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Las paradojas de la Transferencia: primera parte

Por Miquel Bassols
Publicado en Lectura Lacaniana: 10 mayo, 2015

Si definimos una paradoja como un dicho que aparentemente se contradice y aún así podría ser cierto, entonces el concepto de transferencia es el mejor ejemplo de esto en el campo de la experiencia psicoanalítica*. La transferencia es a la vez la condición de esta experiencia, y también el obstáculo más difícil de superar.

A veces es la razón más evidente para la curación del sujeto, la causa de efectos terapéuticos espontáneos, sobre todo si el analista no interfiere con ellos o los bloquea. A veces, sin embargo, también es la razón para que el sujeto permanezca ligado a los beneficios secundarios del síntoma, de acuerdo a ese fenómeno que Freud detectó tempranamente como “reacción terapéutica negativa”. De hecho, cualquier práctica en el amplio campo de la terapéutica reconoce esta circunstancia que el psicoanálisis interpreta de acuerdo a los diversos efectos de la transferencia.

Cuando los médicos observan que hay gran cantidad de efectos terapéuticos debido al fenómeno placebo, o debido a la respuesta o la mera presencia de un profesional, verifican – incluso sin saberlo – los efectos de la transferencia sobre el sujeto. También verifican estos efectos, por otra parte, cuando se quejan por la falta de colaboración o por la reacción negativa del sujeto al tratamiento. El problema consiste en la atribución de esos efectos a una distorsión, o incluso una falsificación, de los efectos correctos, calculados, del tratamiento. Los efectos de la transferencia, incluso en lo que nosotros consideramos como sugestión, a menudo ocurren en silencio, en secreto, pero a la vista de todos. La primera paradoja de la transferencia, por lo tanto, es que actúa y trabaja en la clínica como ese objeto misterioso descrito en el cuento de Edgar Allan Poe “La carta robada”, comentado por Jacques Lacan en uno de sus primeros seminarios. La transferencia es un objeto oculto que está, al mismo tiempo, a la vista de todos; un objeto que actúa y trabaja como un significante de lo que no sabemos el significado, y que secretamente determina el destino de cada uno de los personajes.

La transferencia es la carta robada que determina una amplia gama de efectos en la clínica cotidiana. El mérito de haber descubierto esta carta robada en la clínica, de haber descubierto el poder y el mecanismo del fenómeno de transferencia y de haberlo recortado como un concepto operativo en los orígenes del psicoanálisis, claramente le corresponde a Sigmund Freud. Fue Freud también quien iluminó la secreta relación entre la transferencia y el inconsciente. El término freudiano para transferencia es Übertragung, que también significa traducción, transcripción, desplazamiento de un punto a otro. El fenómeno de transferencia fue considerado inicialmente como la repetición de una relación original, una especie de transcripción o traducción de un texto original. Sin embargo, la pregunta acerca de lo que se repite en la transferencia no se responde tan fácilmente como pensaron los analistas post-freudianos. Ellos redujeron la transferencia a la simple repetición de una relación de objeto originaria, por lo general la relación madre-hijo, que debía entonces ser recordada e incluso corregida en el análisis. En primer lugar, esta repetición tendría que ser interpretada como tal al sujeto. Lacan criticó esta concepción de la transferencia como una reducción simplista.

