, enseñamos nosotros, por el significante que lo representa para otro significante”. [6] La fórmula de la transferencia que Lacan propone en este texto sigue la lógica de esta nueva concepción: Encontramos en el nivel superior el vínculo entre un significante S – el significante de la transferencia, como lo señala Lacan, un significante con un significado desconocido – y otro significante Sq, “un significante que llamaremos cualquiera”, el significante que representa el analista en principio, su nombre, por ejemplo, al cual está aquí reducido. Podemos ver el coche yendo al analista en la línea que conecta los dos significantes, con un significado desconocido.

Esta es la transferencia en el comienzo del análisis, antes de su desarrollo. En el nivel inferior también tenemos algunos significantes, – S1, S2… Sn – ordenados en una serie, la serie de significantes del saber inconsciente. Esta es la serie inconsciente de significantes de la historia del sujeto que están también en su sueño: un auto, un padre, un pasajero desconocido, tal vez una deuda imposible de pagar a ese padre… De hecho, esta serie de significantes ya estaban reducidos, en el nivel superior, condensados en un único enlace, el enlace de la transferencia. Pero como resultado del encuentro real con el analista, esta serie adquiere un significado, un nuevo significado: el auto no es un auto, el auto es un taxi con un conductor de taxi que es también un padre. ¿Y dónde está el sujeto?

El sujeto, señala Lacan, es esa pequeña “s”, – “le signifié” en francés -, el significado que suponemos al saber inconsciente, el significado que estaba “en souffrance”, en espera, como el pasajero desconocido en la transferencia, el significado que sólo aparecerá en el encuentro real con el analista. El analista es sólo un Sujeto Supuesto Saber, pero él (o ella) también es el único sujeto que tiene lugar en la transferencia. Es decir: en la relación transferencial hay un solo sujeto, supuesto a la cadena significante, y un objeto, que el analista debe soportar en esta relación. Es decir, no hay intersubjetividad, como se muestra en el hermoso cartel que anuncia estas Jornadas de estudio clínico: el hombre y la mujer, no están hablando el uno al otro, “entre” ellos, sino con un objeto donde el sujeto puede suponerse.

Ahora podemos plantear una última pregunta: ¿quién es el analista real, el analista que es imposible de representar en el auto del síntoma, el síntoma que lleva cada sujeto a un analista? Tal vez encontremos algunas respuestas en los trabajos que se presentarán en estas Jornadas de Estudio Clínicos. En cualquier caso, hay que tener en cuenta esta paradoja: la transferencia es el pasajero desconocido del psicoanálisis mismo, y el destino del psicoanálisis es el destino de este pasajero desconocido en cada tratamiento psicoanalítico que conducimos.

* Agradezco a Howard Rouse por su corrección de este texto. Traducción al castellano: Nicolás Bousoño. Versión no revisada por el autor. NOTAS

1. Lacan, J. “La dirección de la cura y los principios de su poder” en Escritos 2, Siglo XXI, Bs. As. Argentina, 1987. Pág. 571.

2. Doolittle, H. A Tribute to Freud: Writing on the Wall-Advent, New Directions Books, New York 1984, pág. 16. 3. (N. del T.) M.B. se refiere a la equivocidad presente en la lengua inglesa entre “yacer” y “mentir”; para ambos “To lie” es la forma del verbo en infinitivo y “lying” el gerundio. 4. Miller, J.-A. “El Otro sin Otro”, conferencia en el IX Congreso de NLS, Atenas, 19 de mayo de 2013. Disponible en: http://ampblog2006.blogspot.com.ar/2013/09/intervencion-de-jacques-alain-miller-el.html recogido el 12/10/2014. 5. Lacan, J. Seminario XV, (clase del 29/11/1967). Inédito.

También en Lacan, J. “El acto psicoanalítico”, en Otros Escritos, Paidós, Bs. As. 2012. Pág. 403: “No hay transferencia de la transferencia”. 6. Jacques Lacan, “Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la Escuela”, en Otros Escritos, Paidós, Bs. As. 2012. Pág. 266.

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