Entrevistas&Reportajes

Entrevista a Luisa Valenzuela. Segunda parte

Publicado en Lectura Lacaniana: 4 noviembre, 2014

F.V.: En la presentación de tu novela “La máscara sarda”, decís que la literatura enferma, habiendo padecido unos cólicos estomacales, mientras la escribías ¿qué de la literatura enferma? ¿Es la literatura o es escribir sobre  un personaje en especial?

L.V: Buena pregunta ¿qué es lo que enferma? Posiblemente sean los personajes venenosos como es el caso del que moviliza la acción en esa novela. Pero también la palabra puede enfermar, como bien saben ustedes. Tuve una experiencia al respecto mientras escribía la novela Cola de lagartija, y aunque no quiero entrar en intimidades diré que empecé a responder con el cuerpo a la profecía de Don Bosco alrededor de la cual s teje la trama: “ “Correrá un río de sangre y después vendrán veinte años de paz”

El antagonista de La máscara sarda es el mismo protagonista de Cola de Lagartija: el Brujo, en este caso con su letal nombre y apellido, José López Rega, por eso antes de que mis dolores de estómago se volvieran insoportables me detuve a reflexionar sobre el poder psicosomático de la escritura en un caso tan específico

 

F.V.: Mencionás también en dicha presentación que encontraste la cura dentro de la misma literatura para eso que te enfermaba…

L.V: Sí, bueno, ahí creo que hice un poquito de trampa, porque si bien la cura estaba, no le llevé demasiado el apunte. Al menos como tal, porque la cura estaba también en el tomar conciencia y protegerse para no estar tan abierta a los vientos de fronda de la escritura. Al escribir la novela empecé a seguir el camino de los árboles, y cuando me tocó buscar el que sería emblemático para el tramo patagónico  descarté el ombú por demasiado obvio y elegí el molle, también llamado aguaribay por estas costas.  Lo googlié para entender sus propiedades y anoté lo siguiente:

“Sumamente aromático, es de amplio uso en el campo argentino donde se lo recomienda para tratar padecimientos digestivos y otros desarreglos de salud.  El machacado de hojas y frutos del molle resulta excelente en lavajes y baños para curar el mal aire, el mal de susto y de espanto”. Y uniendo la acción a la palabra, cada tanto me tomé un tecito de sus hojas.

 

A.V.: ¿Cuál es tu relación al psicoanálisis, alguna vez te analizaste?

L.V: Me analicé poco tiempo. Pero la historia es más rica que eso. A principios de los ’70 viví casi un año en Barcelona y en ese período pasé unos días en París en casa de Lea Lublin,  maravillosa pintora argentina. Allí me topé con los Ecrits de Lacan, el I y el II. Fue una revelación para mí. Quedé toda la noche despierta, leyendo fascinada, como quién lee una novela de misterio. Entendí una cuarta parte, pero entendí algo de lo que yo buscaba hacer con la escritura. “La instancia de la letra en el inconsciente…”, “La significación del falo”, esos dos trabajos me deslumbraron. Al volver a BAires se me hizo un matete con las historias con mi madre, cosas de mis idas y venidas,  mi falta de un lugar en el mundo, esos dilemas. Y le fui a pedir socorro a una amiga que era una excelente analista, Araceli Gallo. Ella me aceptó a condición de que no nos viéramos más socialmente, al menos por el tiempo de la terapia, y a cambio me invitó a asistir a las clases de su marido, Guillermo Maci, que estaba dictando un curso sobre Lacan, nada menos. Guillermo, que tenía formación filosófica además de psiquiátrica, era un libro abierto, deslumbrante en sus exposiciones, clarísimo en la riqueza de todo lo que iba desplegando. Lacan en todo su esplendor, era una gloria escucharlo. Y Araceli a la que llamábamos Chela era una luz interpretando, así que por un tiempo tuve la doble experiencia de la práctica psicoanalítica y la teoría. Mi análisis duró sólo un par de años, con baches, los cursos se extendieron por mucho más tiempo. Ojala hubiera podido incorporar algo de toda esa riqueza a la escritura pero bueno, ya lo dije, nunca puedo partir desde una base sólida. Necesito la cuerda floja para escribir.

 

A.V.: ¿El Psicoanálisis, incidió en tú escritura?

L: V: No creo, no supe sacarle provecho. El momento en que entra Lacan en mi escritura fue en una novela que empecé a escribir en Barcelona: Como en la guerra, en la cual el protagonista es como un Lacan paródico que se pretende psicoanalista y habla en un plural no tanto monárquico como lacaniano.  Porque por un lado Lacan me fascina por lo brillante y complejo de su pensamiento, y por el otro lado me causa gracia su machismo galopante y ese aire pretencioso que percibo detrás de sus palabras. Y cuando reiteradamente afirma “C’est le cas de le dire” yo leo: “Te lo digo yo”. Así, en esa novela, me metí a jugar con ideas pseudo-lacanianas porque acaba de descubrir a Lacan, y también con el muy abstracto concepto de la disolución del yo, aportado por mi otra lectura de la época, el libro de Alexandra David-Néel sobre las enseñanzas secretas del budismo tibetanos. Pero llegado a cierto punto me asusté tanto que tuve que sacarlo volando al protagonista de esa escena.

