Errores&Lapsus

Errores en Lacan X

Por Carlos Dante García
Publicado en Lectura Lacaniana: 14 octubre, 2013

Nuestras referencias están tomadas de Thomas Browne “Sobre errores vulgares o Pseudodoxia Epidémica”, selección, traducción, introducción, notas adicionales y apéndices de daniel Waissbein, Ediciones Siruela, 1994- Madrid, páginas 17 a 35. Páginas totales 400. De la Biblioteca sumergida. Es una pista para considerar la superposición de los errores entre la ignorancia por lo que no se sabe y la ignorancia producida por un saber no sabido, el inconsciente antes de la constitución del discurso de la ciencia y del discurso capitalista. ¿A dónde iban los errores? ¿Qué se decían de ello? Se apreciará que se extiende a las creencias, las confusiones, etc. Los errores sin el discurso de la ciencia, ¿no pertenecía a la posibilidad del inconsciente?

¿Quién esThomas Browne? (1605-1682): es un médico y humanista inglés, cuya vida narra el Dr. Johnson, traza en su Pseudodoxia epidemica una enciclopedia de los errores comunes que es preciso rechazar partiendo de la razón y de la experiencia.

El hombre, para avanzar en el conocimiento debe a menudo «olvidar lo que sabe» o cree saber, todas aquellas creencias y credulidades, supersticiones y datos falsos, transmitidos por la pereza, la necedad o la vanagloria. Pues mucho de lo recibido no es sino disparate y error, causado —aduce Browne— en parte por el mismo engaño primordial de Satán, y en parte por la predisposición al error, aliada a la indolencia mental y a la adherencia ciega en muchas ocasiones al criterio de autoridad. Se nota, que Browne en el lugar del inconsciente, término que todavía no se había creado coloca a Satán, la indolencia mental y la adherencia ciega a la autoridad.

Reuniendo, pues, a la experimentación el razonamiento, intenta Browne deshacer las fantasías sobre plantas, animales, minerales, geografía, cosmología, o historia, repasando las fabulosas cualidades del basilisco tales el hecho de nacer de un huevo de gallo incubado por su sapo («En cuanto a la generación del basilisco, de que procede de un huevo de gallo incubado bajo un sapo o una sierpe, es un concepto tan monstruoso como la misma nidada, pues aun si concedemos que los gallos el envejecer y volverse incapaces de emisión acumulan dentro de sí alguna materia seminal que pueda conglobarse en la forma de un huevo, empero esa sustancia ha de ser infructuosa…»), o las no menos falsas creencias sobre la longevidad de los ciervos, los cuervos o las cornejas, la ausencia de hiel en caballos, osos, camellos o cabras, la capacidad del lobo para enmudecer a quien lo ve, el doble sexo de las liebres, los nueve ojos de la lamprea, y otras muchas invenciones semejantes.
Caso típico del proceder de Browne es el examen de la supuesta pérdida y regeneración de la verga del ciervo: primero da una razón para explicar el surgimiento del error, y después lo niega apoyado en la observación experimental, además de reforzar su argumentación apelando al razonamiento: el fundamento de tal error «fue sin duda la observación de esta parte del ciervo después del inmoderado deleite, la cual se vuelve tan relajada y pendulosa que no puede retraerse, y estando a menudo cubierta de moscas parece que se pudre», pero la experiencia lo contradice, pues se halla que en ciervos muertos en cualquier tiempo está siempre esa parte entera, y «la razón también nos corregirá, pues las partes espermáticas no admitirán una regeneración y menos una restauración integral, pues siendo miembros orgánicos, compuestos de muchos elementos como venas, nervios, arterias, y en algunos animales de huesos, cuya reparación está allende su propia fertilidad, no debe esperarse tal capacidad, que nos permitiría abolir al arte de Taliacocio o el nuevo enarcamiento de las narices».

