Entrevistas&Reportajes

Entrevista a Luisa Valenzuela. Tercera parte

Publicado en Lectura Lacaniana: 7 diciembre, 2014

 

F.V.: ¿Hay algún ritual para escribir?

L. V: No, para nada, no soy Isabel Allende, no tengo que prender una vela, nada. Con sentarme a escribir basta. Lo que sí suelo hacer es pasar directamente de la cama al escritorio, en pijamas. El momento casi de duermevela es muy provechoso. Las microfábulas de Zoorpresas Zoológicas, las escribí así, mentalmente, al despertar, cuando las asociaciones de palabras y de cosas fluyen con todo desparpajo.

 

F.V.: “ABC de las Microfábulas” se lee cómo cada letra le resuena a cada uno más que otra.

L.V: Y lo que más me sorprendió de eso — aunque no me llegué a sorprender porque me ha pasado mil veces con otros escritos—fue cómo empezás con una cosa más restringida, que necesitás todas las palabras que empiecen con la misma letra, y se acaba armando una historia coherente, con pies y cabeza.

Porque empiezo tirando de un hilito verbal. Preguntale si no a mi profesor  de yoga; él es a veces mi tabla de resonancia.  Vamos caminando por el parque y de golpe digo, para darles un  ejemplo, “pterodáctilos, paquidermos y plantígrados, la plena patota”, y poco a poco se va armando toda la breve historia para que de esas uniones espurias nazcan los pelícanos, como si las resoluciones estuviera (¿están? les pregunto) ya inscriptas en el  inconsciente.

 

F.V.: En el resonar del significante.

L.V: Eso es fantástico. Es la sensación de vivir en el lenguaje, en la morada del Ser, la casa Heideggeriana del ser, con cierta holgura.

Hoy estoy contentísima porque viví dos escenas Inodoro Pereyreanas, que es mi personaje favorito en cuanto a percepción de los vericuetos del lenguaje. Y ambas tenía que ver con taxistas, esos seres emblemáticos de la ciudad. El primer taxi se me estaba escapando y yo lo llamé a los gritos, algo desesperada: “¡Taxi, taxi!”. Al subir el tachero me dijo: “Uy, parecía mi mujer gritando”, lo dijo con buen tono, en broma, lo que me permitió contestarle al ratito: “Mire usté, pero la diferencia es que yo lo llamé para pagarle, no para pegarle”. A la vuelta, fue el taxista el que hizo el juego de palabras, si bien involuntario: “Usted vive en ese barrio de calles raras como Artilleros, Cazadores, qué sé yo, Drogones”.  Lo iba a corregir cuando entendí que algo de razón tenía. Dragones es el nombre de la calle, pero él estaba en lo cierto, drogones no faltan.

 

A.V.: En todas tus novelas se filtra siempre el período de la dictadura y del proceso. ¿Cuál es tú relación con eso?

L.V: Mi relación con esto siempre fue… disculpen, voy a prender unas luces. Ya está oscureciendo, pero ésta también sería una forma de relacionarse con el tema, ¿no les parece? Un tema atroz sobre el que siempre trataremos de echar más luz, para que el trauma no nos ataque a traición como al protagonista de Novela negra con argentinos.

Mi conciencia llamémosla política se fue armando a los golpes, porque me crié en un medio apolítico en el cual la “literatura de mensaje” era anatema. De todos modos siempre fui una especie de francotiradora y nunca me afilié –ni siquiera me acerqué– a partido alguno, pero casi todos mis amigos era de izquierda. Mi primera experiencia de llevar el tema a la literatura fue en el 65/66 con Cuidado con el tigre, una novela que por  miedo a que la malinterpretaran dejé encajonada hasta 2001, imagínense. Después sentí ese impulso en el 74, al regresar de un viaje de dos años para encontrarme con toda la violencia y la paranoia generadas por la Triple A; en un mes escribí los cuentos de Aquí pasan cosas raras. Y ya no me pude permitir el inútil lujo de mantenerme al margen. En una época tuve una doble vida, colaboraba en La Nación y trabajaba en bambalinas en la revista Crisis, y me involucré en serio en tiempo de la dictadura. Permanecí en Buenos Aires hasta el 79, así que pude refugiar gente en mi casa, ayudar con los asilados en la Embajada de México, que es la historia que se refleja en Cambio de Armas. Casi toda mi literatura posterior, de directa o muy indirecta, tiene la marca de esos tiempos nefastos

 

F.V.: Los viajes, ¿vos viajás para escribir?

L.V: Yo viajo para viajar. Y escribo para vivir, pero esa es otra historia. Para mí el viaje es valioso en sí. Cierto que viajo a dar conferencias, o porque me invitan a simposios, coloquios, congresos, esas cosas; de otra forma no me daría el bolsillo. Pero siempre me las arreglo para ir un poco más allá para explorar lo que hay del otro lado: de las fronteras, de los muros de la ciudad, de la calle oscura.

