Salud Mental&Locura

La confesión de la culpa ¿vacuna contra lo que se goza en la corrupción?

Por Andrea F. Amendola
Publicado en Lectura Lacaniana: 11 diciembre, 2014

En la entrevista “Nada bueno hay que esperar de los intentos de restauración de la figura de un padre” , Miquel Bassols, despeja la condición de estructura entre la corrupción y el sentimiento de culpa, y diferencia (esa condición) en las tradiciones católicas, protestantes y shintoistas. Puntúa que la corrupción siempre va acompañada por un secreto sentimiento de culpa más allá del goce del uno, a diferencia de cómo se lo imagina en el común colectivo como alguien que goza sin culpa. Sitúa cómo la tradición católica de la confesión de los pecados y de su posterior absolución propicia la impunidad del goce más allá del espacio circunscripto a lo religioso, pues la confesión también es notable en el ámbito de lo público.

En nuestra modernidad comunicar las faltas y los desaciertos abiertamente parecería queda bien, adviniendo la confesión a desfilar en la escena del reality show. La palabra confesión se originó en el vocablo latino “confessĭonis” y puede definirse como una declaración voluntaria, o por efecto de una presión física o moral, donde la persona expone la autoría o participación en un hecho ilícito, un pecado o una falta moral. Ejemplos: “El asesino confesó su crimen”, “María le confesó a su novio que lo engañó con su primo” o “El alumno confesó que aprobó el examen copiándose del compañero”. En la antigüedad, la prueba de confesión era determinante en los procesos judiciales.

En la Antigua Roma, quien confesaba, en especial si lo hacía bajo tormentos, admitiendo los cargos, se convertía en indiscutible autor de lo que hubiere confesado. En la actualidad, la confesión hace plena prueba en los procesos civiles, pero en los penales es necesario, por razones de interés superior que hacen al bien común, verificar que lo confesado coincida con lo que realmente ocurrió, ya que alguien puede confesar un asesinato o un robo con el fin de proteger a un pariente, cónyuge o amigo. Además existe un principio de raigambre constitucional que impide que se obligue a alguien a realizar una confesión, ya que nadie tiene la obligación de hacer una declaración que vaya en contra de sus propios intereses.

“Confesiones” es también un texto, compuesto de trece libros, escrito por San agustín donde relata los pecados de su juventud y el abrazo de la fe religiosa católica. En el catolicismo, la confesión es parte del sacramento de la penitencia. Permite obtener el perdón de los pecados mortales, donde el penitente se arrepiente en forma sincera de sus malas acciones, especialmente las graves, ante el confesor, que mantiene en secreto el contenido de la exposición. Luego debe cumplirse la penitencia impuesta y el sacerdote si cree en la sinceridad del arrepentimiento, lo absuelve.

Dice Michel Foucault en “Obrar mal, decir la verdad” que la confesión es un acto verbal mediante el cual el sujeto plantea una afirmación sobre lo que él mismo es, se compromete con esa verdad, se pone en una relación de dependencia con respecto a otro y modifica a la vez la relación que tiene consigo mismo. Asimismo, sitúa la relación entre poder y confesión, dice “primero, la confesión recuerda y reinstaura el pacto implícito sobre el cual se funda la soberanía de la institución que juzga. Segundo, la confesión constituye una especie de contrato de verdad que permite a quien juzga saber con un saber indubitable. Tercero y último, la confesión constituye un compromiso punitivo que da sentido a la sanción impuesta”. De este modo ubica cómo la confesión del culpable se convirtió en una necesidad “fundamental” del sistema punitivo en general pues disipa las incertidumbres y permite obtener información sobre lo fragmentario de los conocimientos.

Por otro lado, la tradición shintoista parece preferir el suicidio a la confesión o a la impunidad del goce, tradición que se va desdibujando por la filosa expandida de la globalización.

De esta manera, asistimos según Bassols a una feroz segregación interna y a un aumento de las críticas a la corrupción generalizada, en donde “la igualdad forzada por un lado retorna como diferencia segregada por el otro”. Finalmente, sostiene que el psicoanálisis al proponer una ética del deseo con la consecuente pérdida de goce, se tornaría así en una eficaz vacuna contra la corrupción.

Ahora bien, nos preguntamos si ¿puede el animal parlante vacunarse contra un goce “non decet”, no conveniente, que no es decente? Dice Miller en “Cosas de finura en psicoanálisis XVIII”: “Es por eso que su confesión en general encuentra obstáculos: no podríamos escribir el capítulo de la confesión del goce en psicoanálisis –la palabra confesión misma lo implica – sin poner en la lista todo lo que produce allí obstáculo.

Es bien conocido para el fantasma, Freud señalaba cómo hay que esperar la confesión de ese escenario del fantasma como imaginario para gozar, no es el fantasma fundamental, es el fantasma como instrumento, como medio de gozar. He recogido dos confesiones que el sujeto se torturaba para sacar, negociando con, ¿que?, ¿la conciencia moral? no lo sé, negociando con una mordaza infernal, para largarme algo que hubiera querido ahorrarme y que hizo que me venga a los labios un ¡pero todo eso es muy romántico! En tanto que el sujeto retrocedía frente al horror, la trasgresión. Es allí que podemos medir que, cualquiera sea este goce, no es decente. Sin embargo no inventamos verdaderamente nada extraordinario en ese registro, todos los horrores que ustedes hacen ya fueron hechos (risas). Hay algunos que son pasibles de castigo ante los tribunales, es un hecho, esos son por otra parte los que se dicen más fácilmente –cuando un sujeto no tiene decencia es otra cosa, eso existe también–. Pero por regla general la decencia está allí.

El goce se presenta ante todo en la experiencia analítica por el sesgo de la fijación sin eso, son sólo pequeños placeres, si puedo decirlo. Es verdaderamente en la fijación donde se reconoce el goce, es decir: siempre se vuelve allí”.

De este modo, podemos decir desde una lectura lacaniana que, si bien la pérdida de goce puede permitirle a un sujeto que la corrupción pierda sentido, no obstante, se tratará de intervenir sobre esa “mordaza infernal” que hace de piedra a la palabra y cuya vacuna aún quizás esté en experimentación.

 

 

 

Bibliografía:

Bassols, Miquel “Nada bueno hay que esperar de los intentos de restauración de la figura de un padre”, entrevista telam, 26-02-2014, por Pablo Chacón.

Foucault, M.: “Obrar mal, decir la verdad”, siglo XXI,

Miller, Jaques A.: “Cosas de finura en psicoanáisis XVIII”.

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