 

A.V.:¿Sos partidaria de que la gente se analice?; ¿Consideras que un psicoanálisis modifica en alguna medida o aporta algo nuevo, a  la vida de los sujetos analizados

LV: Ni soy partidaria ni dejo de serlo. Creo que es algo muy personal, pero la introspección que un buen análisis propone puede llegar a ser una aventura más en esto del autoconocimiento que todos perseguimos de alguna manera.

No estoy en absoluto de acuerdo con aquellos literatos de la época de mi madre que pensaban que si uno se metía con el inconsciente (subconsciente, se decía entonces) iba  a perder la imaginación. 

 

A.V.: ¿Cuál es tu elección a la hora de leer?

L.V: Ahora estoy algo apartada del esplendoroso vicio de la lectura por puro placer. Estuve escribiendo al hilo tres libros de no ficción, que me obligaron a leer textos específicos. Claro que tuve una inmersión casi total en  la obra de Cortázar y de Fuentes, porque uno de los libros es un entrecruzamientos entre estos dos grandes de nuestras letras latinoamericanas.

Después debí leer en abundancia sobre el tema de la enseñanza y la pedagogía actual, que al principio tomé con pinzas y acabé encontrando muchísimo más interesantes de lo que imaginaba. Fue para un libro breve que me encargaron en México, una propuesta tentadora para la colección Consejos de Mentes Brillantes. Y luego vino en el tema máscaras; no sólo tengo una colección abundante sino una gran biblioteca al respecto, que consulté llena de alegría para escribir mi Diario de Máscaras que acabo de completar.

Pero en mis épocas de lectora independiente –independiente de cualquier utilidad posible– he leído bastante sobre psicoanálisis, y sobre antropología, ciencias, historia de las religiones. Soy omnívora al respecto. Lo que me asombra es que cada vez leo menos ficción, ¿será para no contagiarme de un estilo ajeno? Eso que de joven agotaba las bibliotecas.

 

F:V.: La atracción por las máscaras, empezó   en “La Máscara Sarda” o ya venía de antes?

L. V: Las máscaras son parte de mi ser. Son para mí como recipientes de historias, como esos libros antiguos con las páginas pegadas que hay que ir abriendo de a poco, espiando a veces. Pero no sé cuándo ni cómo empezó mi fascinación por las máscaras. Fue algo paulatino aunque quizá estuvo inscripto en mi personalidad desde siempre. Representan mi manera no dualista de ver el mundo, la forma  no unívoca de entender las cosas.

La máscara pueden ser la conexión entre lo sagrado y lo profano, entre el yo y el otro, y el Otro, son umbrales, articulan las fronteras. En mis viajes suelo buscar máscaras, busco a los mascareros, voy en pos de los rituales, de los carnavales

Así nació “La Máscara Sarda”. Fui a Cerdeña atraída por ese carnaval casi arcaico, apotropaico y allí me contaron de la insólita pero muy arraigada creencia de que Perón nació en Mamoiada, de donde son las máscaras más emblemáticas de la isla, y que sorprendentemente (o no) se parecen a él y están talladas en la madera del pero selvatico. Por eso digo ahora que fui por lana y salí tejiéndome un suéter.

Lo que sí entendí por fin, si bien siempre lo supe sin saberlo, es que escribiendo es mi única manera de conectarme con la llamada realidad, de estar en el mundo, de encontrar mi eje.

Buscando material sobre máscaras para el nuevo libro exhumé mis viejos diarios, esos que una va anotando con al correr de la pluma y de los kilómetros recorrido. Mescolanza de reflexiones, esbozos de cuentos, y sobre todo –pude comprobar con asombro- quejas. Son virtuales libros de quejas donde la preocupación del bloqueo aflora a cada paso: “No puedo escribir”, “No estoy escribiendo”, “Ya empiezo la novela” “No, no empiezo la novela” “¿Por qué no empiezo la novela?”, esas lamentaciones.

No tiene en absoluto que ver con la ridícula idea de “realizarse” como dicen algunos, o de “expresarse”. Es para mí algo mucho más profundo, como una manera de estar en el mundo, de constituirte, de no dispersarse. No siento que tengo que contar esto o aquello, pero  necesito estar conectada con esa forma de pensamiento que en mi caso sólo se estructura escribiendo, que no tiene nada que ver con la palabra oral.

El acto físico de escribir destraba algún mecanismo secreto y permite que fluya aquello que no sabemos que sabemos. 

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