Ficciones Clínicas

Ficciones y semblantes. Parte I

Publicado en Lectura Lacaniana: 20 enero, 2015

Parte I: Lituraterra. Freud novelas y casos. Lacan la ficción entre literatura y psicoanálisis.

Dice Lacan en Lituraterra: “¿La letra no es acaso…litoral más propiamente, o sea que figura que un dominio enteramente haga frontera para el otro, porque son extranjeros, hasta el punto de no ser recíprocos?

El borde del agujero en el saber, ¿no es eso lo que ella dibuja? ¿Y como el psicoanálisis, si, justamente, lo que la letra dice “a la letra” por su boca, no le era necesario desconocerlo, cómo podría negar que ese fuese, ese agujero, por lo que al colmarlo apela a invocar allí al goce?”.

Coccoz, propone para reflexionar acerca de ficciones y semblantes, el texto de Lacan, Lituraterra, que explora la letra en la estructura del serhablante, inspirados en el desarrollo de su última enseñanza.

La escritura, la letra está en lo real, el significante, en lo simbólico, dice Lacan  y agrega hasta que punto el discurso, el nuestro, esta anudado por ambos, letra y significante.

La noción de ficción introducida por Lacan, cobró derecho de ciudadanía en el psicoanálisis por ser más precisa que la freudiana “novela familiar”. En el relato de los casos de Freud, Dora, Juanito, El hombre de las ratas, para hacer transmisible un nuevo modo  de construir la historia personal, a partir del inconsciente y con la colaboración del analista.

Lacan no escribió historiales, se apoyo en ficciones literarias o filosóficas para contribuir a la lectura analítica de los males de los neuróticos, siendo estos los males del serhablante, dirigidos a la realización del deseo y de una satisfacción que se verifica imposible, errada.

Pasando por Hegel, Hamlet, Antígona, Medea, Lol V. Stein, Bloy, Genet, la dialéctica del amo y del esclavo, el alma bella, la tragedia del deseo y de la imposibilidad de la acción, pulsión de muerte y las huellas del enigmático goce femenino, Lacan tomará las referencias literarias, para dar cuenta de la interpretación Lacaniana del psicoanálisis y en Gide y Joyce, la experiencia de los seres “desabonados del inconsciente”.

Angela Vitale

 

Lituraterra

Propongo, para reflexionar acerca de ficciones y semblantes, que nos situemos en la zona que Lacan bautiza con el nombre de Lituraterra. Una zona de exploración de la función de la letra en la estructura del serhablante que se inspira en los desarrollos de su última enseñanza, cuyos enmarañados caminos estamos aprendiendo a transitar gracias a Jacques-Alain Miller.

“La escritura, la letra está en lo real, el significante, en lo simbólico”(1) enfatiza Lacan, como advertencia ante los posibles extravíos. Precisa, además, hasta qué punto nuestro discurso está concernido por el anudamiento de ambos, letra y significante: “…queda por saber cómo el inconsciente  –que  es  efecto  de  lenguaje  porque  supone  su  estructura  como  necesaria  y suficiente-, rige esta función de la letra.”(2) De ahí que en Lituraterra las conexiones y distinciones entre el psicoanálisis y la literatura pueden y deben ser esclarecidas. Esta tarea es tanto  más  urgente  en  cuanto  a  la concepción  del análisis  “orientado  hacia  lo  real”  que se distingue de la mera confección de una ficción, de la orientación narratológica.(3).

La noción de ficción cobró derecho de ciudadanía en el psicoanálisis gracias a Lacan, por ser más precisa que la freudiana “novela familiar”.(4) Así se designaban las construcciones que otorgaban  un  sentido  a  la  disolución  del  complejo  de  Edipo:  Versiones  fantasmáticas, particulares, sobre la falta del Otro, sobre la falla del goce: “La técnica aplicada para realizarlas depende de la habilidad y del material que el niño encuentre a su disposición.”(5) Aunque Freud también destaca la importancia del “afán de verosimilitud” en su composición.