De hecho, en su texto “Psicoterapia de la histeria”, Freud habla de la transferencia como un “falso enlace” entre el paciente y el médico. Es un falso enlace debido a una representación inconsciente que está ligada, a su vez, no a un objeto sino a un deseo, un deseo insatisfecho, un deseo que ya existía antes de que alguna relación de objeto fuera concebida. La transferencia como falso enlace al analista nos dice, por lo tanto, acerca de la verdad de un deseo inconsciente. Podemos ver una nueva paradoja: por un lado, un falso enlace; por otro, un verdadero deseo. El problema no es el supuesto objeto que estaría en la relación originaria, que el fenómeno transferencial repite. El asunto es la traducción, el desplazamiento de un deseo insatisfecho, un deseo que es siempre ya una traducción, un desplazamiento en sí mismo. Es decir: no hay texto original de la carta robada de la transferencia. El original es ya una traducción, una transcripción de un texto perdido, una pérdida que es el deseo mismo, el deseo causado por la falta de objeto. Si Freud puede concebir la transferencia como un “falso enlace” no es porque haya un objeto originario o verdadero del deseo, sino porque la transferencia es siempre la pregunta acerca del deseo del Otro. No hay un “verdadero enlace” entre el sujeto y el Otro, sino siempre un “proton pseudos”, una mentira original en el origen del deseo, tal como las histéricas enseñaron a Freud. Este “falso enlace”, entonces, estará siempre en el centro de la cuestión del deseo. Y este es el momento en que la transferencia emerge como un fenómeno en el tratamiento, por lo general como la pregunta por el deseo del Otro. El analista es quien puede asumir esta pregunta que constituirá un nudo en la relación del sujeto, no a un objeto originario, sino al propio inconsciente.

Voy a dar un breve ejemplo de esto – de la transferencia como la interrogación por deseo del Otro, una interrogación que no puede ser reducida ni explicada como una simple repetición de una relación de objeto inicial. La primera vez que un joven viene a verme, dice que ha soñado conmigo la noche previa al llamado para concertar la entrevista. Él no sabía nada de mí, excepto mi nombre. En su sueño, me lleva en su automóvil. Voy en el asiento trasero. Él no puede ver mi cara, una cara que no conoce y que trata de descubrir en el espejo retrovisor. Hay un momento de angustia en el sueño cuando se da cuenta de que el otro puede verlo, pero que él no puede ver al otro. ¿Qué soy en el deseo del Otro? – esta es la pregunta que se convierte en una cuestión central tanto en su vida como en su análisis, como lo es, por otra parte, en todos los casos. Él sabe dónde va a, al consultorio del analista, pero no sabe de dónde viene. En el preciso momento en que me está diciendo esto, en nuestra primera cita y antes de cualquier intervención de mi parte, se da cuenta de lo siguiente: el problema que le ha traído al analista es un conflicto con su padre, un padre que era… taxista.

En ese punto, acuerdo con una intervención breve y enfática: – “¡Aja!” – “Sabe, – agrega, citando a su padre – nunca se puede saber quien se está conduciendo en el auto”. Y tiene razón, sobre todo cuando la persona que está llevando en el coche es la persona a quien le dirá las cosas más secretas de su vida, la persona a la que normalmente tiene en el asiento trasero cuando se recuesta en el diván. Pero aquí también tenemos la paradoja de la transferencia: en su sueño va al analista conduciendo al analista mismo. Y no sólo esto ya que, además, ahora está diciendo su sueño a un analista con quien se encuentra por primera vez.

Hay, por lo tanto, al menos tres analistas en esta breve historia: 1) el analista que el sujeto lleva en su auto, la persona que no puede ver; 2) el analista a quien va a ver y de quien sólo sabe el nombre; y 3) el analista como la persona real a quien le está diciendo todo esto en la primera entrevista. Vale la pena subrayar otro hecho que constituye el punto de inflexión de este relato. La presencia real del analista fue necesaria para abrir la pregunta sobre el deseo del Otro que estaba incluida en el sueño. El encuentro real con un analista era necesario, como también fue necesario el acto de habla, la palabra dirigida al Otro, este acto real que es imposible predecir, imposible repetir. Es en este acto de habla que el sujeto advierte la relación entre su sueño y el interrogante sobre el deseo de su padre, que lo llevó a la analista. En cualquier caso, como lo postula Lacan, la transferencia está al principio del psicoanálisis. Esto es cierto en un sentido histórico: el encuentro entre el sujeto histérico y Freud, la transferencia dirigida a la persona de Freud por el sujeto histérico, está en los orígenes del psicoanálisis. Pero también es cierto en un sentido estructural: la transferencia está al principio de cada psicoanálisis; cada sujeto llega, de cierto modo, con el psicoanalista en su auto, incluso si él no lo sabe. Lacan dice en alguna parte que el asunto es saber dónde estaba ya el analista en la imagen que el sujeto trae consigo al primer encuentro con el analista.

