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La Letra C

Por Marcela Fabiana Mas
Publicado en Lectura Lacaniana: 4 agosto, 2013

En este escrito Marcela nos lleva hacia un recorrido que, iniciado a partir de una pregunta, irá resonándole de diversos modos acerca de la letra C.

La letra C, como un jeroglífico que en sí mismo no significa nada, no tiene ningún sentido propio, pero es a partir de que el sujeto es marcado por la letra y ahí en donde la letra C es puesta en relación con otros elementos del lenguaje –el comienzo del nombre de un tío, del padre, de un amigo, de una hermana y de quien formula la pregunta- que el eco de los posibles sentidos se encadenan tornándola en un significante enigmático.

Desde las palabras, desde un ¿qué quiere decir eso?, la autora nos revela el modo en que la búsqueda del sentido al enigma se ha ido diluyendo, y aunque amenazaba con multiplicarse la resolución del enigma, no obstante, algo más allá de su voluntad la ha conducido a partir del sin-sentido de la letra C hacia la escritura.

Andrea Fernanda Amendola

 

La Letra C

No puedo evocar con precisión las características de esa mañana ni qué fue lo que le dije. Tengo la impresión de que fue una mañana soleada y tibia.
Seguramente no había llovido. Suelo no olvidar  los días de lluvia por los efectos que me produce una obstinada postura respecto de los paraguas.
De aquél día tan sólo recuerdo su pregunta: “¿le dije de la letra C?”
Estaba un tanto turbada y no comprendía. Entonces, volvió a preguntarme lo mismo.
Fue en aquel momento cuando pensé: con C empezaba el nombre de mi padre, el nombre de mi hermana, el de un tío y hasta su nombre.  Pero  la letra C, ¿qué quería decir con eso?
La letra C no podía ser alguna cosa banal. Él no hablaba de esa manera. Es cierto que tiene el gusto  por las despedidas un tanto teatrales, pero para nada insignificantes.
La letra C se me antojaba enigmática, al menos el modo que usó para decirlo me lo  pareció.
Con C empieza el nombre de  mi padre, el nombre de mi hermana, el nombre de mi tío, el nombre de mi amigo tan querido… y el nombre de él.
A pesar de lo que resultaba evidente, pues estaba escribiendo una dirección en un papelito, yo seguía pensando en una letra e incluía más y más nombres a una lista que se iniciaba de la misma manera, sin variaciones.
Una expresión que usaba con frecuencia en la infancia empezaba con otra letra, con la de otro nombre con la que nadie me llama, ni me ha llamado jamás. Su uso era censurado por mi madre, quizás porque era una expresión simplona, quizás porque implicaba una desmesura.
La letra C permite innumerables combinaciones, es cierto, pero todas las que realicé anudaban distintos nombres en mi historia.
Como en las novelas policiales, buscaba pistas en los detalles más anodinos; pero el enigma que me inventé no se resolvía y amenazaba con multiplicarse geométricamente.
Me llevó un tiempo dejar de buscarle alguna otra significación a una simple pregunta, no se abandona así nomás un pensamiento insistente…
Sin embargo, algo fuera de mi intención viene sucediendo, esta vez ya no con, sino en la “letra C.”
Aquellos nombres que engarzaban perfectamente en una trama a la que adjetivé de varias maneras, van perdiendo el calce con-sentido por mí.
Con el devenir del trabajo comencé a advertir que leo de una manera recurrente, un tanto gastada pero no obstante, resistente, aunque no siempre.
Una y otra vez, de manera silente o  con un sonido sostenido o con alguna formulación o simplemente con un gesto; en la letra C se edita una vieja novela.
Aún no he terminado el trabajo, pero lo cierto es que hay muchas cosas que se han revitalizado, como esto: escribir.

Marcela F. Mas
Bs. As. Noviembre de 2012

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