Freud: novelas y casos

Encontraremos las huellas de estas leyendas personales en el relato de los casos de Freud: Dora, Juanito, El hombre de las ratas, El hombre de los lobos,  La joven homosexual, construidos en la inspiración goetheana de los grandes relatos.  Paradigmas de la clínica freudiana, constituyen el saber referencial del psicoanálisis,  gracias a los cuales se insertó, en lo real de la civilización, el discurso analítico.  La forma en que están confeccionados sirvió para hacer transmisible un modo nuevo de construir la historia personal, a partir del inconsciente, y con la “colaboración constructiva” del analista.(6)

Luego, los escritores bucearían en estos descubrimientos para incorporarlos en sus ficciones: S. Sweig, T.Mann, A.Schnitzler… Y los surrealistas.  Y los guionistas de cine, que abrevarían en el inconsciente freudiano para abrir las compuertas de la intimidad de sus personajes.

Por su parte, Freud también indaga las fuentes de la creación. Considera que el poeta comparte con sus congéneres los fantasmas inconscientes que tienen su raíz en las pulsiones primarias. Cómo consigue el poeta, con su técnica, la mutación de tales fantasmas para que la repugnancia que experimentaríamos ante ciertos hechos se convierta en placer de leerlos o escucharlos, ése, afirma, es “su más íntimo secreto”. El psicoanálisis no está llamado a desentrañar la esencia del arte.

Hay que admitir que ni “el máximo conocimiento de las condiciones de la elección del tema poético [ni] de la esencia del arte poético habría de contribuir, en lo más mínimo, a hacernos poetas.”(7)

Por  esa  razón,  aún  habiendo  escogido  el  mito  trágico  de  Edipo  para  bautizar  la  matriz inconsciente del deseo y a pesar de su “Dostoievski”, no analizó novelas, “Freud se contuvo.”(8)

¿Por qué? Lacan lo explica en Lituraterra (9): “…que el psicoanálisis penda del Edipo no lo califica en modo alguno para reconocerse en el texto de Sófocles.”  Por ello niega que, hasta ese momento, el psicoanálisis haya contribuido en nada a la crítica literaria, “zona” propia del discurso universitario. También constata la “inadecuación de su práctica para motivar el menor juicio literario.”(10) En el texto sobre M. Duras no es menos tajante: “…en su materia el artista le lleva siempre la delantera [al analista] y no tiene por qué hacer de psicólogo allí donde el artista le desbroza el camino.”(11)

Lacan: la ficción entre literatura y psicoanálisis

La   versión   lacaniana   del   psicoanálisis   (12)   se   construye   laboriosamente,   a   través   de innumerables lecturas que innovan, corrigen y enriquecen la versión freudiana. Lacan no escribió historiales, se apoyó en ficciones literarias o filosóficas con el fin de rubricar la lectura analítica de los atolladeros de la subjetividad en el orden de un nuevo discurso, el analítico, a la luz del cual éstos se revelan causados por la existencia del inconsciente y la falla del goce.  El hecho de otorgar una dignidad ética a la problemática de la neurosis hasta demostrar su coherencia de discurso evita la reducción de la clínica freudiana a una mera psicopatología. Los males de los neuróticos son los males del serhablante y el haber inventado un dispositivo para que tales miserias puedan decirse es un hecho de caridad increíble.(13) Lacan va enhebrando con los hilos de la cultura los complejos caminos en que transitan las existencias en pos de la realización del deseo  y  de  alcanzar  una  satisfacción  que  se  verifica  imposible,  paradójica,  errada.  De  las múltiples  referencias  literarias,  algunas  son  claves  para  ilustrar  la  singular  interpretación lacaniana del psicoanálisis: El drama de la captura especular del yo con el semejante, el narcisismo, en cuya estructura Lacan inyecta la infernal dialéctica del amo y el esclavo, toma forma con el personaje de Sosia en la comedia de Plauto, Anfitrión, que alcanza su estrellato en la obra homónima de Moliere, no menos que en su Misántropo.

