¿Qué es el cuerpo?

La invención de Frida I

Publicado en Lectura Lacaniana: 16 mayo, 2015

Antes del accidente, el cuerpo y la pintura.

Antes del accidente de Frida está el accidente de su padre, a los diecinueve años. Al poco tiempo de nacer Frida su madre muere y ésta es cuidada por una nana indígena. El trauma de una enfermedad, la poliomelitis, fue significado desde una invención fantástica que plasmó incluso en una de sus obras de arte.

Preferida de su padre por su inteligencia, éste la incitó hacia deportes y una amplia variedad de intereses, en donde la autora analiza de qué modo tal inducción consolidaba una identificación masculina que, de algún modo, resolvía así el defecto del ego.

Un accidente brutal atravesaría su cuerpo como la espada a un toro, operada treinta y dos veces, fue menester detener el movimiento de su cuerpo para lograr reconstituir las lesiones de su columna. Coccoz dará cuenta de qué modo, lo que el cuerpo biológico sufre debido a la contingencia, no obstante se diferencia, de aquella respuesta que el cuerpo que se tiene es capaz de dar subjetivamente.

Así es que adviene en la vida de Frida la pintura en espejo, la creación artística la arraiga a la vida, un “no estoy muerta” que se impone, más allá de las desavenencias amorosas que no faltaron en su vida.

 

                                                                 Andrea F. Amendola

 

La invención de Frida[1]

El cuerpo, el arte, la imposible maternidad

Vilma Coccoz

En su texto sobre Leonardo explica Freud que la Patografía no pretende hacer comprensible la obra de un gran hombre. También distingue la labor del analítico de la del biógrafo quien, cautivo de la idealización del personaje, se ve obligado a sacrificar la verdad y así renuncia a descubrir los “más atractivos secretos de la naturaleza humana.”

Anticipando las posibles críticas, advierte Freud: “En nada disminuiremos su grandeza [la de Leonardo] estudiando los sacrificios que hubo de costarle el paso de la infancia a la madurez y reuniendo los factores que imprimieron a su persona el trágico estigma del fracasado.”[2] El estudio freudiano se destinaba pues, a descifrar los fantasmas inconscientes que comandaban los síntomas, rasgos de carácter e inhibiciones del genial florentino.

Un siglo más tarde, Jacques-Alain Miller se inspira en las Vidas de Plutarco, de Vasari para escribir sobre Lacan. Esta elección se fundamenta en aquello en que se diferencian de las biografías y de “psicobiografías” derivadas del texto de Freud.

En la Antigüedad, comenta Miller, la escritura de la Vida pertenecía al registro de la ética,[3] porque en la dimensión de la Vida lo público y lo privado confluyen. En mi trabajo sobre Frida me he dejado guiar por esta orientación, intentando cernir la cualidad de su deseo, el modo particular de arreglárselas con la existencia, así como la construcción de su particular semblante femenino y la invención de su nombre como artista. Es decir, valorando el asombroso hallazgo de una solución singular, el sinthome, tal y como nos enseñó Lacan al estudiar a Joyce.

Antes del accidente

Guillermo Kahlo, el padre de Frida, se instaló en México a los 19 años, luego de verse truncada su prometedora carrera en su país de origen, Alemania, a causa de los ataques epilépticos que comenzó a sufrir como consecuencia de un accidente. Su primera mujer mexicana falleció en su segundo parto, casándose luego con Matilde Calderón, hija de un fotógrafo, quien persuadió a su esposo de dedicarse a la fotografía.[4]

Al poco de nacer Frida, su madre enfermó pasando la niña a ser cuidada y amamantada por una nana indígena[5]. A los siete años contrajo poliomielitis, por lo que le quedó una pierna más delgada. Tiene sumo interés para la conformación de su solución existencial, el modo en que reaccionó a este trauma infantil que le apartó de los entretenimientos infantiles y le valió burlas por su “pata de palo”.

Como defensa a este forzoso aislamiento recurrió a una curiosa invención fantástica: “por entonces “viví intensamente la amistad imaginaria con una niña de mi misma edad (…) Sobre uno de los cristales de la ventana echaba vaho y con el dedo dibujaba una “puerta”. Por esa “puerta” salía en mi imaginación con gran alegría y urgencia. Atravesaba todo el llano hasta llegar a una lechería que se llamaba “PINZON”. Por la “O”[6] entraba y bajaba impetuosamente al interior de la tierra, donde “mi amiga imaginaria” me esperaba siempre (…) Era ágil y bailaba. Yo la seguía y le contaba, mientras ella bailaba, mis problemas secretos”[7].

