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La ley de la ferocidad

Publicado en Lectura Lacaniana: 1 septiembre, 2014

“Y buscaba de dónde viene el mal, y lo buscaba mal, y no veía el mal que había en mi propia búsqueda”.

San Agustín, Confesiones

 

En “La ley de la ferocidad” Pablo Ramos nos adentra en una novela que bascula entre la realidad de un padre y el padre que el protagonista se inventa. Este protagonista es Gabriel, quien nos cuenta acerca de lo que ha sido un padre para él, y lo que cuenta en lo que vive no es el hombre que lo escribe, pero va a transformarse en él cuando decida escribir, por el hecho de escribir. Un escribir sin saber que aquello que es escrito se cuela por los trazos que surcan al escritor, torneándolo como tal, un escritor no sabido.

La muerte de su padre, dos noches en la sala velatoria adornada de reproches y de un cuerpo al que él llamará “eso”, la no vida de un padre. Un padre poseído por la ferocidad, en donde el beber vino era una chance para enajenarse de sus hijos y olvidarlos por completo. Gabriel  no recuerda ser mirado por su padre. Recuerda un padre distante, caído.

El protagonista dice vivir la muerte de su padre día a día, no logrando relacionarse ni con amigos ni con mujeres, ni con conocidos,  dirá: “nada dura”, rápidamente destruye todo y se destruye a sí mismo en esa destrucción.

Es en ese derrapar vida que Gabriel consume y es consumido por drogas, sexo, alcohol y prostitutas, en sus palabras “la droga me lleva en carrera ascendente hacia el cielo del infierno, parece que esta vez me deja en el purgatorio sin escalas”. Y el protagonista sitúa con locuaz precisión el efecto buscado “convierte al yo en él. Y en eso consiste la salvación: todo le pasa a él porque uno ya no existe”.

Un hijo tomado por la ley de la ferocidad, título del presente libro que  nos da a conocer el resorte de una contradicción, pues la ley en cuanto al padre es la que introduce lo simbólico tratándose del padre de los significantes. La ferocidad, por el contrario, nos revela la dimensión mortífera en Gabriel, esto es el padre del goce, podríamos decir entonces que, la ferocidad es un sin ley, no hay ley en la ferocidad más que la del goce, aquella misma que su padre hacía valer para dar rienda suelta a su lado más oscuro, el lado oscuro de un padre y el lado oscuro de un hijo identificado a un rasgo de su padre. Una frase de Gabriel evocará resonancias sobre dicha identificación: “nada se tiene más cerca que lo que se odia” y el odio, el rencor y la feroz crítica hacia este padre entronan más de la mitad de esta novela, palpitares  acompañados de la compulsión feroz por medio de la cual el protagonista es tomado y lo manifiesta de un modo muy claro: “lo que siento es la enajenación, floto en el dulce alcohol, morir y perder es una fiesta. Tan muerto de miedo como mi padre de vida (…) de ahora en más no existo, voy a intentar matar algo que me está matando, en donde la ferocidad producía una rigidez impávida de los sentidos. El odio afloraba con toda ferocidad, los demás se tornaban enemigos, competencia a la cual era viable eliminar”.

Desde una lectura lacaniana, una frase entre otras del mismo tinte, nos permite pensar la posición del neurótico obsesivo: “Como nunca me diste un consejo yo no puedo hacer nada mas que lo que se me ocurre”. Pero ¿es el padre quien debe dar consejos o es la pretensión de todo neurótico que su padre encarne a un gran Otro sin deseos y sin goce?
El obsesivo posterga el acto, lo que no le fue dado justifica su no poder, sustraído por sus razonamientos, embelesado por las deidades de su razón, dialoga consigo mismo, responde sus propias preguntas y, situado como inevitable esclavo, delegará en el Amo el cordel de sus movimientos… Observando la escena, creyendo no estar en ella, articula las redes de su consciencia hasta, que fugazmente, el inconsciente le revele cruel una hilacha.

Estragada su subjetividad, Gabriel sin embargo no logrará acallar lo inevitable a enfrentar: la muerte de su padre y, en consecuencia,  la conmoción en donde el edificio de sus sentidos sabidos comenzará a resquebrajarse, encontrando en cada grieta el sin sentido de responsabilizar a otro de su padecer, la endebles de las excusas forjadas por el capricho, la invención de un padre feroz intentando velar la propia ferocidad, entonces nace una pregunta: “¿qué puede hacer un hombre que lleva semejante huracán dentro?”

Mordido por un goce mudo y mortífero, Gabriel comienza a escribir y es de este modo como la compulsión cede y ya no se le impone. Algo dicho por su padre logra funcionar como una otra ley que la de la ferocidad, una ley propia que le permite hacer otra cosa con la pulsión, un decir que el padre sí le otorgó pero a partir del cual Gabriel no  se orientó, dice su padre: “alguna vez vas a escribir la historia de tu familia, a vos te va a interesar”, cual oráculo pues el protagonista se pregunta “¿a quien le va a interesar?” y en su propio interés radica un hacer que no pasa por el otro y que se localiza en la punta de sus dedos, el goce del uno. Dice al respecto el protagonista: “la angustia ante el inventar, sentir la imposibilidad de saber con exactitud dónde la imaginación se contamina de la memoria”.

Un recuerdo permite que a pesar de la tormenta “algo parecido al sol tibio en el horizonte” haga su despunte. Un abrazo, un regalo, un padre que intentaba habitar a su modo entre sus hijos y Gabriel se descubre, se da cuenta del origen de tal desencuentro con su padre que será su propio desencuentro con la vida misma, los límites que encuentra el que escribe respecto de lo que él considera como padre, su posición subjetiva y su demanda al Otro, insaciable hasta que la puerta de su no saber le depara otra chance.

La reconciliación con esa otra cosa que él es, el que escribe las palabras, los invita a ustedes lectores a transitar una audaz aventura en donde Pablo nos enseña, a un estilo lacaniano, que la ley de la ferocidad es aquella no ley que habita silenciosa y acuciante en cada arremetida pulsional y que, evidentemente, es posible hacer escalas hacia el cielo más allá del purgatorio.

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