Cuando acomete la lectura del caso Dora, Lacan toma una perspectiva muy original: se sirve de la figura hegeliana del alma bella, cuya esencia es la pasión insurgente ante el desorden del mundo a cuya fabricación el “perjudicado” contribuye de forma tan activa como inconsciente. A través de Karl Moor el héroe de Los bandidos de Schiller, muestra que, más allá de los síntomas, se descubre, en la histeria, una posición existencial que el filósofo y el dramaturgo captaron con agudeza.

Lacan redujo el Edipo freudiano a una operación metafórica que orienta las significaciones del mundo, a falta del cual la existencia se torna errática.  El ordenamiento del circuito simbólico del sujeto en torno a un punto de abrochamiento se produce gracias al significante del nombre del padre. Para demostrar su acción simbólica, Lacan se sirve del intercambio entre Abner y Joad, personajes de Atalía, de Racine.

Tejidos en un suspense especial, sus desarrollos demuestran que el atractivo de “Hamlet, el enigma” a través de los tiempos, procede del entramado de la lógica subjetiva en esta tragedia del deseo y de la imposibilidad de la acción, aún a sabiendas de las razones en las que ésta debería sustentarse. El valor único de esta pieza radica en la trama de los lugares de la estructura, que, una vez despejada por Lacan, surge, nítida: La inhibición de la acción de Hamlet se debe a que su deseo está suspendido del deseo, del tiempo del Otro. La recuperación de la potencia para el acto, surge una vez asumida la pérdida de un objeto (el duelo por Ofelia). La conjunción fatídica de esta acción con la autodestrucción que se produce cuando se toma a su cargo la falta del Otro, en ese caso,   como figura del padre idealizado.

Asimismo, escoge Antígona para ilustrar el drama del sujeto suspendido en la zona subjetiva donde anida la pulsión de muerte. Situada en ese lugar imposible, más allá de los bienes y la belleza, la existencia se manifiesta inconciliable con la vida y la moral.  Por eso el psicoanálisis, que  avanza  y  explora esta  zona de  forma  calculada,  requiere  de una  ética:  el  corazón  del principio de realidad, asiento de la razón práctica, no alberga la capacidad de adaptación, sino la mortificación del superyó.

También  encontrará en la pieza de Wedekind  El despertar de la primavera,  un racimo  de personajes debatiéndose en la árida transición de la pubertad hacia la adolescencia. En esta época de la vida, acontece el necesario despertar de los sueños: un encuentro estructural con la falla del lenguaje para decir el sexo que da lugar a distintas soluciones subjetivas.

Mediante las imponentes figuras de Medea de Eurípides, de Lol V. Stein de M. Duras, La mujer pobre de L. Bloy y de la poesía mística, consigue atrapar las misteriosas huellas el enigmático goce femenino, que se insinúa más allá del falo.

También ilustrará el paisaje de la escena perversa, fetichista, que caracteriza el goce masculino con la pieza El balcón de Genet.

Y el camino de la degradación del padre, su incidencia sobre la problemática del deseo en el mundo moderno, serán tematizados a través de la Trilogía de Claudel.

Un lugar aparte merecen los dos “casos” de los escritores Gide y Joyce. Ninguno fue psicoanalizado pero ambos le dan a Lacan la ocasión de ampliar el territorio de la clínica analítica gracias a la enseñanza que supo extraer de la acción original de estos autores: infiere la clínica a partir del material biográfico, los textos y cartas.(14)

Su  ensayo  sobre  Gide  toma  distancia  de  las  psicobiografías.  Deduce  la  “autocreación”  del escritor como una solución subjetiva al enigma fundamental, al “secreto del deseo”: ¿qué fue para ese niño su madre?

Respecto de Joyce, la solución artística cuyo rastro reconstruye paso a paso, podría formularse respecto de la pregunta ¿qué fue para ese niño su padre?

Ambos casos de serescritos (scriptuêtres) (15) se diferencian del análisis, experiencia de palabra, propia de los serhablantes (parlêtres).  Sin embargo, gracias a ellos se afianza la clínica a partir de la categoría de sínthoma, deducida de la experiencia de estos seres “desabonados del inconsciente”.

Continuará…

 

 

 

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