En la breve viñeta que les he contado, esta cuestión es muy clara, pero precisamente porque es muy clara se plantea la cuestión aún más agudamente: ¿Dónde está el analista real? ¿Cuál de las tres figuras del analista que hemos señalado es el analista más real en el sentido lacaniano? Voy a responder de la siguiente manera: ninguna de ellas tomada de a una, sino todas ellas tomadas como el nudo que forman en el acto de habla de la primera entrevista. Si la presencia real del analista está garantizada por la persona que ha escuchado al sujeto en esa primera entrevista, si el analista real es soportado por la persona que ha recibido el mensaje inconsciente del sujeto y ha confirmado la verdad de ese mensaje – el mensaje que vincula el sueño con la cuestión por el deseo paterno – si esta presencia real puede ser garantizada por alguien, es porque previamente hubo una persona en el asiento trasero del auto y porque ese auto va a alguna parte, aunque ni el conductor ni el pasajero, por el momento, sepan adonde. Es decir que la transferencia es un nudo formado por tres registros: 1) el Otro simbólico, el Gran Otro, el lugar simbólico de la palabra y el lenguaje que está supuesto en el sueño del sujeto y en el acto de habla de la primera entrevista; 2) el otro imaginario que el sujeto concibe como su interlocutor en la realidad de esta entrevista, 3) el Otro reducido a lo real, el Otro que el sujeto no puede ver en su espejo retrovisor ni imaginar cuando va al consultorio del analista por primera vez.

Desde esta perspectiva, la transferencia y sus paradojas son algo más complejo que la simple repetición de la relación de objeto originaria a la que los analistas post-freudianos la habían reducido. Esta reducción fue siempre acompañada por una concepción de la transferencia como una relación dual entre el paciente y el analista, una relación dual en la que la resistencia a las interpretaciones y las intervenciones del analista fueron entendidas como el fenómeno más importante en una relación no empática. Por otro lado, el poder de la transferencia era imposible de distinguir de la mera acción de la sugestión como consecuencia de la abrumadora presencia de esa misma relación empática. Hay que decir que la concepción general de la denominada “alianza terapéutica” en las terapias cognitivo-conductuales de nuestros días no va mucho más allá de este reduccionismo.

Cuando Lacan comienza su crítica de esta concepción reduccionista en la década de 1950, muestra la complejidad del fenómeno transferencial señalando los tres registros que hemos subrayado -el simbólico, el imaginario y el real- los mismos tres registros que están implicados en su estructura. La interpretación psicoanalítica depende de esta estructura de la transferencia, entendida como un nudo. Citemos dos breves párrafos de texto de Lacan de 1958 “La dirección de la cura y los principios de su poder”, donde plantea esta dependencia de la siguiente manera: “Resumamos. Si el analista sólo tuviese que vérselas con las resistencias lo pensaría dos veces antes de hacer una interpretación, como en efecto es su caso, pero estaría a mano después de esa prudencia. ‘Sólo que esa interpretación, si él la da, va a ser recibida como proveniente de la persona que la transferencia supone que es. ¿Aceptará aprovecharse de ese error sobre la persona? La moral del análisis no lo contradice, a condición de que interprete ese efecto, a falta de lo cual el análisis se quedaría en una sugestión grosera”. [1]

. PUna interpretación es recibida como viniendo de la persona que la transferencia le imputa ser al analista. Veremos en breve que esta imputación es, en primer lugar una suposición, una suposición de saber. Se trata de un “error sobre quién es él”. En francés, Lacan escribe “erreur sur la personne”, literalmente un “error acerca de la persona”. Es el “falso enlace” de transferencia que Freud había señalado, y que hace necesario distinguir el registro simbólico del imaginario.

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