Invitaciones&Eventos

“Fantoches, dan tres vueltas y luego se van”

Publicado en Lectura Lacaniana: 2 septiembre, 2014

 

 

Una obra de Raúl González Tuñón y Nicolás Olivari ha sido la inspiración de “Fantoches: Dan tres vueltas y luego se van”, escrita en 1933, se estrenó en el teatro “La Máscara” en 1958. Los autores firmaron en la “Declaración” para su edición en libro que la obra sería “representada oportunamente por la compañía del Teatro del Pueblo”. “Somos escritores de libros y volvemos al libro –aclaran– fracasadas nuestras esperanzas de contemplar nuestra obra en un escenario de teatro oficial”. La obra no volvería a encontrase con su público sino hasta el año 2003, cuando Daniel Viola hizo una adaptación con actores y títeres en el teatro El Vitral y en el extinto Bar Tuñón.
"Dan tres vueltas y luego se van" pertenece al género de la farsa. Dentro de la tradición del teatro en el país, el elemento grotesco en esta obra no gira alrededor de un centro, un Padre de Familia, sino que desciende sobre una “comunidad perdida”, distinguiéndose así de las obras sainetescas e incluso del “grotesco criollo” de Armando Discépolo. Todavía en el grotesco criollo hay una inclinación a elaborar estereotipos (el inmigrante, el ladrón, el vago, el loco, la prostituta). Roberto Arlt con sus 300 millones (estrenada el 17 de junio de 1932) y Castelnuovo con sus Ánimas benditas (representada por la agrupación “Teatro Libre” en 1927) abren una línea de expresión de vanguardia en el teatro argentino que Tuñón y Olivari continúan en “Dan tres vueltas y luego se van”. La tradición de poetas y narradores que incursionaron en la dramaturgia para “rescatar” al teatro de la decadencia a la que parecía estar condenado a causa del teatro comercial tiene sus antecedentes en el Teatro Experimental de Arte de 1927 y las primeras puestas del Teatro del Pueblo en la década del 30.

“Fantoches, dan tres vueltas y luego se van” pone en escena la adaptación y dirección Patricio López Tobares de la obra de Raúl González Tuñón y Nicolás Olivari. Un drama musical con un texto cargado de poesía. Vigente. Bello y árido. La Feria es la metáfora del mundo “real”. Su pista es la arena dónde se desarrollan las pasiones y las batallas de la vida. En ella asistimos a la historia de miserables que por querer escalar, transan, trafican drogas, firman pactos “endiablados” con políticos corruptos, entre ellos la creación de un imperio mediático, y en esa avidez hacia un significante que se actualiza: el “progreso”, ven caer sus sueños. Algunos resisten con sus ideales creyendo en una alternativa mejor, una creencia que los vuelve ridículos para el resto de los fantoches, siendo éstos la encarnación de un goce imperativo que resuena desde los personajes que relucen el sin sentido de las esperanzas, del esfuerzo en el trabajo, del valor de la palabra. El alma del hombre se convierte de trapo, como esos muñecos, en el momento que la ambición le gana al sueño, en donde el fuera de la ley de nuestra hipermodernidad  subvierte los ideales y estraga cada arista de la subjetividad, una satisfacción mortífera que es exquisitamente escrita en un poema de Raúl Gonzáles Tuñón, “El entierro del títere”, un fragmento singular y significativo:

Allí quedó el fantoche
al fondo del baldío
entre salvajes rosas
y juguetes perdidos.
Lloverá por la noche
y al alba habrá un charquito
de agua junto a él,
bordeando la fosa.
Vendrá un niño y pondrá
su barco de papel.
Rosas: ¡Lloren por él!

 Una feria, una troupe, en medio de la miseria, representando su vida y la de muchos, y la tentación de cambiar el status por unas monedas. A partir de allí comienza un viaje sin retorno dónde nada volverá a ser lo que era. En esta pieza los autores anticiparon la Segunda Guerra Mundial, la caída de los grandes relatos, el avance de lo superficial sobre la imaginación, la corrupción política, la corporación mediática con fines poco claros. Ochenta años después, la vigencia es contundente. Deja de ser anticipación para ser una realidad.

La obra conserva la profundidad elemental que provoca el desnivel entre la ficción, la ilusión y la realidad. El giro, las vueltas, son movimientos del cuerpo en la rueda especular del drama que presenta, como en una danza macabra, la anticipación de la muerte. Las vueltas de los fantoches recrean el tiempo fugaz, las telarañas pulsionales que no esperan, no cesan y exigen inmediatez.

Un primado del objeto a, tal como Jacques Alain Miller lo menciona en “Punto Cénit”, propio de la época del Otro que no existe y que deja atrás la identificación simbólica al ideal, dice Miller en su curso “El Otro que no existe y sus comité de ética”: “… la inserción social se hace menos por identificación que por consumición… por lo que el comportamiento social adquiere un estilo adictivo”. Con esa circulación de los cuerpos en el “irse para siempre” de la droga se celebra un ritual,  por un lado el argumento responde al ascenso y caída del héroe y, por otro lado, los fantasmas cual espectros danzan y dicen sobre lo que no cesa de escribirse, pero los sujetos no escuchan, sólo consumen en aras del “bienestar”.

Como escriben Olivari y Tuñón: “sigue minando las almas / el dinero que todo subvierte”.
En contrapunto a esa “tremenda descomposición” emocional, moral y ética que anuncia el prólogo de la obra, está puesto lo cómico, el cinismo lírico de algunos personajes: la risa poética o la risa cruel de El Lechuza, destinada a transparentar el drama de familia y el sentimiento de lo irreversible, el drama social, la vulnerabilidad y la muerte.
Finalmente, el efecto de coro fantasmal en algunos parlamentos y la frase que se repite con sus variaciones a lo largo de la obra: “dan tres vueltas y se van” se complementa con un lirismo deformado, atravesado por la violencia de la palabra oída en el suburbio, en el prostíbulo, de la boca del dealer o de un feriante: es una lírica cavernosa, un canto sacrificial que anuncia los tropiezos de la subjetividad hipermoderna, fantoches tal como el mismo sentido de la palabra lo indica, “títeres, muñecos de figura ridícula”, sujetos amarrados al primado de un goce que asesina por entre las fibras de cada cordel que dirige al títere. Muñeco en la fosa… con pálidas rosas.

                                                                                                        

Print Friendly

Deja un comentario