Entrevistas&Reportajes

Entrevista a Luisa Valenzuela

Publicado en Lectura Lacaniana: 13 octubre, 2014

Ñata, ñandú ñañosa de Ñuñoa, deñida en ñandutí comiendo ñoquis de ñame, no añora, añoró o añorará el ñúseseñado en Ñ, ni el año de ñaupa ni mañana.

¡Ñácate, pura ñoñez al ñudo!: otra ñusta.

Moraleja: Si sos figurita difícil no te hagás la ídem.

                          De Zoorpresas Zoológicas. Luisa Valenzuela.

 

 

F.V.: ¿Cómo surgió en vos la escritura? ¿Desde muy joven estuviste cerca de las letras, del escribir, de la  lectura?

L.V:  En realidad surgió un poco por casualidad, por azar, no porque no estuviera yo inscripta bajo una marca de escritura, sino, justamente por eso mismo, porque estaba tan pegada a la literatura y a la escritura que quería escaparle. Mi madre, Luisa Mercedes Levinson, además de buena escritora era muy sociable y en casa siempre llegaban cantidad de intelectuales: Borges, Sábato entre otros, y todos los del exilio español, que eran muy fascinantes: Arturo Cuadrado, Clemente Cimorra,  Rafael Alberti. Yo empecé a escribir un poco de periodismo, mínimo, a los quince años en una revista llamada Quince Abriles, creada por María Teresa León.  Pero mi plan de vida no tenía nada que ver con la escritura, si bien leía muchísimo. La escritura se fue colando, de a poco. Por un tema u otro empecé a escribir y cuando descubrí el periodismo se me abrió un mundo, porque lo que yo quería era ser aventurera, quería hacer de todo, quería seguir con un bachillerato eterno con todas las materias al alcance. Mi curiosidad era extrema (lo sigue siendo!). Me gustaban mucho las matemáticas, me gustaba la física, también me gustaba la antropología y hasta las ciencias esotéricas… Entonces el periodismo me dio esa posibilidad de estar metida en todos los mundos sin tener que comprometerme con ninguno.

Me empecé a meter en la ficción también muy temprano, a los 18 años, para demostrar que era fácil escribir un cuento como algunos escritores menores de la época. Y Juan Goyanarte me lo publicó en su revista-libro Ficción y me alentó a seguir por ese camino. Pero me casé a los 20 años con un francés y nos fuimos a vivir a Francia. En Paris escribí mi primera novela, añorando el Buenos Aires que había dejado atrás; era un Buenos Aires de los bajos fondos, no el de mi infancia y de mi barrio, era un Buenos Aires lumpen el que me interesaba.

A.V.: “Hay que sonreír”.

L.VHay que sonreír, así titulé mi primera novela, que en un comienzo se llamó Clara, cuerpo y cabeza. Antes de casarme tenía una barrita de amigos, muy de mi mundo: Jorge Sábato el hijo de Ernesto; Marina Girondo, hija de Gloria Alcorta y sobrina de Oliverio Girondo, otros de igual calaña. Pero éramos díscolos  y nada queríamos saber con la intelligenzia burguesa. Nos largábamos por las noches a merodear por La Boca, por el puerto; eran tiempos muy seguros, de alguna manera, aunque no sé cuán seguros eran, tampoco, porque ninguna ciudad fue nunca del todo segura y en aquel entonces también atravesamos períodos políticamente complicados. Nosotros circulábamos de noche como los gatos, y mi madre que vivía en su mundo ni se enteraba lo que andaba haciendo  su hija de 17, 18 años.

F.V.: La página: www.lecturalacaniana.com.ar;  se basa en una lectura que no está en relación al sentido preestablecido, va a lo que cae, al sinsentido. ¿Tu escritura, es una escritura en relación al sentido, al referente, a lo compartido o va hacia el sinsentido?

L.V: El sinsentido es fascinante cuando deja transparentar un sentido oculto, a develarse. Al fin y al cabo una escribe para entender. Es cierto que hay una intención es romper con lo consabido, pero no de manera azarosa del tipo escritura automática; la propuesta es avanzar hacia lo desconocido, ir abriendo caminos palabra tras palabra. Por eso escribo, para descubrir. Las veces que he intentado tener un mapa del argumento, como hacen muchos escritores, no me dio resultado, me sale muy aburrido, porque la propuesta mía es la de una exploración. Me interesa partir de alguna manera en pos de lo desconocido que nunca será absolutamente desconocido, todo quedará enmarcado en la lógica secreta del lenguaje pero tratando de escarbar a fondo para entender qué pasa en los sustratos, qué aflora más allá de lo que se está contando.

F.V.: Sí, y jugar con el lenguaje, ¿no?

L.V: por supuesto, es nuestra única herramienta y a la vez la materia con la que trabajamos. Hurgar en el lenguaje, como una forma de juego, jugar con el significante y con el significado al mismo tiempo, tratar de hacer equilibrio sobre la célebre barra que los separa, uniéndolos. Porque  cuando estás ahí, viendo todas las múltiples posibilidades del significante, el significado se transforma.

F.V.: En “Zoorpresas zoológicas”, se observa cómo se juega con las palabras.

