Salud Mental&Locura

La hora de los gozos y las cobardías

Por José María Alvarez
Publicado en Lectura Lacaniana: 5 noviembre, 2013

José María Álvarez (León 1960), es psicoanalista, miembro de la Asociación Mundial  de Psicoanálisis (APM), Doctor en  Psicología y Especialista en Psicología Clínica en el Hospital Psiquiátrico Dr. Villacian de Valladolid, ciudad en la que ejerce la clínica y la docencia.
Destacan, entre sus publicaciones, La invención de las enfermedades mentales (1999) y Estudios sobre la Psicosis (2006).

El diagnóstico de depresión tan “en boga” en la actualidad, ¿a que se debe?  Se pregunta  José M. Álvarez,  ¿es por la exigente realidad o por el avance de los laboratorios, del discurso médico? Califica de “transgresión ética” al sobre diagnostico de depresión, a un estado del alma humana como es la tristeza o dolor moral. Si se está triste, se está enfermo. Es la tendencia actual de convertir en enfermedades a los distintos estados de ánimo, los sentimientos.

 En una entrevista Álvarez dirá  “Ha triunfado la depresión porque han triunfado los medicamentos”. Va a ser categórico al afirmar que la noción de «enfermedad» es indisoluble de la creación de sujetos irresponsables que se regodean en la incapacidad y no se implican en su sufrimiento renunciando así a su deseo.

Florencia Vidal Domínguez.

 

 

Los aullidos descarnados de la locura, el delirio y la paranoia, el estruendo polifónico del automatismo mental y la esquizofrenia, incluso las palabras retadoras de la histeria, han terminado por silenciarse para dar paso al coro de musitaciones monótonas que componen los quejidos con los que tiene a gala presentarse hoy en día el deprimido: «No puedo trabajar porque estoy deprimido»; «Me he separado por la depresión»; y más lamentable aún: «Me deprimo porque soy depresivo».

Como en otros muchos ámbitos, también en el nuestro cabe preguntarse si esta depresión tan en boga es el resultado natural que adquiere el «Pathos» del hombre moderno al enfrentarse con los apremios que entraña nuestra exigente realidad, o más bien el terreno fecundo que ha sido abonado por el descubrimiento de las moléculas antidepresivas y por el discurso médico que se empeña en sitiar y conquistar cualquier disarmonía de la vida del alma. Sea como fuere, nosotros, los clínicos, no podemos cerrar los ojos ante tamaña transgresión ética mediante la cual se pretende convertir el tradicional douleur morale y la tristeza –ese afecto normal que nos acompaña como nuestra sombra por el hecho de ser humanos– en esa enfermedad omnipresente llamada «depresión». De proceder así con todos los afectos molestos, con todos los síntomas llamativos, con todas las incapacidades para ser una persona de provecho, terminaríamos por regresar a aquel período deplorable de la clínica mental en el que cada síntoma era elevado al rango de enfermedad.

Pero más relevante aún que este potencial dislate nosográfico es el hecho, perverso en sí mismo, de conceptuar de «enfermedad» eso que surge secundariamente como afectación en el estado de ánimo causado por una pérdida relativa del objeto, por una herida o una simple mácula narcisista a la que el sujeto se aferra para componer la melodía de su decrépito lamento e instalarse en los gozos de su incapacidad. Porque se quiera o no, se conozca o se ignore, la noción de «enfermedad» es indisoluble de la «irresponsabilidad» subjetiva.

Así, partiendo de esa tristeza calificada por Spinoza de «falta moral» y por Lacan en Televisión de lâcheté morale («cobardía moral») hemos llegado, guiados por los cantos de sirena de las ciencias biológicas, hasta la patología contemporánea por excelencia: la depresión, es decir, esa nueva modalidad de regodearse en la incapacidad, la irresponsabilidad y la cobardía basada en la renuncia al deseo en favor de esos gozos cuyos modernos tratamientos no hacen más que consolidar y expandir.

José María Álvarez

 

 

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