Me encanta la extranjereidad, sentirme en un mundo totalmente ajeno al mío. A veces siento que estoy un poco mal de la cabeza, cuando me llena de alegría el estar sola en un país donde nadie habla una lengua medianamente comprensible para mí. Me atrae lo diferente, lo otro. Esto se ve reflejado en el libro que estoy concluyendo ahora, Diario de máscaras, en el que hablo de varios de esos viajes a lugares casi ignotos.

 

A.V.: ¿Que lugares?

L.V: Las Tierras Altas de Papúa Nueva Guinea, por ejemplo, donde tuve la enorme, inesperada, casi imposible fortuna de asistir a un auténtico sing-sing con los cuerpos decorados como obras de arte fauve. O en Vanuatu la isla de Malakula, que pocos saben de su existencia. Fui en pos de unas máscaras que había visto en un viejísimo número de National Geographic y aterricé en otra isa subsidiaria, diminuta, con dos o tres personas en un hotelito con cabañas de paja, donde no tuve mejor idea que aceptar “medio coco” de la bebida local algo narcótica, la kava, y me agarré la más atroz de las borracheras. Allí, donde nadie en el mundo sabía que yo estaba, a punto de morir en esa choza de paredes tejidas sin el menor medio de comunicación . Me quedé dormida pensando en mi total imprudencia, desperté a la mañana siguiente tan fresca, feliz de la confianza que me inspiraban esos aborígenes de aspecto feroz y actitud plácida. Ahora cuando viajo suelo hacer reservas, mal que me pese, porque se corre el riesgo de llegar a algún lugar y tener que dormir en el patio de algún hotel astroso (me ha sucedido). Pero viajar abierta al azar sigue siendo para mí lo más maravilloso que hay.

 

A.V.: El azar que te guía.

L.V: Sí, pero para mí el atractivo es mucho más fuerte que el miedo. Todo depende de la actitud de cada uno. Conviene sobre todo circular con alma de viajera, no de turista, y sentirse siempre bien con la gente por más extraña que nos resulta. Muchas veces me sucedieron cosas que podían ser incómodas o peligrosas, pero siempre logré navegarlas sin problemas. Si, tal como pienso, se escribe con el cuerpo, entonces una está poniendo el cuerpo en una situación de escritura en todo momento, y lo inesperado resulta bienvenido. Me ha ido bien hasta ahora, milagrosamente bien. Toco madera, claro. Me gusta meterme en los mundos llamados primitivos, y en los andurriales, los bajos fondos de las grandes ciudades. Y prefiero Nueva York por encima de todas las otras, por cambiante, sorprendente y llena de entretelas. Paris en la actualidad me parece edulcorada, profiláctica casi.

 

A.V.: Y, el nombramiento como Ciudadana Ilustre, ¿cómo lo has vivido?

L.V: Me encantó por dos razones, primero porque fue propuesta por Virginia González Gass, legisladora socialista que viene del corazón de la literatura; es doctora en letras, fue rectora del Nacional Buenos Aires, la conocí años atrás a raíz de un libro que armó sobre cuentos violentos, es una mujer con la cabeza muy bien puesta.

Y me hizo feliz porque sentí como un amor correspondido. Yo ahora a esta ciudad la quiero como cualquiera quiere a su ciudad cuando la quiere. Pero de joven, para mí Buenos Aires era el Aleph que encerraba al mundo entero,  y yo salía a explorarlo aún de muy chica, alrededor de la  manzana porque no me permitían cruzar la calle, y me inventaba mundos que de más grande se fueron expandiendo por todos los barrios. Y ahí estaba, para mí, Nueva York en un pequeña estatua de la libertad en las Barrancas de Belgrano, y frente a un palacio de la Avenida Alvear estaba en París, y después iba a Madrid por la Avenida de Mayo, y me paseaba por el mundo, paseaba por el puerto, muchísimo por el puerto.

Quizá por eso después me casé con un marino mercante francés (o dos). Y pensé mucho en los árboles increíbles de esta ciudad, y sin bien después me olvidé de decirlo en el discurso, mi idea era pedir un monumento a Thais que dibujó nuestras calles con el dorado de las tipas florecidas y el lila de lo jacarandás. Por otra parte decidí quitarle solemnidad al acto y, para expresar mi alegría y reconocimiento, invité a mi hija Anna Lisa Marjak a que proyectara dibujos de la ciudad y a mis nietos, a que presentaran una loca canción mía, compuesta por Gaspar, cantada por Rafaela.

 

 

Luisa nos invita a conocer el lugar donde escribe, lugar poblado de máscaras, libros  y objetos de sus numerosos viajes. Nos cuenta que está escribiendo tres libros y el de máscaras es el tercero y cuando termine va a tener que ordenar, porque quiere organizarlas por lugares, ya están muy mezcladas. Escucha poca música, escucha silencios, Mozart, Bach, música brasilera, música de lugares visitados, para ella lo importante es escribir, como su manera de estar en el mundo.

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