L.V: Si, pero eso ya es más banal, más de juego directo, con el significante propiamente dicho. La letra (la instancia de la letra!). y aún así me sorprendía todo el trabajo inconsciente de escritura, porque empezaba tirando unas palabras al azar, como pueden ver en el ejemplo elegido como epígrafe, y al ir tirando de ese hilo surgía una minihistoria perfectamente lógica. Además, ese ABC de las microfábulas, dado que exige complejas asociaciones, viene con glosario. El correspondiente a la letra elegida por ustedes se los paso acá:

Ñandú: Avestruz americana de grácil porte.

Ñañosa: Que se anda con remilgos, es decir con ñañas. Eso.

Ñuñoa: Lugar donde florecen los ñuños, por supuesto. Barrio periférico de Santiago de Chile

Ñandutí (guaraní): Encaje paraguayo, bella tela de araña hecha a mano humana.

Ñame: Especie de batata. Discorea alata le dicen pero no lo crea: ni vuela ni tiene música.

Ñu: Extraño cuadrúpedo del África, más bien gordito porque, como bien sabemos los criollos, al que nace barrigón es al ñu/do que lo fajen.

Ñ: Suplemento cultural hebdomadario de conocido y controversial periódico porteÑo.

Ñaupa (año de): Hace tiempo pero no necesariamente a lo lejos.

“¡Ñácate, pura ñoñez al ñudo!” (exclamación criolla): “¡Zaz, pura idiotez al pedo!”

Ñusta: Virgen sagrada, hija del Inca que se salvó del incesto.

 

A.V.: En “Novela Negra con Argentinos” te referís a “escribir con el cuerpo”, ¿qué querés decir con eso?

L. V: Para poder explicitarlo de alguna manera fue que escribí ese libro, aunque al principio no lo tenía claro, pero a medida que avanzaba fui entendiendo que la novela era como un mecanismo exploratorio para tratar de poner en claro esa noción que yo sentía de forma muy física si bien me costaba conceptualizar. Yo siento, hace mucho que lo siento, que se escribe con el cuerpo, que el cuerpo está implicado en la escritura, absolutamente, porque estás escribiendo con tu respiración, con tu libido, con todas tus hormonas, toda la fisiología puesta en juego en el momento de la creación. Por eso mismo decimos que escribir puede ser peligroso… Se trataría de poner en juego el ritmo interno y la vitalidad, el flujo vital que debe fluir durante la escritura creativa. Eso expresé alguna vez, porque lo sentía muy vivamente. Y hube de estudiar la noción, tratar de entenderla, porque mi acercamiento a la obra es le lunar, como habrían dicho los alquimistas. Es decir que voy de la praxis a la teoría, en lo posible, al contrario del acercamiento solar que primero teoriza y después pone en práctica la teoría. El libro que mencionan ustedes lo empecé a escribir esperando producir una novela negra más o menos canónica, pero ya en la tercera página supe que mi meta era muy distinta (ya lo dijo el Martín Fierro, “muy pronto llegaremos, después sabremos adónde”) y para poder alcanzar esa meta, que consistía en descubrir el motivo del crimen, debí meterme en el tema de la escritura y el cuerpo, cosa que me permitió profundizar en la busca sin necesidad de llegar a respuestas categóricas que son tan  clausurantes.

Años después me metí en una aventura equivalente, no similar, con la novela El Mañana. Allí la pregunta que intenté articular es si existe o no un lenguaje femenino, o mejor dicho un distinto acercamiento a la palabra. Y por supuesto lo que surgen son conjeturas, respuestas subjetivas. Porque, ¿qué es la respuesta sino este magma de ideas que se van conjugando? Yo creo, como bien dijo Oscar Wilde, que “la Verdad es aquella cuya contradicción es también verdad”.

L.V.: ¿La escritura de las mujeres es distinta a la de los hombres?

L.V: Lo trabajé hace añares en un breve texto titulado “La palabra, esa vaca lechera”, y más adelante retomé el tema en diversos ensayos para el libro Peligrosas palabras.  En esencia, creo en las cargas eléctricas de las palabras, su “forma de empleo”, y me temo que la connotación interna y emocional de las palabras es distinta en el macho y en la hembra de la especie. Aparecieron múltiples estudios al respecto, unos menos serios que otros, desde los importantes trabajos de Deborah Tannen hasta los muy frívolos como El hombre es de Marte, la mujer de Venus.

A.V.: ¿Cuál es tú relación con el feminismo?

L.V: Soy una feminista nata, me corre por la sangre. Me importa mucho la lucha de la mujer para alcanzar su verdadero y justo lugar en un mundo configurado por los hombres desde tiempo inmemorial. El papel de la mujer en estos tiempos es de enorme importancia. Pero no quiero adherirme a ningún “ismo” que obliga a una especie de corrección política. Ya sea  feminismo, marxismo, catolicismo, peronismo. Ni siquiera surrealismo. Al respecto sólo creo en la Patafísica, esa “ciencia de las soluciones imaginarias” que propone ver el mundo complementario de éste y no tomar lo serio en serio. Por decreto la Patafísica no obliga a nada sino que desobliga, en todos los sentidos de la palabra “desobligar” y la palabra “sentidos”.

 

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