Ficciones Clínicas

Ficciones y semblantes. Parte II

Publicado en Lectura Lacaniana: 4 febrero, 2015

En esta parte  Coccoz comienza preguntándose  por la diferencia entre las ficciones construidas en la literatura y las resultantes de  un análisis. Introduce el concepto de semblante  diciendo que,  en un principio es un velo que cubre una falta y agrega dos teorías más del semblante, una que apunta a la positividad de lo real,  como ser el nombre del padre y la tercera teoría del semblante que es la “específicamente lacaniana”.

Para terminar, el semblante detendría la fabricación de ficciones, y allí aparece la interpretación como aquello que  orientaría  hacia el borde del semblante. El tema es como debe ser esta interpretación, y propone, siguiendo a Lacan, de un semblante que muerda lo real, escritura que anudaría el semblante, el cuerpo y el tiempo.

Angela Fernanda Vitale

La diferencia entre ficción y semblante

¿Cuál es la diferencia entre las ficciones construidas  en la literatura y las resultantes del análisis? La literatura prescinde de la verdad fáctica, en cambio, el análisis, aunque prescinde de la exactitud de los hechos, se lleva a cabo merced a la “operación-verdad” con el fin de atrapar lo real. Dicha operación es sostenida por  el analista en la  medida en que “se inserta en la lectura” del inconsciente. De ahí que Lacan advirtiera el peligro de que el análisis pudiera convertirse en un “delirio a dos”. Teniendo en cuenta los desarrollos de J.A. Miller, la advertencia está justificada: las ficciones son versiones, en definitiva, delirantes, acerca del goce como referencia del discurso. El psicoanálisis está orientado a revelar ese vacío estructural sobre el que se ha “delirado”(16). La ficción, resultado de la operación de articulación S1-S2, es una labor de poiesis, dice Miller, “una venda simbólica para cubrir la herida de la ausencia de escritura de la relación sexual”, lo real, el agujero en la estructura.

Una vez situada la ficción como el resultado de saber sobre  los efectos de verdad obtenidos por la articulación significante bajo la égida del inconsciente transferencial, la distinción con el concepto de semblante adquiere toda su relevancia. Pierre Malengreau (17) establece tres teorías del semblante y nos sirve de guía en esta complicada maraña.

En la primera, en la teoría implícita del semblante, éste es velo que cubre una falta: mascarada, porte, postizo, estrategia, fingimiento y astucia, que cobran un “valor de verdad” respecto a la castración.

En la segunda, teoría explícita del semblante, éste se vincula a la positividad de lo real. Son semblantes: el nombre del padre, el falo, el objeto a. En esta teoría sentido y semblante se sitúan del mismo lado respecto de lo real, imposible de decir.

La tercera teoría del semblante es “específicamente lacaniana” porque concierne a una teoría del lenguaje y a la ausencia de escritura de la relación sexual y propone un uso del semblante propiamente analítico. El semblante responde a una estructura triádica que lo articula, lógicamente, con el goce, y, en otro eje, con la verdad. La peculiaridad de esta concepción radica en la hiancia propia de cada eje que configura una estructura triangular agujereada, se mire por donde se mire.

Desde esta apreciación, el semblante es una frontera entre dos dominios heterogéneos, -lo simbólico y lo real- y detiene la fabricación de ficciones. Es el residuo de la operación analítica, el poso, la sideración que deja la palabra tras de sí, una vez verificada la inadecuación de lo simbólico para cubrir el campo del goce. Es el borde singular de esa falta de adecuación, el nombre más “propio” de la misma.

La letra: residuo de la lectura del inconsciente

¿Qué debe ser la interpretación para conducir a este resultado, a esta escritura, borde de semblante?

En Lituraterra Lacan presenta este concepto tan difícil de aprehender con la imagen de la erosión producida por la lluvia en el desierto de Siberia, que semeja a una escritura al contemplarla desde lo alto. En el análisis se debe practicar la siberiética, que orienta la experiencia hasta desembocar en este real que participa del semblante, o a un semblante que muerde lo real: litoral que delimita las aguas informes del goce, siempre en un ir y venir que se infiltra en la costa, costura del inconsciente.(18) Lacan encuentra en la caligrafía japonesa un equivalente a los surcos oscuros en la meseta luminosa. Porque en ella “lo singular del trazo del pincel aplasta lo universal”(19) ¡Por fin una imagen logra metaforizar algo de la experiencia única de un análisis, en el que ningún universal puede anticipar la singular y contingente captura de lo real! Algo aparece con el trazo, y en el mismo movimiento, algo se vuelve opaco, se hace agujero, se sumerge en la sombra de la propia letra. En  Elogio de la sombra(20) Tanizaki muestra hasta qué punto, en la estética japonesa, late este peculiar ejercicio de la escritura que implica, a la vez, el semblante, el cuerpo y el tiempo.

Siempre persiguiendo el esclarecimiento de la singular operación del análisis, en el seminario L’insu d’une bévue… Lacan explica que la proeza del poeta radica en producir, con la letra, un efecto de sentido y un efecto de agujero. Y postula que la interpretación analítica es homóloga, -no análoga- al decir poético.

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