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La Comédie-Française: “El juego del amor y el azar” de Marivaux

Publicado en Lectura Lacaniana: 14 octubre, 2013

 

 

Más de 300 años dedicados a una de las artes más convocantes y reveladoras de la condición humana, la Comédie-Française, cuya primera gira oficial en la Argentina se remonta al año 1939, aunque previamente camaradas de la compañía ya habían pisado escenarios argentinos. Esta troupe volvió a presentarse en 1952, 1977, 1981, 1986 y 2000, siendo nuestro país uno de los más visitados.
Esta compañía es el primer y único teatro nacional de Francia y está directamente subvencionado por el Estado. Es también uno de los pocos que cuentan con su propia compañía de actores. Rica con tres siglos de historia, ella vive gracias a su amplio repertorio de dramaturgos clásicos y contemporáneos, franceses y del extranjero. En ella trabajan más de cuatrocientas personas. La cortina del teatro principal, situado en el corazón de París, en el Palais Royal, se eleva cada noche con un espectáculo diferente. El dramaturgo más conocido asociado con la Comédie-Française es Molière. Está considerado el patrón de los actores franceses; sin embargo, murió siete años antes de la inauguración de La Comédie-Française. La calidad de las producciones de la Comédie y la alta preparación de sus actores la hacen una institución muy respetada en todo el mundo. La historia de la Comédie-Française es larga, y el ser un teatro público, y además de alto prestigio, hace que sea muy valorada entre los franceses.
La Comédie-Française fue fundada por un decreto de Luis XIV el 24 de agosto de 1680 para unir a las dos compañías de teatro parisinas de aquel tiempo; la del Hotel Guenegaud, y la del Hotel de Bourgogne. El repertorio de la época consistía en una colección de obras teatrales de Moliere y de Jean Racine, así como unas pocas obras de Pierre Corneille, Paul Scarron y Jean Rotrou.
El 3 de setiembre de 1793, durante la revolución francesa, la Comédie-Française permaneció cerrada por orden del Comité de Seguridad Pública y los actores fueron encarcelados. El 31 de mayo de 1799, el nuevo gobierno abrió la Salle Richelieu y permitió a los actores resucitar la compañía. La misma, tiene en la actualidad un repertorio de 3000 obras y tres teatros en París; Salle Richelieu, junto al Palais Royal; el Théatre du Vieux Colombier y el Studio Theatre.

De este modo, en su paso cálido por Buenos Aires, La Comédie-Française tiene el agrado de deleitarnos presentando "El juego del amor y el azar", una comedia de enredos en tres actos escrita por el novelista y dramaturgo Pierre Marivaux. Puesta en escena por el búlgaro Galin Stoev, en esta ocasión nos invita a viajar a través del tiempo pues se trata de la compañía de teatro más antigua de todos los continentes.

El juego del amor y del azar (en francés, Le jeu de l’amour et du hazard), escrita en 1730, trata de dos hombres de la alta sociedad que se ponen de acuerdo para casar a sus hijos Silvia y Dorante, siempre y cuando ellos lo deseen. Los jóvenes aceptan conocerse pero, por su cuenta, ambos piden a sus padres que les concedan un favor: que les permitan hacerse pasar por sus criados para poder conocer las cualidades y defectos de su pretendiente sin estar tan expuestos a la presión de gustarse. Así, sin que uno sospeche del plan del otro, Silvia intercambia vestidos con su sirvienta Lisette y Dorante hace lo propio con Arlequín, su criado. Luego de varios enredos, que el padre y el hermano de Silvia, cómplices, disfrutarán en secreto, las parejas caerán en sus propias redes y deberán hacerse cargo de las consecuencias.
La obra nos trae los valores de la época, los escollos subjetivos que ocasionaba el amar a alguien de una clase social o rango inferior al propio. Las convenciones se ven astilladas por el azar, surge lo imprevisto y la libertad a través del disfraz. Silvia, sin saber que Arlequín es Dorante, se resiste ante las declaraciones que el joven le proclama sin saber ni el uno ni el otro quien es quien. Silvia intenta reprimir sus sentimientos hacia el criado que la circunda con el haz cautivante de sus nobles palabras.

Afligido y desesperado, Dorante simulando ser Arlequín en un rapto de aliento aletargado le revela a Silvia su secreto, cae el disfraz y la máscara pierde sentido ante la pujanza de un deseo que se esculpe hacia su amada. Regocijada y espectante, Silvia tratará de asegurarse un saber: si es capaz o no Dorante de renunciar a lo que su padre juzgue ante tal enredo entre el noble caballero y la criada, renunciar al poder por amor y desde allí, amarla con su falta. Sólo el pedido de su mano será la prueba de amor que la dama anhela, ser amada más allá de las clases, más allá de lo que el otro juzgue, más allá del deber la dama se dirige a la matriz del mismísimo deseo de Dorante y es, en la confirmación de un amor que trasciende las formas y las estriadas convenciones, que Silvia irá al encuentro de su amado, sin disfraces ni velos ornamentados.

Esta impecable y divertida pieza, nos permite evocar aquella frase de Jacques Lacan que reza: "Amar es dar lo que no se tiene a aquel que no lo es". Caídas las bambalinas, desechados los disfraces, emerge una estrategia frente a la falta y es con la falta que se ama. Confundidos entre los ropajes del amor, deshojando el laberinto de sinuosas palabras, será la prueba tendida al amado quizás, una estrategia que le permita a esta dama inventarse otra forma de amar.

Porque en los juegos del amor siempre merodean, insinuados… los matices de un disfraz.

 

 

 

 

 

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