Permítaseme aquí una digresión sobre esta referencia algo críptica para el lector moderno, a Taliacocio y el  enarcamiento de las narices, que serían superfluos si los miembros pudieran regenerarse como se dice sucede a la verga cerval. Alude al cirujano de Bolonia Gaspare Tagliacozzi (1545-1599), autor de un famoso tratado de cirugía facial —que Browne, como médico, debía de conocer—, De curtorum chirurgia per insitionem (Cirugía de las mutilaciones mediante injertos), en donde se explicaba la reconstrucción de las narices mutiladas mediante injertos de piel del brazo. El médico español de la época de Felipe II, Juan Fragoso, describe algo escéptico el procedimiento: «dan una cuchillada con una navaja a lo largo del brazo, y metida allí la nariz, atan al brazo la cabeza sin que se pueda revolver, y así la tienen cuarenta o más días, en los cuales se entiende que habrá crecido cantidad de carne, de la que cortan lo que sobra y lo que sacan al cabo es una naricilla y esa fea» (ver Selena Simonatti, «Sacar la nariz del brazo», en la revista Rilce, 29.1, 2013).
La curiosidad de Browne es omnímoda, y aborda errores de muchas categorías diversas. Su crítica de la absurda creencia de la fetidez de los judíos contrapone la observación objetiva y la razón a los tópicos antisemitas, en un terreno de trascendencia moral y social. Otras veces transita por terrenos pintorescos, como al denunciar la incompetencia de los pintores y grabadores —incluso en los de tan alta estima como Rafael o Miguel Ángel— que representan a Adán y Eva con ombligo, lo que refuta con sesudas informaciones científicas como las siguientes: “pues el ombligo sirve para unir el infante a la madre y por sus conductos para transmitir el alimento y sustentación: los conductos en los cuales consiste son la vena umbilical, que es una rama de la porta y está implantada en el hígado del infante; dos arterias que surgen de las ramas ilíacas….y finalmente el uracho o pasaje ligamentoso derivado de la parte inferior de la vejiga…de donde se sigue esa tortuosidad o complicada nudosidad que acostumbramos llamar ombligo ocasionada por la ligación de los conductos mencionados, y siendo el ombligo una parte no precedente sino subsecuente a la generación, nacimiento o parto, no es lícito imaginarlo en la creación o formación extraordinaria de Adán, quien surgió sin mediación del artificio de Dios, ni tampoco en la de Eva, que no fue meticulosamente procreada sino formada de súbito y procedió de Adán de manera anómala…” (Leyendo ciertos pasajes como el precedente  surge la sospecha de si Browne es, además de un médico con la preocupación científica un socarrón de primer orden). No hace al caso repasar el amplio catálogo de curiosidades que examina su erudición para precisar las certezas y falsificaciones en torno a los hombres agelastos —que nunca ríen, como se dijo de Jesucristo—, el vinagre con el que Aníbal rompía las rocas en su invasión de los Alpes, las maravillosas —e inexistentes— virtudes de las salamandras, elefantes, fénix o grifos… Pero sí merece cita un pasaje —admirado con justicia por el Dr. Johnson— en el que Browne reflexiona sobre el poder de la verdad, que es necesaria hasta en el infierno, morada del mismo padre de la mentira (San Juan, 8, 44): “tan grande es el imperio de la verdad que tiene cabida aun dentro de los muros del infierno y los mismos demonios están obligados a diario a practicarla, no solo porque son ellos mismos verdaderos en un sentido metafísico, a saber, porque tienen una esencia conforme al intelecto de su Hacedor, sino porque hacen uso de verdades morales y lógicas, es decir, que o bien en la conformidad de las palabras a las cosas o de las cosas a sus propias concepciones, practican la verdad y aunque nos engañan no se mienten unos a otros, porque bien entienden que toda comunidad se perpetúa con la verdad y que el mismo infierno no puede subsistir sin ella”. Esta búsqueda de la verdad, junto con un estilo ingenioso y elaborado (que conserva Daniel Waissbein, en su asequible traducción española abreviada, publicada en Editorial Siruela, 2005), permiten a la Pseudodoxia conservar, más allá de los temas de su época, una vigencia atemporal para enfrentarla a los errores de la nuestra, no menos ni menos importantes que los de la antigüedad.

