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“Juntos… pero no tanto”

Publicado en Lectura Lacaniana: 12 abril, 2015

“Juntos… pero no tanto”, es una comedia romántica protagonizada por Michael Douglas y Diane Keaton. Oren Little, interpretado por Michael Douglas, es un veterano agente de bienes raíces, con muy mal carácter y poca paciencia, el cual quiere hacer su última venta, la de una casa muy particular, y vivir su retiro en paz.

Esa casa es aquella en donde vivió durante años con su difunta esposa y con su hijo, paradójicamente, los compradores nunca logran acercarse al alto costo que Oren le ha impuesto al inmueble. Algo se representa allí, de un otro valor, que el protagonista no logra dejar ir, como si de algún modo pudiese postergar el paso del tiempo y, con él, perderse la oportunidad de vivir la vida más allá del pasado amoroso al cual permanece aferrado. Pasa su tiempo en el edificio de cuatro departamentos que posee junto a la orilla –“Little Shangri-La”- rodeado de vecinos, quienes han formado una comunidad muy unida y a quienes él trata de evitar la mayoría de las veces, cuando no está despotricando por lo ruidosos que son los niños o siendo blanco de las críticas por acaparar la entrada para los autos con su Mercedes Benz.

Diane Keaton, interpreta a Leah, una vecina que llega al vecindario y, la cual, sufrirá los desaires de Oren como el resto de los vecinos, insiste en invitarlo a sus happy hour de mojito a pesar de su malhumor, pero él la rechaza y se jacta de compararla con las casas “tan viejas” que vende como ella. Esto será así tan sólo por un tiempo, dado que todo cambia cuando, inesperadamente, Oren descubre que tiene que cuidar de su nieta Sarah, de diez años de edad, de la cual, no sabía que existía, porque su hijo debe cumplir una pequeña condena en prisión, por algo que no cometió y la madre de la niña es incapaz de hacerse cargo de la pequeña por problemas de adicción a las drogas.

Cascarrabias y mal vecino, en el señor Little, las palabras están acorazadas de odio e ironía. Rechaza hacer lazo y rechaza todo aquello que lo haga sentir en falta. “Puedo hacer llorar a quien quiera” es una frase que Oren esboza con sarcasmo, pero que, sin embargo, irá tomando otro sentido hacia el final de la película. Leah, insistente y decidida, comenzará a ofrecerle ayuda a Oren para cuidar a Sarah, quien no tiene idea de cómo relacionarse con su nieta. A regañadientes, irá aceptando algunos consejos y favores que Leah le brinde, generándose algo en común entre ambos, esto es, el deseo de que Sarah no extrañe en demasía a su padre mientras se resuelve el proceso judicial.

Su vecina es quien, de a poco, introduce a Oren en el amor, de modo que el cariño comenzará a desplegarse y, tal es así, que este señor cascarrabias, insensible y cruel, comenzará a pensar en alguien más allá de sí mismo. Además de Sarah, además de su hijo, Oren comenzará a ser permeable a la palabra de Leah, tomándola en cuenta a tal punto de interesarse en ayudarla respecto de su aficción por el canto, a partir de escucharla. Los personajes secundarios funcionan apoyando a los protagonistas y desaparecen en el momento justo, como la exquisita Frances Sternhagen, su compañera de inmobiliaria, con la única que Oren se lleva bien, porque tienen una larga historia juntos y por el hecho de que ella puede ser tan sarcástica y mordaz como él aun cuando él está más irónico que nunca. “Juntos… pero no tanto”, es un título que nos permite pensar en términos psicoanalíticos, la no relación que existe entre el goce y el Otro, entre el hombre y la mujer, poniendo en evidencia que el lazo entre los elementos es inexistente y, a la vez, indicando que el modo paradojal de enlazarse con el Otro es siempre sintomático, en el “no tanto”. Finalmente, Oren comienza a amar.

Desde una lectura lacaniana, es oportuna una cita de Jacques Alain Miller quien dice al respecto: “Para amar, hay que confesar su falta, y reconocer que se necesita al otro, que le falta. Aquellos que creen estar completos solos, o quieren estarlo, no saben amar”.*

En este film podemos situar cómo Oren confiesa su falta, en donde amar para el hombre implica ceder su posición viril, y si no ama desde su falta, desde esa posición femenina, que no se confunde con ser femenino, es que aún no ha asumido su castración, su dependencia de aquella a la que ama, pudiendo gozar con eso. Un film que nos permite ver cómo va cayendo el odio desplegado hacia el objeto amado, armadura de defensa fálica innecesaria, cuando de amor se trata.

*Jacques Alain Miller, J-A Miller. El amor. Laberinto de malentendidos sin salida

 

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