En su diario figura este pasaje como la razón de su célebre cuadro Las dos Fridas, de 1939, en el que pinta un autorretrato doble, diferenciado por los vestidos, que constituye una notable figuración de la dimensión especular del yo. Unidos ambos corazones por una misma arteria, otra sin embargo, aparece cortada con una tijera que porta la mano de la imagen izquierda, vertiendo sangre sobre el vestido blanco. La figura derecha exhibe entre sus manos un camafeo con la imagen de Diego Rivera, el nombre del amor, el nombre del estrago.

Su padre, para quien Frida era la hija preferida debido a su inteligencia, la incitó a practicar deportes, algo poco común en las niñas “respetables” de entonces. Jugaba al fútbol, boxeaba, llegó a ser campeona de natación. Esta inducción a resolver el defecto del ego con una identificación masculina se complementaba con el estímulo intelectual.

También su padre le inició en una variedad de lecturas e intereses, entre ellos la pintura, le enseñó a usar la cámara, llevándola consigo en su excursiones fotográficas en las que ella le socorría en caso de que él sufriera un ataque. Al no tener hermanos varones “asumió la posición del hijo más prometedor, que según la tradición, se prepararía para ejercer una profesión”[8] En 1922 Frida fue una de las pocas jovencitas que consiguió entrar en la Escuela Nacional Preparatoria, la mejor institución docente de su país. Eligió un programa de estudios que le permitiría pasar a la Facultad de Medicina.

Enseguida destacó por la independencia de criterios, su irreverencia, su destreza en los juegos de palabras y su acerado humor. Hizo amistad con una pandilla formada sobretodo por muchachos (Los cachuchas), la mayoría de los cuales se darían a conocer años después, como destacados vanguardistas en diferentes ámbitos culturales.

El accidente

Estremece saber el accidente que cambiaría el rumbo de su vida se produjo cuando contaba con la misma edad en que una caída truncó el de su padre. Espantosa contingencia. Viajaba junto a su novio Alejandro Gómez Arias en un autobús urbano, “el choque nos botó hacia delante y a mí el pasamanos me atravesó como la espada a un toro. Un hombre me vio con una tremenda hemorragia, me cargó y me puso en una mesa de billar hasta que me recogió la Cruz Roja”[9]

La vida de Frida, desde 1925 en adelante consistió en una dura batalla contra la progresiva decadencia física derivada de este accidente brutal y de los tratamientos que recibió para paliar sus secuelas. Fue sometida a 32 operaciones quirúrgicas, la mayoría en la columna vertebral y el pie derecho. No pudo llevar a término ninguno de sus deseados embarazos. Y así como después de la polio se impuso el movimiento con el fin de curarse, después del accidente tuvo que aprender a mantenerse quieta para intentar recomponer su columna echa añicos.

 

El cuerpo, la pintura

Postrada durante casi un año, inmovilizada y doliente, le pidió a su padre que le prestara su caja de pinturas para “hacer algo” porque se aburría. Su madre diseñó un caballete que fue sujetado a una especie de baldaquino porque Frida no podía mantenerse sentada. Un espejo situado en la parte superior recogía su imagen en todo momento.

Así comenzó a escrutarse y a componer su rostro, su máscara, su autocreación, que daría lugar a su pintura-espejo[10], el pasaje de lo imaginario a la escritura de lo real que supone la creación artística. En esas condiciones extremas la más famosa pintora de su imagen de todos los tiempos pintó su primer autorretrato, en 1926, para su novio, a quien dedicaba unas conmovedoras cartas, súplicas de amor.

Relataba los suplicios infernales manifestando una fuerza y una vitalidad fuera de lo común, un espíritu firme que no se rindió ante la adversidad, sin perder su sentido del humor. Pero el novio se alejaría de ella a instancias de su familia.

Según sus palabras, fue a través de estas experiencias como pudo acceder, en un rapto de lucidez, “…al conocimiento de repente, como si un rayo dilucidara la Tierra…”[11] Frente a estas desgraciadas contingencias, Frida decide vivir: “No estoy muerta, y además, tengo una razón para vivir. Esta razón es la pintura”[12].

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Print Friendly

Deja un comentario