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Final de partida

Publicado en Lectura Lacaniana: 9 junio, 2013

 

 

Final de Partida de Samuel Beckett, Teatro San Martin, Sala Casacubierta, Av. Corrientes 1530, CABA

Un sexo va a buscar en el otro sexo la forma que impone a su objeto.

Con esta frase del Seminario  que Carlos Dante García dicta en la EOL, podríamos comenzar a recomendar la obra teatral “Final de Partida” de Samuel Beckett.

Alfredo Alcón, actor y director de esta versión de Final de Partida, cuenta que al leer el texto por primera vez se enamoró, así literalmente de la obra.

Representada hace ya casi más de 20 años para la inauguración del Teatro Andamio 90, de Alejandra Boero, vuelve a escena en el Teatro San Martin, a sala llena y con un público respetuoso y esta vez con la dirección de Alcon.

Diferentes parejas:

Amo y esclavo, Hamm y Clov, personajes aniquilados los dos y unidos en lo peor como el alma al cuerpo, rumor vano de sus palabras…

Nagg y Nell, en dos cubos de basura, agonizan lentamente, dos sonrientes larvas que antaño fueron padre y madre.

Según sus biografías, el psicoanálisis jugó un importante papel tanto en la vida como en la obra de Samuel Beckett. El escritor se psicoanalizó durante dos años con Wilfred Bion.

Aunque Beckett puso fin prematuramente a su análisis, su obra literaria deja entrever que, en cierto modo, encontró en la escritura la manera de continuar su tratamiento.

Lacan en el Seminario XVIII: “De un discurso que no fuera del semblante” se refiere a Samuel Beckett diciendo que este  pone el   semblante al descubierto. (1) 

El escenario un lugar sombrío, gris, desteñido;  padres en un tacho de basura, restos, miseria humana que reflejan el final; ¿el final de qué? El final del sentido, de la significación; la obra nos confronta con el sin sentido; deja el semblante al desnudo, y allí… el vacío.

Clov le grita al amo: “Si las palabras que me enseñaste ya no quieren decir nada, entonces enséñame otras.” 

En una de las cartas que le escribió a su conocido Axel Kaun, Beckett critica al lenguaje en general, y a su lengua materna, el inglés, en particular denunciando al semblante al decir:“Cada vez se me hace más difícil, incluso absurdo, escribir en inglés formal. Y cada vez más mi lenguaje me parece como un velo que hay que rasgar para acceder a esas cosas (o la nada) que yace tras él.”(2)

 

 “¿Por qué te hago caso?” Se pregunta Clov el esclavo, con particular insistencia, desconociendo que hay algo de su goce puesto en juego. Demanda de sentido a lo que le sucede sin saber la satisfacción asociada a su padecimiento, a aquello que está más allá del bien del sujeto.

Hamm, el amo,  le recuerda a Clov en forma reiterada que él está hecho de miserias, el eco de la repetición desde el discurso de Hamm se deleita y deja al desnudo la alienación que los une, el amo goza al esclavo y le recuerda que  no hay destino posible del uno sin el otro. El esclavo trata de armar alguna posibilidad pero como diría Hegel, el esclavo deviene tal porque ha renunciado a arriesgar la vida. El esclavo renuncia a su deseo y se somete al deseo del Otro, a tal punto que sus propios significantes son aquellos que el Otro le ha proporcionado, y en un intento de construir un decir propio, se descubre siendo hablado, alienado, aplastado en su subjetividad por su renuncia.

En El Seminario II Lacan dice: "Hegel mostró (…) que la realidad (…) de cada humano está en el ser del otro…Hay alienación recíproca. De donde resulta que "El Yo es ese amo que el sujeto encuentra en ese otro"(3).

 

La obra nos presenta un amo cuyo trono es una silla de ruedas, desprovisto de visión pero erguido sobre una mirada que todo lo ve. La sujeción alienante de Clov revela los piolines que lo habitan cual marioneta que produce incesante al son de la voz de Hamm.

Lacan dirá:” El obsesivo manifiesta en efecto una de las actitudes que Hegel no desarrolló en la dialéctica del amo y el esclavo. El esclavo se ha escabullido ante el riesgo de la muerte donde le fue ofrecida la ocasión de dominio por puro prestigio. Pero puesto que sabe que es mortal, sabe también que el amo desde ese momento puede morir, puede aceptar trabajar para el amo y renunciar al gozo mientras tanto; y, en la incertidumbre en la que se producirá la muerte, espera”(4).

Hacia el final de esta partida, Hamm  perece en su solitario trono para postrados y Clov, en una suerte de pálido reflejo de su amo, inmóvil y sujetado a un final del cual no logra quedar por fuera… ¿qué espera?

Dice Lacan: “… en espera de lo cual se identifica a él pero muerto, y por medio de lo cual él mismo está ya muerto”(5).

Un final y una partida, una obra para disfrutar y que hará de lo suyo en la neurosis de cada uno…

 

 

(1)Lacan, J., “De un discurso que no fuera del semblante”, Página 106. Ed. Paidós.

(2)Beckett, S. (2009), The letters of Samuel Beckett. Vol. 1. 1929-1940, New York, Cambridge University.  Press. p. 518-520.

             (3)Lacan, J., “Seminario II”, página 115. Ed. Paidós, 1983.

(4)Lacan, J., El seminario sobre la carta robada, Escritos 1, página 251, Siglo XXI, Bs. As, 1998.

(5)Ibidem.

 

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