Errores&Lapsus

Errores XVI

Por Carlos Dante García
Publicado en Lectura Lacaniana: 5 enero, 2015
Hay interpretaciones y hay errores. En éste caso, el caso de Creso surge la pregunta de cuál es el estatuto de una premonición y de una premonición en la antigüedad. Para Freud, formulado en la interpretación de los sueños, “Como es sabido, antes de Aristóteles los antiguos no tenían al sueño por un producto del alma soñante, sino por una inspiración de los dioses. Ya desde la Antigüedad, entonces, se impusieron las dos corrientes opuestas de apreciación de la vida onírica que hemos de encontrar en todas las épocas. Se distinguía entre sueños veraces y valiosos, enviados al durmiente para ponerlo en guardia o anunciarle el porvenir, y sueños vanos, engañosos y nimios, cuyo propósito era precipitarlo en el error o refirmarlo en su perdición “
Hasta aquí tenemos si seguimos la clasificación de Freud que el sueño de Creso era una mezcla de ambos, veraz y engañoso.
En la antigüedad no toda relación del soñante con el sueño era así. Prevalecía, el envío de los dioses a guiar el destino.
La muerte de Atis cumple, asimismo, según la narración de Heródoto, la profecía dada por el oráculo de Delfos en ocasión del asesinato del rey heráclida Candaules por parte del mermnada Giges. Según la Pitia, este último y sus sucesores gobernarían a los lidios, pero la venganza caería sobre el quinto descendiente de Giges. Esta parte del vaticinio, eclipsada por la otra que daba por bueno el reinado mermnada, fue desoída por el agradecido Giges, y olvidada por sus sucesores.
Después de superar el duelo por la muerte de su hijo, Creso vio como amenaza el creciente poder del imperio persa de Ciro II el Grande, quien había destronado a Astiages, rey persa casado con Arienis, hija de Aliates y, por tanto, pariente de Creso. Pensando que podría a su vez contener ese peligro y vengar a Astiages, y deseando consultar sobre ello a los oráculos, primero decidió probarlos, mandando emisarios a todos los santuarios conocidos a fin de que adivinaran que hacía en un preciso momento .
Realizada la prueba, Creso sólo quedó satisfecho con los vaticinios de los oráculos de Delfos y Anfiarao. De esta forma, decidió mandar ofrendas y sacrificios a Delfos, a fin de ganarse el favor del santuario. También envió ofrendas a Anfiaro, pero al enterarse de la muerte del adivino sólo quedó la opción de Delfos.  Así pues mando unos emisarios para que preguntaran si debía emprender la guerra contra persa. La Pitia contestó de forma ambigua, declarando que se destruiría un imperio, sin dejar claro si sería el persa. Creso no tuvo dudas e incluso hizo una tercera consulta, sobre cuánto duraría su monarquía a lo que la Pitia contestó que sólo la perdería cuando un mulo reinara sobre los medo.  Creso pensó que jamás reinaría ninguno, pero no se dio cuenta de que realmente a Ciro se le podía considerar un «mulo», por ser hijo de una pareja de diferente condición.
Interpretados de esa manera los oráculos, no puso Creso en duda su victoria y decidió organizar en primer término una expedición a Capadocia, ubicada al otro lado del río Halis, que hacía de límite natural entre territorios lidios y persas.  Previamente concretó una alianza con los lacedemonios, a los que consideraba como los griegos más poderosos, y con quienes los lidios siempre habían mantenido muy buenas relaciones.  Antes de partir, hizo caso omiso a una recomendación del sabio Sandamis, consistente en la argumentación de que organizar un enfrentamiento contra los persas, hombres carentes de riquezas, ponía en riesgo a los lidios que, a su modo de ver, frente a un desenlace positivo nada ganarían, mientras que frente a uno negativo podían perder mucho.
Tras cruzar el Halis, las tropas de Creso se establecieron en Pteria, comarca de Capadocia, y esclavizaron a sus habitantes. Por su parte, Ciro se dirigía a su encuentro sumando tropas mientras avanzaba. Los ejércitos de ambas partes se encontraron allí y pelearon hasta que se puso el sol sin que ninguno resultara vencedor. Comprendiendo Creso al día siguiente que su ejército era menor en número, decidió volver a Sardes y pedir auxilio a los egipcios y babilonios, con cuyos respectivos reyes Amosis II y Labineto (probablemente Nabonido)  tenía concertada una alianza.
Al regresar de Capadocia a su capital, Sardes, Creso mandó emisarios a sus aliados para que confluyeran en la ciudad en cuatro meses  a fin de formar un ejército capaz de derrotar a Ciro. Según Heródoto, despediría a sus mercenarios ya que iba a formar un mejor ejército. Ciro se daría cuenta de la marcha de los mercenarios y entendería las intenciones de Creso por lo que avanzó rápidamente hacia la capital. Al norte de ésta tuvo lugar la batalla de Timbrea, en la que ambos ejércitos se enfrentaron y que significó la victoria bélica decisiva para los persas, que obligaron a los lidios a refugiarse tras las murallas de la ciudad. Creso creía a Sardes inexpugnable y, pensando en un largo asedio, mandó más emisarios a los aliados, a los efectos de pedirles que descartaran el tiempo de espera antes notificado y fueran en su auxilio lo antes posible.   La inexpugnabilidad de la ciudad proviene de una leyenda según la cual, el rey Meles hizo pasear por las murallas de la ciudad a un león consagrado a Sandón. Pero se dejó una parte de la muralla, ya que era una zona escarpada por la que parecía imposible acceder.
Sin embargo, un persa se percató de que se podía acceder por esa zona, y el ejército de Ciro pudo tomar la ciudad antes incluso de que los espartanos, principales aliados de Creso, pudieran partir de su puerto. Heródoto hace coincidir los días de asedio, catorce, con los años que reinó Creso en Lidia. De este modo, los persas capturaron a Creso al año siguiente de la batalla de Capadocia, en el 546 a. C.

 

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