¿Qué puede haber movido a escritores tan distintos a sentirse cautivados por la prosa de un escritor a quien Virginia Woolf consideraba “un extraño predicador” cuya voz es la de un hombre “lleno de dudas y perspicacias con raptos de imaginación sorprendentes”? Luego de disfrutar las casi 300 páginas del libro llego a la conclusión de que es justamente el espíritu de su obra lo que los atrajo, vale decir, la perfección del estilo literario en que encarnó la voz de ese hombre, médico y cristiano de raza, que se muestra tan familiarizado con la mortalidad del cuerpo como con la inmortalidad del alma y el destino humano de resurrección; por imposible que parezca desde un punto de vista extradivino. Baste este fragmento de Religio medici: “Una planta o un vegetal reducido a cenizas, a un filósofo contemplativo y escolástico le parece cabalmente destruído, y que la forma se ha despedido ya para siempre, pero para un artista sensible las formas no han perecido sino que se han retirado a su forma incombustible, donde yacen a salvo de la acción de ese elemento devorador. Esto lo ha probado un experimento [. . .] Lo que el arte de los hombres puede conseguir en estas muestras inferiores, ¡qué blasfemia es afirmar que no puede lograrlo el dedo de Dios en estas estructuras más perfectas y sensibles!”
Siglos antes de la clonación y del descubrimiento del bolsón o “partícula de Dios”, convencido de que si se prescinde de la resurrección los únicos filósofos auténticos serían los ateos, Browne nos habla desde una “filosofía mística” a la que llega convencido por su atento estudio de la naturaleza, en la que observa (como Ezequiel vislumbró en un sueño y los apóstoles ante Jesucristo resucitado) “los caracteres de su resurrección”. De ahí que sus profundas meditaciones sobre el tiempo y la eternidad, la memoria y el olvido, el sueño y lo real, dieran tanta simiente a la cuentística borgiana. De igual manera se ven en la novelística de Marías, cuyos narradores son capaces de poner cámara lenta al tiempo mediante obsesivas meditaciones así acercándonos al abismo (vértigo) de lo que para Browne era éxtasis de “ingreso en la sombra de Dios”.

Consciente del ultraje del tiempo, Browne nos lleva en la gran ola de sus sabias reflexiones por una topografía tan universal en el tiempo como en el espacio, acrisolando sus hallazgos con los de sus antecesores confiables. “¿Y los sueños? Siendo mayormente naturales y animales, los hay diabólicos, pero también angélicos, visionarios y pre cognitivos. Depende de “los adentros” (nobleza o vileza), valores y ocupación del soñante.

Desde los inexistentes ombligos de Adán y Eva –visibles en muchos grabados medievales y renacentistas–, pasando por la longevidad de Matusalén, la creencia de que no hubo arco iris antes del diluvio, las cigüeñas sólo anidan en repúblicas, el cristal es hielo, los judíos hieden, los negros lo son por maldición divina sobre un antepasado o que las liebres nacen y viven hermafroditas, junto con infinidad de otras doctrinas igualmente fabulosas, extrañas y divertidas, casi no hay dislate popular difundido desde la antigüedad hasta mediados del XVII que el médico y escritor sir Thomas Browne (1605-1682), «el mayor prosista de las letras inglesas» –en opinión de Borges–, no recoja y rebata en este su magnum opus. En Pseudodoxia Epidémica, publicada por primera vez en 1646, Browne, inventor del término «electricidad», nos presenta, inspirándose en una sugerencia del canciller Bacon, una enciclopedia de creencias vulgares erradas, corrientes en su época, que diseca y descarta con estilo erudito y agudo. Pseudodoxia Epidémica, conocida también como Sobre errores vulgares, es la obra que el padre Feijoo fue acusado de plagiar en su Theatro Crítico Universal o discursos varios en todo género de materias para desengaño de los errores comunes, como se aclara en la introducción a este volumen. Presentamos hoy un texto en verdad inolvidable, de la pluma de uno de los mayores autores ingleses, en selección que abarca más de un tercio del original.

Propondremos en nuestro próximo número un texto breve extraído de nuestro autor citado.

Carlos Dante García.

 

Imágenes: 1- Basilisco

2- Selena Simonatti, «Sacar la nariz del brazo», en la revista Rilce, 29.1, 2013.

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